VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (40)

Las herramientas y los objetos (cap. 32)

La responsabilidad de los bienes es hoy cada vez más una actividad compartida. Se puede incluso decir que cada hermano tiene en ella una parte cada vez más grande, en la medida en que prácticamente todas las actividades, cualquiera que sea, implican medios económicos.

Ya no es más posible hacer un inventario de todo lo que se necesita en la marcha de tal o cual trabajo, o de tal actividad particular. No menos verdad es que ninguno de los responsables es propietario de su sector. Lo que permanece de este capítulo es que todos somos solamente gerentes de lo que se nos ha confiado. La comunidad tiene derecho a una rendición de cuentas por parte de los responsables. Esta rendición de cuentas puede hacerse de diversas maneras: delante del abad, del mayordomo, del consejo, o de la comunidad entera. Las condiciones económicas actuales imponen evidentemente que se dé una mayor libertad a los diferentes gerentes de la comunidad. Las modalidades pueden variar considerablemente, ellas no pueden suprimir el carácter de simple “gerencia”, en nombre de la comunidad, que afecta a toda gestión de trabajo en el interior de la comunidad. Aquí está, por tanto, la consecuencia de la elección inicial de una vida de cohabitación con todas sus exigencias, y en particular las interferencias continuas de las acciones de unos y de otros.

Sin duda hay una manera “monástica” de administrar los bienes, de administrar un trabajo, en el sentido que puede haber una preferencia por los “medios pobres” más bien que por los “medios poderosos”. Esta cuestión es siempre delicada de apreciar. En su sector, cada uno es a menudo el mejor juez de lo que hace falta. Se puede fácilmente ser severo con el sector de los demás. Tiene que haber una confianza mutua. “Que no sea… demasiado suspicaz, porque nunca tendrá descanso”, dice la RB del abad (64,16). Eso puede decirse de cada uno en lo que respecta a la marcha general de la casa, sobre todo en lo concerniente a los diversos trabajos.

Estos dos rasgos: apertura hacia los demás, rendición de cuentas por una parte y confianza mutua por otra parte, son sin duda las mejores garantías de una verdadera actitud evangélica en la gestión de los bienes. En estas condiciones, la comunidad entera es la verdadera responsable de su orientación material y económica. La experiencia está a la vista para mostrar que “el encadenamiento de las ocupaciones” puede fácilmente desequilibrar una vida comunitaria, incluso si uno solo de sus miembros se deja captar por esto liberándose del control de sus hermanos (cf. todo lo dicho más arriba sobre el reparto de las responsabilidades).

El final del capítulo es igualmente veraz. Es un hecho universal que la propiedad común es un factor de descuido. Lo que es de todos, es de nadie... y nadie de verdad es cuidadoso a pesar de que todos se sirven de las cosas. Los libros que desaparecen sin ser fichados, los autos rápidamente dañados o abollados... son fenómenos comunitarios congénitos. La RB, no obstante, no se declara a favor de esto.

 

La desapropiación personal (capítulo 33)

Este capítulo es uno de los más importantes de la Regla. Reúne los dos grandes temas de la pobreza evangélica.

(vv. 1-5) El primer párrafo está en la línea de “dejar todo” por amor a Cristo, que es el principio del camino monástico. El medio efectivo de vivir permanentemente este acto de fe inicial es perseverar en esta entrega de sí: “Todo lo necesario deben esperarlo del padre del monasterio” (RB 33,5). Es renunciar a asegurarse para sí mismo su subsistencia, a asegurarse su porvenir. Para un hombre en su madurez, esta dependencia puede ser mortificante. Exige una gran libertad espiritual frente a uno mismo. Cuando llega la edad, con la pérdida de fuerzas personales, esta dependencia se vuelve más probada, es una verdadera prueba de fe personal.

Prácticamente, en este punto el contexto ha evolucionado. Estamos sumergidos en las “cosas”, incluso en el monasterio. La actitud puramente pasiva de espera ya no es más posible. Al contrario, cada uno debe, en parte, hacerse cargo en cuanto a sus necesidades personales o de trabajo. Ya no es más el abad, en la mayoría de los casos, el que proveerá lo necesario. Cada uno es remitido a su propia conciencia para estimar lo que verdaderamente necesita. Se trata no tanto de observar una medida de cosas que se pueden tener y de cosas prohibidas. Se trata de perseverar, concretamente, en el acto de fe que nos hizo, un día, “dejar todo”... y por tanto abandonar nuestras seguridades. Es bueno, de tanto en tanto, o cuando las circunstancias nos dan la ocasión, de hacer nuevamente esta elección, incluso en el interior de lo que nos ofrece la comunidad. No se trata, pues, de saber qué hacen los demás; es un asunto entre Dios y nosotros, incluso si la opinión de los hermanos puede ayudarnos.

(vv. 6-7) El segundo párrafo enfoca más la “vida en común”. Es sobre todo la actitud de compartir lo que hay que mantener siempre viva. De hecho, los bienes a “nuestro uso” son la mayor parte del tiempo prácticamente “nuestros”. Es mejor reconocerlo y no jugar con las palabras. Sin embargo el espíritu de la RB es siempre válido. Dos actitudes pueden ayudarnos en esto: una verdadera libertad respecto a estos bienes (desde la máquina de escribir hasta... el coche en ciertos casos), libertad que se concretizará por una actitud cooperante y un fácil ponerse a disposición en caso de necesidad. Este espíritu será igualmente mantenido por el rechazo de todo “privilegio” que nos independice de la comunidad. Toda función tiene sus facilidades legítimas: el mayordomo dispone de coches, el cocinero de... Estas facilidades se vuelven privilegios injustificados cuando perjudica el derecho de los demás. Su raíz es una falta de amor a los otros, es el egoísmo.

La RB tiene palabras duras contra “ese vicio de la propiedad”. En efecto, es uno de los más nocivos para la vida personal de cada uno, debilitando la fuerza fundamental de esa vida: la fe, la confianza en Dios. Lo es también para la vida comunitaria, a la cual socava el lazo más fuerte: el amor y la confianza mutua. Empequeñece y disminuye... Es más una tentación de la edad madura que de la juventud.