VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (5). NATIVIDAD DEL SEÑOR. ¡Feliz Navidad!

Segunda parte: La escuela del servicio evangélico

II. La estructura fundamental (RB 1)

«El carisma de la vida monástica es un carisma de simplicidad y de verdad. El monje, sea ermitaño o cenobita, es un hombre que abandona las costumbres, los clichés, las idolatrías disfrazadas y las formas vacías del “mundo” para buscar el sentido verdadero y profundo de la vida consagrada. Entonces, idealmente hablando, el monasterio debería ser un lugar de la sinceridad total, sin formas huecas y mentirosas, sin evasiones, sin falsas apariencias.

... Es evidente que la vida monástica no es solamente carismática. Nada sería más desastroso para el monacato que enviar monjes inexpertos a vivir sin estructuras institucionales y sin organización... o suponerlos capaces de improvisar de la noche a la mañana nuevas instituciones.

... Hay que preservar las líneas esenciales de una ESTRUCTURA monástica común y no perder la sabiduría auténtica, tomada de la experiencia de siglos, en los que el monacato fue plenamente VIVIDO»[1].

 

II. LA ESTRUCTURA FUNDAMENTAL (RB 1)

Desde primer capítulo, la institución de la cual se habla al final del Prólogo está claramente situada y enmarcada.

El autor se encuentra en un contexto histórico de gran efervescencia y confusión en todos los niveles. Él se aparta netamente de este contexto, entendiendo que debe partir de bases precisas y trazar una orientación.

En pocas palabras se dice todo: “Los cenobitas, es decir aquellos que viven juntos en un monasterio, bajo una regla y un abad”.

Los fundamentos esenciales de la vida que se propone y sus rasgos distintivos están allí indicados:

 

Los “cenobitas”

Entre las dos grandes corrientes de la tradición monástica, la elección está hecha: se prefiere la “vida comunitaria” a la vida “solitaria”.

Estas dos corrientes son verdaderamente distintas, pero no hay que endurecer esta distinción. Han tenido siempre, de hecho, una fuerte influencia la una sobre la otra. El eremitismo ha sido vivido raramente en estado puro, casi siempre ha sido concebido en referencia más o menos estrecha a una cierta “puesta en común”. La vida cenobítica, por otra parte, ha conservado muchas tradiciones procedentes del desierto y de la soledad.

El cenobitismo está en el origen de la forma de vida religiosa más extendida en la Iglesia actual. La vida en común es reconocida hoy como uno de los elementos esenciales de la “vida religiosa” como tal, aunque no sea objeto de un voto.

 

“Viviendo juntos en el monasterio”

Monasteriale: El término latino es difícil de traducir literalmente. El sentido, en cambio, es claro. Indica el hecho de vivir juntos en un mismo hábitat. El antiguo término “conventual” traducía bastante bien este sentido, pero hoy ha perdido su fuerza. Se trata de una cohabitación. Es decir que la vida común se toma en un sentido estricto.

Prácticamente toda la organización que sigue resultará de esta primera elección. Se podría incluso decir que todo grupo de hombres un poco numerosos que quisiese hacer la experiencia de una cohabitación verdadera, con la misma puesta en común que ella supone, encontraría estructuras muy próximas a las descritas en la RB, teniendo en cuenta evidentemente los diversos condicionamientos culturales. Este aspecto muy concreto, e incluso material, de la experiencia propuesta por la RB no se debe perder de vista. Muchas desviaciones vinieron a menudo del rechazo, más o menos consciente, de aceptar las consecuencias de este hecho fundamental: se trata de construir una verdadera comunidad de vida.

Espiritualmente, hay aquí una elección radical. Si el Evangelio vino a restablecer la comunión de los hombres entre ellos y con Dios, esta comunión no puede concebirse fuera de la verdadera condición humana. Desarraigada de todas las coacciones y exigencias materiales de la vida, esta comunión corre el riesgo de debilitarse y de perder su verdad. Buscando realizar esta comunión en los aspectos más concretos de una comunidad de cohabitación en la cual uno se compromete de por vida, la RB quita toda posibilidad de escapatoria en este esfuerzo de comunión. El solitario del desierto estaba representado en otro tiempo como entregándose a un combate singular contra los demonios de la concupiscencia en nombre de todos los hombres. Una imagen análoga puede ser aplicada a la comunidad benedictina: ella lucha, por así decir, en la arena, contra los demonios de la división entre los hombres. Hoy, en que los hombres pueden cada vez menos escapar a las consecuencias de una solidaridad material cada vez más inexorable, esta lucha de la comunidad es un testimonio que lleva al Evangelio. Sólo en un acto de fe en la palabra de Cristo puede intentarse el proyecto de construir tal comunidad-comunión.

En este acto de fe, renovado incesantemente y alimentado en la oración, es cómo se propone al monje “buscar a Dios” en los mínimos detalles de la vida, como en las grandes decisiones personales o comunitarias.

La RB está en las antípodas de toda separación posible entre el orden llamado “temporal” y el orden llamado “espiritual”. Para ella se trata de “evangelizar” la totalidad de la vida penetrándola de verdadera caridad bajo la moción del Espíritu Santo. Este equilibrio ha sido siempre una de las fuerzas de la Regla.

Con un mayor vigor hoy tomamos conciencia que este realismo no debe ser vivido sólo en el interior de la comunidad. Debe ser respetado igualmente en todo lo que mira a la inserción de la comunidad en la sociedad de la que forma parte, de ahí la importancia de los aspectos económicos, sociales y políticos. Más que nunca es cierto que la irradiación llamada “espiritual” de la comunidad no valdría sino en la medida en que su inserción sea verdadera. Más profundamente, a causa incluso de este condicionamiento concreto de nuestra experiencia espiritual, ésta no sería auténtica si está “falsificada” desde el comienzo.

 

“Bajo una regla”

Desde el momento en que hay vida en común, se hace sentir la necesidad de una organización: hace falta una ley. Aquí además, la Regla entra en muchos detalles. Esta precisión resulta de la misma naturaleza de la comunidad. Para vivir y hacer frente a las exigencias de la vida en común, hace falta una regla que todos reconozcan de común acuerdo. Este mismo acuerdo en cuestiones a veces materiales es ya el fundamento de la comunión de corazones y pide a cada uno una salida de sí mismo, una superación de su propio punto de vista. Además, en la perspectiva que se ha dicho, ningún detalle deja de tener su significación. Toda solución aportada a los problemas de vida revela un cierto “espíritu”, que es compatible o no con el fin perseguido por la comunidad.

No se trata, por tanto, de precisar en qué consiste esta regla, ni cómo interpretarla. Se trata en primer lugar de reconocer la necesidad de la regla común. La regla no tiene valor en sí misma. Está allí para permitir a cada uno y a todos vivir según ciertos valores que han sido elegidos. La Regla de san Benito no ha sido escrita antes de haberla vivido. Es el fruto de una experiencia que no ha dado fruto sino en ciertas condiciones, y son estas condiciones de vida las que han sido precisadas y fijadas por escrito para servir de referencia.

Si queremos por nuestra parte hacer esta experiencia, tendríamos que aceptar las mismas condiciones de vida y dejarnos guiar por la Regla. Pero, al mismo tiempo, estas condiciones deben juzgarse en función del fruto que puedan tener. Entonces hay que hacer necesariamente una interpretación de la letra de la Regla. Todas las épocas la han hecho, y no es sino con esta condición que han podido rehacer la experiencia espiritual a la cual conduce esta forma de vida. El hecho de que nosotros recibiésemos hoy una regla ya hecha podría hacer olvidar esta primacía de la experiencia vivida sobre la ley escrita. Dar a la misma Regla esta primacía, es correr el riesgo de impedirnos una experiencia auténtica y ocasionar, por reacción, una ruptura total de la referencia a la Regla. La Vida es, en efecto, siempre la más fuerte.

 


[1] Thomas MERTON, “Le retour au silence”, D. D. B., 1975, pp. 33-35.