VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (41)

El reparto de los bienes (cap. 34)

Este capítulo completa el precedente. Al igual que este último, nos envía directamente a los Hechos de los Apóstoles. Se trata de un texto que lleva a su plenitud la nota “cristiana” de la puesta en común de los bienes.

No se trata, en efecto, de una colectivización ciega que destruye a las personas nivelándolas.

No se trata, tampoco, de un poder arbitrario de parte de aquellos que tienen la responsabilidad de la gestión.

La regla de oro está sacada de los Hechos (4, 25): “Se distribuía a cada  uno según sus necesidades”. Es la regla más simple que puede haber... pero también la más difícil de poner en práctica.

Nuestras necesidades son, en efecto, infinitamente variadas y diferentes. Pueden proceder del temperamento, de la edad, de la educación... y sin dudas este último punto es uno de los más difíciles de entender en la práctica. Todos estamos formados por nuestro medio, y juzgamos a los demás según nosotros mismos. En una comunidad donde los orígenes son muy variados, esta diversidad de las necesidades es a menudo causa de dificultades, ¡o de la más grande caridad! Con frecuencia conocemos mal nuestras necesidades, y es más difícil todavía conocer las de los otros.

Hay necesidades reales que nunca han podido expresarse verdaderamente por falta de un clima propicio. No basta sólo con “decir”, también hace falta ser “atendido”. Por otra parte, hay necesidades que se crean artificialmente, como por contagio o mimetismo, y que se vuelven verdaderas necesidades...

Lo que este capítulo expresa es la aceptación de nuestras diferencias.

Saber aceptarse a sí mismo con sus necesidades, que a menudo son límites que deben reconocerse en paz...

Saber también aceptar las verdaderas necesidades de los demás, que con frecuencia son también, por contragolpe, límites para las nuestras.

Aceptar ser lo que se es y que los demás sean lo que son.

Aceptación que no es resignación, sino mutua acogida. Esta aceptación, que podría parecer pasividad, es, al contrario, lo que más libera todos los dinamismos de una comunidad.

La “murmuración”, que fustiga al final del capítulo, es, al contrario, el obstáculo más esterilizante de toda verdadera vida comunitaria. Viene de la envidia, cuya particularidad es llevar consigo su propio sufrimiento y expandirlo a su alrededor. Es una de las carcomas más corrosivas de la vida espiritual.

Es este nivel que pueden reabsorberse las tensiones inevitables debidas a las desigualdades: “El que necesita menos, dé gracias a Dios y no se contriste; en cambio, el que necesite más, humíllese por su flaqueza y no se engría por la misericordia. Así todos los miembros estarán en paz” (RB 34,3-4).