VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (54)

La autenticidad del deseo espiritual del “recién llegado”

Hacer entrar al nuevo hermano a la comunidad es, sin duda alguna, una de las decisiones más importantes de la vida de la comunidad. En este discernimiento[1] ella compromete profundamente su futuro. Una comunidad está ante todo hecha por los hombres que la componen. Las estructuras y las orientaciones que ella se dará dependerán, de hecho, de los hombres que las pondrán en práctica.

Su discernimiento es, sin embargo, sólo secundario. Se ejercerá en el que “recién llega”, en “aquellos que vengan” (RB 58,1; cf. 61,1). Una comunidad monástica no se auto-recluta sino que es convocada por Dios, y en eso ella es como una imagen de la Iglesia. Ella es el punto de reunión de vocaciones extremadamente diversas, que vienen de todos los medios, de todas las situaciones y que echa por tierra todas las previsiones... El paso que da aquél que se presenta viene de Dios, no de la comunidad. Ésta no debe tener otro cuidado respecto a su reclutamiento que el de vivir con autenticidad su proyecto. Esfuerzo de verdad que hoy, sobre todo, se debe conducir inseparablemente unido a los valores fundamentales de su vida y a las adaptaciones necesarias: que ella sea y parezca de verdad lo que pretende ser por su profesión pública. Pero el cuidado de adaptación o de parecer no debe anteponerse al de ser. Porque entonces correría el riesgo de atraer sólo a personas contentas de pasar algún tiempo en un clima acogedor, pero sería incapaz de responder a las exigencias de aquellos que buscan una entrega total de sí mismos a una vida que valga la pena. Sólo una comunidad fuertemente convencida de lo que vive, incluso a través de búsquedas y tanteos prácticos, atraerá a estos últimos.

Incluso siendo secundaria, la selección sigue siendo delicada. Todos aquellos que piden entrar en la comunidad no son enviados por Dios; aún falta mucho. Queda obrar un discernimiento a veces difícil: “Prueben los espíritus para ver si son de Dios” (1 Jn 4,1; RB 58,2).

Este discernimiento debe hacerse en una doble dirección. Por una parte se trata de verificar qué es lo que viene a buscar el recién llegado, y por otra parte cuál es el enraizamiento verdadero de este paso en él. En esta primera etapa es difícil tener otros criterios de la realidad espiritual de su deseo, para verificar si viene de Dios.

¿Qué viene a buscar? Una vocación en estado puro no existe. Ella comporta siempre aspectos complejos debidos a la personalidad del sujeto y a sus circunstancias. Períodos donde la vida es más difícil, donde los tiempos son turbulentos ofrecen un terreno fértil particularmente favorable a la eclosión de vocaciones, mezclando indisociablemente un auténtico deseo espiritual y una búsqueda de evasión o de huida. Otras motivaciones, secundarias pero muy fuertes, pueden todavía entrar en juego: diversas atracciones de un género de vida, de tales o cuales personalidades, etc. A priori, ninguna de esas motivaciones secundarias es suficiente... ni, tampoco, redhibitoria[2]. Se trata de poner las cosas en su lugar respecto al único fin determinante: la conversión personal (“ad conversionem”), es decir una escucha asidua de la Palabra para ponerla en práctica, como lo explica el Prólogo de la Regla cuando instituye “una escuela del servicio divino... guiados por el Evangelio” (RB Prol. 45. 21). Es el punto esencial sobre el cual no puede haber ningún equívoco entre la comunidad y aquél que llega, y ello desde las primeras entrevistas. Cualquiera sea la situación del recién llegado, financiera, social, intelectual u otra, cualquiera sean las necesidades de la comunidad, no puede haber otras bases de partida válidas en vista a una entrada en la comunidad. Ella es necesaria e incluso, en cierto modo, suficiente. Ninguna otra condición precisa se exige o reclama. Si ésta se encuentra realizada, el diálogo puede proseguirse.

¿A qué profundidad se encuentra en él este deseo? Es el segundo discernimiento, indisociable del primero. Muchas ilusiones sobre uno mismo pueden, en efecto, estar en juego sin que se ponga en duda la sinceridad del sujeto. Un deseo sincero de conversión, en el sentido dicho más arriba, de entrega total en el seguimiento de Cristo, puede estar suscitado por una variedad infinita de estímulos, sea a partir de acontecimientos exteriores, sea a partir de experiencias interiores auténticas. Un encuentro conmocionante, una prueba, un llamado expresamente experimentado, la culminación de una lenta maduración en un ambiente que arrastra, pueden llevar a considerar con generosidad una entrega total de sí en la vida monástica. Esto no cae de su peso... Estas situaciones pueden ser la ocasión para tomar conciencia del verdadero deseo profundo de la personalidad; pueden también a veces engañar disimulando o borrando ese verdadero deseo en provecho de otro más aparente, el que impulsa a venir a golpear a la puerta del monasterio, pero que en realidad está menos enraizado en el ser. En todo hombre hay un “deseo” fundamental, personalizado. Es su don personal, su espíritu propio, aquél que, un día u otro, aventajará y unificará su personalidad para dilatarla o que, a la inversa, contrariado, lo mantendrá en una situación falseada. La vocación o el llamado de Dios no pueden ir sino en el sentido de este deseo que Dios ha puesto en cada uno. ¿Son incluso otra cosa que la demostración de este deseo personal? El paso que da el que se presenta ¿viene de este espíritu propio, personal? ¿O bien es el fruto de un impulso, de una impresión, de una voluntad sinceros y generosos, pero sólo pasajeros? Este segundo discernimiento es fundamental. Pone en causa más profundamente el futuro. Pide tanto de sabiduría humana como de sabiduría espiritual. ¿Es posible, por otra parte, disociarlos? Los signos de Dios pasan por lo humano. Para saber “si los espíritus son de Dios”, hay que conocer a los hombres, como puede conocérselos en el contexto de la cultura actual marcada por las ciencias humanas.

“Probar los espíritus”, para verificar justamente la autenticidad de ese deseo personal. Ya no es posible emplear los procedimientos indicados por la RB, no tendrían actualmente el mismo significado. Pero el fin a perseguir es el mismo. En lugar de dejar al postulante que se muera de frío en la puerta del monasterio, entregado a las inclemencias del tiempo y ser blanco de “injurias”, es más eficaz devolverlo a las inclemencias de la vida imponiéndole plazos que pueden parecerle una puesta en duda de su sinceridad. La RB prevé una breve estadía “en el local de los huéspedes”. Esta costumbre se encuentra a veces en las antiguas legislaciones bajo variadas modalidades. Tiene por fin hacer caer las primeras ilusiones sobre lo que es en realidad la vida monástica, a menudo muy diferente de las imágenes que de ella puede hacerse aquél que se postula. Es verdad que los huéspedes entonces estaban más cerca de los hermanos y compartían más su vida. En la situación actual, la vida en la hospedería no basta para disipar estas ilusiones; al contrario, puede reforzarlas. Es por eso que se ha vuelto habitual que se le invite a hacer una estadía en la comunidad, mediante algunas modalidades propias, para permitir esta decantación preliminar. Con mejor conocimiento de causa, el candidato, al volver a su vida habitual y dejado a su suerte, puede entonces verificar él mismo si lo que ha podido ver responde a lo que él busca. El tiempo impuesto permitirá emerger su verdadero deseo, haciendo la selección entre lo que sólo era un movimiento pasajero, debido a tal o cual circunstancia ocasional, y lo que viene de lo más profundo de la personalidad.

Queda entonces verificar si él puede realizar en esa comunidad este deseo que está en él y que puede ser tomado como un don o un llamado de Dios.

 


[1] Lit.: elección (choix) [N.d.T.].

[2]Redhibir (Del lat. redhibēre). Dicho de un comprador: deshacer la venta, según derecho, por no haberle manifestado el vendedor el defecto o gravamen de la cosa vendida”. Hasta aquí el diccionario. Podría traducirse también: anulable, rescindible (N.d.T.).