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EL REGISTRO DE LA ALEGRÍA EN SANTA GERTRUDIS DE HELFTA (III)

Santa Gertrudis, imagen de estampa, contemporáneo, Alemania.

Hna. Ana Laura Forastieri, OCSO

2) La alegría como fruto de la experiencia frecuente de unión con Cristo (Cont.)

La doctrina de Gertrudis[1] apunta a restaurar la unidad de alma y cuerpo, la armonía perfecta entre los sentidos corporales y espirituales. En el estado glorioso, los mismos sentidos corporales serán capaces de percibir las realidades sobrenaturales. La experiencia mística da un presentimiento de esta armonía.

Por si esto fuera poco, para la mayoría de los Padres la experiencia de unión mística con el Verbo es, cuanto mucho, esporádica. San Bernardo sostiene que es rara y breve: “pocas veces, incluso una sola vez, durante un momento, durante un segundo”[2]. Por el contrario, para Gertrudis la experiencia de unión es frecuente a lo largo del camino espiritual y acompaña todo el proceso de crecimiento. Relata Gertrudis:

Ninguna de mis vilezas te impidió, mi amadísimo Jesús, que en aquellos días, en los que accedía al alimento vivificante de tu cuerpo y de su sangre, frecuentemente te dignaras darme tu presencia visible, aunque no te veía más claro que como se ve al amanecer. Sin embargo, con benigna dignación te ocupaste de atraer a mi alma para que se uniera íntimamente a tí, te intuyera agudamente y te disfrutara libremente” (L II 2.1).

Pero para Gertrudis la experiencia de unión con Cristo no es el privilegio de unos pocos, sino que es una posibilidad para todos los bautizados, ya que por el Bautismo se nos da, en germen, la participación en la vida divina. Por eso pide al Señor: “Oh dispensador de bienes, dame [...] a mí y a todos tus elegidos, experimentar frecuentemente la dulce unión y la unitiva dulzura que, antes de aquella hora, me era muy desconocida”[3].

El llamado universal a la vida mística, característico de la teología espiritual gertrudiana[4], no es sostenido homogéneamente por todos los místicos[5]. Esta noción pone el acento sobre el fundamento objetivo de la mística: la posibilidad del ser humano de experimentar la comunión íntima y transformante en Dios, tiene su base en la iniciativa divina que lo capacita, y a la que el ser humano reponde con su libertad. El Misterio de Dios revelado en la Encarnación continúa actuando hoy en nosotros, a través de las mediaciones sacramentales de la Iglesia, que prolongan la presencia  salvífica de Cristo.

Por otra parte, esta noción supone que lo constitutivo de la vida mística está en la unión tranformante, realidad del orden de la gracia, que no implica necesariamente la manifestación de fenómenos extraordinarios; éstos se consideran secundarios a la unión propiamente dicha y pueden depender de predisposiciones psicológicas o de la misión particular asignada por Dios a una persona determinada.

Esta concepción objetiva de la mística, abierta a todo bautizado es la que recepta el Catecismo de la Iglesia Católica:

El progreso espiritual tiende a la unión cada vez más íntima con Cristo. Esta unión se llama “mística” porque participa del misterio de Cristo mediante los sacramentos –“los santos misterios”– y en Él, del misterio de la Santísima Trinidad. Dios nos llama a todos a esta unión íntima con Él, aunque las gracias especiales o los signos extraordinarios de esta vida mística sean concedidos solamente a algunos para manifestar así el don gratuito hecho a todos (CEC 2014).

Pero aún no hemos dicho todo sobre la radicalidad con que Gertrudis asume el optimismo antropológico de la tradición que la precede. Nos queda por señalar al menos otra nota fundamental de su doctrina: la experiencia de unión con el Señor no solo es gozosa y deleitable para Gertrudis, sino que el mismo Señor se goza de la unión. Hay una suerte de reciprocidad entre el gozo humano y el gozo divino, como fruto de la unión transformante. El siguiente texto ilustra esa reciprocidad:

Como ella gozaba en el Señor de un modo maravilloso, le causaban gran hastío los gozos transitorios, por un contraste increíble, como dice san Gregorio: “A quien gusta de las realidades espirituales, le parecen insípidas las materiales”; y san Bernardo: “al que ama a Dios todo le resulta fastidioso mientras le falta el único objeto de su deseo”[6]. Por eso, en cierta ocasión, después de considerar la vileza del deleite humano, hastiada de todo, dijo al Señor: “Nada encuentro en la tierra que me deleite, sino solo tú, Señor mío dulcísimo”. El Señor, a su vez, le respondió: “Igualmente, nada hay en los cielos ni en la tierra que me deleite sin ti, pues por mi amor, te asocio siempre a todo deleite. Por eso tú eres mi delicia, cada vez que me deleito en cualquier cosa; y en la medida en que me cause delicia es más provechoso para ti” (L I 11.5).

Por eso Gertrudis agradece al Señor:

Por tu gozosa fruición en mí. Y esto, por decirlo de alguna manera, solo puedo atribuirlo a la locura de tu amor. No te has desdeñando afirmar con tus palabras que tu gozosa fruición consiste en que tu omnipotente sabiduría se goza de cómo es posible en ocasiones juntar de modo tan increíble lo que es tan desemejante y absolutamente desproporcionado” (L II 20.11).

En síntesis, la doctrina mística de santa Gertrudis, arraigando en la concepción antropológica positiva de los Padres, va mucho más allá de ella y resulta notable tanto por su originalidad como por la radicalidad con que aplica el principio de la Encarnación, afirmando la posibilidad de la unión transformante para todo bautizado en estado de gracia, lo cual es fuente inagotable de alegría.

 

3. La alegría en su expresión externa: la alabanza divina

Como era de esperar, esta alegría de la unión con Jesús, Gertrudis no puede contenerla en sí misma y se le desborda hacia el exterior, en expresiones de alabanza:

“Mi rey y mi Dios, Dios Amor y felicidad, a Ti gritan de alegría mi alma y mi corazón […]. Mi corazón desea saludarte, alabarte, magnificarte y bendecirte. Te ofrezco la médula de mis fuerzas y mis sentidos en holocausto de alabanza nueva y de íntima acción de gracias” (EE VI).

Aquí encontramos un tercer registro de la alegría, que toma forma en el lenguaje de la alabanza: aclamación, loa, exaltación, celebración, júbilo, gozo, exultación, fiesta, juego, esparcimiento, algazara, glorificación, memoria, acción de gracias. Se expresa el sentido comunitario y eclesial de la alegría, propio de la celebración y la fiesta[7]. Las imágenes hacen referencia al sentido del oído: aparecen cítaras, cantos, melodías, coros, poemas, responsorios, antífonas. Leemos por ejemplo:

“¿Cuál será mi alegría, cuál será mi gozo, cuál mi júbilo, cuando me descubras la belleza de tu divinidad y mi alma te vea cara a cara? En verdad, entonces no tendré otro placer que disfrutar y ver tu gloria, oh Dios, y estar ante el altar de mi reconciliación e inmolarte hasta los tuétanos de mi alma en el júbilo y la alabanza” (EE VI).

La alabanza gertrudiana revela ante todo el clima espiritual de la vida monástica, permeada por la liturgia. La vida de oración en el monasterio de Helfta conoce todas sus formas: lectio divina, oficio coral, oración silenciosa, devociones. El sentido del misterio[8] envuelve toda la vida, más allá de los “tiempos de oración”. Las observancias de la jornada monástica en su conjunto tienen por finalidad volver la atención más dócil a lo sobrenatural y a la moción de la gracia. La oración no es la finalidad propia de tal o cuál ejercicio, sino más bien el fin único y constante de atención de la monja que busca a Dios, a través de toda la disciplina regular, vivida con un sentido de alabanza.

La más importante de estas disciplinas, para Gertrudis, es la vida litúrgica. El misterio vivido en la liturgia hace del Oficio un espacio selecto de oración. El año litúrgico provee el alimento doctrinal y el ritmo mismo a su vida interior, modelando la mente y la afectividad. Más aún, la liturgia hace presente el misterio a la manera de sacramento. La oración solitaria y silenciosa tiende a prolongar la intimidad de la presencia divina gustada en la celebración comunitaria.

Esta oración de todo el ser en un clima litúrgico toma la forma de alabanza, de acción de gracias[9], de intercesión[10]. La alabanza estalla en fórmulas de admiración maravillada y efusiones de amor exclusivo; pero no se reduce a un lirismo verbal, sino que alcanza toda la vida, ofrecida ad laudem Dei: ofrenda del corazón desde el más humilde movimiento, en una alabanza que une a Gertrudis a la entraña misma de la Iglesia, a la multitud de los ángeles y los santos y de todos aquellos que esperan aún la plena redención.

 

4. Conclusión

A partir de la certeza de que el ser humano está llamado a experimentar la unión con Dios por estar creado a su imagen y semejanza, santa Gertrudis proclama al mundo el Evangelio de la alegría. Retomando la pregunta que nos formulamos al comienzo de esta ponencia, podemos concluir que el magisterio de Gertrudis tiene absoluta vigencia para hoy, como pedagogía y terapia de la alegría, capaz de curar a la cultura posmoderna de su “descontento crónico”[11] y de esa “la falta de esperanza profunda que se traduce en el pesimismo, el fatalismo, la desconfianza”[12]; cuya causa más profunda se halla en la auto-referencialidad en la que progresivamente se fue encerrando el ser humano a partir del giro antropocéntrico del Renacimiento, y que lo aliena cada vez más de la conciencia de tener en Dios, su origen y su destino.

Que la actualidad de este magisterio de alegría, del que tanta necesidad tenemos hoy, sea una perspectiva auspiciosa para la declaración de santa Gertrudis como Doctora de la Iglesia.

 


[1] Ponencia presentada en la XXXIII Semana Argentina de Teología, Lomas de Zamora, 14 al 17 de julio de 2014. Publicada en: Sociedad Argentina de Teología, La Caridad y la Alegría: Paradigmas del Evangelio. XXXIIIª Semana Argentina de Teología, Buenos Aires, Ágape Libros, 2015, 353-368.

[2] San Bernardo, Diligendo Deo X 27. Traducción mía del texto latino tomado de San Bernardo, Obras completas de San Bernardo I, Madrid, BAC, 1983, 338-339.

[3] L II 2.2.

[4] Cf. Pierre Doyère. Introducción al Libro II de El Heraldo. Sources Chrétiennes N° 139, p. 50.

[5] Por ejemplo: santa Teresa de Jesús afirma el llamamiento universal a la vida mística en Camino de Perfección 19,15: “Mirad que convida el Señor a todos; pues es la misma verdad, no hay que dudar. Si no fuera general este convite, no nos llamara el Señor a todos, y aunque nos llamara no dijera: ‘Yo os daré de beber’. Pudiera decir: ‘Venid todos que, en fin, no perderéis nada, y a los que a mí me pareciere, yo os daré de beber’: Más como dijo, sin esta condición, a todos, tengo por cierto que todos los que no se quedaren en el camino, no les faltará esta agua viva. Dénos el Señor que la promete, gracia para buscarla como se ha de buscar por quien Su Majestad es”. Por el contrario, la misma santa Teresa parece negar esta posición en Camino de Perfección 17,2: “Así que no porque en esta casa todas traten de oración han de ser todas contemplativas. Es imposible, y será gran desconsolación para la que no lo es, no entender esta verdad, que ésto es cosa que lo da Dios; y pues no es necesario para la salvación, ni nos lo pide de apremio, no piense que lo pedirá a nadie; que por eso no dejará de ser muy perfecta si hace lo que queda dicho”. Del mismo modo, san Juan de la Cruz afirma el llamamiento universal a la vida mística en Llama de amor viva, canc. 2, n° 27: “Y aquí nos conviene notar la causa porque hay tan pocos que lleguen a tan alto estado de perfección de unión de Dios: en lo cuál es de saber que no es porque Dios quiera que haya pocos de estos espíritus levantados, que antes querría que todos fuesen perfectos, sino que halla pocos vasos que sufran tan alta y subida obra”. Pero el mismo santo parece retractarse en Noche Oscura I,9,9: “Porque no a todos los que se ejercitan de propósito en el camino del espíritu lleva Dios a contemplación, ni aún a la mitad; el porqué, Él lo sabe”.

[6] San Bernardo, Carta 111. Traducción mía del texto latino tomado de San Bernardo, Obras completas de San Bernardo, Volumen VII, Madrid, BAC, 1990, 418-423.

[7] Cf. EG 24: “La comunidad evangelizadora, gozosa, siempre sabe ‘festejar’ […]. La evangelización gozosa se vuelve belleza en la liturgia, en medio de la exigencia diaria de extender el bien. La Iglesia evangeliza y se evangeliza a sí misma con la belleza de la liturgia, la cual también es celebración de la actividad evangelizadora y fuente de un renovado impulso donativo”.

[8] Cf. EG 279.

[9] Cf. EG 13: “La alegría evangelizadora siempre brilla sobre el trasfondo de la memoria agradecida: es una gracia que necesitamos pedir”; y 282: “[la gratitud] no es una mirada incrédula, negativa, desesperanzada, sino una mirada espiritual, de profunda fe, que reconoce lo que Dios mismo hace […]; es la gratitud que brota de un corazón verdaderamente atento a los demás”.

[10] Cf. EG 28: El Papa Francisco define la intercesión como una oración “llena de seres humanos […]. Así descubrimos que interceder no nos aparta de la verdadera contemplación, porque la contemplación que deja afuera a los demás es un engaño”.

[11] Cf. EG 277.

[12] Cf. EG 275.

 

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