VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (45)

Anexo: la celda (final del cap. 55 y cap. 22)

“El dormitorio común sólo ha sido un episodio en la tradición monástica”[1]. La celda siempre ha sido un “lugar” monástico por excelencia. Es el símbolo de la vida “personal” del monje. Lo que hacemos de ella y lo que hacemos en ella es la imagen de lo que somos.

La celda no es un “territorio” que debemos defender contra los demás; no es un “blockhaus”[2] donde se acumulan reservas o municiones, donde se ponen al abrigo las “propiedades”; tampoco es un “refugio” donde uno se exilia a sí mismo para evitar lo más que se pueda las dificultades o las fatigas de la vida comunitaria...

La celda debe conservar un carácter “abierto”.

La celda es un lugar de reposo. Hará falta allí lo haga falta según las necesidades de cada uno. En este dominio, las necesidades son también variadas como las personas: salud, higiene, gustos, actividades... Cada celda estará inevitablemente marcada por la personalidad de cada uno, por más que esté dispuesta con sobriedad. La RB da aquí además criterios siempre válidos. “Reciban...” (22,2); la celda no es un enclave, como una excepción a nuestro propósito de tener todo en común. Al contrario, la celda es como el lugar donde se vive más intensamente todo lo dicho más arriba concerniente al uso de los bienes. La RB agrega también que el acondicionamiento de la celda debe estar “adecuada a su género de vida” (22,2); una celda monástica no es ni un cuchitril, ni un estudio al último grito de la moda. Aquí además encontramos la noción del nivel de vida común de la comunidad, que se elabora en las celdas de los hermanos más que en el escritorio del mayordomo. La limpieza de la celda y su higiene constituyen un acto de respeto hacia sí mismo y hacia los demás. Un grupo de hombres sin mujeres puede fácilmente volverse un grupo de solterones. La celda es en esto un lugar estratégico.

La celda, para algunos, es un lugar de trabajo. Es uno de los lugares privilegiados donde se ejerce nuestra conciencia de trabajo prolongado y continuo. La estabilidad en la celda es con frecuencia signo de la estabilidad en el trabajo. Los demás deben también ser respetados cuando están trabajando en su celda.

La celda es, finalmente, un lugar de silencio y de oración. Es el lugar donde cada uno se encuentra frente a sí mismo y delante de Dios, en verdad, en la calma y en la paz. Es el lugar de la soledad necesaria a toda vida humana verdadera, condición del equilibrio humano y espiritual. Hay horas en que la celda cumple particularmente su rol, son las horas de la “lectio divina”. “La celda bien cuidada se vuelve grata”, decían los antiguos. Es el lugar de un encuentro personal con Dios. Conservando en todo su carácter abierto, la celda debe ser respetada como un santuario.

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“Si alguno de ustedes no tiene la piedad en su corazón, no la demuestra en su vida y no la practica en su celda, diremos que está solo, pero no es un solitario. La celda no será para él celda, sino reclusión y cárcel. Está verdaderamente solo aquel con quien no está Dios. Y está encarcelado el que no goza de la libertad de Dios. Soledad y prisión significan miseria. La celda nunca deberá ser reclusión forzada, sino mansión de paz; la puerta cerrada no significará escondrijo sino un lugar de intimidad. Aquel con quien está Dios nunca está menos solo que cuando está solo. Entonces se dilata a sus anchas en el gozo. Entonces es más él mismo para poder gozar de Dios en sí mismo y de sí mismo en Dios”[3].

 


[1] cf. A. de VOGÜÉ, Studia monastica, 1965, nº 7.

[2] Término que procede del alemán y que significa “fortín” o “búnker” (N.d.T.).

[3] GUILLERMO DE SAINT-THIERRY, Carta de oro, 29-30 (trad. en Guillermo de Saint-Thierry. Carta de oro y Oraciones meditadas, Burcos, Ed. Monte Carmelo, 2003, p. 30 [Col. Biblioteca Cisterciense, 13]) .