Editorial

“Aprender a leer”

Bajo esta consigna que presenta el artículo de P. Miquel se encierra todo un programa de vida, así como el ejercicio básico para cualquier crecimiento espiritual: saber leer. De este modo lo consideraba la antigüedad clásica, y los Padres de la Iglesia que, junto con la tradición monástica, asumieron esta práctica como uno de los pilares fundamentales para sostener el dinamismo de la vida espiritual.

“Aprender a leer” significaba, ante todo, darse cuenta de que quien lee un texto está haciendo el mismo recorrido espiritual del que lo escribió. De este modo el autor vivía en él y el lector, a su vez, podía dar, desde allí, sus propios pasos para seguir creciendo en su propio camino personal. Esta consideración acerca de la lectura tiene su momento privilegiado en las Sagradas Escrituras. Leerlas es hacer vivir en uno a su mismo Autor, y crecer significa hacer “crecer las Escrituras” en uno (Gregorio Magno).

Por otra parte, los grandes maestros escribieron y siguen escribiendo para movilizar ese dinamismo en el lector, y no simplemente “comunicar ideas”. Por eso el cambio de perspectiva respecto a la cultura actual es muy grande. Hoy, tanto en los ámbitos de estudio como en los monasterios y seminarios, leer es abarcar “contenidos”, conceptos e ideas. En gran medida leer es estudiar. Por eso el memorizar, el repetir lo mismo (Salmo 1: “medita su ley día y noche”) y, lo que es más todavía, todo el mundo de las imágenes bíblicas, cuentos, fábulas, lo lírico de la liturgia, etc., queda relegado, produciendo una ruptura con el mundo de lo bello y lo que deleita (Salmo 1: “su gozo es la Ley del Señor”), porque no es algo que agregue contenidos. Esto deriva, en la lectura actual, en privilegiar la cantidad y la velocidad, que no ve bien el volver a leer el mismo texto muchas veces; la lectura y las ideas se captan con rapidez, pero no se da tiempo a la decantación e incorporación de lo recibido. Sin embargo, basta con un solo Apotegma, rumiado mucho en el corazón, para recibir, junto al texto, el espíritu del maestro y hacer que esa palabra se desarrolle por medio de una continua meditación.

La lectura, entendida en este sentido, pasa a ser la principal fuente para el conocimiento de sí mismo, como decía san Basilio: atiende a ti mismo. Quien sabe leer encuentra en lo leído un espejo de su propia vida y crece con ello. El escritor sabio, el gran maestro, como Sócrates y Basilio, tienen ese solo objetivo: conócete a ti mismo, y agrega Basilio al termina su gran homilía: “y conocerás a Dios, a Cristo”.

El cuidado con lo que se lee no es una simple preocupación moral o doctrinal, sino de saber que se está dejando entrar en el propio mundo interior a “alguien” que tal vez no sea el amigo ideal para el lector.

“Aprender a leer” significaba también darse cuenta de que, al leer, no sólo se están conociendo ideas, sino, lo que es mucho más importante, se está conociendo a la persona que lo ha escrito. Al leer se descubren su intereses, modos de ver, preferencias, su interior mismo. De allí que se valore tanto al autor (al punto de poner bajo su nombre obras de otros, p. ej. Basilio y la Admonición a un hijo espiritual). No se trata de que el nombre del autor “vende” mejor, sino que lo escrito tiene todo el respaldo de una vida y no es fruto de una ocurrencia momentánea que esté enajenada de la vida.

Por eso “aprender a leer” y “enseñar leer” ha sido siempre el objetivo principal de la revista Cuadernos Monásticos en la selección de sus artículos y autores a lo largo de los años. Con el gran soporte de la sección “Fuentes”, la Revista ha ido guiando a los lectores en esta escuela de lectura. Respecto de los artículos, basta considerar los nombres que figuran en este número para darse cuenta de ello. Nombres del presente, nombres del pasado reciente, nombres del pasado remoto. Pero lo más importante es que, detrás de esos nombres no hay un vacío nominalista, sino vidas que respaldan lo que están diciendo y confirman la veracidad de lo dicho. Es por eso que vuelven a publicarse artículos antiguos, pues el tiempo que ha pasado ya no es un criterio de caducidad. Se trata de clásicos que contienen enseñanzas perennes y que llevan incluso hacia la Palabra que nunca caduca y siempre sigue resonando. También el trabajo de traducción no significa la ausencia de escritores propios, sino una búsqueda de todo aquello que pueda responder a ese gran objetivo: aprender a leer. Esto es lo que Cuadernos Monásticos busca ofrecer a sus lectores y para ello sigue trabajando en la selección de artículos y fuentes que animen la vida espiritual de sus lectores.

SUMARIO

Editorial

Artículos

PAPA FRANCISCO

“Amo profundamente mi vieja Biblia, que me ha acompañado la mitad de mi vida. Ha visto mis mayores alegrías y se ha mojado con mis lágrimas. Es mi tesoro más precioso. Vivo de ella y por nada del mundo querría separarme de ella”.

CARDENAL EDUARDO PIRONIO

“La vida contemplativa tiene que ser, hoy más que nunca, en la Iglesia de la palabra, de la profecía, en la Iglesia de la encarnación y de la presencia, en la Iglesia del servicio, de la entrega a los hermanos, tiene que ser la fuente original, luminosa, fecunda, de donde nace esa Iglesia profética, esa Iglesia de encarnación, esa Iglesia servidora de la humanidad, esa Iglesia sacramento universal de salvación; pero hay que hacerla nacer desde adentro”.

PIERRE MIQUEL, OSB

«La lectio divina debe ser lenta. La lectura que busca adquirir nuevos conocimientos, quiere hacerlo lo más rápido posible; por el contrario, la lectio divina se realiza a base de “ruminatio”, es decir, de lenta asimilación del texto leído».

JOSÉ MANUEL EGUIGUREN

«Mi experiencia de “lectio divina” comenzó hace ya cerca de 40 años cuando, siendo un joven universitario sumido en una profunda crisis existencial, un monje benedictino me mostró las Sagradas Escrituras y me enseñó a leerlas de tal forma que tuve en ellas un encuentro con Jesucristo, a quien antes sólo conocía de oídas gracias a la educación católica típica que recibí de niño. Este encuentro fue todo un acontecimiento para mí: Cristo Resucitado apareció en mi vida, iluminándola y llenándola de sentido».

PATRICIO GROSS

“Se trataba por entonces de una pequeña comunidad de monjes a cargo de un padre espiritual, radicados en las afueras de Santiago, en medio del silencio, tratando de vivir según la Regla llena de sabiduría, mesura y profundidad establecida por san Benito. Me atraía el equilibrio de la jornada con sus tiempos de oración, trabajo manual, estudio y momentos de camaradería. Y especialmente la espiritualidad benedictina, por estar enraizada en las Sagradas Escrituras y en una liturgia hecha con gran pulcritud y sobriedad”.

Crónicas

MAMERTO MENAPACE, OSB

“Creo que fue el poeta Paul Garaudy quien dijo que el recuerdo no cuenta de un acontecimiento lo que sucedió, sino lo que se vivió. Por eso creo que en mi caso más que contar hechos, que probablemente todos conocen, contaré lo que para mí significó vivirlos en un momento muy particular de mi vida entre los 20 y 24 años”.

Fuentes

BASILIO DE CESAREA

“Pon atención a ti mismo, es decir: obsérvate cuidadosamente a ti mismo desde toda perspectiva. Mantén despierta la mirada de tu alma para velar por ti mismo. Caminas en medio de lazos. El enemigo ha puesto trampas ocultas por todos lados. Inspecciónalo todo, para quedar a salvo como una gacela de la trampa y como un pájaro de la red”.

«Un hermano interrogó a abba Pastor diciendo: “Si veo que mi hermano comete una falta, ¿está bien ocultarla?”. El anciano dijo: “En el mismo momento que ocultamos las faltas de nuestro hermano, también Dios oculta las nuestras; y en el momento que manifestamos las faltas del hermano, también Dios manifiesta las nuestras”».