VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (58)

Quinta parte: LA INSERCIÓN DE LA COMUNIDAD

   XVI. ¿SEPARACIÓN DEL MUNDO? ¿PRESENCIA EN EL MUNDO?

La “separación del mundo” es una de las imágenes más fuertemente ligadas a la visión de la vida monástica. Esta separación hoy es vigorosamente discutida.

Para los monjes se trata de una cuestión sobre la que es imposible negar su importancia. Toca a la razón misma de la vida monástica, a su identidad.

Cuestión que no tiene nada de teórica. Ya en la práctica ha modificado usos y comportamientos. Es necesario, quizás urgente, analizar la situación sobre esta cuestión sabiendo, sin embargo, que no es nueva y que nunca será resuelta de una vez para siempre. Sería vano, en efecto, creer que un equilibrio definitivamente estabilizado podría ser obtenido por la precisión de reglamentaciones. Éstas son, sin duda, necesarias, pero mucho más todavía es la fidelidad al verdadero espíritu de la RB.

 

¿Qué dice la RB?

La RB no hace una teoría general sobre “el mundo”. Es difícil encontrar allí la noción de “separación” del mundo; esa palabra no aparece.

Una visión de conjunto muestra, al contrario, a la comunidad bien insertada en el mundo que la rodea, en relación con él. Los huéspedes de paso “nunca faltan” (RB 53); la autarquía de principio no impide, sin embargo, las relaciones económicas con el exterior (RB 57); la comunidad cristiana circundante tiene una cierta responsabilidad sobre la comunidad monástica (RB 64), etc. La RB no da la impresión de un desprecio o de una huida del mundo, como algunos textos más tardíos. Surge, al contrario, de la Regla que los monjes no son mejores que los demás. Ellos están enfrentados a las mismas debilidades y a las mismas estrecheces. No hay dos categorías jerarquizadas de hombres: los monjes... y los demás.

Contrariamente, a través del texto de la RB, aparece una comunidad claramente orientada, fuertemente constituida en torno a una misma fe, animada por un mismo proyecto, decidida a elegir los medios que le parecerán necesarios. Entre los hombres que la componen y aquellos que no forman parte de ella, hay un umbral: el de las elecciones que han sido expresadas en el momento de un compromiso solemne después de un largo tiempo de maduración.

Es éste el compromiso que constituye, no la separación de la comunidad, sino su distinción, su “diferencia”.

Diferencia que, lejos de separar, “sitúa” en el centro del mundo en una ubicación que es única, que especifica.

¿Cuál es esta diferencia o especificidad?

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La RB se abre por un Prólogo cuya importancia no hay que volver a recordar. Es un llamado a un compromiso radical en el seguimiento de Cristo. Se dirige a aquél que ya ha percibido una cierta experiencia de Dios, suficiente para ponerla en camino. Ningún rastro de esoterismo, por otra parte, en esta experiencia; es la que ilumina el evangelio de Juan o de la cual Pablo se hace testigo en sus cartas. Sobre esta experiencia, la RB es muy discreta, pero sus breves alusiones son suficientemente significativas como para dar sentido a toda la Regla. Esta experiencia es como la línea de fondo o la trama que reaparece en los lugares claves. Al final del Prólogo, se habla del “corazón dilatado”, de la “dulzura inefable del amor”. El capítulo 7, que cierra la sección sobre la doctrina espiritual, acaba con una apertura explícita a la experiencia del Espíritu. Los capítulos 71, 72, 73 son de la misma veta, lo mismo que el capítulo 58 sobre la acogida de los hermanos.

En vistas de esta experiencia a la cual todo discípulo de Cristo es llamado, la RB propone un itinerario particular. Desde el final del Prólogo, describe una institución, es decir una comunidad donde se le dará a los “mandamientos de Dios”, o más precisamente al Evangelio (Pról. 49 y 21) la primacía absoluta. Sin que tenga necesidad de decirlo explícitamente, ella sitúa este itinerario como una respuesta al llamado de Cristo dirigido a algunos de tener que “dejar todo para seguirlo”. Los mismos nombres de “monasterio” y de “monje”, implicando el celibato por el Reino, son suficientemente explícitos sobre este punto para que no haya lugar a dudas.

Rápidamente la RB precisa de nuevo su proyecto. El itinerario que propone pasa por la constitución de una comunidad tan totalizante como sea posible, una comunidad que comparte tanto en el plano material como en el plano espiritual, una comunidad de cohabitación por toda la vida. Ella propone una obra común a realizar, donde el destino humano y espiritual es indisociablemente el tema de todos y cada uno.

El final del capítulo cuarto es una de las claves mayores de la RB: “El taller donde debemos practicar con diligencia todas estas cosas, es el recinto (claustro) del monasterio y la estabilidad en la comunidad” (RB 4,78) El fin de este trabajo es la perfección de la caridad o del amor en el sentido evangélico, único lugar auténtico del encuentro con Dios. En la marcha hacia ese fin, la RB pone fin a toda escapatoria posible, a toda evasión. Propone un camino (hay otros...), pero en ese camino, invita a ir hasta el final del misterio de la Encarnación. La estabilidad en la comunidad, es decir, la búsqueda de la comunión, tiende hacia una total vida compartida. La comunidad ya no es más sólo un medio, ella está integrada al fin que se persigue y lo condiciona, le da su nota propia. Todos se vuelven solidarios en la prosecución unánime del mismo proyecto. El capítulo 72 hace una descripción “utópica” de esta solidaridad e indica el resultado de la misma: “Nada absolutamente antepongan a Cristo, el cual nos lleve a todos juntamente a la vida eterna” (RB 72,11-12). Lo que la RB propone constituir es una comunidad totalmente humana, pero que sea, en el mundo, un signo del Reino “ya sí, pero todavía no”.

Es una pena que la noción de “clausura”, ausente en la RB, haya remplazado la noción de “claustro”. Este último término ha sido cargado, indudablemente, demasiado cargado por la historia de sentidos ambiguos para ser todavía expresivo. Había un sentido positivo, y no negativo o defensivo. Era el signo de la agrupación muy concreta de hombres que habían hecho una elección común y estaban decididos a proseguirla juntos. Era también el signo de la Obra común a la cual consagraban su vida: “El taller... es el claustro del monasterio”. La comparación es clara, no se trata de una ciudadela o de un campo atrincherado donde se juntan para defenderse contra un enemigo común (comparación que será empleada muy tardíamente), sino de un taller donde se reúnen todos aquellos a los que los anima un mismo proyecto, una misma obra que cumplir, un mismo “espíritu”. La fidelidad al “taller” se vuelve entonces el signo previo a todos los otros signos de la fidelidad a la obra en común, al espíritu común.

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La noción de clausura no puede, sin embargo, ser totalmente excluida, incluso si sólo es secundaria. Se trata, en efecto, de mantener en la comunidad un “espíritu”, una cierta densidad de espíritu común. Ahora bien, un “espíritu” no tiene nada que ver con el sentido que se da muchas veces al término “espiritual”. Un espíritu no existe sin ser encarnado en disposiciones concretas, en elecciones de existencia. Por otra parte, el espíritu es exclusivo, no soporta al espíritu que le es contrario. Entre el espíritu del cual la comunidad quiere vivir, y el del mundo ambiente, habrá incesantemente un discernimiento que hacer. Toda comunidad tiene necesidad de proteger de una cierta forma su intimidad para alimentar su propio espíritu, si no se diluirá rápidamente y perderá toda consistencia y significación. Si el espíritu es lo que hay de más fuerte, también es lo que hay de más frágil. Una comunidad fuertemente animada por un espíritu común puede hacer frente a todas las crisis, de cualquier orden que ellas sean, ella irradia a su alrededor. Pero, al mismo tiempo, el espíritu más vivo es terriblemente sensible al menor deterioro...

La RB no se expresa en esos términos, pero es esta misma experiencia la que puede ser leída a través de algunas expresiones de las que se ha sacado una cierta doctrina de la clausura.

“Para que los monjes no tengan necesidad de andar fuera, porque esto no conviene en modo alguno a sus almas” (RB 66,7). Incluso si esta última afirmación pide ser matizada (ver más abajo), la intención de la RB es clara. Es difícil mantener por mucho tiempo con vida un espíritu fuera de su realización concreta. No se trata aquí de buen o mal espíritu sino simplemente de tal o cual espíritu. Muy a menudo ausentes de la obra en común ¿pueden los monjes conservar intacto el espíritu? Es la pregunta que plantea aquí la RB.

Lo mismo pasa con lo que es información del exterior: “Nadie se atreva a contar a otro lo que pueda haber visto u oído fuera del monasterio, porque es muy perjudicial” (RB 67,5). Advertencia que ha dado lugar a todas las estrecheces posibles (siendo el discernimiento algo raro...), pero que no es menos profundamente verdadera. Hay aportes constructivos y dinamizantes, los hay también destructivos y desvitalizantes, y que “debilitan”[1] las razones de vivir. Una regla material o disciplinaria no suplirá este discernimiento. Paradójicamente, la vitalidad misma del espíritu de la comunidad lo asegurará; ella es a la vez la causa y el efecto.

La RB no hace casuística de las salidas. No dice, por ejemplo, en qué caso un monje podrá salir o no. Tampoco lo hace en sentido inverso, en el tema de quién puede entrar al monasterio. En cambio, siempre subraya lo que está en juego: el proyecto mismo que ha reunido a los hermanos. Es así que los huéspedes, que nunca faltan, no deben sin embargo desviar a los hermanos de su vida propia (RB 53); y se le dirá honestamente que se retire a aquel cuya “mezquindad pueda contagiar a otros” (cf. RB 61,7). Se trata de mantener las opciones y elecciones que fundan a la comunidad, Ahora bien, toda elección supone una cierta “ruptura”.

Si la noción de “clausura” o de “separación” tiene un sentido, este sentido no puede ser otro que el de llevar incesantemente a los hermanos hacia sus elecciones y opciones fundamentales. Podemos agregar hoy que al mismo tiempo será asegurada su verdadera presencia en el mundo, presencia diferenciada y significante. Por su diferencia, la comunidad monástica se volverá visible a los ojos del “mundo”, y su separación la volverá presente.

 


[1] En francés, el verbo “énerver” tiene varias acepciones, la primera es “debilitar” y es la que a nuestro parecer mejor expresa el sentido que le da el autor a la frase (N.d.T.).