VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (44)

Conclusión

La riqueza o la pobreza de los monasterios han sido siempre uno de los puntos débiles de la vida monástica.

La pobreza benedictina, en efecto,  es particularmente difícil de mantener por dos razones:

- Es difícil a un conjunto de hombres no transformarse en una cierta “potencia” sociológica. Tanto que lo “más” atrae lo “más”: una comunidad que es floreciente atrae hacia ella dones, servicios, facilidades, por motivos más o menos sinceros, casi siempre ambiguos. Sin quererlo expresamente, la comunidad entra así en un sistema de poder cuya ley es un constante desarrollo.

- Por otra parte, el estilo mismo de vida propuesta por la RB, profundamente inmersa en las realidades temporales, hace un llamado a un discernimiento siempre alerta más bien que a normas precisas (como lo harán otros modos de vida religiosa, las Órdenes mendicantes, por ejemplo). Este discernimiento es siempre difícil en razón de una falta de puntos de referencia claramente determinados.

El paso de la “pobreza personal” a la de la “pobreza comunitaria plantea un problema. No obstante es falaz buscar separarlos. La actitud comunitaria puede, al contrario, ser más significativa de lo que viven realmente las personas, que los  comportamientos individuales en el interior de la comunidad. En efecto es posible que en este marco se vivan una real desapropiación personal y una verdadera puesta en común. Pero la verdadera “pobreza evangélica”, que es una puesta de sí mismo y de su seguridad en Dios, ¿se vive verdaderamente de esta forma? Una profunda adhesión a la seguridad comunitaria puede permanecer entera. Todo lo que complique a esta seguridad será a veces rechazado violentamente en nombre de la “buena causa” que hay que defender. En realidad, lo que se defiende -quizás inconscientemente- sean los intereses vitales de todos y cada uno. Es un rechazo a morir. Es una falta de fe.

Es por eso que la comunidad no podrá arriesgar una auténtica pobreza evangélica sin que cada miembro guarde en él intacto el movimiento que, un día, le hizo arriesgarse por Dios “dejándolo todo”. Es el movimiento de la fe viva. Toda la RB está hecha para mantener este impulso, este celo que “los monjes deben practicar con la más ardiente caridad” (RB 72,3). No sin razón es que el mundo, sobre todo hoy, juzga a una comunidad y su autenticidad sobre su comportamiento económico. Este es, a justo título, considerado como el reflejo de la vitalidad evangélica de la comunidad y por tanto de sus miembros. Es el signo de una fe más o menos viva, más o menos esclarecida.

Todo lo que se ha dejado al entrar al monasterio: bienes, relaciones, posibilidades de carrera, etc., puede, de una manera u otra, ser ofrecido de nuevo en el interior de la vida monástica, incluso en una vida monástica vivida con fidelidad en su desarrollo normal. Todo dependerá finalmente de la conciencia libre de cada uno. En toda vida monástica hay circunstancias, a veces anodinas, a veces importantes, en que se presentará la ocasión de rehacer la elección inicial. Se tratará de nuevo de “dejarlo todo para seguir a Cristo” de quien se escuchará un nuevo llamado.

La pobreza monástica, personal o comunitaria, no puede pues, de ninguna manera estar separada o disociada de lo que es el corazón de la vida monástica: la búsqueda continua de la pureza del corazón, de la disponibilidad total a la voluntad de Dios, de la libertad espiritual que abre al amor de Dios. La pobreza es a la vez condición y signo de esta búsqueda fundamental. Ella es, en el mundo, signo del Reino que viene.

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La pobreza cristiana tiene por corolario la “limosna” o el “compartir”. Hay que reconocer que esta dimensión aparece poco en la RB. El capítulo 4,14-15 la presenta como uno de los instrumentos del arte espiritual. El capítulo 55,9 hace también alusión a ella. Incluso la acogida, que tiene un lugar importante en la vida de la comunidad, aunque limitada (RB 53): es una de las formas privilegiadas del compartir.

En el contexto actual de una mayor solidaridad entre los hombres, esta dimensión de acogida, de compartir y de servicio puede ocupar un lugar mucho más importante. Puede marcar toda la vida de la comunidad. Ésta no debe volverse una sociedad de socorros mutuos o de beneficencia, no es su rol. Y sin embargo esta preocupación de apertura, de compartir, de solidaridad puede influir en sus “modelos” de pensamiento, sus previsiones o sus elecciones económicas, y en el uso de sus recursos.

Desde el Vaticano II sobre todo, la Iglesia se esfuerza en hacer tomar conciencia a los cristianos que esta solidaridad supera a la limosna, incluso a la más generosa y más deslumbrante. Ésta sigue siendo siempre necesaria, pero debe acompañarse de una visión más amplia de la situación, de una reflexión y toma de posición respecto a la misma organización de la sociedad: es la dimensión política. A este nivel, la comunidad debe tomar conciencia de sus elecciones y de sus opciones, que la sitúan, lo quiera o no, en el juego de las fuerzas políticas.

Sea por la limosna, en el sentido amplio dicho más arriba, o por decisiones motivadas por elecciones de tipo político, la comunidad tendrá a veces que arriesgarse. Su seguridad puede complicarse. Tendrá entonces, en ciertas ocasiones, que testimoniar su libertad por el Reino y su justicia... Pero la comunidad no podrá hacerlo sino en la medida en que cada uno de sus miembros viva verdaderamente el espíritu de pobreza evangélica.