VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (57)

Una toma de conciencia personal

La experiencia vivida debe estar acompañada por una toma de conciencia personal. Lo que se vive debe ser explicado. “Léasele por orden esta Regla...” (RB 58,9). Es lo propio de una iniciación acompañar la vida con una enseñanza que dé el sentido de esa vida. “La Regla” no designa solamente una serie de usos y costumbres, sino también el acceso a una tradición espiritual, a una doctrina de vida. El capítulo 73 de la RB indica claramente las direcciones que debe tomar esa iniciación: la Sagrada Escritura, la tradición eclesial, la tradición monástica. Por tradición no hay que entender sólo el pasado, sino la tradición tal cual es vivida en la cultura del tiempo, la de hoy. Una iniciación no puede ser enteramente planificada. Debe adaptarse a cada persona, a su ritmo y a sus disposiciones personales. Tiene por fin darle los medios de su autonomía personal. Implica una parte de formación en la utilización de los instrumentos de trabajo que le permitirán alimentar su vida, discernir por sí mismo y por los demás el camino de la vida (RB 73,4). Como todo inicio, sólo se pueden colocar adarajas[1] para una actividad que debe durar toda la vida. Debe darle el sabor. Como toda iniciación también, está hecha de repeticiones más bien que de una acumulación de conocimientos. Hay realidades que no se pueden entender por la sola inteligencia. Hace falta allí la claridad de una palabra a la vez que de una experiencia personal. No basta con que las cosas hayan sido dichas, hace falta que ellas hayan sido el objeto de una real toma de conciencia personal. Entonces el hermano comprende por experiencia y por su inteligencia a qué se compromete siguiendo este camino: “ut sciat...” [para que sepa], dice la RB (58,12).

“Si para corregir los vicios o para conservar la caridad, se dispone algo más estricto” (RB Pról. 47), ¿no son las primeras tareas de este período inicial? Si la RB no habla de esto, no es para excluirlas. El Prólogo prevé incluso que sus exigencias pueden ser desde el comienzo causa de huida. Pero sin duda es sabio no hacer creer que este trabajo podría ser realizado durante ese período. Cada tiempo tiene su gracia. La gracia del comienzo es la de ponerse en camino, la de la puesta en órbita, la de la inserción en la comunidad y la de la puesta en marcha de sus instrumentos de conversión. Sólo más adelante, cuando se alcanza la velocidad de crucero, cuando se entabla la carrera de fondo, comienza el verdadero trabajo en profundidad, en la duración y en un compromiso concreto que llega a todas las áreas de la personalidad. Hace falta toda una vida. Una excesiva preocupación por alcanzar una cierta “forma” monástica (y eso no quiere decir solamente un comportamiento exterior), puede hacer desviar el noviciado de su verdadero fin, tanto del lado de la comunidad como del lado del hermano. No se es monje cuando salimos del noviciado sino que nos comprometemos a serlo recibiendo la “formación” de la Regla, vivida en la comunidad, con los hermanos, en una obra común, “hasta el fin” (Jn 13,1).

A este compromiso libre y responsable prepara todo este período, en armonía con el desarrollo personal del hermano, verificado en y por una suficiente experiencia asumida conscientemente. Este período está totalmente orientado hacia él.

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Los plazos previstos antes de este compromiso no son hoy aquellos que preveía la RB. Por otro lado parece que, sobre este punto, las tradiciones han variado mucho y que el ritmo actual de “un año - tres años” es muy antiguo[2].

Pero es más interesante resaltar que muy a menudo las etapas se superponen. La RB señala en particular una “promesa”, de la que es difícil situar con exactitud el momento, lo que poco importa, y que precede al compromiso solemne. Ella marca en el proyecto del hermano, como un tiempo de estabilización sin que, no obstante, se vea comprometido el futuro. Parecería incluso que hubo varias etapas de este tipo, señaladas por una nueva lectura de la “regla de vida” y un nuevo tiempo de experiencia. Hay allí como un ritmo natural que la experiencia de hoy además confirma.

Estas etapas permiten a la vez la liberación de la verdadera personalidad y la libertad de elección. En este aproximarse mutuo del hermano y de la comunidad, es necesario que haya momentos en que, de un lado y del otro, se asuma el camino recorrido, y que se lo manifieste en un gesto público. El hermano que se sienta capaz de continuar expresa ese deseo y se compromete a continuar lealmente, en la comunidad que ya conoce mejor. Ésta, a su vez, invitándolo a entrar cada vez más (ingredere), se compromete con él. Hay como un reconocimiento mutuo en la confianza y la libertad: “He aquí la ley bajo la cual quieres militar. Si puedes observarla, entra; pero si no puedes, vete libremente” (RB 58,10). Tanto para uno como para los otros, esta confianza mutua es un signo de Dios, un criterio de discernimiento del Espíritu. La nueva legislación de las “promesas” tiende a dar a este paso toda su riqueza humana y al mismo tiempo espiritual.

 

La elección definitiva

Si al final (RB 58,12-16), luego de una larga maduración interior, teniendo conciencia del carácter definitivo de su gesto, el hermano se compromete con una donación total de sí mismo, “entonces sea recibido en la comunidad” (RB 58,14). Es el título mismo del capítulo, lo que muestra bien que el fin buscado es ése.

El término empleado es muy fuerte. En latín pertenece al vocabulario del nacimiento. Es el acto del padre que reconoce al recién nacido como miembro de la familia. El lazo que en adelante une al nuevo hermano con la comunidad es también irrevocable. De ahora en más éste es miembro por entero, en pie de igualdad, con los demás. Sin duda, sobre todo para un hermano presente desde hace ya muchos años en la comunidad, habrá poco cambio a nivel de vida cotidiana, que continuará como antes. Sin embargo, se ha franqueado un umbral esencial: él está ahora ligado a la comunidad y ella le pertenece para toda la vida, para bien o para mal. Quizás haya también hecho esta donación de sí mismo en su corazón, pero ahora esta donación es reconocida públicamente por la misma comunidad, que reconoce a este hermano como suyo ante la sociedad, ante la Iglesia, ante Dios. Desde el simple punto de vista humano, hay un paso a una nueva situación, del mismo orden que el que cumplen dos seres que se aman cuando, por el matrimonio, son reconocidos públicamente como constituyendo un hogar, una pareja. Su amor es exactamente el mismo, pero algo nuevo ha nacido. Es así como nace también la comunidad. Ella vive y crece por este acto mutuo de compromiso con los nuevos hermanos.

Una cierta presentación de los votos ha pasado a veces un poco rápido sobre este aspecto muy humano y natural de la profesión. Sin embargo es fundamental y fuente de todo lo demás. Uno se compromete con hombres, con una comunidad. Pero este compromiso es tomado solemnemente “ante Dios”. Dios es puesto como testigo por el hermano de que él entra totalmente en el proyecto de la comunidad. Y lo precisa en una fórmula propia de la RB que ha sido conservada hasta nuestros días: “Estabilidad, conversión de costumbres y obediencia” (cf. RB 58,17). Estas palabras están llenas de significado. Ellas revisten toda la doctrina expresada en cada página de la Regla. Es por eso también que, sin duda, no hace falta querer precisarlas mucho: “Benito no piensa definir tres votos formalmente distintos, sino que resume en una suerte de rúbrica el objeto de las promesas. El cual es designado bajo su forma más general por la conversión de costumbres, mientras que la estabilidad y la obediencia precisan dos aspectos importantes de este objeto”[3]. No se trata de comprometerse con “obligaciones que cumplir”, sino de comprometerse a comulgar con el impulso profundo de la comunidad, aceptando tomar sus medios. Faltar a este compromiso de convertirse cada día, no participar verdaderamente en la labor cotidiana de la comunidad o no perseverar en ella hasta el fin, es faltar al compromiso contraído, es dañar el bien de todos e impedir a la comunidad desempeñar su lugar y el rol que debe tener en la Iglesia y en el mundo.

Comprometerse así públicamente es, en efecto, asumir la responsabilidad de la comunidad misma. Los compromisos tomados hasta allí, no sólo no eran definitivos sino que guardaban un carácter privado. Sólo miraban a la comunidad y al hermano. Eran como un contrato bilateral en el mismo nivel. Podía ser desligado a ese mismo nivel entre los dos implicados sin ninguna otra intervención. La nueva disposición concerniente a las “promesas” ha restablecido este punto importante. Como todas las promesas hechas entre hombres, ellas comprometen en conciencia y ante Dios, pero sólo comprometen a los implicados inmediatos. Al contrario el compromiso público, o solemne (que es lo mismo), supera a la misma comunidad. Lo que sólo era implícito en tiempos de la RB, se vuelve cada vez más consciente, primero bajo un aspecto más bien jurídico, y hoy mucho más bajo un aspecto más vivo. La comunidad tiene un lugar reconocido, una misión. Las comunidades religiosas, dice el Vaticano II, son en la Iglesia signos públicamente manifiestos de la vida evangélica. Tienen la responsabilidad de un testimonio propio al cual ellas se comprometen. Al mismo tiempo, la Iglesia, la Comunidad eclesial tiene derecho sobre ellas. Así, por su compromiso solemne, el nuevo hermano se compromete, más allá de su comunidad, con la gran Comunidad de la Iglesia. Él hace “profesión pública”, en el sentido más obvio de la palabra. Asume como una función de testimonio ante la Iglesia; sólo ella puede desde ahora desligarlo de su profesión, su comunidad local ya no lo puede hacer más. Él ha entrado en una solidaridad más amplia.

Pero, al mismo tiempo, recibe de la Iglesia la confirmación de toda su marcha anterior. La Iglesia reconoce, a continuación de la comunidad local y confiando en ella, que el movimiento que lo ha conducido hasta allí es un don de Dios. Asimilándolo al carisma de la comunidad, reconoce su carisma personal. Es por eso que este compromiso es para el hermano la conclusión de la toma de conciencia del llamado de Dios en él. Y lo asume de ahora en adelante públicamente con un definitivo. Delante de todos, él consagra su vida en llevar a cabo el don de Dios particular que es su vocación propia. Finalmente, con toda seguridad es a Dios a quien él responde y a quien se consagra. Esto es lo que significa este versículo que se ha mantenido a través de los siglos en el rito de la profesión: “Recíbeme, Señor, según tu palabra, y viviré (Sal 118 [119],116)...” (RB 58,21). La profesión se vuelve una celebración. Es una manifestación del Misterio de Salvación que se continúa. El Misterio del Cuerpo de Cristo que se construye a través del diálogo de una libertad humana y del libre amor de Dios. Bajo la moción del Espíritu, un hombre se consagra a la Obra del Padre en sí mismo y en el mundo, según el don de la gracia que se le ha concedido. El nuevo ritual subraya fuertemente esta dimensión universal de la profesión monástica.

El capítulo 58 de la RB está como jalonado por el nombre de “Dios”. Dios es, en efecto, el verdadero compañero, no sólo del novicio sino también de la comunidad. Se puede decir que todo está orquestado alrededor de la pequeña frase que se ha vuelto uno de los lemas benedictinos más conocidos y más evocadores de la vida monástica: “... Si verdaderamente busca a Dios” (RB 58,7). Es siempre este mismo dinamismo interior el que, desde el Prólogo hasta el capítulo 73, reaparece en cada pasaje importante de la RB. Toda la experiencia monástica reposa sobre él. Por consiguiente debe ser encontrado y desarrollado en el nuevo hermano, pero a través de mediaciones muy concretas y muy humanas.

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“Desde aquel día sea considerado como uno de la comunidad” (RB 58,23). Es totalmente solidario con la comunidad. Esto se traducirá concretamente con la enajenación total de sus bienes. El nuevo hermano es de verdad hermano de sus hermanos, ligado a la misma suerte que ellos, no reservándose ningún repliegue que pudiera considerarse personal.

La RB insiste fuertemente sobre este despojo que debe acompañar el compromiso definitivo. Los siguientes capítulos exploran casos particulares, pero todos son también intransigentes sobre este punto. Las razones dadas no son siempre muy valederas hoy: “Ciérrense así todos los caminos, de modo que… no abrigue ninguna esperanza” (RB 59,6) de reinsertarse en el mundo... Hoy hacemos más bien lo contrario, cuidando de que un hermano sólo se comprometa si tiene, no bienes en reserva, sino una cualificación o una posibilidad de reinserción, a fin de que no se quede en el monasterio por incapacidad de reinsertarse en otro lado. Lo que hay que retener, sin duda, de este gesto es más bien la voluntad de solidarizarse “de cuerpo y de bienes” con la comunidad. “Desde aquel día no ha de tener dominio ni siquiera sobre su propio cuerpo” (RB 58,25), es decir, sobre sus actividades y capacidades. Es siempre válido hoy, en el plano justamente de estas cualificaciones profesionales que pueden tener los que lleguen. Éstas no pueden ser más un derecho personal.

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“Si alguna vez, aceptando la sugerencia del diablo, se va del monasterio” (RB 58,28). Es sobre este último punto que, después de algunos años, se ha hecho una evolución considerable.

El hecho mismo de abandonar la vida monástica y el compromiso tomado no es nuevo. Siempre ha existido, incluso si ha tomado más amplitud bajo el impulso de las circunstancias. Algunas épocas no tienen incluso nada que envidiar a la nuestra en este tema. Pero la interpretación del hecho mismo es distinta.

La Iglesia misma reconoce en ciertos casos que el hermano, a veces, según su propio testimonio, no es más lo que él dice ser por su profesión. Al igual que la Iglesia ha reconocido en un momento que el hermano estaba habitado por ese don de Dios que él testimoniaba, hoy reconoce que ya no lo está más. En eso, no hace ningún juicio sobre la responsabilidad del hermano. Lo entrega, no al diablo, sino a su conciencia y a la misericordia de Dios, cuyos caminos se nos escapan. La Iglesia simplemente tiene que restablecer en la verdad una situación de ahora en adelante tergiversada y que no puede avalar más. En efecto, el compromiso por más definitivo y solemne que sea, no es un Absoluto. Desde el Evangelio de Jesucristo, sólo hay un Absoluto, el espíritu de Amor y de Verdad que debe guiar todos los gestos de la Iglesia y de cada discípulo de Cristo.

Las causas de estos abandonos son múltiples y diversas. El hermano mismo tiene su gran parte de responsabilidad, pero la comunidad no puede creerse demasiado fácilmente liberada.

La evolución de una vida monástica no es un asunto que se maneja solamente entre Dios y el monje. Se maneja también con la comunidad. Por eso es importante subrayar la parte de compromiso que ésta tiene con el hermano el día de su profesión. Todos somos solidarios, los unos con los otros, en la maduración de nuestra búsqueda de Dios. La partida de un hermano siempre es un cuestionamiento para los demás. Sin hacerse un complejo de culpa, hay que mirar las cosas de frente y, quizás, discernir allí un llamado de Dios.

Este papel de la comunidad comienza desde los primeros instantes de la presencia del hermano en el monasterio. Si bien la comunidad no tiene que preocuparse de una manera demasiada publicitaria de su reclutamiento, al contrario, una de sus responsabilidades primordiales es dar a los recién llegados lo mejor de ella misma. En ese momento, la formación de los más jóvenes es quizás su tarea principal en tanto comunidad. Todo lo que puede ser dicho o enseñado no tiene sentido sino en un contexto vivido en la comunidad. Finalmente es ella la que atrae para sí, la que encamina hacia el compromiso definitivo y la que acompaña hasta el cumplimiento final.

Una comunidad viva lleva en sí el deseo de continuarse a sí misma, no en un cuidado egoísta de sobrevivencia, sino en un exceso de fe que quiere comunicarse. Y, por otra parte, la presencia de nuevos hermanos es el elemento más vitalizante de la vida de una comunidad.

Por eso es que la presencia de nuevos hermanos debería ser deseada por toda la comunidad y ser el objeto de su oración, de una oración constante y perseverante.

 


[1] En la construcción, serían los ladrillos que sobresalen a modo de traba para facilitar la reanudación o la construcción de una nueva pared.

[2] A. de Vogüé, op. cit., capítulo IV

[3] A. de Vogüé, op. cit., p. 1328.