VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (48)

El trabajo personal

“Al que no trabaja, le falta un tornillo...”. El trabajo es el primer factor de equilibrio de la vida. Es también el lazo de la vida comunitaria. Por él se realiza la verdadera inserción en la comunidad.

El trabajo es una cuestión de perseverancia. En nuestra vida, esta perseverancia es a veces difícil en razón de la falta de estímulos apremiantes. No recibimos paga y nuestro éxito en nuestro trabajo no condiciona nuestra presencia en la comunidad. De todos modos, tenemos casa, ropa y comida... El engranaje comunitario y también las reacciones comunitarias (!) son ayudas, pero no bastan si no hay una verdadera conciencia personal para aplicarse a su trabajo, sea el que fuere.

Esta misma conciencia debe impulsar a adquirir la capacidad en el propio trabajo. Es la mejor manera de interesarse en él. Esta capacidad es debida en primer lugar a sí mismo. Ella no se opone a la humildad. Al contrario, una búsqueda verdadera de la capacidad nos vuelve humildes: hace resurgir nuestros verdaderos límites. Es la experiencia de todos aquellos que tienen verdaderamente “oficio”, en el dominio que sea. Esta competencia es igualmente debida a la comunidad. Se debe poder contar con los demás en nuestros respectivos sectores. Es una de las grandes fuerzas y una de las grandes alegrías de la vida en común poder tenernos confianza mutuamente, sea para reparar un auto, desembrollar una dificultad administrativa, recibir un cuidado o pedir un informe bibliográfico. Cada uno se siente insertado en la comunidad por la capacidad que puede aportarle a ella.

El trabajo está sometido a la obediencia. Las necesidades de la comunidad no permitirán siempre desarrollar la capacidad que hubiéramos querido. Hace falta de todo en una comunidad. Esta ley es por otra parte común a la gran mayoría de los hombres, que no hacen lo que ellos hubieran elegido. Esta ley de las necesidades de la comunidad es primera, pero se acompaña de una segunda que es un hecho de experiencia. Aceptar darse a lo que se le pide, produce con frecuencia una gran capacidad de adaptación. Siempre se termina pidiendo a los mismos, que acrecientan de este modo su capacidad. Más trabajo uno tiene, más capaz se vuelve de hacerlo. Menos trabajo se tiene, más rápido se está “agobiado”. Evidentemente la comunidad debe cuidar de no usar siempre a los mismos y a desarrollar las capacidades de cada uno. La responsabilidad personal es grande. Uno puede fácilmente contentarse quedándose en la banquina a tal extremo de no poder salir más de ella.

El tiempo del que disponemos no nos pertenece. Hay que aprender a utilizarlo lo mejor posible. Es importante adquirir un método de trabajo personal en cualquier dominio que sea.

A la cuestión del trabajo se une el de la distensión. Forma parte también de la “conducta personal”. Saber distenderse es también un acto de caridad fraterna. “En todo tiempo debemos obedecerle con los bienes suyos que Él depositó en nosotros...” (RB prólogo, 6).

 

El conocimiento de uno mismo

“No tengo que inquietarme nunca como lo hago cuando veo que no llego a nada... No debo desear lo que no soy, pero debo desear ser muy bien lo que soy...En cuanto a lo que el mundo piensa,  reírme y obrar el bien... ¡y dejar que los perros ladren!”[1], escribía Juan XXIII en su Diario del alma.

Cada uno tiene su don, que debe saber reconocer o más bien dejar que los demás lo reconozcan, que a menudo (no siempre) son mejores jueces. Hay dones más aparentes y necesarios para la vida de la comunidad: don de organización, habilidad manual o capacidad intelectual, aptitud para las responsabilidades y cualidades de animador... Hay dones menos llamativos y que son también necesarios a la vida de la comunidad y a su equilibrio: constancia en la presencia, tenacidad en el trabajo, alegría, buen sentido, etc. Hay hermanos cuya sola presencia distiende el ambiente y permite el diálogo; los hay que saben entrometerse con astucia y candor allí donde los responsables no saben qué hacer... No hay “personalidad” que no sea útil al conjunto desde el momento que acepta ser él mismo.

La vida comunitaria debe ayudar a este descubrimiento de sí mismo. Las reacciones de los hermanos, expresadas o no, pueden esclarecernos a nosotros a lo largo de nuestra evolución, y es bueno ser sensibles a eso... conservando la distancia suficiente.

Este “conocimiento de sí” en verdad remite al capítulo VII de la RB, que habría que meditar aquí de nuevo, en particular los grados 4º y 6º de humildad. Es el camino de la libertad interior o madurez.

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Sabiduría personal de vida, método personal de trabajo, conocimiento de sí son indispensables. Son factores de la maduración necesaria a toda vida comunitaria. Sin ellos, la vida comunitaria se vuelve infantilizante o aplastante. Son las condiciones de la vida en común, pero son también los efectos. La misma vida en común lleva a eso y educa en eso si se acepta llevar a cabo de verdad el juego comunitario. Estos factores permiten adquirir la objetividad necesaria en el encuentro con los demás, y por tanto también con Dios. Son la fuente de la paz... ¡para sí mismo y para los demás!

“Se puede pensar que alguien está contento en su vida cuando los pequeños problemas son considerados como pequeños problemas, con una lucidez objetiva sobre las realidades... Las mujeres parlotean sobre cosas pequeñas, pero saben bien que parlotean sobre cosas pequeñas... La madurez podría estar significada por el hecho de que a un pequeño problema ¡se responde con una pequeña reacción!”[2].

 


[1] El autor traduce en francés del original “et laisser piailler les moineaux” (N.d.T.).

[2] P. LUCAS, Laval 1974, p. 248.