VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (52)

Comunión y soledad

Al igual que palabra y silencio no se deben oponer, sino situarse en la prolongación del uno en el otro, igualmente comunión y soledad son entre sí indisociables.

La soledad no es aislamiento o repliegue sobre sí mismo. Esto último es el rechazo de la relación con los demás, sea por miedo o impotencia, sea por desprecio o egoísmo, o un poco a causa de todo eso a la vez. Todas estas tendencias están en nosotros. Ellas sin duda se hallan incluso más generalmente presentes en aquellos atraídos a la vida monástica. Es inútil ocultarlo. Son la contrapartida de otras tendencias. Más allá de un cierto umbral, pueden volverse una contraindicación para una vocación monástica, puesto que el mismo estilo de vida en el monasterio puede desarrollarlas en otra medida, a veces incluso bajo el aspecto de virtud o de búsqueda de Dios. La vida monástica y sus exigencias están allí para quitar estas ambigüedades.

La verdadera soledad, la que nos acerca a Dios, no se encuentra en el repliegue sobre uno mismo; al contrario, se descubre en el corazón mismo de la relación con los otros. El repliegue sobre sí mismo a menudo es una reacción de miedo: el miedo a enfrentar esta verdadera soledad que cada uno descubre en sí mismo en el corazón mismo del encuentro. “Esta soledad radical (incluso experimentada en la unión de la pareja más lograda) es como el reverso de lo que hace de cada uno una persona original. Evitarla es fallarse a sí mismo. Es buscar con los demás no una comunión sino un aglutinamiento. Porque la comunión entre personas humanas consiste justamente en aceptar y respetar este límite, este ‘estar en otro lado’[1] de cada persona.”[2]

Todo ser humano está enfrentado a su soledad, porque es único, es decir que nadie se le asemejará totalmente; se siente, por tanto, de algún modo, solo. En la pareja, el amor es lo que une muy fuerte a dos seres a través de sus soledades en un esfuerzo incesante por unirse siempre más. Este vínculo es a la vez la prueba y el motor del amor. Es sostenido por la elección que siempre se vuelve a hacer del otro. Es su fuerza y su plenitud. Renunciando a esta elección mutua exclusiva, el celibato nos deja mucho más frente a esa soledad radical. En la medida en que ella es asumida, se vuelve lugar de verdadera libertad, la que nos libera de nosotros mismos. En ella puede surgir el verdadero amor a los otros, que es un que don y una acogida. Ella nos abre totalmente a Dios: “El día en que entendamos que esta falla incurable entre nosotros y los otros es el lugar que hace el nosotros mismos que somos, a través de todos los amores, todas las influencias, todos los rodajes; cuando comprendemos que es en este mismo lugar donde Dios nos habla, llamándonos por nuestro nombre, habremos obrado el gran cambio”, escribe Madeleine Delbrêl.

En este sentido se podría hablar de comunidad de “solitarios”, es decir, de hombres que han asumido su propia soledad y entonces son aptos para la verdadera comunión. Es la obra paciente del Espíritu en nosotros. Nos hace falta toda una vida.

 

Conclusión

Amor de Dios, amor de los hombres

Dimensión vertical, dimensión horizontal. Las palabras hacen imágenes. Pero como en la mayoría de las imágenes verbales, las palabras son falsas. Dan la impresión de estrabismo espiritual.

No está Dios de un lado y los otros del otro lado, y yo haciendo el lazo de unión entre los dos.

Los otros están de un lado y yo del otro. Dios es el que hace la unión.

Dios se encuentra en mí y en los otros. Por eso es que hay dos caminos para encontrar a Dios. Siendo inseparables uno del otro, pueden sin embargo ser más o menos acentuados en un equilibrio propio a cada tradición. Está el camino de la interioridad, aquél que los antiguos llamaban la vida contemplativa y que es el de la oración personal, el de la lectio, el de la escucha de Dios en el silencio. Está también el camino del encuentro del otro en el amor, que es la escucha de Dios presente en él, como él lo está en nosotros. Este camino se aproxima más a lo que los antiguos llamaban la vida activa.

Pero estos dos caminos sólo conducen a Dios si son recorridos en un cierto espíritu; de otro modo no conducen sino al vacío. Este espíritu es aquél que “ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu”, es decir por el Amor (Rm 5,5).

“Dios es amor, y el que permanece en el amor, permanece en Dios” (1 Jn 4,16).

“Ama a tu prójimo y considera en ti mismo el principio de este amor: allí verás a Dios tanto como te es posible” (san Agustín).

* * *

Si la RB ha podido conservar su influencia a través de los siglos y a través de numerosas culturas, es sin duda porque ha sabido, continuando una ya larga tradición, aliar este doble llamado a la soledad y a la comunión. Es también porque haciéndolo, se colocaba en el curso del Evangelio y también, podría agregarse, en el de la solicitud constante de los hombres, hoy más que nunca. Este equilibrio puede ser encontrado de múltiples maneras. Mediante las adaptaciones necesarias, la RB propone una.

 


[1] En el original francés dice: “cet ‘ailleurs’...” (N.d.T.).

[2] Pierre-Yves ENERY, Frère de Taizé.