VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (50)

Las relaciones inter-personales (sobre todo caps. 63-72, y otros)

La Comunidad no es sólo una sociedad de servicios mutuos.

Los hombres que viven juntos a lo largo de toda una vida no pueden quedarse en eso. La cohabitación no puede sino desembocar en el encuentro de personas, con todo lo que representan estos encuentros en el plano afectivo. “Afectivo” es tomado aquí en un sentido amplio y designa todas las reacciones que nos “afectan” cuando nos encontramos en presencia de otros. Estas reacciones son, en efecto, considerables en nuestras vidas, y condicionan todo el desarrollo de nuestra personalidad humana y espiritual más de lo que podemos tener conciencia. Obramos siempre en función de los que nos rodean, sea para reaccionar contra ellos, o para asociarnos a ellos, o por alguna otra actitud entre estos dos extremos. Lo cual habla de la gran importancia de esta dimensión afectiva en una vida que se quiere tan comunitaria como la nuestra. La primera sabiduría es la de darse cuenta y no ocultar esta verdad en nosotros y en los otros.

La RB tiene muy en cuenta la importancia de estas relaciones de persona a persona, de hombres dotados de sensibilidad y capaces de amarse... o de odiarse (cf. capítulo 65 y ciertos instrumentos del capítulo 4). Con frecuencia se ha hecho notar cuán reveladores son, los últimos capítulos de la Regla, de una vida en comunidad donde las peripecias no faltan. Peripecias que son, en el monasterio como en la sociedad, el efecto de la afectividad humana y de sus pasiones, buenas o descarriadas. Los capítulos 63 al 65 se matienen todavía en el plano comunitario. Los capítulos 69 al 72 están más atentos a las relaciones personales. Revelan una gran fineza de percepción de los sentimientos humanos. Estos capítulos propios de la RB (a partir del 67) marcan una evolución. No es menos verdadero que en este tema la RB guarde una gran sobriedad de expresión, que sin duda procede de su origen latino. Y resulta esclarecida por la tradición a la que ella misma se remite. Está lejos de la imagen que nos han dado ciertos clichés simplistas.

La ascesis monástica nunca ha sido excluyente de todas las riquezas afectivas que puede comportar una vida en comunidad. La Regla de san Agustín está llena de una caridad muy humana; Casiano ha escrito una Conferencia clásica “Sobre la amistad” (Colación 16), que no es sino un tratado de vida en común; san Bernardo trasunta una sensibilidad que nos sorprende y nos desconcierta. Su discípulo, Elredo de Rieval ha escrito un tratado, La amistad espiritual, que ha alimentado a generaciones de monjes... Se podrían citar muchos otros ejemplos.

Cada época tiene su manera, su estilo, su sensibilidad. Las condiciones culturales del tiempo influyen enormemente en la vida relacional. Esta proximidad acrecentada de los “otros” en la vida de todos, el ahogo de una sociedad tecnicista, la interdependencia continua dan a las relaciones interpersonales verdaderas un precio inestimable. Son ellas las que son buscadas en los esfuerzos de las agrupaciones “a medida humana”, en las comunidades de base. Se proponen técnicas y métodos. Colaboran también las ciencias humanas. Ellas nos ayudan a entender un poco mejor todo este mundo complejo de nuestras afectividades. Ellas nos revelan a menudo lo que vivimos ya sin saberlo, un poco como el monsieur Jourdain[1] en la prosa, tan tontos y peligrosos como él si las usamos pretenciosamente. Sin embargo, ahora nos es imposible actuar sin tener en cuenta su iluminación. Ya no nos es más posible tener la misma mirada que antes sobre nuestras reacciones afectivas.

No se trata de hacer aquí un tratado de “la relación con el otro” o de “dinámica de grupo”, a pesar de que estamos continuamente viviendo de estas realidades, lo queramos o no. Toda relación depende en primer lugar de las personas en juego; depende también en gran parte de la misma naturaleza de la comunidad humana que reúne a las personas y permite esta relación. La comunidad monástica comporta ciertos rasgos particulares que van a condicionar las relaciones de la que ella es portadora. Son rasgos que sería bueno subrayar.

Primeramente, se trata de voluntarios. La comunidad no es natural. Son personas que se reúnen para formar una comunidad que no existe “de suyo”, sino por libre elección. En este caso, la comparación con la familia es falsa. En ésta las relaciones son dadas desde el comienzo y tienden incluso a extenderse por naturaleza. En la comunidad monástica, las relaciones, al contrario, no son dadas desde el comienzo. Ellas deben hacerse y profundizarse continuamente. Pertenecen al orden de las relaciones adultas, propias de los hombres que se reúnen para alcanzar un proyecto en común.

Con todo, no se trata de un equipo sino de una comunidad. El equipo tiene un fin a alcanzar, exterior a él. Cada uno se encuentra con los demás en función de su capacidad de ayudar a los otros a perseguir este fin común. Al contrario, la comunidad en sí no tiene un fin fuera de sí misma. Cada uno está insertado en ella no por tal o cual aptitud, sino por uno mismo. En el mundo actual es frecuente participar en muchos equipos diferentes, y esto puede tener consecuencias sobre nuestra propia vida, sobre nuestras actividades. Pero ¿se puede participar verdaderamente en muchas comunidades de vida? La comunidad monástica es una comunidad de vida, fundada sobre un proyecto de vida que se quiere totalizante, por tanto excluyente de otro proyecto semejante. En este sentido, es una comunidad por afinidad. La comunidad está hecha de personas que se han “reconocido”  animadas por un mismo espíritu. Las divergencias de formación, de cultura, etc., pueden ser considerables y ser un obstáculo en la relación con los demás, ellas no bastan para suprimir ese fondo común a partir del cual las relaciones personales deben siempre retomarse. Cada relación participa en la “fe” de este espíritu común. Como la misma comunidad que surge, es “objeto de esperanza”. Es mucho más delante de sí que detrás de sí.

El número de los miembros de la comunidad condiciona también con mucha fuerza las relaciones personales. Ciertas personalidades tendrán siempre mayor dificultad que otras en aceptar el gran número. Esta dificultad es tanto más acentuada si la comunidad es concebida principalmente sobre un tipo familiar. De suyo, el número obliga en tal caso a un cierto paternalismo, incluso a tendencias totalitarias. Si, al contrario, la comunidad es comprendida a partir de las personas y sus relaciones entre ellas, la cuestión del número es menos impositiva. La posibilidad de elección y de la diversidad de estas relaciones queda abierta; se puede tener el “aire” o el “espacio” suficiente para su desarrollo. La comunidad está fundada más sólidamente sobre todas estas conexiones internas que se entrecruzan que sobre los límites englobantes que no se pueden franquear. La evolución actual de las comunidades va del modelo “confusional” a este modelo relacional. Esta evolución, por otra parte, se encuentra un poco en todos lados. La cuestión del número es uno de los elementos importantes de la vida fraterna. Cada uno sólo puede tener un número limitado de relaciones profundas (los psicólogos dicen que es difícil superar la docena), y debe aceptar tener con la mayoría únicamente relaciones más bien distendidas, pero siempre abiertas y preparadas para una nueva historia. Es por eso que la importancia numérica de una comunidad tiene también sus límites, más allá de los cuales esta apertura hacia los otros no es más que una palabra, ¡tanto se esfuma la posibilidad misma de un encuentro!

El factor tiempo es todavía uno de los elementos condicionantes en las relaciones comunitarias. Es evidente que dependa del número de los hermanos. Aquél que llega necesita tiempo para descubrir, en lo hondo de la comunidad, los rostros personalizados con los que pueda entrar verdaderamente en relación. Cada uno tiene su historia personal, que los otros ya conocen, pero que se revela lentamente al nuevo hermano. Por otra parte, siempre será diversa para aquél que la conoce por primera vez que para aquellos que la han vivido juntos.

Independientemente del número de los hermanos, la importancia del tiempo está ligada a la misma naturaleza de la comunidad: una comunidad de por vida. Las relaciones son forzosamente relaciones a largo término. A veces parece que se puede ir más lejos en una relación ocasional, en el curso de una reunión, de un viaje, etc. Esto puede ser verdad, pero a menudo se transmite sólo una imagen parcial de uno mismo. La cohabitación en lo  cotidiano nos lleva, al contrario, a nuestra verdad total; nos pone más al desnudo... de ahí la reacción instintiva de una cierta reserva en los intercambios. Esta reserva puede servir de coartada a una cerrazón sobre uno mismo. Ella puede quedar abierta a una esperanza: “La experiencia de reciprocidad interpersonal no es posible en el instante y la intermitencia; necesita de una dimensión histórica. Ahora bien, esta coexistencia en la duración se vuelve para nuestra época muy difícilmente soportable... Hoy día hay una incapacidad de espera. Ahí tocamos quizás una de las razones profundas de la crisis actual de las relaciones duraderas en el plano conyugal, en el plano familiar y en muchos otros aspectos de la vida en común. Hoy no vemos bien cómo pueden durar las relaciones interpersonales. Esta inquietud ante la duración de la vida en común procede de la dificultad de superar la alternativa desgarradora que nos obligaría a elegir entre la permanencia de una relación siempre igual a ella misma o al cambio por ruptura, mientras que la continuidad de la relación interpersonal, la duración de la presencia recíproca sólo se realizan por un movimiento de transición... Una relación no puede prolongarse como una experiencia vivida sino cuando es un camino hacia un futuro desconocido”[2].

La vida en común debe poder dejar este espacio suficiente a la maduración de las relaciones personales en el tiempo. Demasiada rigidez o, a la inversa, un clima afectivo artificial demasiado apremiante son también nocivos a este respecto: cada uno está fijado en una imagen estática de sí mismo a la cual le es difícil renunciar. Si, al contrario, las divergencias pueden expresarse, si los conflictos latentes pueden mostrarse a la luz, si las rupturas provisorias pueden incluso ser soportadas, las máscaras están obligadas poco a poco a caerse, cada uno es llevado a mostrarse tal como es. La sola duración permite esta larga historia necesaria a la profundización de las relaciones verdaderas. Cada uno termina por no tener más demasiadas ilusiones sobre sí mismo y sabe que los otros tampoco la tienen sobre él... Entonces puede ver abrirse ante él todo un camino hacia la verdadera libertad, aquella en la que ha dejado de lado todo cuidado sobre su personaje. Sin duda hace falta la duración de toda una vida para llegar a ello. La “estabilidad en la comunidad”, es decir, la permanencia de la relación con los mismos hermanos, no tiene, sin duda, otra razón de ser. Es la vía propia de la fórmula benedictina que conduce a la perfección de la caridad. Aquí también podría releerse todo el capítulo séptimo. La caridad, en efecto, no es incompatible con los enfrentamientos desgastantes de la vida en común; al contrario, es ella la que los permite; sólo ella hace posible la duración y el desarrollo de las relaciones verdaderas. Ella es el origen y el término de estas relaciones.

Perseverando en estas relaciones con los demás, después de haber cruzado el umbral de las decepciones a veces dolorosas pero inevitables, entonces es posible entender lo que dice la RB en el primer capítulo, cuando habla del “sostén de numerosos hermanos” (v. 4). Se descubre a “la comunidad” (“mi cruz más grande y mi más grande alegría” decía un anciano), que es lo que tantos hombres buscan hoy: un medio donde cada uno pueda ser reconocido y amado por lo que es. Incluso es posible descubrir allí (y sería deseable) el sentido de esta otra expresión del mismo capítulo, difícilmente traducible: “consolatio alterius”, el “consuelo de otro”[3], que puede designar simplemente la amistad, la cual es otra cosa que la simple relación de fraternidad, y que es también un camino hacia Dios. “El amor puede existir sin la amistad, pero la amistad jamás existe sin el amor... Un hombre, desde que se hace amigo de otro hombre, se hace amigo de Dios... La amistad es como un grado para elevarse hacia el amor y el conocimiento de Dios”[4].

 


[1] Se refiere probablemente al personaje de Molière de “El burgués gentilhombre” (N.d.T.).

[2] Georges HAHN, Laval 1974.

[3] Se puede también traducir la palabra consolatio como “auxilio”, “ayuda”, “socorro”. El original francés traduce “réconfort” (N.d.T.).

[4] ELREDO DE RIEVAL, De spiritali amicitia (Sobre la amistad espiritual), II,1.