VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (30)

XI. COMPARTIR RESPONSABILIDADES (RB 3 y otros capítulos)

El sentido de la responsabilidad

Si el abad tiene en la comunidad una responsabilidad que le es propia y es única en su género, él no monopoliza la responsabilidad de la comunidad. Eso no sería ni cristiano ni humano.

Este es uno de aquellos puntos sobre los cuales está en curso una evolución considerable en la sociedad, sin que se pueda decir que haya encontrado aún su equilibrio, ¡lejos de eso! Es un hecho cultural demasiado importante para que no tenga repercusiones en la Iglesia. La Iglesia ha comenzado en este ámbito un profundo cambio de mentalidad y de estructuras en todos los niveles. (El documento de la Asamblea de los obispos en Francia de 1973 se titula: “Todos son responsables en la Iglesia”; esto es solo un signo entre muchos otros). Cambio que pasa a los hechos muy lentamente, no sin reacciones, a veces violentas, y en sentidos diferentes.

Las causas de esta evolución son complejas. Encontramos por todas partes análisis más o menos pertinentes. Algunas de estas causas tienen un mayor impacto para nosotros.

La difusión de conocimientos de todos los órdenes, y en particular el de la información a todas las escalas, ha cambiado en primer lugar considerablemente las situaciones. Todo se sabe o termina por saberse. El responsable no es más aquel que “sabe”, situación que durante mucho tiempo ha sido una de las bases de su autoridad. En una comunidad incluso poco numerosa, el abad ya no puede pretender saber todo lo que pasa: “Nunca tendrá reposo” (RB 64,16). Además, él no puede pretender también “juzgar” en todos los dominios. Las diversas “capacidades” pasan a menudo por otras manos. Todo responsable hoy está en una situación semejante. La capacidad de apreciar una situación y de elaborar una decisión se difunde ahora en el cuerpo mismo de la comunidad.

Esta nueva situación ha desarrollado el sentido de la autonomía personal; la cual se ha vuelto uno de los valores fundamentales de nuestra época (aún cuando, de hecho, esté más contrariada y amenazada que nunca). Ya, en su contexto cultural, la RB pedía al abad tener en cuenta la subjetividad de cada uno, es decir su dignidad de hombre. Todo el contexto actual acentúa asimismo este sentido, sea a nivel social y político, o bajo la influencia de las ciencias humanas.

Para ser breve (no se trata aquí de hacer un estudio...), basta agregar un tercer punto, ciertamente por mucho el más decisivo: un redescubrimiento del sentido de autoridad según el Evangelio que ha transformado nuestra visión de la Iglesia. Es la comunidad entera la que es Iglesia y es responsable de su porvenir, aún cuando no todos tengan la misma participación en esta responsabilidad común. Guardando las debidas proporciones, lo que es verdadero de la Iglesia lo es también de la comunidad monástica.

Estos cambios de perspectiva ¿no están en profunda oposición con la experiencia propuesta por la RB que parece descansar casi enteramente sobre una entrega total de sí a la responsabilidad de otro, sobre todo en lo que concierne justamente a la marcha común del conjunto, a fin de poder “vacar en las cosas de Dios”? Estos cambios de perspectiva ¿no socavan uno de los fundamentos de la comunidad benedictina y de la búsqueda espiritual propia de esta experiencia?

El riesgo es cierto y negarlo sería taparse los ojos. El riesgo es tanto más grande cuanto que estamos en período de transición, y por tanto de equilibrio todavía mal hallado tanto en el plano de las personas cuanto en el plano de la comunidad y de sus estructuras. Esta inestabilidad nos es, por otra parte, común con la mayoría de las instancias colectivas actuales, en la empresa, en el Estado, hasta en la misma Iglesia.

La superación de este impasse es sin duda, en parte, una cuestión de estructuras. Cada comunidad trabaja en esto en su nivel, los diferentes Capítulos también. Pero la verdadera cuestión se sitúa más allá de las estructuras, es una cuestión de madurez de las personas. Madurez que no se alcanza en un día, ni incluso en pocos años, sobre todo cuando se han adquirido ciertos hábitos. La madurez humana y espiritual de los hombres es la que permitirá asumir esta situación, en el sentido de una comunidad cada vez más responsable.

Toda la formación de la RB debería (!...) llevar a esta madurez humana y espiritual, siendo las dos indisociables. Si, de hecho, no siempre se llegó a este resultado, es sin duda porque una concepción demasiado estrecha de la obediencia no dejó trabajar el factor indispensable del sentido de la responsabilidad. Sólo algunos responsables, en torno al abad, podían ejercer en ellos este sentido humano necesario. Muchos otros no tuvieron la ocasión y, a pesar de una generosidad cierta, no alcanzaron una madurez de juicio y de afectividad suficientes. Esta situación, sin duda, será siempre una de las dificultades de la vida monástica.

Y sin embargo la RB cuenta con actitudes que deberían favorecer esta madurez de juicio y de afectividad.

El capítulo 72 entero es la descripción de un hombre que supo superar sus propias necesidades para estar disponible para los demás: “Nadie buscará lo que es útil para sí, sino más bien lo que es útil para otro”. No puede haber verdadero sentido de responsabilidad sin esta disposición fundamental, nunca alcanzada plenamente por otra parte. No basta con ser responsable de los propios actos, sino además de sus repercusiones sobre los otros y sobre el conjunto de la comunidad.

El hábito del silencio y de la guarda de la palabra debería poner fin a la inflación de informaciones mal trasmitidas o infundadas. En el silencio es donde se elaboran las verdaderas palabras responsables de las cuales se asumen las consecuencias.

La RB pide al abad, como cualidad primordial, la “discreción” o el “discernimiento”, es decir, la capacidad de saber juzgar y asumir cada situación no en función de principios absolutos, sino en función de las personas ante todo. La entera vida de la comunidad debería desarrollar en todos esta aptitud de comprender a los demás, sus situaciones, sus evoluciones, etc. El contexto actual de intercambios más frecuentes debe favorecer este desarrollo y por tanto el sentido de la responsabilidad común.

En fin, y es uno de los puntos fuertes de la RB, el hábito de juzgar todo delante de Dios es el fundamento de la madurez responsable. Discreción y responsabilidad, en efecto, son casi sinónimos. La discreción en el sentido antiguo no es la actitud timorata que nos hacemos. Es la capacidad de “elección justa” en lo real de una situación. Es el don de la decisión práctica que “corta por lo sano”, como se dice, pero habiendo asumido lúcidamente todos los riesgos. Es el arte de tomar riesgos justos o de asumir las responsabilidades con conciencia y lucidez, ante los hermanos y ante Dios, ante aquellos a los que se ha de responder. Cada vez que la RB pide al abad designar un responsable, da como criterio de elección “un hombre temeroso de Dios”. Y el abad mismo es remitido continuamente a esta relación con Dios. Este temor de Dios podría todavía llamarse el coraje del “corazón recto” que, ante Dios, se compromete en el sentido de lo que su conciencia le indica como lo más verdadero en la situación en la que él se encuentra. Ser responsable quiere decir “ser capaz de responder por sus actos”. El “temor de Dios”, en el sentido de la RB, quiere decir la aptitud de no querer sino la voluntad de Dios, de consagrarse a ella, con riesgo incluso de sacrificarse a ella. Es la actitud misma de Cristo. La RB no descuida la capacidad, ella la pide al mayordomo, al enfermero, al hospedero... pero es esta cualidad del corazón la que es más indispensable. Ella se enraíza en una verdadera vida espiritual.

Es por eso que, permitiendo hoy a cada uno de los miembros de la comunidad participar mucho más en la responsabilidad común, los cambios actuales, lejos de malograr la vida espiritual, deberían al contrario dar la oportunidad de una mayor profundización. Deberían permitir ir más lejos en esta experiencia de la búsqueda del Espíritu de Dios en y por una vida de mayor comunión.

Este reparto de la responsabilidad común se hace a muchos niveles. En primer lugar a nivel de la comunidad entera, luego en el de las instancias más particulares.