VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (49)

El espíritu del servicio mutuo (caps. 35-38, 53 y otros)

“Sírvanse los hermanos unos a otros...” (RB 35,1). “Sírvanse unos a otros con caridad...” (RB 35,6).

Es inútil detenerse mucho tiempo sobre uno de los aspectos más evidentes de nuestra vida de comunidad: no hay vida en común sin este servicio mutuo. Es uno de los test más seguros de la caridad personal y colectiva.

 

Los servicios comunes

Junto a los trabajos personales y fijos, están, en efecto, todos los servicios “regulares” y las cargas comunes que cada uno puede asegurar por turno o que se distribuyen entre todos según las capacidades de cada uno.

Estos servicios deben ser pedidos a aquellos que pueden cumplirlos “para provecho de todos” (RB 38,2). No todo el mundo es igualmente apto para cumplir cualquier servicio. No es una deshonra no poder leer suficientemente bien o no poder soportar la fatiga de un servicio demasiado pesado, desde el momento en que con generosidad y perseverancia se hizo lo que se pudo. Aquí hay también una cuestión de conocimiento de uno mismo, que es causa  de paz para todo el mundo.

Pero cuando se piden, estos servicios no son sólo “prestaciones”, sino que deben realizarse en un espíritu de servicio hacia todos. El clima cotidiano de la comunidad depende mucho de la manera en que estos servicios estén asegurados y de su regularidad.

Son distribuidos entre todos; sin embargo no son “prestaciones” impuestas a todos sistemáticamente: de ellos estarán exentos aquellos que “están ocupados en cosas de mayor utilidad” (RB 35,5). Es una cuestión de conciencia y de confianza mutua.

La equidad total nunca se alcanza en esta distribución de servicios. Depende del espíritu de servicio de todos. El espíritu colegial de engaño o de artimañas para salir de un apuro[1] no es totalmente desconocido en los monasterios. Más grave es ciertamente el espíritu mezquino de vigilancia mutua que calcula preguntándose “¿Dónde están todos?... ¿Y ése? ¡siempre zafa!... La próxima vuelta no vengo..., etc”. Se cumple el servicio que hay que cumplir; si son menos numerosos, se debe hacer mucho más. Y el día en que se tenga una razón valedera, uno puede ausentarse confiando en los hermanos que lo suplantarán. No juzgar con ligereza; con frecuencia conocemos mal las razones de la ausencia de tal o cual hermano. Ante hechos muy notorios, es mejor informarse, si ello es posible.

Hay como una ley en la vida de los grupos: “Siempre son los mismos los que se dejan matar”. Hay hermanos a quienes no se les piden más servicios: eso debería ser para ellos una ocasión para preguntarse sobre su verdadera inserción en la comunidad. Hay otros a los que se les piden incesantemente: “Porque de ahí se adquiere el premio de una caridad muy grande” (RB 35,2).

Sin embargo, hay un orden que observar en la ejecución de estos servicios, según el principio del capítulo 71,3. En primer lugar se encuentran quienes están verdaderamente a cargo y a los cuales se debe sacrificar el resto. Si la ventaja de una comunidad numerosa permite a veces hacerse remplazar en caso de necesidad, con todo no hay que abusar de ello... si no eso se volvería en causa de desorden. Hay casos en que hay que saber decir “no” a un pedido de servicio. Es una cuestión de juicio de conciencia que ninguna regla puede hacer que se evite.

 

El espíritu de servicio

Una vez cumplidos estos servicios comunes, queda todavía a lo largo de los días una gran parte dejada al espíritu de servicio de los hermanos.

Incluso en la comunidad mejor reglamentada, en la cual el trabajo asignado a cada uno es respetado, siempre se dispararán algunos imprevistos en algunos sectores que obligarán a requerir ayudas suplementarias: descargar un camión, llegada de huéspedes en número excesivo, cosecha de legumbres... “Con todos los que trabajan en oficios del monasterio, téngase esta consideración de concederles ayuda cuando la necesiten, pero luego, cuando estén desocupados, obedezcan lo que les manden” (RB 53,19-20).

Esta disponibilidad supone que cada uno no estime su empleo o su trabajo como lo más fundamental, sea reclamando incesantemente ayuda, sea no sacrificándose por nadie. Saber relativizar lo que se hace dándose, es una fuente de paz para sí mismo como para los demás. “Saber hacer perder a las cosas su carácter de urgencia”, dice un proverbio inglés.

Y queda toda un ámbito de servicios posibles entre los hermanos, más escondidos, más personalizados, más dependientes de tal o cual relación. Nuestra vida está tejida de eso. “El amor es servicial...” (1 Co 13,4). En este nivel ya no hay regla, una vez que realizado el deber propio que debía cumplir.

* * *

Este intercambio continuo de servicios mutuos teje la trama de la vida comunitaria. Es un contrapeso beneficioso y necesario en una vida que se quiere aún más entregada a la interioridad. Sin esto, muchos equívocos y ambigüedades son posibles bajo pretexto de “búsqueda de Dios”. Como dicen los psicólogos: es el principio de realidad en acción.

Además, es también el lugar donde se entrelaza la fraternidad entre los hermanos. Cada uno se revela allí tal como es en verdad. Abre al encuentro.

En fin, es profundamente “evangélico”. Hace caminar en el seguimiento de aquel que se dice “el Servidor”.

 


[1] El original francés dice “système D” (N.d.T.).