Editorial

Estamos aún conmovidos por los acontecimientos eclesiales de la renuncia del hoy Papa emérito Benedicto XVI, reveladora de su noble, magnánima y profundamente humilde interioridad, y por la llegada a la sede de Pedro de un connacional, el Papa Francisco, quien con humilde servicialidad y sencillez desarmante, pero también con radicalidad evangélica, llama a la Iglesia a salir de sí misma para anunciar la alegría de la salvación, ese tesoro recibido en el milagro cotidiano de la amistad y la comunión con Nuestro Señor Jesucristo, vencedor del pecado y de la muerte. En este número de Cuadernos Monásticos podemos rastrear algunos hitos que, a lo largo de la historia de la Iglesia, señalan a la humildad como sendero de encuentro con quien se hizo para nosotros Camino, Verdad y Vida. Es un modo de reconocer en nuestras raíces la savia que hoy sigue circulando por el árbol de la Iglesia, queriendo florecer con belleza y vigor renovados.

A partir del antiguo interrogante sobre la hémina de vino, V. Dupont nos abre a nuevos interrogantes, invitándonos a profundizar en Los cánones de Maruta, obra de un monje de la Siria mesopotámica del siglo V, que presenta sorprendentes similitudes con la RB y patentiza la existencia de una experiencia espiritual que trasciende las culturas y que puede facilitar el diálogo islámico-cristiano.

Degustamos con Inés de Cassagne la obra dramática musical Ordo virtutum, de santa Hildegarda (siglo XI), que didácticamente nos conduce a ver que sólo la humildad es la actitud que permite transitar todos los caminos, al mismo tiempo que nos va llevando a una creciente plenitud personal.

El P. Ker, con autorizada precisión, nos presenta todo el proceso espiritual de Newman, las diferencias y aportes mutuos entre la Iglesia anglicana y la romana y cómo la Iglesia avanza hacia la verdad con la tesonera y humilde contribución de quienes se dejan guiar por el Espíritu Santo y perseverantemente la van edificando.

Con atenta discreción, el P. Bernardo Olivera se asoma al misterio de la vocación martirial de uno de los monjes de Tibhirine. En los exiguos datos recopilados resplandece la elocuencia del obrar de Dios en la interioridad de los humildes de corazón.

En la Sección Fuentes, publicamos una carta de Isaías de Gaza, siglo V, poco anterior a Benito, quien con sensatez, humildad y paciencia nos enseña a conocernos mejor y a permitir que el Señor conduzca nuestras vidas, sin desfallecer por nuestros pecados personales.

SUMARIO

Editorial

Artículos

VÉRONIQUE DUPONT, OSB

“La concesión a los monjes de Siria de una medida de vino que lleva el mismo nombre –la hémina– que en la Regla Benedictina, ha llamado nuestra atención”.

INÉS DE CASSAGNE

“Así en la obra que consideramos, a partir de este momento se pone en evidencia que la humildad es la “reina de las virtudes”, y provee la solución a todos los problemas que se presentan a las convocadas –postulantes, novicias y monjas profesas– en cuanto ella, la Humildad, es “alma mater”, “mediadora” y “medicina” del alma. Ella es la disposición descendente que paradojalmente eleva al encuentro con Dios, a las bodas de la esposa con el Esposo”.

IAN KER

“El acontecimiento de 1845 (la conversión de Newman), casi parecía brillar a la luz del Vaticano II. Después de todo, la misma Iglesia Católica Romana parecía volver a la teología escriturística y patrística que Newman había aportado desde su formación anglicana al entrar en ella”.

BERNARDO OLIVERA, OCSO

Cuando el martirio es comprendido en el contexto de una espiritualidad de la ofrenda de sí mismo, la muerte del discípulo de Cristo no se relaciona tanto con la violencia asesina sino con la libre y consciente donación de la propia vida. El mártir puede decir en comunión con Cristo: nadie me quita la vida, soy yo quien la ofrece libremente (Jn 10,18). En consecuencia, el martirio cristiano no es una improvisación ni algo que ocurre por casualidad. Se trata de un don y de una vocación y, por lo mismo, implica creciente libertad y conciencia ante la obra divina que opera desde lo íntimo del corazón.

Fuentes

“Si el hombre no abandona el mundo, no puede servir a Dios. ¿Cuál es entonces el servicio de Dios, sino el no tener nada ajeno a Él en el espíritu cuando uno lo alaba, ni de concupiscencia cuando uno le reza, ni de malicia cuando le canta, ni de odio cuando lo adora, ni de deseo maligno que sea un obstáculo cuando uno conversa con Él, ni de voluptuosidad vergonzosa en los miembros cuando uno lo recuerda?”.

Libros

Ponemos a disposición de los visitantes este artículo de "Cuadernos Monásticos" en forma gratuita
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