VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (37)

Las negligencias (caps. 43-46)

Estos capítulos no apuntan tanto directamente a faltas o transgresiones en el aspecto moral, sino más bien a su repercusión práctica en la vida común. Se podría agruparlas bajo el nombre de “negligencias”: tardanzas, errores, descuidos, etc.

Más de quince veces en la RB se trata de los negligentes. La negligencia es una falta de conciencia. Consiste en no hacer lo que se debe hacer. Todo error o distracción no es forzosamente una negligencia. La negligencia se relaciona con lo que los antiguos llamaban la acedia; ésta es a menudo signo de una falta de fe en lo que se hace; y, en nuestra vida, en lo que se vive. Por esto es un síntoma grave. La RB ataca primeramente sus manifestaciones exteriores, en lo que ellas afectan el tono general. Éstas contribuyen a propagar una falta de convicción: tardanza en las actividades de la comunidad o en el oficio, que dan la impresión de que no se cree mucho en eso, errores o faltas en los servicios en los que se está a cargo, etc. Si el perjuicio es de orden público, la reparación lo será también. Hoy ya no tenemos más lo de las “satisfacciones”, es decir los ritos públicos por los cuales un hermano reconocía su falta delante de todos y se excusaba. Quizás sea una pena. Estos ritos han sido abandonados porque se prestaban fácilmente a un cierto formalismo nocivo. Habría que buscar algo en ese sentido. Pero los ritos, en este dominio, no son indispensables. Lo que cuenta es desarrollar en nosotros el sentido de respeto a los otros y a la comunidad. Faltar a la tarea que nos fue confiada por los hermanos y no preocuparse, es por una parte no tenerla en consideración suficiente, incluso si dicha tarea es humilde; y por otra parte, tampoco hacer gran caso a sus hermanos. Fustigando la negligencia, la RB cuida mantener en la comunidad un tono y un impulso que haga a todos la vida más fácil, mientras que al contrario un ambiente descuidado pronto incrementa el peso de la vida en común.

Hay, sin embargo, negligencias y negligencias. No todas pesan de la misma manera sobre la comunidad. Alguna son debidas a rasgos temperamentales (distracciones...), que son causa de impaciencia para los hermanos y de mucha humillación a veces para sus autores involuntarios. Son menos graves que las que dejan entrever una causa más profunda. Es por eso que el capítulo 46 concluye con algunos términos admirables, encontrados ya varias veces, y que abren el camino a una terapia más eficaz que una sanción exterior. Es una de esas “frasecitas” en las cuales RB, en el momento menos esperado, descubre todo un mundo de fineza psicológica y de amor de los hermanos. Antes de intervenir frente el comportamiento “negligente” de un hermano, siempre hay que preguntarse “si no hay una causa escondida en el corazón”... El capítulo 70, al final de la Regla, aunque hoy no pueda ser tomado literalmente, ya que la libertad de intervención se ha hecho más grande, conserva todavía su valor. Siempre estarán en una comunidad los intempestivos correctores de faltas. Todos, en cualquier momento, caen en este error y a menudo es muy formativo constatarlo. Para evitar sin embargo grandes torpezas, es bueno que el abad o los responsables más indicados, ejerzan el papel de “moderator” (“regulador”). Antes de intervenir es bueno en primer lugar tomar consejo de aquellos que están en mejores condiciones para juzgar, sea por su papel, sea gracias a su experiencia, sea porque están más ligados al hermano en cuestión.