VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (53)

XV. LOS “NUEVOS HERMANOS”

RB 58

¿Qué lugar debe tener en el proyecto de una comunidad el deseo de recibir “nuevos hermanos”? Dicho de otro modo, ¿debe una comunidad desear perpetuarse, sobrevivir a ella misma?

Muchas motivaciones complejas pueden ser tenidas en cuenta en semejante deseo.

Sólo una mirada de fe vigorosa permitirá a la comunidad hacer una clasificación suficiente de sus propias motivaciones. Esta mirada de fe es particularmente necesaria en un tiempo en que las vocaciones son más escasas, en que, consecuentemente, el discernimiento de los espíritus es más difícil.

Por razones diferentes de las que hoy tenemos, la RB también ha reaccionado claramente contra una demasiada gran facilidad en acoger a nuevos hermanos: “No se reciba fácilmente al que recién llega para ingresar a la vida monástica...” (RB 58,1). El tono tajante del autor es propio de él; no se lo encuentra con tanta claridad en sus predecesores. Expresa todo un espíritu, hecho de fe profunda y también de un realismo práctico fruto de la experiencia. Es opuesto a todo espíritu de “reclutamiento”. Sin duda, muchos sufrimientos se habrían evitado en la Iglesia si se hubiese vivido más este espíritu.

Todo este capítulo 58 resulta todavía hoy de una gran riqueza. No se trata por otra parte de querer vivirlo literalmente. Pero nos damos cuenta que tratando de unirlo lo más posible a la experiencia de hoy, uno se encuentra con los grandes lineamientos. Visto entonces a la luz de la experiencia actual, este antiguo texto recupera toda su sabiduría y su conocimiento de los hombres. Sabiduría que su autor ha sacado de una tradición ya antigua, pero que ha retomado de una manera personal. Se encuentra allí, sin que esté la palabra, el cuidado primordial de la responsabilidad personal, o de la “subjetividad”, como dice el padre de Vogüé. Por más que algunos clichés no nos permitirían creerlo, los antiguos eran muy atentos a este respeto de la libertad de las personas.

Numerosos costumbreros o legislaciones concernientes a la preparación para el compromiso monástico han sido elaborados un poco por todas partes, con más o menos éxito. Es curioso constatar que a través de todos esos tanteos, se hallan constantemente ciertas etapas e incluso ciertos ritmos de tiempo: un tiempo de espera fuera de la comunidad, una primera experiencia en comunidad, una iniciación más continua, luego un primer compromiso más explícito y al final el compromiso definitivo. Suelen ser algunos días, un año, tres años... Este camino que hoy conocemos, y que la RB no ha tomado del todo, parece tener orígenes muy antiguos. Aparece como normal desde el siglo VI. ¿No se podría pensar que hay, en la maduración humana de una elección tan radical, datos que no pueden ser descuidados sea cual fuere la coyuntura?

Esta tradición nos recuerda en primer lugar que este tiempo de preparación no es ante todo un tiempo de “formación”, en el sentido que a veces se le ha dado. Habrá que volver sobre esto. Tiene otro fin, todavía más importante, y que engloba -y le da su razón de ser- todo lo que puede implicar de “formación”. Todas las disposiciones elaboradas por la tradición dependen, en efecto, “de la misma preocupación fundamental, que era ya la del Maestro, y que Benito lleva a su culmen: asegurar lo más posible la lucidez, la responsabilidad y la solidez de los compromisos tomados delante de Dios[1]

El texto de la RB puede ayudarnos a no perder de vista este fin primero de todo el período de preparación a la entrada definitiva en el proyecto de la comunidad.

Responde a las grandes preguntas que se hacen con ocasión de una entrada a la comunidad, respecto del solicitante:

¿Cuál es la autenticidad espiritual de su deseo?

¿Tiene la capacidad práctica de realizar ese deseo?

¿Su madurez es suficiente para poder un día asumir un compromiso definitivo?

 


[1] A. de Vogüé, La Règle de saint Benoît, t. VI, p. 1353.