VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (42)

El nivel de vida de la comunidad (caps. 55 y 39-40)

Todo grupo humano tiene en sí un dinamismo constante que lo impulsa sin cesar a mejorar su nivel de vida. Para una comunidad monástica esto es mucho más  verdadero. El hecho mismo de agruparse en un solo lugar un número importante de hombres representa un potencial que les impulsa a superarse. No teniendo, en principio, obras particulares suficientes para desplegar las capacidades que lleva en sí, la comunidad monástica tenderá a preocuparse por sí misma, muchas veces con los mejores y más legítimos motivos. El mismo “éxito” de la comunidad le trae nuevas fuerzas que acentúan además la tendencia a expandirse. Hay allí un fenómeno humano que a menudo hace dar cuenta de la periclitación[1] rápida de comunidades monásticas en pleno apogeo espiritual. La elevación casi ineluctable del nivel de vida acaba por esterilizar el tono espiritual.

Es inútil querer dar como “criterios” de nivel de vida “monástica”. En este dominio, todo es relativo. La RB es plenamente consciente  cuando, tratándose de hábitos y alimentos, repite muchas veces que cada medida está a juicio del lugar y del tiempo: “... Según el tipo de las regiones en que viven o el clima de ellas” (RB 55,1). Sin embargo, de esos capítulos que tratan “de la vestimenta” y “de la medida de la comida y de la bebida” es posible desprender algunos rasgos que denotan un “espíritu”. La vestimenta y la comida son, en efecto, “signos” reconocidos del “tren de vida”, incluso si hoy se agregaron otros. No es cuestión, en la RB, del hábitat en cuanto tal (salvo en el capítulo 66, pero desde de otro punto de vista).

“… Acéptenlas tales cuales se pueden conseguir en la provincia donde vivan, o que puedan comprase más baratas” (RB 55,7). El nivel de vida del monje es un nivel común. Para algunos, podrá estar por debajo de lo que ellos vivían antes de entrar al monasterio, para otros estará por encima. No se trata ni de estar entre los más pobres, como lo buscan otras comunidades religiosas, ni de querer estar al nivel del pequeño número de los mejores provistos. Hay que guardar una solidaridad querida con el conjunto de personas que nos rodean y con las que tenemos relación. En el contexto actual, lo que se puede llamar el nivel común es cada vez más amplio y deja un margen de maniobra bastante grande. Ya resulta imposible no tener cuenta de la elevación de este nivel de vida común, y buscar en consecuencia la decencia y la corrección: “Preocúpese el abad...” (RB 55,8). (Toca más bien a los hermanos el ayudarse mutuamente a evitar excentricidades y el ridículo, sobre todo hoy donde se acostumbra cada vez más llevar ropa civil...). “Los que salen de viaje, reciban ropa interior... y cogullas… un poco mejores” (RB 55,13-14): nada de pobreza afectada.

“No se quejen los monjes del color...” (RB 55,7). No se trata de perder toda responsabilidad frente al propio nivel de vida (vestimenta u otros...). En el interior de los límites que le son dados por la comunidad, toca a cada uno conducirse. Pero hay que aceptar estos límites, este condicionamiento, más o menos explícito, de la comunidad, sea desde el punto de vista financiero, sea desde el punto de vista del “estilo” o del “género”. Se trata de una “libertad interior” suficiente, que no siempre es tan fácil de conservar como podría creerse.

El capítulo 54 agrega una precisión que hoy encuentra todo  su alcance. Los contactos con el exterior son más fáciles y más frecuentes, los intercambios también. La sociedad de consumo en la que nos sumergimos es una sociedad de continuos intercambios. A menos que se corte todo contacto, es difícil que nadie reciba o que nadie dé, sobre todo en lo que concierne a los objetos más usuales. Hay sin embargo allí una puerta abierta a un grave daño para la vida comunitaria. Por estos aportes desde el exterior puede instaurarse en la comunidad niveles de vida muy diferentes, e incluso injustos. Un verdadero espíritu de puesta en común debe permitir un verdadero reparto de estos aportes. Esto supone por parte de cada uno una gran claridad frente a la comunidad y de aquellos que tienen responsabilidad a este nivel. Este capítulo 54 hay que unirlo a los capítulos 33 y 34 sobre la desapropiación y el reparto de los bienes. Pero toca muy de cerca a la cuestión del modo de vida. Lo más frecuente es que por este camino de “regalos personales” se modifique el nivel de vida de una comunidad, un poco sin que se dé cuenta.

(vv. 10-11) “Al monje le bastan dos cogullas… Tener más que esto es superfluo y debe suprimirse”. Con el término “bastan”, se formula este principio que es sin duda la clave de todos los capítulos concernientes al nivel de vida del monasterio. Es todo un espíritu que sería perjudicial querer traducirlo en medidas fijas. Dos veces la RB hace una lista de eso “necesario” o fija medidas. Éstas no tienen ningún sentido para nosotros, tan grande es la distancia entre nuestras necesidades y la de nuestros antepasados. Sin embargo, debe desarrollarse el mismo sentido de “sobriedad”. Éste es inseparable de una vida interior fuerte, que sola puede compensar, frenar, canalizar las necesidades siempre más exigentes. A este nivel, cada uno es enormemente responsable del nivel general. En toda comunidad se produce una ósmosis muy poderosa entre los diferentes niveles de vida de los hermanos. La tendencia general sería fácilmente ir siempre por más, tendencia a menudo reforzada por las necesidades indudables de la vida actual desde el momento en que se emprende un trabajo o una actividad cualquiera.

Algunas comunidades han elegido alejarse de la corriente técnica actual y de sus repercusiones cada vez más invasoras en la vida de los hombres. Parece que ese no es el camino de los monasterios, que siempre han estado abiertos al progreso e incluso han sido los promotores del mismo. Queda, sin embargo, un testimonio importante que mantener, el del dominio que debe ser conservado sobre el movimiento del progreso. Conservar el dominio de nuestro nivel de vida es a la vez la consecuencia y la condición del tono espiritual de todos y cada uno; es un testimonio necesario que hay que dar.

“Nuestra vida es una imitación de la primera comunidad cristiana de Jerusalén. Tiene el mismo carácter de utopía social. Actualmente la función social de la utopía se reconoce como afirmación profética de valores ideales. Saber que pretendemos realizar lo utópico, es contar con fracasos, con volver a comenzar... La caridad sola hace posible esta utopía. Como dice san Pablo, ella sólo busca lo que es suyo...” (Olivier du Roy).

 


[1] Este término se refiere a la época de mayor esplendor de Atenas bajo el mando de Pericles a mediados del siglo V a.C. (N.d.T.).