VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (9). EPIFANÍA DEL SEÑOR

IV. LA VIDA COTIDIANA. RB 48

El equilibrio “activo”

El capítulo 48, intitulado “El trabajo manual cotidiano”, describe en realidad el ritmo cotidiano de la vida en el monasterio.

Ahora bien, es esta vida de todos los días -este “terrible cotidiano”, como decía Pío XI a los Cartujos- lo que da su fuerza profunda a la vida monástica.

Ella es el elemento formador fundamental por su “regularidad” e incluso su monotonía. El ritmo mismo de esta vida cotidiana puede parecer lento y poco dinámico para aquel que sólo está de paso o incluso para el debutante que llega. No hay que olvidar que este ritmo está hecho para ser sostenido “incesantemente día y noche” (4,76) durante años, durante toda una vida. El monje es más un “corredor de resistencia” que un “velocista”.

El capítulo se abre con una máxima general valedera para toda la vida, pero todavía más quizás para la vida monástica: “La ociosidad es enemiga del alma”. Esta ociosidad es simplemente la pereza, que puede revestirse de muchas formas e impregnar con su molicie todas las actividades y los dominios de la vida. Si la regularidad de la vida monástica, puede en efecto ser una fuerza, ¡puede también ser la ocasión de una gran pasividad! En una comunidad numerosa, este riesgo es todavía más grande. Bastante frecuentemente, la ausencia de responsabilidades muy urgentes puede hacer perder de vista ciertas exigencias simplemente humanas. Es entonces posible, sin hacer nada verdaderamente malo, vivir con un régimen reducido que sólo puede engendrar la mediocridad humana y en consecuencia espiritual. Las recaídas de nuestros propios acciones son más o menos absorbidas por la comunidad, sin que nosotros aún hayamos asumido realmente las consecuencias; su valor educativo, que es la ley de la vida, es disminuido en igual proporción. Es todo eso lo que le hacía decir a un padre abad: “Nuestra vida es peligrosa...”, en el sentido de que ella puede engañar, y que es posible pasar a un lado de su verdadero proyecto, sin que ninguna catástrofe venga rápidamente a advertírnoslo.

La regularidad, por tanto, no es suficiente. Es necesario que cada día cada uno asuma y conduzca su vida. En el interior de las disposiciones comunes, cada hermano debe hacerse cargo de su vida personal. El tono de la comunidad depende de la vitalidad de cada uno, es decir, de ese celo que hemos tratado en el capítulo 72 de la RB. Como el agua bajo presión se desliza por los intersticios e invade todos los espacios que le son ofrecidos, este celo interior, que los monjes deben cultivar con ferviente amor (cap. 72), anima y unifica todas sus jornadas.

Este celo, este deseo de hacer “lo que agrada a Dios” y “cumplir su Obra” es lo que le da sentido a las tres actividades fundamentales del monje:

·       la oración común u Oficio divino

·       la lectio divina

·       el trabajo y la animación de la vida de la comunidad.

Un cierto equilibrio se debe mantener entre estas tres actividades y es este mismo equilibrio el que da al monasterio su característica propia. Es este equilibrio el que en el curso de toda una vida da forma al monje y lo unifica. En las circunstancias cambiantes de tiempos y épocas, las modalidades de este equilibrio han variado y deben todavía cambiar. Sin embargo, no puede ser modificado profundamente sin que sea también modificada profundamente la experiencia misma intentada y propuesta por la RB. De ahí la importancia de este capítulo que, sin hacer teoría, permite captar algunos datos fundamentales de este equilibrio.

 

El oficio coral

“Este capítulo de Benito es singularmente sobrio, por no decir pobre, en materia de notas espirituales. Única excepción: la muy notable nota sobre el trabajo para ganar el pan, a ejemplo de nuestros Padres y de los apóstoles... (de lo que volveremos a hablar). Todo el tratado se desarrolla sobre un plan puramente práctico. Se está lejos de la obsesión de agradar a Dios evitando el pecado, que penetra todos los detalles del reglamento del Maestro (RM). Este propósito explícitamente religioso es reemplazado en la RB por una extrema discreción en cuanto al aspecto moral y teológico de las actividades monásticas”[1].

Para la RB, lo espiritual está de tal modo ligado a lo temporal que no son sino una sola realidad. Hablar de la organización temporal de la comunidad es ya hablar de su experiencia espiritual, sin que esta motivación fundamental sea sin cesar expresada. Esta ausencia de inflación espiritualista es una de las notas de la RB, que puede a veces desconcertar por su aspecto prosaico. En realidad, hay aquí una verdadera educación espiritual.

En el mismo sentido, este capítulo es igualmente muy notable en cuanto al lugar que se le da concretamente al Oficio litúrgico. El Padre Adalbert de Vogüé, que ha estudiado a fondo la cuestión desde el punto de vista histórico, hace la siguiente importantísima observación:

“El horario muy simple de la Regla del Maestro, articulado sobre las horas inamovibles de Tercia, Sexta y Nona, en la Regla de Benito se vuelve una sabia marquetería donde cada oficio es susceptible de ser adelantado, retrasado o incluso omitido, según las comodidades del trabajo... El aspecto complicado del horario (de la RM) contrasta con la tendencia generalmente simplificadora de la RB... Por otra parte, esta complicación es tanto más notoria cuanto que, ni antes ni después de Benito se encontrarán semejantes cálculos. Toda la tradición cenobítica concuerda con la RM para celebrar puntualmente cada oficio. Frente a esta fidelidad, Benito hace prueba de una singular desenvoltura respecto a los momentos sagrados. Se diría que la hora exacta apenas le importa cuando se trata del Opus Dei, mientras que pone todos sus cuidados en medir exactamente el tiempo conveniente para el trabajo y la lectio. En el Maestro, estas dos ocupaciones aparecen ante todo como dos formas de llenar los intervalos entre los oficios. A los ojos de Benito, estas dos formas son más bien tareas reales, que exigen una cierta duración para ser cumplidas seriamente[2].

Y también: “Este es el hecho capital sobre el cual debemos detenernos para captar todo su alcance. Mientras que en la RM, con toda la tradición, construye su empleo del tiempo sobre las horas del oficio, Benito funda el suyo sobre la lectura y el trabajo, la siesta y las comidas. Lo que prima, en el sistema tradicional, es el servicio divino; en Benito, al contrario, es el ritmo de la vida humana, con sus alternancias de esfuerzo y descanso, de trabajo manual y de trabajo espiritual. No nos atrevemos a decir que la hegemonía se ha pasado de lo sagrado a lo profano: todo es sagrado en la vida del monje. Pero al menos es extraño que los oficios pareciesen colarse en el horario en lugar de determinar la estructura del mismo... Tan atrevida era la iniciativa de Benito que no ha sido seguida por ningún autor de una regla posterior, incluso dependiente de él. El sistema de Benito conservará pues en toda la historia del cenobitismo antiguo la originalidad que le valen a la vez su sutil dosificación de las ocupaciones y la libertad con la cual él modifica el marco sagrado de las horas del oficio”[3].

Esta manera de obrar no pone de ningún modo en discusión lo que la RB dice en otra parte, en el capítulo 43: “Nada anteponer a la Obra de Dios”. Incluso en este capítulo 48, la jornada esta regulada por las reuniones comunitarias del Oficio. Ésta es la actividad común que debe ser estimada sobre todas las demás. Pero esta preferencia no debe ser tomada materialmente, ni debe traducirse en una observancia rígida, lo que sería quizás el signo de una comprensión insuficiente de la naturaleza misma de la oración litúrgica. La liturgia no tiene valor en sí. Es la expresión de toda una vida y tiene el valor de esa vida. Desarrollar la liturgia en detrimento de la tierra en la que ella crece es invertir el orden de las cosas. Periódicamente, desde san Benito de Aniano o desde Cluny, la historia muestra que cada vez que la liturgia se desarrolla en detrimento de la verdad de la vida, y principalmente de la vida de trabajo o de la vida personal de lectura y oración, se produce una perdida de vigor de la vida monástica. La liturgia nutre, alimenta, expresa la vida, no la reemplaza. Adaptando la liturgia a los imperativos del trabajo y a las necesidades de la lectio, la RB restablece el orden: para que el oficio sea verdadero es necesario una vida verdadera.

Será necesario volver sobre esta cuestión de la oración litúrgica a propósito de los capítulos 8 al 20.

 


[1] A. DE VOGÜÉ, La Règle de saint Benoît, t. V, pp. 592-593.

[2] Ibid.

[3] Ibid., pp. 603-604.