VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (36)

Capítulo 24

La primera frase es también reveladora de un espíritu. No hay tablas de cálculos ya hechas. Cada caso hay que enfrentarlo en función de su causa, y queda a juicio del abad fijar la conducta a seguir. El papel de los seniors o jefes de grupos tiene aquí su lugar. En comunión de espíritu con el abad, pueden permitirle “compartir confiadamente su carga” (RB 21,3). Se trata siempre, en efecto, de asuntos de personas, con toda la complejidad de cada caso. Sólo una autoridad viva puede entonces hacer una apreciación justa, y no una ley escrita que sólo habría que aplicar. La RB prevé sin embargo algunas sanciones “de regla”, casi automáticas.

 

Capítulo 25

La RB prevé entonces que en ciertos casos tendrá lugar una intervención y se dará una sanción. Hoy ya no hay prácticamente más sanciones...

Pero la segunda parte de este capítulo indica una vía que, hoy, debería tener más importancia. Está previsto que a aquel que es sancionado de esa forma se lo dejará solo, para que pueda reflexionar. No se trata tanto de dejar a alguien solo materialmente, sino de hacerle comprender su desacuerdo sobre tal o cual punto discutible, si es que se lo piensa de este modo. Sin llegar a juzgar a sus hermanos ni a condenarlos, a veces basta con no “seguir” y alejarse de ellos, siguiendo el camino que se estima tener que seguir personalmente. Estas decisiones, a veces de poco peso, a veces más comprometidas, son las que sirven de volante de la comunidad y le permiten proseguir su ruta sin comprometerse en caminos falsos. El Espíritu Santo obra por estas elecciones personales de las que somos responsables. A veces pueden costar mucho a la amistad.

 

Capitulo 26

Igual insistencia en el mismo sentido que el capítulo precedente. Este capítulo muy corto es una reacción muy fuerte contra todo espíritu de connivencia con aquellos que están así marginados. Es expresión de una vigorosa puesta en guardia de la RB contra todo espíritu partidario (RB 65, 69, 70) o contra toda murmuración. La murmuración, en efecto, es casi siempre un llamado al acantonamiento para ser escuchado por otros y suscitar el acercamiento de los descontentos. La RB vuelve al menos trece veces sobre el tema de la murmuración, estigmatizada como el mal más nocivo de la comunidad.

Esta actitud contra toda reivindicación o protesta parece hoy bastante ambigua. Se parece demasiado a los procedimientos corrientemente aplicados en los regímenes totalitarios. De hecho, poco falta para transformar lo que dice aquí la Regla (y también en los capítulos 69-70) en un sistema de defensa absoluta del poder. Una cierta noción de “buen espíritu” ha llevado a menudo a un gran error sobre el verdadero “espíritu” de una comunidad. El “buen espíritu” es aquel que viene del Espíritu cuyos frutos son “caridad, gozo, paz, longanimidad, servicialidad, bondad, confianza en los demás, mansedumbre, dominio de sí” (Ga 5,22). En un régimen cristiano no hay otro “buen espíritu”. Este “buen espíritu” puede llevarnos a posiciones difíciles frente a la autoridad o a la mayoría de la comunidad... El “mal espíritu” que, al contrario, persigue la RB es descrito en otro lugar: en el comienzo del capítulo 23, más arriba, o al comienzo del capítulo 72, “el celo malo”. Cuando, bajo el influjo de este “espíritu de amargura”, los hermanos se reagrupan y se defienden mutuamente, caen entonces en el “espíritu partidario”. Entonces el verdadero móvil se vuelve la defensa de su grupo y no el bien de la comunidad. Es un peligro de los más grandes para la caridad común. Es esto a lo que se apunta en los capítulos 26, 69 y 70 en particular.

 

Capítulo 27

Es uno de los capítulos más bellos de la RB, uno de los más evangélicos. Está entretejido de citas implícitas o explícitas de la Escritura, desde Ezequiel hasta san Pablo, pasando por los Sinópticos y san Juan.

Toda una sucesión de pasos y puesta en obra pacientemente para tratar de ganar al hermano en peligro. Todas ellas estás motivadas por el amor al hermano más que por el deseo del bien común.

El envío del “senpectas” -palabra intraducible, pero que designa a los hermanos aptos para reunirse con el hermano en su soledad y su posible desaliento, o incluso su rechazo a someterse- es de buen psicólogo. Hay casos en los que el superior no puede obrar por sí mismo, sino por interpósita persona, sea a causa de la situación comprometida, sea muy simplemente a causa de dificultades de afinidad personal entre él y el hermano. Todo el espíritu del Evangelio está contenido en esta pequeña frase: «... Como dice el Apóstol: “Que experimente una mayor caridad” (2 Co 2,8), y todos oren por él”» (RB 27,4).

 

Capítulo 28

Se retoma lo precedente redoblando aún más las precauciones y modos de proceder a fin de obtener el cambio del hermano.

Parece que la RB ofrece dos ocasiones antes de llegar al desenlace que querría evitar, pero al cual sin embargo hay que llegar en ciertos casos: la exclusión de la comunidad.

Llega un momento, en efecto, en el que el bien común resulta demasiado cuestionado, y que ciertas presencias se vuelven un mal. Para el mismo hermano, por otra parte, la exclusión puede también ser un medio medicinal: la pertenencia a la comunidad no es un absoluto; incluso alejándose, la gracia todavía puede obrar y el hermano encontrar un camino recto.

 

Capítulo 29

Siempre la misma voluntad de confianza, hasta el límite de la debilidad crédula. Sin embargo, las condiciones son claramente exigidas y ponen a prueba la buena fe del que regresa.

 

Capítulo 30

La última expresión dice todo sobre el espíritu de estos capítulos: “ut sanentur”, “para que sanen” (RB 30,3). Todo se hace para el bien de los hermanos, “para la corregir los vicios o para conservar la caridad” (RB Prol. 47), como se dijo al comienzo.

En su muy hermoso libro Vida en comunidad, Dietrich Bonhoeffer dice que una comunidad cristiana debería “permitir” a sus miembros ser pecadores[1]. No se trata de ese modo de favorecer el pecado o la falta, sino de no obligarlo a esconderse, porque entonces es un foco infeccioso lo que se forma para el hermano culpable y para la comunidad. Es un camino abierto a la hipocresía. El miedo al escándalo es mal consejero. Todos los hermanos son solidarios tanto en el bien como en el mal. Todos deben soportar el pecado de unos y otros; nadie puede, por otra parte, creerse totalmente inocente si se considera la solidaridad extrema de nuestra vida. Nuestra dureza frente a los demás viene de ese sentimiento de herida en nuestro amor propio personal, que se siente alcanzado por la falta de un hermano. “¿Deberé perdonar hasta siete veces? -Tú perdonarás hasta setenta veces siete” (Mt 18,22). Así pues, perdonar es dejar una herida abierta, una reparación no hecha, una deuda no pagada...

 


[1] Colección “Foi vivante”, pp. 113 ss. (trad. en: Col. Pedal, n. 133, Salamanca, Eds. Sígueme, 1982, pp. 72 ss. [N.d.T.]).