VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (35)

XII. LA COHESIÓN COMUNITARIA o “La corrección de los vicios y la conservación de la caridad” (Pról. 47). RB 23-30; 42I-46; 69-70

Este capítulo se podría también intitular: “Sobre la disciplina regular”, según una expresión frecuente de la RB.

Toda comunidad está entretejida de debilidades y errores. No se entra al monasterio porque uno sea perfecto. Un monje anciano decía que el Señor atraía al monasterio a “aquellos que tenían más necesidad de perfección”. La RB propone una institución, una “escuela” donde todo el mundo esté allí para aprender. Ella prevé que a veces pueda presentarse algo un poco más severo, “para la corrección de los vicios y la conservación de la caridad” (Pról. 47).

Los capítulos 23 al 30 han sido llamados el “código penal” de la Regla. En efecto, ellos son la instalación de un procedimiento de reacciones contra todo aquello que podría amenazar la vitalidad más profunda de la comunidad: su dinamismo hacia la caridad. Lo que más hace equivocar a una comunidad no son las faltas que en ella se cometan, sino la falta de reacción al respecto.

A primera vista, estos capítulos se contarían entre los más arcaicos de la RB y los menos practicados literalmente en la hora actual. Pero si se los escucha atentamente, se percibe que esta parte de la RB es una de aquellas que revelan más profundamente el espíritu de san Benito, un espíritu profundamente evangélico.

En efecto, ante la falta y el pecado, en la actitud frente a los pobres de toda clase, incluso también y sobre todo a los pecadores y marginados, es cómo aparece el Evangelio en toda su pureza. Allí es cuando una comunidad evangélica se distingue radicalmente de cualquier otra comunidad. La ley normal de una comunidad es rechazar de su seno todo germen malo, o al menos neutralizarlo para que la comunidad viva. Eso se da al límite en las sociedades totalitarias. La perspectiva evangélica es muy distinta: el bien de la comunidad está ordenado al bien de las personas, que es el valor supremo, y cada persona es ella misma un valor absoluto.

Detrás del texto de estos capítulos de la RB está muy cerca el texto mismo del Evangelio.

 

Las faltas contra el espíritu de la comunidad

Capítulo 23

Este breve capítulo es prácticamente una paráfrasis de Mateo 18,15-17.

El motivo de la intervención: la RB supera de lejos la simple infracción exterior en el orden comunitario; va de inmediato a la raíz, a la causa de esas posibles infracciones. En el espíritu del Evangelio, mira al “corazón” del hombre de donde viene todo mal (Mc 7). A través de todos los términos empleados aquí, a lo que se apunta siempre es más o menos a una cerrazón sobre sí, a una reacción “contra”, a una falta de acogida. Es esto lo que conduce a un gran error en la vida en común y a su dinamismo como al hermano mismo, cuya actitud “separa”.

El procedimiento empleado es el mismo indicado por el Evangelio:

a) advertencias en particular; se trata pues, en efecto, según el término mismo del Evangelio (Mt 18,16), de “ganar” a su hermano, es decir de salvarlo. No es cuestión, en primer lugar, de restablecer el orden de la comunidad, sino de querer el bien del hermano. No se interviene para aliviar su conciencia, sino por amistad con un hermano. Es por tanto evidente que, para obrar de este modo, hay que tener en lo posible una relación de amistad. No tener otras relaciones con un hermano o con hermanos sino aquellas que consistan en hacer observaciones, señala una psicología de gendarme más que una verdadera caridad. La RB reserva este papel de advertencia fraterna a los ancianos, es decir, según parece, a los responsables. Ellos deben, en efecto, estar mejor ubicados, en principio, para conocer mejor las razones que pueden hacer obrar al hermano. Pero la amistad, o toda relación más estrecha, es también una responsabilidad. Somos más responsables de los que nos son más cercanos. Son ellos, por consiguiente, los que tienen más derecho a nuestra franqueza. A veces es lo contrario y se produce a la inversa; sin duda porque, más se conoce a alguien, mejor se comprende que las cosas no son tan simples, mientras que, cuando se conoce menos bien la situación, se piensa enseguida: “Sólo hay que...”.

La RB insiste aquí sobre el carácter “privado” de esta advertencia. El carácter “privado” no es forzosamente el equivalente del “a solas”. Esta advertencia puede hacerse en un grupo más restringido de hermanos más cercanos. El peso del enfrentamiento es entonces más fácil de llevar, incluso para el hermano causante, la experiencia así lo ha demostrado. Lo importante es dejar espacio a un diálogo confiado, A menudo es la condición indispensable de su eficacia. En estos “tête-à-tête”, se da la posibilidad de una escucha mutua que es mejor que todos los sermones.

b) Puede llegar un momento en que sea necesaria una intervención pública, puesto que se trata de un bien común más importante. Si el bien público está comprometido, éste debe ser defendido públicamente. Es una de las tareas más difíciles y también más graves del responsable, en particular del abad.

La pena tendrá en cuenta ante todo a la persona y será elegida en función de ella.

Prácticamente hoy la excomunión jamás es pronunciada jurídicamente por un acto de autoridad. Bajo otro modo, permanece sin embargo como una realidad. Hay como una ley natural del grupo que reacciona ante las actitudes mencionadas al comienzo del capítulo. Poco a poco se produce una ruptura, e incluso una separación, que es una desaprobación tácita de parte de la comunidad. Esta sensibilidad de la comunidad respecto a nuestras actitudes puede ser, para cada uno, la mejor de las señales que anuncian una dirección peligrosa. Tomar conciencia o ayudar a tal o tal hermano a tomar conciencia son reacciones vitales para la comunidad. Sin embargo, queda siempre el juicio de conciencia crítica que debe ejercerse. A veces hay reacciones comunitarias ante un hermano que son profundamente injustas, no forzosamente por maldad sino por desconocimiento de la verdadera situación. Es una ley de los grupos numerosos. A veces basta que un hermano esté en dificultades para que se produzca un vacío en torno a él, no haciendo sino que se agrave su dificultad. Sólo el contacto personal puede entonces detener el proceso. Le corresponde a los más cercanos intervenir. Una palabra, una actitud de comprensión pueden a veces tener una enorme repercusión. Lo contrario es igualmente verdadero.