VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (46)

XIV. LA VIDA FRATERNA

¿Quién es el hombre que quiere la vida y desea ver días felices?” (RB prólogo 15).

A quien ha sentido que esta pregunta le concierne, la RB le propone un camino, una vía para entrar progresivamente en esa vida. A partir del Prólogo, se especifica que esa vida es la que Dios promete a los hombres en su Evangelio.

Esta búsqueda de la vida es personal. Proviene de una experiencia personal. Es la búsqueda de un encuentro personal con Dios, búsqueda que se realiza en lo más íntimo de nosotros mismos, allí donde cada uno se encuentra a sí mismo, único y solo. Desde su origen, el monacato conserva un lazo con el desierto, con su silencio y su soledad. Se viene al monasterio atraído por este aspecto silencioso de su vida y su parte de soledad. El monje es aquel que ha percibido en él mismo un llamado hacia una Plenitud, que presiente no poder encontrar en ninguna criatura de este mundo. Llamándonos a la Pobreza verdadera, el Evangelio contiene, él también, una espiritualidad del desierto como uno de los lugares del encuentro con Dios. San Antonio y sus discípulos así lo han comprendido. La RB no rompió con esta tradición del desierto. No sólo ha permanecido abierta a la maduración de vocaciones eremíticas, sino que, sobre todo, asume gran parte de la experiencia espiritual forjada en la prueba del desierto.

Y sin embargo el Evangelio conduce igualmente hacia los otros, y con mucha fuerza. La comunión con los otros se vuelve un lugar privilegiado del encuentro con Dios. En su escuela, el monacato cristiano, fundado ante todo sobre el cumplimiento de los “preceptos del Señor”, ha sido poco a poco llevado en su conjunto hacia la vida comunitaria; es el cenobitismo. La RB se sitúa netamente en esta tradición: “Vamos a organizar, con la ayuda del Señor, el fortísimo linaje de los cenobitas” (RB 1,13). Es también por este aspecto comunitario de la vida que se viene al monasterio.

“Fuimos hechos para una relación, para una comunión, para una vida en comunidad. Y al mismo tiempo hay en nosotros un llamado irreductible a una cierta soledad. El yo es en el fondo un gran solitario. Aquí tenemos una de las grandes oportunidades de la vida monástica: en la que este doble llamado tiende a ser estimado. Hay una parte de soledad en nuestra vida. Todos somos más o menos hijos e hijas del desierto. Y hay asimismo un aspecto comunitario más o menos resaltado según las Órdenes”[1].

No sólo cada Orden, sino también cada comunidad tiene su manera particular de vivir la tensión que resulta de este doble llamado. Ella posee su propia fisonomía. Esta tensión no será resuelta, de una vez por todas, en un equilibrio definitivamente adquirido y codificado. La vida y sus trastornos siempre estarán allí para cuestionarla. Es mucho más una cuestión de maduración humana y espiritual de cada uno y de todos.

Esta tensión, en efecto, no es propia en los monjes. Todo ser humano la encuentra desde que comienza a tomar responsabilidades personales. Pero contrariamente a lo que muchos sin duda piensan, la vida monástica no la suprime. Se podría incluso decir que la exacerba, en cierto sentido. Es un descubrimiento bastante frecuente, e incluso una prueba, de los primeros tiempos de vida en el monasterio, sentirse como tironeado entre el llamado personal al silencio, a la oración y a una cierta soledad, y el llamado a entrar verdaderamente en el juego de la vida comunitaria. Cada uno asumirá personalmente esta tensión según sus dones naturales y de gracia. Buscar evitarla suprimiendo uno de los términos, sería querer soslayar el medio específico de madurez espiritual propuesto por la RB. Cada día, casi a cada instante, el monje se deja cincelar por esos dos llamados que lo hacen cada vez más parecido a su Señor Jesucristo.

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Hay como una evolución a través de los capítulos de la RB. La primera parte sigue más al monje en su esfuerzo personal de búsqueda de Dios. Son todos los capítulos del arte espiritual. Muchas veces son como un eco de la tradición de los “padres”, trasmitida principalmente por Casiano. Responden en ante todo al llamado de los primeros tiempos de la vida monástica. Poco a poco la RB se abre, en una atención cada vez más delicada, a la vida en común, a las relaciones fraternas. Esto sucede especialmente en los últimos capítulos, que la crítica textual reconoce como más personales del autor de la RB, mayormente influenciado por san Agustín. Una evolución análoga se produce a lo largo del tiempo pasado en el monasterio: la dimensión comunitaria no es sólo un marco o un medio; a igual título que el silencio y la soledad, se vuelve el lugar del encuentro con Dios. El deseo más profundo del monje se cumple en su participación en la construcción de la comunidad según Dios, es decir para que venga su Reino.

La RB es una escuela de caridad, eso ya se ha dicho. Caridad que se traduce en primer lugar por el trabajo de cada uno por el bien común, por los múltiples servicios que suponen una vida en común, pero también por esta “ayuda de los hermanos”, e incluso ese “consuelo del afecto” del que habla el capítulo primero. La caridad no es otra cosa que la afectividad humana cada vez más movida por el Espíritu Santo. El voto de celibato, íntimamente ligado al proyecto monástico, es una de las vías que abren totalmente nuestra capacidad de amar a esta acción del Espíritu.

 


[1] Dom GRAMMONT, Laval 1974, pp. 136-137.