VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (8)

Capítulo 72: EL CELO QUE CONDUCE A DIOS

Este capítulo es como la “utopía” de la RB, en el sentido que tiene hoy la palabra. También se lo podría llamar “la hipótesis de trabajo” que condiciona los proyectos y planes en todos los demás niveles. Lo que significa que nunca se ha realizado o vivido verdaderamente, pero que siempre se puede realizar y vivir.

(v. 1) La palabra “celo” es difícil de precisar, pero dice bien lo que quiere decir. Evoca un movimiento que tiende a invadirlo todo. La palabra “espíritu” también se podría emplear... Un “espíritu de amargura”: todo lo que es acritud, repliegue sobre sí mismo, cerrarse a los demás, aislamiento. Señal que advierte que el camino no es bueno: “Separa de Dios y lleva al infierno”, infierno que ya está a su alrededor, es decir: los otros, que, en la vida en común, siempre están allí. Nadie puede pretender no hacer jamás algunos pasos sobre este camino.

(v. 2) El remedio no está en luchar directamente para no resbalar, sino en tomar impulso en la dirección opuesta: la que separa de los vicios, es decir, del yo egoísta, y que en consecuencia “conduce a Dios”.

(v. 3) La doctrina de los “dos caminos” se remonta muy lejos. Aparece bajo formas variadas desde el momento en que los hombres alcanzan la edad moral. Es explícita ya en el Deuteronomio, y se vuelve a encontrar en los textos monásticos de Qumrán. El legalismo farisaico, en lo que tiene de más profundo y generoso, encontró allí su fundamento: es la Ley la que distingue los dos caminos. Ella permite juzgar sobre el Bien y sobre el Mal, sobre la Muerte y sobre la Vida. Seguir la Ley, con sus exigencias, es lo que levanta al hombre sobre sus pies y le da su verdadera responsabilidad, es caminar con seguridad en la Justicia que conduce a la Vida.

Es necesario advertir que esta justicia moral es una de las más altas que el hombre pueda concebir[1]. Ella se encuentra en otros ámbitos además del Judaísmo, pero alcanza en éste una de sus cumbres. Para comprender el Evangelio, es bueno captar esta grandeza del fariseísmo, que brota de un profundo sentimiento religioso entre los judíos preocupados por su fidelidad a Dios. Y sin embargo, el Evangelio se sitúa sobre otro plano. Sin renegar de la Ley, Jesús nos muestra que la Vida no nos es dada por ella. La Ley nos conduce sólo hasta el umbral de ese lugar en nosotros mismos que es el del Espíritu. Se trata de otro orden de grandeza... un poco como la amistad es de otro orden de grandeza que la amabilidad y la cortesía, o que el arte es de otro orden que el virtuosismo técnico. Doctrina difícil de enunciar con palabras. En sus epístolas, Pablo vuelve a esto sin cesar, sin llegar a una fórmula definitiva. El capítulo quinto de la Carta a los Gálatas, es aquel que el comienzo del capítulo 72 de la RB evoca más directamente. Es para meditarlo frecuentemente. El fariseísmo, no bajo su aspecto secundario y demasiado fácilmente caricaturizado, sino a causa de su misma grandeza moral, es la gran tentación del monje. El deseo religioso que lo impulsa a adoptar una regla autenticada por Dios, puede transformarla en nueva Ley. Toda la generosidad, que puede ser muy grande, es entonces puesta en la fidelidad a la regla. No es el espíritu de la RB. La Regla, como toda “ley”, sólo tiene un rol de “pedagogo”. Conduce al Espíritu (cf. Ga 3,24).

(v. 3) Se trata, en efecto, del “celo”, con esa nota de absoluto y de intransigencia que va unida a esta palabra. El monje debe ejercitarse, pero con “un amor ferviente”. Esta nota, que se une con el final del capítulo 7 (vv. 68-69), cambia el sentido de este “celo”. Hace falta haber probado, aunque sea un poco, este nuevo espíritu para poder amarlo. Se trata, por ende, menos de voluntad que de experiencia y decisión. La tarea principal del anciano encargado de los recién llegados, es vigilar en ellos la presencia de este celo, al menos en estado de germinación (RB 58,7).

* * *

El resto del capítulo es un tejido de citas más o menos explícitas tomadas del Nuevo Testamento. Hay que volverlas a colocar en ese contexto para comprender el sentido y el alcance.

Pero sobre todo hay que releerlas y meditarlas en el contexto vivo de la experiencia propuesta por la RB. Ellas hablan por sí mismas y no tienen necesidad de ser comentadas... Situadas de este modo al final del texto más legislativo de la RB, son como una luz que impide al monje tomar la sombra por realidad, la Regla por la Vida, la Ley por el Espíritu.

Ellas conducen en fin directamente (suprimidos los títulos de los últimos tres capítulos, se tendría en un solo texto una conclusión de toda la RB) al capítulo 73 y a sus horizontes ilimitados hacia la verdadera VIDA.

“La comunidad es mucho más y otra cosa que un medio. Al igual que la Iglesia, que no se ubica solamente en la categoría de los medios en vistas del Reino. Puesto que, en tanto que comunidad, ella se ubica ya en la categoría de fin, es decir del Reino. La institución pertenece al orden de los medios, pero la comunión de amor es la mirada última, es escatología en camino de realizarse. Ahora bien, la Iglesia, y en ella la comunidad monástica, es siempre institución Y comunión (cf. Hechos de los Apóstoles)... No es pues adventicio, en la vocación monástica, que la comunidad sea un signo de comunión y de amor, un signo para la Iglesia, un signo también para el mundo que la rodea...” (P. Y. EMERY, “Solitude et communion”, en: Collectanea Cisterciensia 1978/1, p.  25).

 


[1]  Cf. los trabajos de Paul RICOEUR, en particular La simbólica del Mal, cap. III.