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Regla de San Benito

Capítulo vigésimo primero: Los decanos del monasterio

Después de regular el oficio divino, Benito retoma aquí la continuación de los temas del Maestro. Este trataba de los decanos llamados “prepósitos”, inmediatamente después del capítulo de la humildad. Para él, así como la enseñanza espiritual compete al abad, la aplicación de esa doctrina corresponde a los decanos, encargados de repetir a sus subordinados lo que dice la Regla y velar para que la observen.

“Decano” viene de decanus, que significa “decenario”, jefe de diez. El término es a la vez militar y bíblico. La legión romana estaba dividida en centurias y decurias, comandadas por centuriones, decuriones o decanos. Por otra parte, el pueblo de Israel, al salir de Egipto fue repartido por Moisés en grupos de mil, de cien, de cincuenta y de diez (Ex 18,21-25; Dt 1,13-15), con jefes a los cuales la Vulgata Latina da, naturalmente, los nombres de los oficiales romanos correspondientes. Esta organización de Israel en el desierto sirvió de modelo a los cenobitas de Egipto descriptos por Jerónimo y Casiano. Estas grandes comunidades tenían ya “decanos” y “decanías”. A su vez, el Maestro dividió sus pequeñas comunidades en grupos de diez. Esta organización decimal es un rasgo característico del cenobitismo egipcio y sus derivados. No se la encuentra en Capadocia con san Basilio, ni en África con san Agustín.

Si la comunidad es numerosa, elíjanse hermanos que tengan buena fama y una vida santa, y sean nombrados decanos, para que velen en todo con solicitud sobre sus decanías, según los mandamientos de Dios y los preceptos de su abad.

Elíjanse decanos a aquellos con quienes el abad pueda compartir confiadamente su cargo. Y no se elijan por orden, sino según el mérito de su vida y la sabiduría de su doctrina. Si alguno de los decanos, hinchado por el espíritu de soberbia, se hace reprensible, corríjaselo una primera, una segunda y una tercera vez, y si no quiere enmendarse, destitúyaselo y póngase en su lugar a otro que sea digno. Lo mismo establecemos respecto del prior (Capítulo 21, versículos 1-7).

El Maestro expuso largamente las razones de la institución de los “prepósitos”, los criterios de su elección, el rito de la toma de posesión del cargo, y sobre todo la manera en la cual ellos debían ejercer su rol de repetidores y supervisores (cf. RM 11). El pequeño capítulo benedictino, quince veces más corto, se ocupa casi únicamente de uno de estos puntos: la designación de los decanos, agregando una eventualidad no prevista por la otra Regla: la destitución del decano indigno.

Las expresiones de Benito muestran que tiene en mente los modelos bíblicos. La “buena reputación” era uno de los criterios fijados por los Apóstoles para la elección de los primeros diáconos (Hch 6,3). En cuanto al criterio de la “vida”, recuerda la designación de los colaboradores de Moisés. Del mismo pasaje del Deuteronomio viene la expresión “nombrar decanos”, así como la mención de la “sabiduría” requerida de ellos para “enseñar”, mientras que la perícopa paralela del -Éxodo habla de su “elección”, que permite al jefe supremo “compartir su carga”.

Por lo tanto, la comunidad monástica es análoga al pueblo de Dios de una y otra Alianza. Su jefe, el abad, es el nuevo Moisés, encargado de llevar a sus hermanos fuera del Egipto del pecado, hacia la Tierra Prometida. Los abades continúan también a los Apóstoles. Con sus colaboradores, decanos y cillereros forman una jerarquía paralela a la de los pastores y ministros de la Iglesia, obispos, sacerdotes y diáconos.

Rechazando el criterio de antigüedad, Benito indica otros dos: una vida meritoria y una enseñanza impregnada de sabiduría. Las mismas directivas serán dadas para le elección del abad (RB 64,2). Ante todo, la vida debe ser “meritoria” o “santa”. Como Jesús ha “obrado” antes de “enseñar” (Hch 1,1), la conducta de los responsables del monasterio precede a sus palabras. La fórmula “doctrina de sabiduría”, que caracteriza a estos es ya empleada cuatro veces por san Agustín en su bello comentario sobre los amores de Jacob, al hablar de la vida contemplativa. Encargado de instruir a sus hermanos, el contemplativo debe poner a su servicio la sabiduría que ama más que nada (Réplica a Fausto maniqueo, 22,52-58).

El Maestro no previó que sus “prepósitos” pudieran fallar. Benito, menos teórico y más rico de experiencia considera este caso y anticipa así el código penal que pronto va a trazar. El “prepósito” a quien aplica las mismas sanciones que a los decanos, no es en su caso como en el Maestro, un simple jefe de grupo, sino el segundo del abad para la comunidad entera, al que nosotros llamamos “prior” (cf. RB 65).

“Inflarse de orgullo” (1 Tm 3,6): he aquí el riesgo que corre un hermano elevado por encima de los otros. Para un monje consagrado a la humildad, se trata de un peligro de muerte. Si en el cuerpo de Cristo, el más grande debe ser el más humilde, esta ley en ninguna parte se impone más que en el monasterio.