VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (59)

Conclusión: “Centro vivo de la edificación del pueblo cristiano” (Concilio Vaticano II, Perfectae Caritatis, nº 9)

“Que sean uno en nosotros

para que el mundo crea” (Jn 17).

La Iglesia entera encuentra su razón de ser en estas palabras de Cristo.

El Vaticano II las ha retomado dando una nueva definición de la Iglesia “que es en Cristo como el sacramento, es decir, el Signo y el Medio de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (Lumen Gentium, nº 1). “Sacramento” no quiere decir ni modelo ejemplar ni tampoco poder o autoridad. “Sacramento” quiere decir aquí “símbolo”, en el sentido fuerte que le damos cada vez más a la palabra: lo que revela el sentido siendo ya como el esbozo, más o menos logrado, de lo que será.

Encontrando su verdadero carácter evangélico, la Iglesia podrá ser percibida mucho mejor por el mundo como factor de unidad y de comunión. Su reinserción en el combate de los hombres por un mundo más justo y más fraterno facilita esta percepción.

Pero esta reinserción puede parecer ambigua. Entendida como semilla de paz, la Iglesia puede dejar atenuarse su testimonio propio dejándolo secularizarse. Puede dejar esfumarse el origen y el fin mismo de esta capacidad de comunión que aporta al mundo. En efecto, la fuente y la realización de esta acción por la paz y la justicia no siempre son tan perceptibles como lo son, en cambio, sus efectos. Esta fuente y este fin deben ser más claramente significados en el seno mismo de la Iglesia.

La vida religiosa en general, y la vida monástica en particular, ¿no deben ser por su función lugares de esa significación de la Trascendencia de Dios, origen y fin de todas las cosas?

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Por su modo de vida, que rechaza explícitamente poner su seguridad última en ninguna realidad intramundana en particular, ni en la situación social, ni en la relación amorosa, ni en el poder, la vida monástica indica que la fuente de esta seguridad está en otra parte, en una realidad trascendente.

Pero para que este signo sea percibido, no solamente es necesario que esa vida sea verdaderamente causa de verdadera comunión para aquellos que la viven, sino que esté igualmente al servicio de la comunión de los hombres, bajo la forma que sea.

En el contexto eclesial, del que jamás puede estar separada, ella será entonces un signo de la fe en medio del mundo y por él.

“La cuestión es saber si ¿es una Comunión posible sin Trascendencia?”, decía Malraux.

El mundo hoy cree en la comunión. Busca la fuente, el camino y el fin último de la misma.

Más que nunca quizás, el mundo está listo para creer si los cristianos saben darle el único signo que Jesús mismo ha anunciado como eficaz y valedero: “Que ellos sean uno en nosotros”.

La vida religiosa, y muy particularmente la vida monástica, tiene su propio papel que interpretar. Debe volver verdaderamente actual, manteniéndola viva “esta forma de vida que el Hijo de Dios ha tomado viniendo al mundo... y que ha propuesto a los discípulos que lo seguían” (Lumen Gentium, nº 44).

En este sentido, “los monasterios serán semillas de vida para la edificación del pueblo cristiano” (Perfectae Caritatis, nº 9).