VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (39)

La gestión de los bienes comunes

El responsable (cap. 31)

(v. 1) “Elíjase… a uno de la comunidad...”. La comunidad misma administra sus bienes. Esta responsabilidad está demasiado integrada al proyecto mismo de la comunidad como para que ésta deje la responsabilidad a otros. El contexto actual urge aún más esta necesidad. Lo económico extiende cada vez más su dominio sobre la vida de particulares y colectividades. El condicionamiento que resulta de esto desborda ampliamente su propio dominio. Influye fuertemente incluso en lo moral o en lo espiritual, y da forma a mentalidades y comportamientos nuevos. Estando dentro de la red económica moderna, la comunidad monástica, como cualquier otra colectividad, debe poder conservar el dominio del espíritu que ella quiere dar a su estilo de vida. Debe poder resistir a las presiones de lo económico y a su pretensión siempre posible a la primacía. Debe conservar su libertad espiritual, incluso en el contexto actual. Libertad espiritual no quiere decir “autarquía”, incluso si en otro contexto económico una pudo estar ligada a la otra. Al contrario, es necesario jugar lealmente el juego actual de la economía, pero insuflando allí un espíritu compatible con el proyecto de la comunidad. La necesidad de un aporte exterior en el plano de la competencia no puede quitar a la comunidad la responsabilidad de sus opciones económicas y de sus consecuencias.

“... Como mayordomo…”. Al mayordomo tradicional se lo sustituye cada vez más por un equipo de responsables, del cual uno de entre ellos se ocupa de la coordinación. Las modalidades técnicas de esta organización pueden variar (¡y varían!) según las circunstancias que evolucionan y las personas que se suceden. La RB no entra en absoluto en estas cuestiones. Se contenta con indicar actitudes humanas y espirituales, que pueden ser siempre valiosas.

(v. 2) “... Que sea como un padre para toda la comunidad”. Ni del abad se dice tanto. El padre es aquél que hace vivir, no el que ejerce un poder. Es bastante notable que la RB no emplee este término cuando habla de aquellos que tienen una responsabilidad concerniente a personas. Evita así bastantes ambigüedades que hoy día tenemos. El término aparece cuando comienza a tratar responsabilidades de otro orden: las que se refieren a las cosas. El riesgo del paternalismo y del infantilismo es menos grande. La RB está muy lejos de estas cuestiones actuales, pero no por ello es menos interesante subrayar su manera de expresarse.

El término “padre” expresa aquí el cuidado del que previene las necesidades de aquellos que están a su cargo. El padre es el símbolo del amor “oblativo”, del amor que piensa en el otro sin esperar reciprocidad. La tentación del que detenta lo económico es la tentación del poder, del poder tecnocrático, que puede acabar con el olvido de las personas. Se trata para ellos de pasar del “espíritu de poder” al “espíritu de servicio”. Lo que es verdad para el mayordomo es verdad para todos los que tienen un puesto de trabajo en comunidad, como sería encargarse de las vinagreras del refectorio y del mantenimiento de los autos. Este cargo puede ser ocasión de ejercer el poder o, al contrario, de brindar un servicio para ayudar a hacer vivir mejor a los hermanos: es una manera de ser “padre” para la comunidad.

(v. 4) “Que nada haga sin orden del abad”. Esta dependencia respecto del abad es una garantía de apertura continua al bien común del que es responsable. La dependencia nos saca de nuestro poder personal. No es necesario aguardar una orden directa del abad, la preocupación por el bien de todos es lo que nos debe mover a la acción, es la que nos libera de las estrecheces y de las susceptibilidades personales (cf. todo lo dicho en el capítulo 11 del presente comentario).

(v. 6) “Que no contriste a los hermanos”. El respeto a los hermanos es otra garantía de apertura y de verdadero espíritu de servicio. El monasterio no puede ser asimilado a cualquier empresa en la que el bien común es el éxito de un proyecto exterior a sus miembros y que por tanto debe primar. El bien común perseguido es ante todo el bien de las personas, el bien de los mismos hermanos, comenzando por los más débiles: “Cuide con toda solicitud de los enfermos, los niños, los huéspedes y pobres” (v. 9). Es la nota evangélica de toda gestión de los bienes materiales que no se deja dominar por las solas leyes económicas.

(v. 10) “Considere todos los tensilios y bienes del monasterio como si fuesen vasos sagrados del altar”. Se trata de respetar las “cosas” en cuanto tales: es decir también las realidades económicas y sus imperativos. Si estas realidades no están en primer lugar, deben sin embargo ser respetadas. Pertenece a los responsables el hacerlas respetar por todos. Puede entonces suceder, incluso es normal que sucedan, conflictos entre los imperativos de orden espiritual, por el bien común o por el bien de un hermano, y las necesidades económicas y financieras. Incluso es uno de los deberes del mayordomo hacer sentir la “resistencia” de estas realidades. En una comunidad numerosa, en efecto, muchos no están más en contacto directo con esas realidades y pueden perder la noción de ellas.

(v. 12) “Obre en todo con mesura”. No hay otras consignas técnicas sobre la manera de realizar esta gestión. Pero debe ser lo contrario a una acción inconsiderada o irreflexiva...

(v. 12) “... No sea avaro ni pródigo”. La pobreza evangélica no es un certificado de economía (gastar lo menos posible) ni un desdén descuidado (no estar atento al dinero). La RB recuerda lo que le parece ser el secreto para asumir esta responsabilidad, como en la mayoría de las otras: “el temor de Dios”. No un temor que sea miedo y que paralice, sino una actitud de dependencia total y de volver en sí para sólo “buscar la voluntad de Dios, para llevar a cabo su Obra” (Jn 4,34). Y: “Que mire por su alma...” (v. 8); que la vida espiritual no puede estar separada de una buena gestión, sino que debe ser la condición de ésta (cf. v. 17, fin).

(v. 17) “Dénsele ayudantes”. Aquellos que se entregan a los cuidados de la gestión común deben poder contar con la ayuda de todos, particularmente en las grandes dificultades que piden que cada uno deje en parte sus propias actividades para responder a su llamado. Otro modo de contribuir a aliviar su tarea es respetar sus decisiones, como por ejemplo, “las horas convenientes para pedir” (cf. v. 18), “para que nadie se perturbe o se aflija en la casa de Dios” (v. 19). ¡Es todo un programa!