VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (55)

La prueba y la experiencia

Sólo la experiencia concreta puede obrar esa verificación[1]. La entrada en la experiencia vivida de la vida en comunidad es el carácter esencial de este segundo período. Es el gran factor de discernimiento y de iniciación.

No hay, propiamente hablando, “formación” para la vida monástica, como hay un tiempo de formación para tal o cual vida profesional. El noviciado no es una escuela preparatoria donde, mediante un condicionamiento particular, uno se prepararía para vivir “más tarde” una vida monástica de verdad. El que llega es puesto en seguida frente a la vida que él ha pedido vivir. Participa con todos en la vida de oración, de trabajo, de relaciones fraternas, de búsqueda en común, incluso si esta participación comporta modalidades propias debidas a su situación de debutante. Parece que hubiese aquí una constante de la vida monástica. Ésta se trasmite haciendo que se comulgue con una experiencia vivida. Ya el padre espiritual del desierto no “formaba” para una vida ulterior, él “iniciaba” a su discípulo en su propia vida para hacerlo acceder a una experiencia personal. ¿”Formación” o “iniciación”? Eso parece jugar con las palabras. En realidad son dos espíritus diferentes.

La iniciación llama más a la libre voluntad del otro. No fuerza la elección responsable. Hoy somos más sensibles a este aspecto. Sin embargo no es nuevo. Cuando se la sitúa en su contexto histórico, la RB, a continuación de la RM en particular, toma claramente esta opción. Si el recién llegado debe ser examinado con cuidado, él también debe poder testear atentamente a la comunidad y el género de vida que se propone elegir. “La probación no es unilateral sino recíproca... El don de uno mismo al monasterio no es incondicional e inmediato. Se lo hace con conocimiento de causa y luego de maduras reflexiones. El legislador manifiesta un verdadero respeto de la libertad del postulante. Tiene cuidado de hacerle contraer un compromiso plenamente responsable. Esta notable innovación obedece sin duda a experiencias enojosas...”[2]. Otra tradición, de la que Casiano se hace eco, es mucho más radical: desde su llegada, el postulante es considerado como comprometido. El peso y la fuerza de presión moral de una comunidad van más fácilmente en este último sentido... Es contra esto que debe ser defendida la libertad de los recién llegados. El “noviciado” encuentra allí una de las razones de ser.

“La residencia de los novicios, donde éstos meditan (es decir, se alimentan espiritualmente de las cosas de la fe), comen y duermen” (RB 58,5) es difícil de precisar. Tiene por fin agrupar a aquellos que viven una misma experiencia de debutantes y se preparan en el mismo camino. Debe permitir una verdadera inserción en la comunidad, si no equivocaría la iniciación tendiendo a volverla artificial. Debe dar al mismo tiempo a los novicios un espacio suficiente de libertad respecto a la comunidad, permitiendo a la comunidad conocerlos tal cual son. El compromiso al cual se prepara no descansa solamente sobre un ideal abstracto. Se trata, por un lado, de una comunidad que vive de tal y tal manera, compuesta de tales y tales hombres, y, por otro lado, de hombres con intenciones sinceras, pero también dotados de tal o cual temperamento. Es también importante conocer a los hombres con quienes uno se compromete como también sus ideas e intenciones. Es una cuestión de lealtad recíproca y de escucha mutua donde cada uno se muestra tal cual es y no tal como quisiera ser. Este encuentro verdadero exige tiempo, el tiempo de la “domesticación” mutua. Es el fin esencial del noviciado. Su estructura debe poder favorecerla lo mejor posible. Ésta puede variar según las circunstancias, la edad y la formación de los recién llegados, el estado de la comunidad, etc. Como dice la RB en otra ocasión, “con el magisterio de la experiencia” (RB 1,6). Una separación muy grande de la comunidad impide este encuentro verdadero. Una muy brutal inserción puede ser igualmente dañosa. Un grupo humano, sobre todo si es numeroso, no se deja penetrar rápidamente. El verdadero sentido de lo que vive, de los gestos y palabras, no aparece de inmediato. Las falsas interpretaciones son fáciles y frecuentes... Lo mismo sucede en el otro sentido. Viniendo “de afuera”, a veces bajo el golpe de una fuerte tensión interior, la verdadera personalidad del hermano no se revelará de inmediato; su comportamiento podrá no ser comprendido por todos...

Al agruparlos juntos a los que hacen esta experiencia en las mismas circunstancias, el noviciado responde también a otra necesidad, sobre todo en una comunidad numerosa. Permite entretejer lazos de “camaradería” que son una de las fuerzas de cohesión de la comunidad. Habrá otros más adelante, pero hay una gracia particular unida a estos primeros años. No se trata forzosamente de amistad, ésta es mucho más imprevisible, sino que es un co-nacimiento (!) que marca para toda la vida. Más inmediatamente, el grupo del noviciado -si es que lo hay- permite una inserción progresiva en las relaciones con la comunidad, que podrían ser abrumadoras al comienzo por su número simultáneo.

Si la estructura del noviciado debe permanecer flexible y adaptarse a las circunstancias, uno de sus elementos es sin embargo fundamental: la presencia de un “anciano”. La RB, que se extiende largamente sobre las cualidades requeridas para el abad, el mayordomo, el prior, el hospedero, etc., es de una notable discreción cuando se trata de este anciano, cuyo papel es sin embargo particularmente importante. Nada se dice que pudiera establecer un tipo de hombre particular y que excluyera a otros. Se le pide una única disposición: “que sea apto para ganar almas” (RB 58,6). Para entender esta expresión quizás sea bueno compararla con las que se dice en otra parte respecto a esos ancianos “que sepan curar sus propias heridas y las ajenas, sin descubrirlas ni publicarlas” (RB 46,6); sin olvidar lo que se pide a cada responsable: “que tema a Dios” (cf. p. ej. RB 53,21). Se trata de tener confianza, de liberar (= ganar) a los hermanos en lo que ellos tienen de más personal y profundo, corazón y espíritu (= alma), para que puedan crecer bajo la acción del Espíritu. Hacen falta cualidades humanas innegables... ¡Numerosos tratados han suplantado la sobriedad de la RB! Sin duda hace falta un esfuerzo constante de verdad consigo mismo y con los demás para responder con lo que uno es y con lo uno tiene. Según la tradición, podemos contar con hombres que hayan estado a la altura de esta tarea con dos o tres por siglo, según el Padre Plácido Deseille. Hay que haber vivido, sobre todo con sus altos y sus bajos, y vivir todavía la experiencia, o al menos algo de la experiencia que los hermanos vienen buscando vivir en el monasterio, para poder evitarles las pistas falsas, despejar los caminos que les convienen. La RB agrega además una palabra: “que sea solícito...” (que vele sobre ellos con todo cuidado: RB 58,6). El término latino es difícil de traducir. Se trata de una actitud interior de la que se está habitado, hecha de amor y respeto, de atención, y que se traducirá en un comportamiento y en una acción que tomarán las formas del temperamento y del carácter propios de cada uno. Debería permitir ante todo una proximidad verdadera, una presencia. Debe, en fin, alimentar una oración de fondo, siempre más o menos presente, para permanecer disponible al Espíritu en esta tarea, para que Él inspire los gestos y palabras, y sobre todo para que obre en los otros y los conduzca a su plenitud.

Esta solicitud debe ejercerse en dos niveles. Primero en el nivel de la verdad de la experiencia vivida inmediatamente por el hermano, en el sentido de un desarrollo espiritual. Luego, en el nivel de la toma de conciencia personal de esta experiencia, para que pueda asumir el futuro.

 


[1] Si el candidato puede realizar en esa comunidad el deseo que está en él, y que puede ser tomado como un don o un llamado de Dios (N.d.T.).

[2] A. de Vogüé, op. cit., p. 1299.