VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (31)

El consejo de los hermanos (RB cap. 3)

En el contexto actual, este breve capítulo recobra toda su importancia. Su origen en la tradición monástica es bastante confuso. Sin embargo, parece que algunos ensayos en este sentido aparecieron muy temprano en la historia del cenobitismo (en particular san Basilio), lo cual subraya el acuerdo espontáneo de los legisladores del cenobitismo debido a su común referencia a la Escritura[1]. Ciertamente es el Evangelio el verdadero inspirador de esta búsqueda, tanto hoy como en otros tiempos.

 

El consejo de toda la comunidad

En todas las comunidades, con más o menos determinación y según las modalidades propias de cada tradición, se ha hecho un esfuerzo para hacer participar aún más a la comunidad entera en la elaboración de las decisiones importantes. Esta consulta puede hacerse de varios modos, sea en sesión plenaria, sea por grupos, sea incluso por escrito.

La reunión plenaria es sin duda uno de los momentos más ricos de la vida comunitaria. No siempre es posible. Cuando ella se presenta, debe ser vivida plenamente. Es la oportunidad de conocer mejor a los hermanos y sus motivaciones más personales que, en la vida cotidiana, a menudo no percibimos. En ella se hace escuchar “lo que el Espíritu dice a las Iglesias” (Ap 2,7).

La reunión plenaria debe ser vivida asimismo en verdad. Se trata de toda una educación que se va haciendo poco a poco. Primero, saber verdaderamente “escuchar”, incluso a aquellos que no piensan como nosotros. Saber también “hablar”. Es bueno preparar de antemano lo que se va a decir, para no dejarse impresionar por aquellos que hablan más o mejor. Se trata de decir una “palabra” que esté enraizada de verdad en nuestra vida, nuestro juicio, y no una “idea” que surge en contacto con otras ideas, sea para encajarla, sea para oponerse a ella. Eso supone también una participación activa en la vida de la comunidad, que se siente verdaderamente “comprometida” con los demás, y no juzgando los hechos como de lejos, desde el punto de vista de Sirius[2]. La manera de expresarse en comunidad es a menudo reveladora de lo que nosotros somos (es por eso que hablar es siempre “comprometedor” y a veces cuesta). Revela nuestra afectividad tanto como nuestro juicio. Estas reuniones son una prueba de verdad para todos y para cada uno. Pueden también ser uno de los crisoles donde se forja la verdadera unión de la comunidad, incluso y casi necesariamente a través de los conflictos.

No se trata de crear conflictos por mero gusto. Pero una reunión comunitaria será verdadera si se asume el miedo a los conflictos y a las tensiones. Sólo venciendo su propia tensión interior, delante de Dios y en paz, se podrá recibir la verdad que se llegue a decir o escuchar. “Nada es más dañino para el juicio objetivo que los lazos de afinidad...” (Regla de Taizé); es decir, en particular, todo lo que pueda asemejarse al “espíritu partidario” (Flp 2,3). Una comunidad monástica está trabajada por corrientes diversas, luchas más o menos conscientes de influencias, y por todos los fenómenos habituales a cualquier grupo humano. Hay que saberlo ver. Incluso es posible hacer, a escala reducida, un análisis parecido al de la sociedad entera, tanto en el plano social como político. No es a este nivel que la comunidad monástica se distinguirá de toda otra comunidad. Sería falso y nocivo creerlo. Al contrario, si sus conflictos internos son los mismos que en otros lados, su manera de afrontarlos y superarlos será con otro “espíritu”. Nada es más opuesto a este espíritu que el “espíritu partidario” del que habla Pablo a los Filipenses (2,3)[3]. Cada uno debe hablar según su conciencia, a riesgo de desolidarizarse de aquellos que de ordinario son de su misma opinión. Esta frasecita de san Pablo es hoy una luz que no hay que olvidar en el momento donde las diversas tendencias trabajan las comunidades. La tentación de emplear los medios del “mundo” es fuerte: reunir las fuerzas, hacer alianzas, etc., por la “buena causa”. Es una falta de fe. En una comunidad monástica no es la ley del más fuerte la que debe moverla, ni la de los más numerosos, sino únicamente la ley de la verdad y del amor. Es al menos el fin a perseguir sin cesar a la luz del Evangelio. “El fin del consejo es buscar toda la luz posible sobre la voluntad de Cristo para la marcha de la comunidad”, dice la Regla de Taizé. “Todos serán llamados a consejo porque a veces el Señor revela al más joven lo que es mejor”, dice la RB (3,3). Esto brota del mismo espíritu. Es posible escuchar en esta frase de la RB como un eco de nuestras concepciones democráticas modernas. Pero así no se capta todo su alcance. Ella surge, en efecto, de un espíritu distinto, no tiene otro fin que ponerse a la escucha del Espíritu, que se nos da a todos y no sólo a los responsables. Este capítulo, más o menos olvidado por mucho tiempo, hoy recobra toda su envergadura a causa de su armonía con la concepción eclesial del Vaticano II, que recupera la verdadera tradición cristiana.

Una verdadera libertad de palabra es por tanto necesaria. La RB subraya la necesidad de una actitud de humildad delante de la autoridad, o más bien, ella aparta la actitud “inmadura” (diríamos hoy) que resiste “descaradamente”. De hecho, la pasión o la emotividad pueden a menudo mezclarse con las mejores razones: “Es el momento en que tú debes buscar la paz e ir tras ella, huir de las protestas y de la tentación de querer tener la razón, esto es lo aconsejable”, dice otra vez la Regla de Taizé. Esta actitud no sólo vale frente a la autoridad sino igualmente frente a toda oposición o contradicción que venga de los hermanos. Se adquiere poco a poco. Es el reflejo de la verdadera libertad interior (cf. RB capítulo 7, en particular los grados 9º, 10º y 11º).

Uno de los signos de madurez es poder discutir con la misma libertad frente a la autoridad. En la elaboración y la discusión de una decisión a tomar, cada uno debe hablar con toda libertad, según su conciencia. La autoridad no es en sí un argumento; si esto fuera así, sería socavar desde la base toda deliberación y volverla inútil.

Al contrario, una vez tomada la decisión, “todos deberán someterse a ella” (RB 3,5). Primeramente, es una simple cuestión de fair-play en el juego comunitario, luego, de un espíritu de fe en la acción del Espíritu en la comunidad, y, finalmente, de amor a los hermanos. Todo lo que se ha dicho de los capítulos 5 y 68, se aplica aquí con las mismas exigencias y los mismos límites.

El texto del capítulo recuerda aquí un punto capital: la Regla común. Las tres instancias que equilibran la experiencia monástica se hacen así presentes: la comunidad reunida, la autoridad viva del abad y también la regla común. En efecto, la comunidad no es, por sí misma, dueña de su destino. Por honestidad en primer lugar de los miembros entre sí, debe respetar lo que funda esta reunión de todos, el fin mismo de la comunidad y su orientación profunda. Por honestidad también debe serlo hacia los demás miembros de la comunidad-Iglesia, de la cual es una célula viva, y que tiene el derecho de contar con ella. No se trata de guardar una fidelidad mezquina a la Regla; al contrario, se trata a veces, gracias a decisiones graves, de permanecer fieles al objetivo que ella indica. En efecto, muchas veces por cuestiones del nivel de “asuntos importantes” (RB 3,1) es por lo que el abad convoca a los hermanos. Todos, efectivamente, tienen derecho a la palabra sobre lo concerniente a lo más profundo de su vida. Incluso a menudo los “más jóvenes” o los menos directamente comprometidos en cargos de la comunidad, perciben con más agudeza el sentido profundo de la vida de la comunidad, mientras que los “competentes” pueden estar más o menos ciegos por cuestiones de orden más técnico. El abad es el que finalmente, ante Dios, le toca discernir lo que el Espíritu de Dios pide a la comunidad a través de todo lo que ha sido expresado.

Un cambio muy importante, sin embargo, ha sido introducido por el derecho de la Iglesia. Como lo hizo notar el Abad primado, el Padre Weakland, éste no ha sido suficientemente asumido de verdad: “La idea expresada por san Benito en el capítulo 3 de la Regla, es bastante clara, la última responsabilidad reposa sobre el abad. La modificación de esta idea bajo el efecto del derecho... no es simplemente accidental en su naturaleza, es realmente esencial. Se han específicamente enumerado casos por los cuales el consentimiento del Capítulo, expresado por voto secreto, es absolutamente necesario para que el abad pueda actuar. En esos casos, el derecho de la Iglesia coloca el poder de decisión en manos de los miembros del Capítulo o del consejo de los ancianos. La responsabilidad de decidir descansa por lo tanto sobre aquellos que, por la ley, deben tomar una decisión. Esto aporta una modificación evidente del espíritu del capítulo 3 de la Regla, y esta modificación de ningún modo ha sido introducida bajo el efecto de recientes influencias democráticas. Pocos comentaristas de la Regla y pocos autores de espiritualidad benedictina han abordado las numerosas ramificaciones espirituales nacidas de este cambio de espíritu aportado por el derecho de la Iglesia al capítulo 3 de la RB”[4]. En efecto, es llevarle a la comunidad entera y por tanto a cada uno de sus miembros, la responsabilidad fundamental de su propia orientación, de su devenir. “El problema es más importante de lo que parece a primera vista, puesto que los casos por los cuales se exige votar son realmente los más importantes. Son los votos que tienen por objeto el género de los candidatos admitidos en el monasterio (punto muy importante que puede determinar la fisonomía de una comunidad), o grandes gastos de dinero (y nos volvemos cada vez más conscientes de la influencia que puede tener el aspecto material de un monasterio sobre el futuro de la comunidad)”[5]. Espiritualmente, esto hace que se pase de la actitud de entregarse uno mismo y la comunidad en manos de otros con espíritu de fe, a otra actitud: la de una colaboración activa y responsable que pueda llegar todavía más lejos en el don de sí y la superación de sus propias estrecheces. Esta actitud necesita de todos los hermanos un espíritu de fe y de amor más comprometido.

En efecto, en tal perspectiva, “el aspecto más importante del voto no es el voto mismo sino la manera en que se ha obtenido... Lo que cuenta no es que la mitad más uno tenga una opinión... Lo que importa es que se haya alcanzado un consenso ante todo emprendimiento de cierta importancia... Una comunidad de monjes sanos y normales debe estar convencida del valor de un proyecto de cierta importancia antes de emprenderlo. Un consenso significa que una comunidad ha recibido información suficiente, que ha hecho un análisis claro..., que ha tomado la opinión de expertos, que ha escuchado el parecer del abad... Para que un proyecto sea verdaderamente exitoso, no basta una conformidad exterior. Es necesario estar convencido. El papel del abad no es sólo presidir sino ayudar a que se alcance un consenso...

“Llegar hoy a una decisión es mucho más difícil porque las capacidades y los conocimientos profesionales son indispensables... Es por esto que el abad y la comunidad deben apoyarse en expertos, a veces de entre ellos mismos o de afuera, antes de estar en condiciones de llegar a una decisión... Sin embargo, la tarea primordial del abad reside en lo siguiente: él debe constantemente invitar a la comunidad a examinar las razones y los motivos de sus decisiones; debe obligar a los miembros a preguntarse si obran según el Evangelio... Eso significa que las decisiones no serán siempre tomadas de acuerdo a lo que los expertos llamados en ayuda hayan juzgado con más eficiencia... Una comunidad en la cual el abad diese así el tono, buscará la voluntad de Dios escrutando el sentido del Evangelio en las circunstancias particulares en las cuales ella se encuentre y en relación con las decisiones específicas que tenga que tomar”[6].

 


[1] Cf. A. DE VOGÜE, La communauté et l’abbé, p. 204.

[2] Sirio, o Sirius en su denominación latina, es el nombre propio de la estrella Alfa Canis Maioris (también Alfa Canis Majoris), la más brillante de todo el cielo nocturno vista desde la Tierra, situada en la constelación del hemisferio celeste sur Canis Maior (N.d.T.).

[3] El autor toma la versión francesa de la Biblia de Jerusalén que dice “esprit de parti”. Esta expresión se traduce como “partidismo”. La traducción española de la misma Biblia dice “rivalidades”, y la Biblia del Pueblo de Dios dice: “espíritu de discordia o de vanidad” (N.d.T.).

[4] Collectanea Cisterciensia, 1969/2, “L’abbé dans une société démocratique”, p. 104.

[5] Ibid., p. 105.

[6] Ibid., pp. 106-108.