VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (51)

Palabra y silencio

Una vida en común continua puede dar poco a poco un conocimiento casi instintivo de los miembros entre sí. Este conocimiento tiene sus ventajas y también sus inconvenientes. Como callos en la piel por el contacto prolongado, o el pulido de una superficie por el roce continuo, las relaciones muy constantes pueden dar lugar a fenómenos análogos de endurecimientos superficiales. Lo cotidiano no pasa nunca... La vida en común entonces puede volverse un conjunto de viejos endurecidos, que en comunidad se los idealizará como ¡“solitarios” por Dios!

La palabra es necesaria. Sólo ella permite derribar esta pared aislante que siempre tiende a separarnos de los que nos rodean. Sólo la palabra permite cruzar el umbral del “otro”, más allá de su caparazón que no nos oferce de él sino un aspecto muy parcial. Sin la palabra, una perspicacia afinada, un poco de conocimiento psicológico, etc., pueden hacer que se adivine sobre el otro y conducir a un conocimiento verdadero y objetivo de su carácter, de su personalidad. Pero eso no basta. “Usted me conoce bien... pero no me entiende”, decía una vez un novicio. Conocer a alguien no es todavía comulgar con él en lo interior.

Sólo la palabra puede hacernos comulgar con lo que el otro vive, pues es el único que puede decirlo. Palabra y escucha son los lugares de la comunión entre los hombres. Esta comunión no es posible con todos al mismo nivel. Se hace en el transcurso de la vida, a veces cuando se dan encuentros personales más explícitos y prolongados, a veces a través de breves comunicaciones que hay que saber entender. Esta palabra difícilmente pueda codificarse. Hablar, en el sentido de “decirse”, es un acto que cuesta; hablar es, en efecto, “entregarse”; hablar es por tanto un acto de fe en aquél con quien se habla. Es por eso que la palabra no puede liberarse verdaderamente sino por una acogida verdadera. El juicio, al contrario, mata a la palabra incluso antes que ésta sea pronunciada. Y sin embargo, por otra parte, la palabra hace que se caiga muchas en el juicio. Una simple palabra puede aclarar una actitud, disipar malentendidos, iluminar, restablecer la paz y la confianza. En un sentido, la palabra está primero, es la que crea y renueva una situación. Funda la comunidad. Por ella muchas veces el Espíritu surge. Por ella pasa la comunión en el Espíritu. Ahora bien, esto es lo que a menudo nos resulta más difícil: hablar de nuestra propia vida de búsqueda de Dios. Muchas veces huimos ante la verdad de estos intercambios.

La palabra puede también ser una pantalla. Puede fácilmente ser una evasión, una escapatoria del verdadero encuentro. En lugar de establecer una comunión, pone entre nosotros y los otros una multitud de objetos que nos permiten a unos y otros permanecer distantes. Además, todo grupo humano crea un lenguaje para expresarse a sí mismo lo que vive. Hecho para permitir esta comunión, este lenguaje puede volverse un juego de clichés que no vehicula sino el vacío. Sea un lenguaje de piedad, de obediencia, de virtud o de libertad, de relación con el otro, etc., puede igualmente volverse banal. Muchas palabras hacen perder el sentido de la palabra. Esto es tanto más verdadero en una vida en común donde pocos acontecimientos destacados dan vida a la palabra. Esta puede entonces alimentarse de todo lo que encuentra, y permanecer superficial.

Para que sea verdadera, la palabra debe adaptarse al género de vida que se lleva en el monasterio. Además aquí la cohabitación perpetua es la que debería actuar un modo de hablar, y en particular un equilibrio propio entre la palabra y el silencio. Toda relación conlleva una “distancia” justa. El hecho de la proximidad continua comporta en sí misma zonas importantes de silencio. La atmósfera general de silencio es exigida, en un monasterio, tanto por la búsqueda de verdaderas relaciones entre nosotros como por la búsqueda de Dios. Sólo en este silencio puede nacer una verdadera palabra y sólo en él una palabra verdadera puede ser escuchada. El mismo silencio se vuelve entonces un lugar de comunión, puesto que él también es una palabra.

Por el bien de todos, y por la expansión afectiva de unos y otros, hay que buscar y encontrar un equilibrio de palabra y silencio. Un exceso de silencio es humanamente disminuyente; un exceso de palabra es infantilizante. Este equilibrio es ante todo una cuestión de maduración personal y comunitaria, Pero debe inscribirse en las disposiciones comunes. Es lo propio de los costumbreros que, con la flexibilidad de todo lo que permanece vivo, están ahí para conservar los valores en los cuales se cree.

El silencio no es una cuestión de obediencia a un reglamento, sino un consenso común en cuanto a una voluntad común. La tradición es sobre este punto esclarecedora a la vez que difícil de interpretar. Todos los escritos monásticos hablan del silencio como uno de los valores esenciales de los monjes. Pero sus aplicaciones prácticas son muy variadas. Casiano habla de un silencio estricto y casi absoluto, pero es difícil precisar en qué circunstancias. La RM presenta una verdadera casuística de la palabra, lo que hay que decir, lo que no hay que decir; pero esta casuística se sitúa sobre un fondo “de zumbido continuo de lecturas y palabras piadosas”...[1].

La RB es más matizada. “La pedagogía de Benito tiende menos a elevar la palabra a nivel espiritual, como la RM, que a promover un buen uso en situaciones concretas donde se está obligado a hablar”[2]. Pero sobre todo, se puede decir que el tema de la palabra está renovado en Benito por el cuidado de las relaciones fraternas. Es por eso que la RB no da un marco general preciso o reglas completas del silencio. “Los monjes deben esforzarse en guardar silencio en todo momento, pero sobre todo en las horas de la noche” (RB 42,1). Hay tiempos y lugares donde el silencio es un bien común al cual todos tienen derecho y que todos deben respetar: la noche, por ejemplo, donde cada uno se encuentra solo delante de Dios, silencio  que debemos amar y hacer amar; silencio de los momentos en que estamos en la escucha conjunta de una misma palabra, como en el refectorio (RB 38,5), o de la Palabra de Dios (cf. RB 48,15-17); silencio que respeta el trabajo (RB 31,18-19), etc.

Sin estas playas de silencio en nuestra vida, la vida en comunidad puede volverse intolerable. Al contrario, para que ella sea un lugar de comunión y de paz, debe dejar espacios suficientes a la libertad de la palabra y a la libertad del silencio.

 


[1] Cf. A. de Vogüé, La Règle de saint Benoît, t. IV, pp. 272-273.

[2] ibid., p. 279.