Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [10]

1.2. Pacomio (+ 346), sus monasterios y sus discípulos (continuación)

El servidor del Buen Pastor

Al crecer el número de monjes y también de monasterios, Pacomio experimentó la necesidad de poner por escrito “a modo de memorial, que nadie perjudicase a su prójimo, sino que cada uno siguiese la regla de conducta que les había sido fijada... Y velaba noche y día sobre ambos monasterios como servidor del Buen Pastor (Jn 10,11)”[1]. Significativa imagen bíblica que revela una vez más su preocupación por el rebaño a él confiado. A la que unía su esfuerzo por explicar a los hermanos “las palabras de las santas Escrituras, especialmente aquellas difíciles de comprender y profundas, y las que versan sobre la encarnación del Señor, la cruz y la resurrección” (G1 § 56).

Ante sus ojos estaba siempre presente que él es quien debía servir a los hermanos, aun cuando en ocasiones no lo podía hacer por hallarse enfermo; así se lo dice claramente a Teodoro: “... Si al lavar mis manos eché agua en tus pies, como si los lavara, es para que no sea juzgado por mi conciencia, puesto que tú me sirves, en tanto que yo soy quien debería servir a todos los hermanos” (G1 § 64).

Consideraba asimismo que era válido recurrir a un intermediario o incluso a “un ardid para procurar un beneficio” a quien corría peligro de perderse abandonando el monasterio[2].

Grande era su preocupación por la situación de los monjes cuando él falleciera:

«Cierto día, mientras los hermanos estaban con Pacomio cortando juncos, y cuando los transportaban hasta el barco, él repentinamente cayó en éxtasis. Vio algunos hermanos rodeados por un ardiente círculo de fuego, y cuyas llamas les impedían salir; otros estaban con los pies descalzos sobre espinosos trozos de madera, adheridos a ellos por las espinas y sin posibilidad de liberarse; otros estaban a mitad de camino de un elevado precipicio, sin poder ascender ni tirarse al río, porque abajo los cocodrilos los acechaban y saltaban. Pacomio permanecía de pie, absorto en su visión, los hermanos pasaban y lo veían; y dejando sus cargas, se pusieron a orar junto a él. Después de más de una hora, volvió en sí mismo, y ordenó dar de comer a los hermanos, porque ya caía la tarde. Luego los invitó a reunirse en torno suyo. Y mientras les contaba su visión, todos lloraban llenos de un gran temor. Cuando le preguntaron qué podía significar (la visión), les dijo: “Tengo conciencia de que después de mi muerte, eso les sucederá a los hermanos: no encontrarán alguien que pueda consolarlos como necesitan, en el Señor, de sus tribulaciones”»[3].

Una vez más, se trata de una visión en función de la salvación del prójimo. También decía que a menudo había “escuchado a los espíritus malvados hablar entre ellos de sus artificios contra los hombres” (G1 § 73). Esta experiencia espiritual es tan intensa en él que llega hasta quedarse sin el habla:

«Cierto día en que, nuevamente, explicaba a los hermanos lo referente a la salvación[4], de repente su corazón quedó paralizado, en tal forma que ya no podía hablar. Comprendiendo en su espíritu por qué le sucedía eso, llamó al ecónomo del monasterio, y en voz baja le dijo: “Ve a la celda aquella, y observa quién es el que está descuidando su alma. Sé tú mismo testigo de la manera en que ha causado su ruina: ante todo, porque no ha venido a escuchar la palabra de Dios, a fin de fortalecerse contra el demonio que lo aflige y lo arrastra; en segundo término, ya que no ha venido a escuchar la palabra, ¿por qué no está en oración si no que duerme? No sé si será posible hacer de él un monje”. De hecho, él dejó a los hermanos y retornó con sus padres, porque no se había entregado para llevar la cruz según sus fuerzas»[5].

Como servidor del Buen Pastor procedía con “discernimiento espiritual” en la corrección: “Todos cometemos faltas de muchas formas, pero recemos a Dios misericordioso, y Él nos curará. Y cuidémonos en adelante”[6]. Tenía pleno convencimiento de que el Señor salva a quien reconoce sus faltas, y por eso Pacomio se molesta cuando un grupo de hermanos ancianos no acepta escuchar la instrucción de Teodoro, debido a su juventud. Su reproche es notable:

«Ustedes han escuchado lo que se les ha dicho. ¿De quién son esas palabras? ¿Del orador o del Señor? Y los que se han irritado, ¿por qué motivo se han molestado? ¿Porque es más joven? Pero nosotros encontramos que respecto de un niño el Señor dice: “El que recibe en mi nombre a un niño, me recibe a mí” (Mt 18,15). ¿No estaba yo de pie, escuchando como uno de ustedes? Ahora bien, les digo que no lo hacía por aparentar, sino que escuchaba con todo mi corazón, como quien tiene sed de agua[7]. Puesto que la palabra de Dios exige una total recepción, como está escrito[8]. Malditos aquellos que se han ido[9], haciéndose extraños a las misericordias de Dios. Si no se arrepienten de su orgullo, les será difícil alcanzar la Vida. Puesto que Dios está cerca de quienes tienen el corazón contrito y salvará al humilde de espíritu[10]».

En ese pasaje se encuentra sintetizado lo que Pacomio consideraba esencial para una vida monástica cristiana: la pureza de corazón y la humildad.

 

La severidad y la bondad de los hombres de Dios

Al crecer el número de hermanos y monasterios de la Koinonía, la actividad de Pacomio se centró en frecuentes visitas a las diversas comunidades, “confortando a los que estaban afligidos por tentaciones diversas. Les enseñaba a vencerlas por la memoria de Dios y les daba todas las disposiciones útiles para sus almas” (G1 § 83)[11].

Cuando era necesario no vacilaba en señalar las faltas contra los preceptos establecidos[12], motivo por el cual algunos decían que “era, sin duda, perfecto en todo, pero temible y siempre afligido por el recuerdo de las almas sometidas a los tormentos, como lo que hemos escuchado acerca del (hombre) rico (Lc 16,23)”[13]. De nuevo se muestra aquí la que era su principal preocupación: la salvación de los hermanos que le habían sido confiados. Así lo señala fehacientemente el pasaje citado a continuación:

“Es algo importante si ves a un miembro de la casa que descuida su salvación, corrígele en privado con paciencia. Si alguna vez se enoja, déjalo, hasta que Dios le dé el arrepentimiento; es como cuando se quiere quitar una espina del pie de alguien, y se excava a su alrededor, si (el pie) sangra y sufre, es mejor dejarlo y aplicar un emplasto emoliente u otra cosa semejante. Después de algunos días, sale fácilmente por sí misma. Un (hombre) colérico gana más influenciado por quien no le responde, gracias a la paciencia que muestra aquél que lo forma según la Ley...”[14].

Pacomio está convencido de que pueden curarse, con los medios adecuados, las enfermedades del alma:

«Un día nuestro padre fue a Tabennesi por un asunto apremiante concerniente a un alma. Después de haber saludado a los hermanos, se sentó, según su costumbre, para instruir a los hermanos sobre toda norma de vigilancia contra lo que se opone a la salvación, no sólo respecto a la castidad corporal sino también sobre pensamientos diversos: amor del poder, pereza, odio a un hermano, amor del dinero, diciendo: “Igual que el fuego purifica toda herrumbre y limpia los objetos, así el temor de Dios hace desaparecer del hombre todo lo que es malo y lo convierte en un vaso de honor, santificado, agradable a Dios y dispuesto para toda buena obra (2 Tm 2,21; cf. Flp 4,18)... Es un gran mal no referir prontamente su (tentación) a quien tiene el conocimiento, antes que esa afección del alma sea crónica. He aquí la terapia, que nos ha enseñado el Señor, por medio del discernimiento de espíritus: si he afligido a mi prójimo con una palabra, mi corazón ha sido herido, he sido convencido (de una falta) por la palabra de Dios y si no persuado rápidamente a mi prójimo, no tengo reposo...”»[15].

Pero en algunas ocasiones todo esfuerzo por el bien del otro resulta insuficiente:

“Falleció un día un hermano en el monasterio. Después de los funerales[16], (Pacomio) no permitió a los hermanos cantar salmos delante del muerto, según era costumbre, hasta que se lo condujese a la montaña; además, no se ofreció la Eucaristía[17] por él. Recogió las vestimentas (del hermano) en el medio del monasterio y las quemó, llenando de temor a todos para que no descuidasen sus vidas. Cómo (Pacomio) soportó a ese hermano hasta que murió, no lo sabemos. Pero sabemos esto: los hombres de Dios no hacen nada perjudicial; su severidad y su bondad son medidas por su conocimiento de Dios”[18].

Ante el fracaso en su empeño no desfallece, y al confiarle un jovencito a un monje anciano le dice: “... Por el amor de Dios, tómalo y sufre con él en todas las cosas hasta que sea salvado...” (G1 § 104). El resultado, en este caso, será excelente, y el elogio de Pacomio más que llamativo: “Hay entre nosotros un hombre que, desde que me he convertido en monje, no he visto ninguno parecido. Como una lana blanca que se tiñe en púrpura preciosa y la tintura no se borra jamás, lo mismo esta alma ha sido teñida por el Santo Espíritu. Si, después de haber escuchado tal testimonio, piensa que me refiero a él, no se alegrará; si se lo critica, no se entristecerá: permanece el mismo sin inmutarse...” (G1 § 105).

A la hora de hacer autocrítica de su servicio a los hermanos en la Koinonía, he aquí su confesión: «“He descuidado visitar y consolar a los hermanos porque fui a la isla donde, todo el día, trabajo en el campo para alimentar a los hermanos” –porque entonces había hambre–» (G1 § 106).

También se repetía a sí mismo y a los demás: «Lo mismo que un cadáver no dice a otros cadáveres: “Yo soy su cabeza”, así yo jamás he considerado que soy el padre de los hermanos. Solo Dios es su padre»[19] (G1 § 108). Porque “temía convertirse en extranjero respecto a la humildad y a la dulzura del Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo”[20] (G1 § 110).

 

“No descuides a los hermanos negligentes consigo mismos”

En el lecho de muerte Pacomio tomó por la barba a su discípulo Teodoro y le hizo esa recomendación[21]. Revelando así, una vez más, la que fue su mayor preocupación: la salvación de los hermanos.

Al comenzar su seguimiento de Cristo, y después de su bautismo, Pacomio quiso imitar ese ejemplo que había recibido de parte de los cristianos. Comenzó entonces él mismo a servir como había sido servido. Pero seguramente, y esta es una opinión personal, en cierto momento comprendió que debía atenderse a sí mismo, por decirlo de alguna forma. Buscó entonces ayuda en quien supiera enseñarle a conocerse y disciplinarse, iniciándose en la vida monástica cristiana.

Durante su experiencia monástica el Señor le concedió descubrir cuál debía ser su misión, en total y asombrosa continuidad con su vivencia anterior. San Antonio abad reconocerá, según la Primera Vida Griega, que Pacomio cumplió con gran entereza lo que el Señor le pidió:

“... Al comienzo, cuando me hice monje, no había ningún cenobio para educar a las otras almas; cada uno de los antiguos monjes, después de las persecuciones, practicaba solo su ascesis. Entonces el padre de ustedes, por (inspiración) del Señor, hizo esta hermosa realidad. Había otro con anterioridad, llamado Aotas[22], que quiso cumplir ese servicio, pero como no lo realizó de todo corazón, no lo logró”[23].

Pacomio tuvo plena conciencia, en el correr de los años, de la obra que estaba llevando adelante, y de su importancia. Sus discípulos le atribuyen la siguiente reflexión:

“En nuestra generación en Egipto veo tres cosas principales que prosperan por la acción de Dios para provecho de todos los que tienen entendimiento: el obispo Atanasio, el atleta de Cristo que luchó por la fe hasta la muerte; el santo abad Antonio, ejemplo perfecto de la vida anacorética; y esta Koinonía, que es un modelo para todos aquellos que quieren reunir las almas según Dios, para ayudarlas hasta que lleguen a ser perfectas”[24].

La obra realizada por Pacomio no es fruto de un ideal monástico, mucho menos de una ideología, tampoco de una síntesis doctrinal ni de una reflexión teológica, sino de una profunda experiencia cristiana, de un encuentro vital con Cristo en el prójimo; y de una apremiante necesidad de transmitir esa vivencia: hay que procurar salvar al mayor número posible. Y todos los dones recibidos del Señor deben ponerse al servicio de esa misión: sea el discernimiento del Espíritu Santo, sea una visión (cf. G1 § 112).

Desde su conversión hasta su defensa en el sínodo de Latópolis, Pacomio no sólo ha interiorizado la conciencia de su misión, sino que la ha profundizado llegando a la certeza de fe sobre la que se apoya la Koinonía por él fundada: «El hombre, por sí mismo, es como vanidad (Sal 143 [144],4); pero cuando verdaderamente se ha sometido a Dios, ya no es más vanidad sino un templo de Dios (2 Co 6,16), como lo dice Dios mismo: “Habitaré en ellos” (Jn 14,23)» (ibid.).

El gran Cenobio pacomiano es un memorial viviente de la presencia de Dios entre los hombres. En él cada monje se encuentra con Cristo, permanentemente me atrevería a decir, porque sirve al hermano. Y todas las normas que Pacomio va estableciendo para la convivencia apuntan hacia una única dirección: que nadie pierda de vista la presencia de Dios en sí mismo y en la comunidad.

Después de recibir el bautismo Pacomio tuvo un sueño: “Se vio a sí mismo cubierto con el rocío celestial, este se había derramado a su derecha, transformándose en miel sólida, y la miel había caído en tierra... Comprende lo que sucede: esto se cumplirá más tarde” (G1 § 5).

Tal como lo había escuchado, el sueño se hizo realidad: el rocío celestial, la gracia que había recibido, se transformó en miel sólida, en bondad y dulzura, que se derramó por tierra, y se difundió en los corazones de quienes, ansiando su salvación, se unían a la Koinonía para encontrar el camino de la salvación en Cristo.

 

 

Fuentes

Primera Vida griega de san Pacomio: Cuadernos Monásticos n. 172 (2010), pp. 73-110 (§§ 1-34); n. 173 (2010), pp. 243-268 (§§ 35-77); n. 174 (2010), pp. 377-391 (§§ 78-99); n. 175 (2010), pp. 535-570 (§§ 100-150).

https://www.surco.org/sites/default/files/vpg1.pdf

Regla; traducción en CuadMon n. 45 (1978), pp. 231-259.

https://www.surco.org/sites/default/files/cuadmon/disponible_disponible-forma-gratuita/cuadernos-monasticos-45-2411.pdf

Orsisio (discípulo de Pacomio), Libro de; traducción en CuadMon n. 4-5 (1967), p. 173-244.

https://www.surco.org/sites/default/files/cuadmon/disponible_disponible-forma-gratuita/cuadernos-monasticos-4-5-1483.pdf

Catequesis de San Pacomio a propósito de un monje rencoroso, en CuadMon n. 103 (1992), pp. 503-536; y n. 104 (1993), pp. 129-155.

https://www.surco.org/sites/default/files/cuadmon/disponible_disponible-forma-gratuita/cuadernos-monasticos-103-3878.pdf

https://www.surco.org/sites/default/files/cuadmon/disponible_disponible-forma-gratuita/cuadernos-monasticos-104-3888.pdf

 

Estudios:

El monacato, pp. 91-115.

La tradición, pp. 229-262.

Vincent Desprez, El cenobitismo pacomiano, en Cuadernos Monásticos ns. 116 (1996), pp. 9-41 (con amplia bibliografía); 119 (1996), pp. 450-473; 121 (1997), pp. 129-149.

https://www.surco.org/sites/default/files/cuadmon/disponible_disponible-forma-gratuita/cuadernos-monasticos-116-4005.pdf

https://www.surco.org/sites/default/files/cuadmon/disponible_disponible-forma-gratuita/cuadernos-monasticos-119-4029.pdf

https://www.surco.org/sites/default/files/cuadmon/disponible_disponible-forma-gratuita/cuadernos-monasticos-121-4065.pdf

Matrología I, pp. 198-210.

 


[1] Cf. Orsisio, Testamento 17: “Guarde cada uno el rebaño que le ha sido confiado con toda cautela y solicitud. Imiten a los pastores de que habla el Evangelio, a los cuales no encontró dormidos sino despiertos el ángel de Dios que les anunció la venida del Salvador (cf. Lc 2,8). Éste, por su parte, dice: El buen pastor da su vida por las ovejas; el que es mercenario, y no es el pastor, el dueño de las ovejas, ve venir al lobo y huye, abandonando el rebaño. El lobo las ataca y las devora, porque es un mercenario, y no le importan las ovejas (Jn 10,11-13)”; trad. en Cuadernos Monásticos n. 4-5 (1967), p. 205.

[2] Cf. G1 §§ 65 y 69.

[3] G1 § 71.

[4] Literalmente: lo que es útil.

[5] Cf. Mt 10,38; Lc 9,23; 14,27. Cf. G1 § 7.

[6] Cf. St 3,2; G1 § 76.

[7] Cf. Pr 25,25.

[8] Cf. 1 Tm 1,15; 4,9.

[9] Cf. Jn 6,67; Sal 43 (44),19.

[10] G1 § 77; cf. Sal 33 (34),19.

[11] Un ejemplo de esa actividad suya es la siguiente exhortación que le dirige a un hermano: «... No desesperes de ti mismo completamente –porque el Señor quiere nuestra conversión, no nuestra muerte (Ez 18,23. 32; 33,11)–, haz penitencia con todas tus fuerzas, no sólo con un corazón contrito y humillado (Sal 50 [51],19), sino también con penas corporales, para que también contigo se cumpla lo que está escrito: “Mira mi humillación y mi dolor, y perdona todos mis pecados” (Sal 24 [25],18). Y así el hermano se retiró alegre por la esperanza» (G1 § 85).

[12] Cf. G1 § 89.

[13] G1 § 91.

[14] G1 § 95.

[15] G1 § 96.

[16] Otra versión posible: “después de la preparación del cuerpo” (Veilleux, p. 368). También se podría traducir: “después de las honras fúnebres”.

[17] Prosphorá.

[18] G1 § 103.

[19] Cf. Mt 23,9.

[20] Cf. Mt 11,29.

[21] G1 § 116.

[22] Esta es la única noticia que tenemos de este personaje.

[23] G1 § 120.

[24] G1 § 136.