VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (6). SAGRADA FAMILIA DE JESÚS, MARÍA Y JOSÉ

“... Y un abad”

Para hacer este vínculo constante entre la Vida y la Regla, hace falta una palabra autorizada, es necesario un responsable: es el abad.

Entre lo que es vivido y lo que está escrito siempre hay un margen. Este margen es incluso necesario para que lo corriente de la vida pueda suceder. En un sentido, la comunidad crea continuamente para sí misma su propia regla. Pero casi a cada instante, a nivel de cada decisión, son posibles diversas soluciones. Una u otra orientación pueden ser tomadas. El responsable tiene como misión propia mantener la orientación de todos y cada uno en el sentido admitido por todos, es decir según el sentido de la Regla común.

No podría hacerlo él mismo si no es comprometiéndose personalmente, con todo lo que está en su personalidad. Aceptar hacer una comunidad es aceptar que ésta sea hecha en un sentido u otro por las personalidades de aquellos que la componen, y en primerísimo lugar por la personalidad de su responsable último. Faltará precisar el modo de intervención de esta autoridad, que siempre será tributaria del contexto cultural de una determinada época.

* * *

La comunidad, la Regla y el abad son los tres pilares de la institución descrita por san Benito. Todas las sociedades proceden más o menos de la misma estructura: hombres que se organizan juntos para ayudarse mutuamente, una ley escrita, una autoridad viva. Pero la figura de cada sociedad varía según el equilibrio de relación establecido entre estos tres términos. Esta es la relación que va a ser precisada en los siguientes capítulos.

Sin embargo, es posible ya decir que todo desequilibrio introducido en esta relación compromete seriamente la experiencia de vida buscada. Esto es verdad también tanto en el plano personal como en el colectivo.

Allí donde el rol del abad es sobrestimado, la centralización de poder lleva al infantilismo de los hermanos y a la arbitrariedad de la orientación comunitaria. Si, al contrario, es minimizado, el juridicismo es lo que arrastra, o la demagogia de los grupos de presión. Se pueden incluso prever las desviaciones que vienen de la sobrestimación o disminución de la Regla o de la comunidad, desviaciones que terminan habitualmente en esos dos mismos excesos. Lo mismo en el plano personal, todo miembro que se liga muy exclusivamente o se aleja de uno de estos tres polos, compromete su equilibrio espiritual e incluso humano...

* * *

El resto del capítulo no hace sino señalar una vez más este triple fundamento de la vida que elegirá finalmente Benito.

Sin autoridad ni regla, una comunidad, incluso unida, tiende al “sarabaitismo”, y determina el Bien y el Mal según sus propios intereses o sus gustos. Sin comunidad, el monje deviene “giróvago”. Incluso hoy hay muchos modos de girovagar y de sarabaitizar...

El eremitismo está visto con otros ojos en la RB. Es presentado como la culminación legítima de la vida en comunidad. Benito no lo coloca, sin embargo, como la culminación normal de la vida cenobítica, como el paso a un estadio superior. En ciertas épocas este punto de vista ha sido a veces encomiado, y ha podido influir en una evolución que no estaba en el sentido exacto de su fin de caridad y de comunión. En cambio, Benito insiste en que la vida eremítica no sea intentada antes de una lenta maduración de una vida en común. Dejando entrever esta posibilidad de cambio de vida, contribuye a dar a su regla su carácter de “regla abierta”... El Espíritu es libre de llamar a tal o a cual a un nuevo desarraigo para otra misión. Nuestro tiempo nos ha recordado que este límite de todo compromiso, incluso religioso, no es jamás un absoluto. Sólo el llamado de Dios merece la respuesta absoluta del creyente. Es una cuestión -muy delicada- de discernimiento de espíritus.

* * *

La experiencia de vida descrita por la RB tiene, por tanto, una cierta estructura que la determina y la sitúa en relación a otras experiencias. Es una forma de vida particular, querida y elegida.

Falta darle un “espíritu” a esta estructura. Los capítulos 68 al 72, en particular son como la descripción “utópica”, y más especialmente aún los capítulos 71 y 72.

Una observación puede ser aquí introducida. La “regla de la comunidad”, en el sentido en que nosotros la entendemos ahora, es el resultado de un lento proceso. Para Casiano, por ejemplo, la “regula” del monje consiste ante todo en ponerse a la escuela de un anciano, de un “padre espiritual”. Es una trasposición de la tradición del anacoretismo al cenobitismo: “Los cenobitas viviendo juntos en las comunidades son gobernados por el juicio de un anciano” (Conferencias 18,4). Sin embargo, las comunidades se organizan aun más y sobreviven a sí mismas después de la muerte del abad fundador, los conceptos evolucionan. Poco a poco, la “disciplina” local se precisa y se elabora tomando prestado sin complejos otra “disciplina” cercana reconocida como valedera. El fenómeno se encuentra en plena maduración en el siglo VI. Las “reglas” se multiplican[1]. La RB es una de las más completas entre aquellas que conocemos. Pero sobre todo es la primera, luego de la del Maestro, en mencionar explícitamente “la regla del monasterio” en la definición misma de los monjes cenobitas: “Aquellos que militan bajo una regla y un abad”. En realidad, la innovación es menos novedosa de lo que parece. Es más bien signo de una toma de conciencia de lo que ya se había vivido. De ahora en más la Regla y el Abad son las dos guías del monje en su marcha en el seguimiento de Cristo. El rol del abad ha sido modificado, pero no suprimido.

Quizás asistamos hoy a una toma de conciencia del mismo orden respecto a la “comunidad”. La historia de los monasterios muestra hasta qué punto la comunidad de hermanos, según su composición, su formación, su evolución, ha jugado un papel preponderante en la concepción misma de la regla y de sus adaptaciones, al mismo tiempo que la del abad. Prácticamente, cada comunidad se hizo para sí misma una adaptación propia de la RB según su situación particular. Pero hoy, bajo la influencia de las evoluciones que nos rodean en la Iglesia y en el mundo, se está empezando a vivir una toma de conciencia más precisa de este papel de la comunidad, subrayando hasta qué punto ésta es constitutiva de la vida monástica cenobítica. Esta toma de conciencia no debe suprimir ni el papel del abad ni el de la regla, pero puede modificarlos. Una atenta consideración de las invitaciones del Concilio en su documento sobre la “renovación de la vida religiosa”, nos permite releer la RB con una mirada nueva sin cambiar nada del espíritu fundamental.

 


[1] Cf. Vincent DESPREZ, Règles monastiques d’Occident, Bellefontaine, 1980, «Vie Monastique» nº 8.