Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [11]

1.3. Escete, Las Celdas y Nitria (315/330: se fundan estas colonias). Los Apotegmas

1.3.1. El libro de los ancianos

Los apotegmas son narraciones breves y concisas, que se centran en la presentación de un hecho o de un dicho notable, ejemplar y, muchas veces, moralizante y agudo.

Se caracterizan por su extrema economía de contenido y por su depuración formal. A veces se limitan a presentar una sentencia pronunciada por un personaje ilustre, sin ningún tipo de comentario, de presentación ni de epílogo.

Las colecciones de apotegmas suelen ordenarse por personajes, oficios, materias, o incluso por orden alfabético[1].

D. Lucien Regnault (+ 01.09.2003)[2], osb, ha formulado una distinción entre género literario y contenido de lo que denominamos apotegma. Propiamente hablando dicho vocablo expresa el género literario, en tanto que su contenido son las sentencias, las palabras, las narraciones. El género literario no es algo exclusivo o característico del ámbito monástico cristiano. De hecho, encontramos apotegmas en la literatura pagana anterior a nuestra era. Y por tal motivo algunos traductores han optado por darles el nombre de sentencias o dichos de las madres y padres del desierto. Aunque en el estado actual del texto de los apotegmas no todos poseen un contenido que se ajuste a la definición de una sentencia o un dicho.

Por tanto, un apotegma es para nosotros hoy una sentencia, o un dicho, o una narración, que con frecuencia desbordan el género literario denominado apotegmático.

 

1.3.2. El contenido de los apotegmas[3]

Este aspecto, sin duda, es el que más nos interesa a la hora de acercarnos a esta literatura del monacato cristiano primitivo.

Aún a riesgo de simplificar demasiado, creo que es posible distinguir tres tipos de contenidos en las colecciones de apotegmas que poseemos:

a) rema, logos, palabra;

b) sentencia o enseñanza;

c) narraciones o relatos ejemplares y/o edificantes.

a) Una palabra es lo que en los textos más antiguos un monje experimentado (un anciano) ofrecía o entregaba a quien se le aproximaba para interrogarlo: “Abba (padre), dime una palabra”; o: “Una palabra de salvación”. La respuesta es el centro del apotegma, y suele ser, habitualmente, breve, consistiendo en, a lo sumo, tres o cuatro virtudes a practicar (la ascesis).

En algunos casos el interlocutor solicita una aclaración, que se caracterizaba asimismo por su brevedad. El siguiente ejemplo ilustra bien lo expresado:

«Un hermano interrogó a abba Pastor diciendo: “¿Qué haré?”. Le dijo: “Cuando Abrahán entró en la tierra prometida compró un sepulcro para él[4], y por la tumba recibió en herencia la tierra”. El hermano le dijo: “¿Qué es la tumba?”. Y el anciano dijo: “El lugar del llanto y de la compunción”» (CSG 3,28)[5].

b) Sentencias: cuando los apotegmas comenzaron a transmitirse, primero de forma oral y luego escrita, casi al mismo tiempo se produjo la pérdida gradual del género literario. Y así en muchos casos ese diálogo entre un abba y quien se iniciaba en el seguimiento de Cristo en la vida monástica, desapareció. El resultado fue que el apotegma se redujo a la sentencia o enseñanza que ofrecía el abba o la amma, y en ocasiones se transformó en una exhortación colectiva. Así lo vemos en el siguiente texto:

«Dijo abba Isaac a los hermanos: “Nuestros padres, y abba Pambo, usaban ropas viejas, hechas de palmas y remendadas, pero ahora llevan vestidos preciosos. ¡Márchense de aquí, han convertido estos lugares en un desierto!”. Cuando estaba por salir para la cosecha, les dijo: “No volveré a darles órdenes, porque no las observan”» (CSG 6,10).

Este cambio facilitó, posiblemente en un segundo momento, la introducción de textos pertenecientes a una literatura anterior, no siempre fácil de distinguir de los verdaderos apotegmas[6]. Y también de otras sentencias que no habían nacido, propiamente hablando, en el ámbito monástico de las colonias semi-eremíticas del desierto egipcio[7].

c) Narraciones o relatos: en estos casos el contenido cambia notablemente respecto de los precedentes. El centro ya no lo ocupa un consejo, sentencia o enseñanza, sino un ejemplo de vida que, en muchos casos, incluye también una sentencia[8].

 

1.3.3. Las colecciones o compilaciones[9]

Es un hecho innegable que las colecciones que hoy poseemos son el fruto de una larga y compleja evolución. Y para comprender correctamente los apotegmas no puede dejarse a un lado la presentación, aunque sólo sea sumaria, de las principales etapas que condujeron a aquellas hasta llegar al estadio actual.

La primera etapa de esa génesis puede sintetizarse en el hecho de que “pareciera que muy pronto el apotegma perdió su carácter individual, o confidencial, para convertirse en una suerte de bien común a disposición de quien lo desee”[10].

El segundo, y a mi entender, decisivo momento, de la evolución de las colecciones fue el paso de su carácter oral a escrito[11]. La datación de este hecho permanece incierta.

La tercera fase fue la organización de las dos principales colecciones de apotegmas que poseemos:

1) Alfabético – anónima;

2) Sistemática.

Estas compilaciones se fueron formando de modo gradual, enriqueciéndose sucesivamente con inclusiones de textos surgidos de otras latitudes.

La cuarta etapa, que ya había señalado A. Viller[12], corresponde a la formación de las así llamadas, colecciones “mixtas”.

A estas colecciones el título que mejor les cabe es el de: Libros de los Ancianos, el cual probablemente proviene de

La más antigua es la denominada Alfabético – anónima porque las sentencias están ordenadas según el orden del alfabeto griego; siguiendo a continuación un buen número de apotegmas anónimos.

La Colección sistemática, tal como lo indica su título, presenta las sentencias ordenadas en capítulos temáticos, y su datación debe ser posterior.

 

Nitria (fundación: hacia 320-330)

Amún fue el primer monje que se estableció en el desierto de Nitria (a unos 60 kms. de Alejandría). Huérfano a muy temprana edad, fue obligado por un tío a casarse, pero vivió con su esposa en total continencia durante dieciocho años. Cuando se hizo monje mantuvo contacto con san Antonio, quien le aconsejó en la implantación de un nuevo centro monástico en el desierto de Las Celdas (Antonio 34). Amún murió poco antes que Antonio, que a la distancia vio su alma llevada al cielo (Vida de Antonio 60).

Las Celdas (fundación: hacia 338)

“Visitó abba Antonio a abba Amún en la montaña de Nitria, y cuando se hubieron encontrado, le dijo abba Amún: ‘Ya que el número de los hermanos se ha multiplicado gracias a tus oraciones, y algunos de ellos desean construirse celdas retiradas para vivir en el recogimiento (hesiquía), ¿a qué distancia de las actuales dispones que se edifiquen esas celdas?’. Le dijo: ‘Comeremos a la novena hora, y saldremos a recorrer el desierto para reconocer el lugar’. Cuando hubieron marchado por el desierto hasta la puesta del sol, abba Antonio dijo: ‘Oremos, y plantemos una cruz, para que construyan aquí los que lo que desean. Así los hermanos que vengan de allá para ver a los que están aquí, lo harán después de tomar una ligera refección a la hora novena, y los encontrarán en este momento. Lo mismo los que vayan de aquí para allá, se conserven de este modo sin distracción en las visitas mutuas’. La distancia es de doce millas” (19 kms., 312 mts.)[13].

Escete (fundación: después de 330)

Casiano nos dice que Macario el Egipcio fue el fundador de Escete (Conferencias 15,3,1). Su biografía puede establecerse de la siguiente manera: nació hacia el año 300, siendo de origen modesto: camellero ocupado en el transporte de nitro (Macario 31). Hacia 330, se retiró a una celda en las afueras de un pueblo del Delta. Rechazó la clericatura y se fue a otra población, donde soportó la calumnia, partiendo después para instalarse en Escete (lugar que sus viajes transportando nitro [o salitre] le habían dado la oportunidad de conocer; cf. Macario 1). Entre 330 y 340 fue a visitar al menos una vez, sino dos, a Antonio (Macario 4 y 27). Hacia 340, tal vez por consejo de Antonio, aceptó ser ordenado sacerdote (Historia Lausíaca, cap. 17), afirmándose como el padre espiritual de los hermanos que se habían reunido en torno suyo.

Macario murió en Escete hacia 390, a la edad de casi 90 años. Los testimonios que tenemos subrayan unánimemente la aptitud excepcional para ayudar a los demás. Había recibido, según la Historia Monachorum in Aegypto, el don permanente de la cardiognosis, es decir el conocimiento de las ilusiones que el demonio podía formar en el corazón de los hermanos. Casiano recuerda también su discretio en tres de los cinco episodios que narra sobre él (Instituciones, 5,41; Conferencias, 6,12,3; 24,13,1-4). Y Paladio añade que desde su juventud monástica había recibido el don de discernimiento; pero como ese don es normalmente una prerrogativa de los ancianos, por eso lo llamaban el paidariogéron, el niño-anciano (Historia Lausíaca, cap. 17)

En los años 407, 434 y 444, Nitria, Las Celdas y Escete sufrieron saqueos y devastaciones a manos de las tribus nómades (bereberes y beduinos principalmente), durante los cuales incluso perdieron sus vidas varios monjes.

Durante la conquista musulmana, lograron todavía subsistir por algún tiempo, e incluso experimentaron un cierto florecimiento (639-642). Pero luego comenzaron los conflictos con las autoridades.

En la actualidad

Nitria fue abandonada en el siglo VII; y Las Celdas en el siglo IX.

Escete tuvo pocos monjes en el Medioevo, pero logró subsistir y al presente hay allí cuatro monasterios (con unos 119 [?] monjes)[14].

 


[2] Cf. Aux origines des Apophtegmes, en Les Pères du désert a travers leurs apophtegmes, Abbaye Saint-Pierre de Solesmes, Eds. de Solesmes, 1987, p. 57.

[3] Presento aquí una forma bastante simplificada de la tipología que ofrece el P. Jean-Claude Guy, sj (+ 29.01.1986) en su introducción a la edición crítica de la Colección sistemática griega (CSG) publicada después de su muerte en la colección Sources Chrétiennes n. 387, Paris, Eds. du Cerf, 1993, pp. 21 ss.

[4] Cf. Gn 23,1-20.

[5] En muchos casos sólo se ha conservado la respuesta del abba (o amma) que era consultado/a, sin el diálogo previo (cf. J.-C. Guy, op. cit., p. 21).

[6] Cf. J.-C. Guy, op. cit., p. 23, quien señala que es el caso de las obras de Evagrio Póntico, Juan Casiano, Marcos el Ermitaño, Hyperechios e Isaías de Escete (o de Gaza); o el de amma Sinclética, cuyos dichos proceden de su Vida.

[7] Tal es el caso, por ejemplo, de los apotegmas atribuidos a san Gregorio de Nacianzo.

[8] Hay que considerar como un derivado de este tipo otros textos que difícilmente podrían denominarse apotegmas, ya que “son largos relatos que, sin duda, tuvieron existencia autónoma antes de ser integrados tardíamente en las colecciones. Se encontrará un número importante de ellos en los capítulos 18, 19 y 20 de la colección sistemática…” (J.-C- Guy, op. cit., p. 23).

[9] Cf. J.-C Guy, op. cit., pp. 23 ss.

[10] J.-C Guy, op. cit., p. 26.

[11] Cf. L. Regnault, La transmission des Apophtegmes, en op. cit., pp. 69-70, señala dos motivos principales por los cuales los apotegmas fueron puestos por escrito: 1) la dispersión de los monjes de Escete a mediados del siglo V; 2) la disminución del antiguo fervor.

[12] Art. Apophtegmes, en Dictionnaire de Spiritualité ascetique et mystique, t. 1, Paris, Ed. Beauchesne, 1937, cols. 767-768.

[13] Antonio 34.

[14] Cf. R. Taft, Peregrinaje a los orígenes de la vida religiosa: los padres del desierto, hoy, en Cistercium n. 170 (1986), pp. 31 ss.