Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [12]

1.3.4. El seguimiento de Cristo en la vida monástica. Aportes de los apotegmas de la Colección sistemática griega

La lectura de las sentencias de las madres y los padres del desierto nos ayuda a comprender cómo practicaban los monjes antiguos el seguimiento de Cristo.

Ante todo, tenían claro que se trataba de una configuración con el misterio pascual de nuestro Señor: Con-figurados con Cristo.

 

Con-golpeados con Cristo

«Un hermano que habitaba en Monídia[1], con frecuencia, por la acción del diablo, caía en la fornicación, y persistía esforzándose para no dejar el santo hábito; sino que haciendo su pequeña liturgia suplicaba a Dios con gemidos y decía: “Señor, ves mi necesidad, oblígame. Señor, lo quiera o no lo quiera, sálvame. Como (soy) barro[2], deseo el pecado, pero como Tú (eres) un Dios poderoso, impídemelo. Porque si tienes piedad solo del justo, nada grande (es esto), y si salvas al puro, nada maravilloso (haces), puesto que son dignos de misericordia. Señor, haz admirables tus misericordias para conmigo[3], y en esto muestra tu filantropía, porque el pobre se abandona a ti (Sal 9,35 LXX [10,14])”. Cada día decía estas (palabras), cayera o no cayera. En una ocasión, cayendo en la noche en el pecado habitual, se levantó de inmediato y comenzó la oración[4]. Pero el demonio, admirado de su esperanza y de su desvergüenza ante Dios, se le apareció visiblemente y le dijo: “Mientras salmodias ¿cómo simplemente no te avergüenzas de estar en presencia de Dios, o pronunciar su nombre?”. Le dijo el hermano: “Esta celda es una herrería, una vez das y otra vez recibes martillazos[5]. Persevero entonces en la lucha contra ti hasta la muerte, cuando finalmente te degollaré; y te hago un juramento, por el que viene a salvar a los pecadores para la conversión (cf. Lc 5,32; 19,10[6]): no dejaré de rezar a Dios contra ti, en tanto también tú no dejes de combatirme, y veremos quién vence, tú o Dios”. Al oír esto el demonio le dijo: “En verdad en adelante no te combatiré, para no procurarte una corona por tu perseverancia”. Y desde ese día el demonio se alejó de él. Ven qué buena es la perseverancia[7], y no desesperarnos incluso si sucede que con frecuencia caemos en los combates, en las faltas y en las tentaciones. Por tanto, llegando el hermano a la compunción, permaneció en adelante llorando sus pecados. Y entonces cuando el pensamiento le decía: “Lloras hermosamente”, él también decía: “Anatema a esa belleza, porque ¿qué necesidad tiene Dios de que alguien pierda su alma y después se siente a lamentarse por ella, y que finalmente se salve o no se salve?”»[8].

 

Con-clavados con Cristo

«Un hermano atormentado por los pensamientos, hasta el punto de que estaba por dejar el monasterio, se lo contó a su abba. Pero él le dijo: “Ve, siéntate en tu celda, entrega tu cuerpo en ofrenda a la pared de tu celda y no salgas de allí. Deja a tu pensamiento pensar lo que quiera, sólo no hagas salir a tu cuerpo de tu celda”»[9].

 

A los pies del crucificado

«Abba Isaac visitó a abba Pastor y, mientras estaban sentados, lo vio en éxtasis. Y le suplicó diciendo: “¿Dónde estaba tu pensamiento, abba?”. El anciano dijo: “Allí donde estaba santa María, la Madre de Dios, que lloraba junto a la cruz del Salvador[10]. Y yo quisiera llorar siempre”»[11].

 

Con-sepultados con Cristo

«Un hermano lo interrogó a abba Pastor diciendo: “¿Qué haré?”. Le dijo: “Cuando Abrahán entró en la tierra prometida compró un sepulcro para él[12], y por la tumba recibió en herencia la tierra”. El hermano le dijo: “¿Qué es la tumba?”. Y el anciano dijo: “El lugar del llanto y de la compunción”»[13].

 

«Dijo un anciano: “José de Arimatea pidió tomar el cuerpo el cuerpo del Señor, y tomándolo lo puso en un sepulcro nuevo (cf. Mt 27,57-60), es decir en un corazón puro; el cuerpo de Cristo es para una tumba nueva, para un hombre nuevo[14], para el verdadero Israel”».

 

Con-resucitados con Cristo: la alegría verdadera

«Decían sobre un cierto anciano de Escete que estaba a punto de morir, y que los hermanos rodeaban su lecho y mirando su hábito[15] lloraban. Pero él abrió los ojos y rió; y rió por tres veces. Y los hermanos le preguntaron: “Abba, dinos ¿por qué nosotros lloramos y tú ríes?”. Él les dijo: “Reí la primera vez porque todos ustedes temen la muerte; la segunda vez, me reí porque ustedes no están preparados; y la tercera, reí porque salgo del trabajo hacia el descanso”. E inmediatamente entregó el alma»[16].

Este anciano anónimo nos enseña que la alegría de quien sigue a Cristo se apoya en la fe, en la confianza en Él, que no defrauda (pero ustedes tienen miedo...); en la esperanza cierta de que la muerte física es el comienzo de la vida plena (pero ustedes no están preparados); y en el profundo convencimiento de que la fatigosa tarea de amar sin medida al prójimo, será recompensada con un amor pleno y sin esfuerzo, la caridad perfecta[17] (pero ustedes no comprenden que salgo hacia el descanso).

 

Fuentes:

En castellano tenemos ya traducidas las tres grandes colecciones de apotegmas:

1) Alfabética, versión de Mons. Martín de ELIZALDE, osb, en Cuadernos Monásticos n. 33-34 (1975), pp. 235-249; n. 40 (1977), pp. 83-119; n. 41 (1977), pp. 217-246; n. 50 (1979), pp. 225-247; n. 63 (1982), pp. 427-454; y publicada también en: Los dichos de los padres del desierto. Colección alfabética de los apotegmas, Buenos Aires, Eds. Paulinas, 1986, p. 13 (Col. Orígenes cristianos, 4).

https://www.surco.org/sites/default/files/Apophthegmata.pdf

2) Sistemática en la versión latina de Pelagio y Juan, traducción de José F. de RETANA en: Las sentencias de los padres del desierto. Los apotegmas de los padres. Recensión de Pelagio y Juan, Burgos, Monasterio de Las Huelgas, 1981 (Col. Espiritualidad monástica, 9); reproducida en: Las sentencias de los Padres del desierto. Los apotegmas de los Padres (Recensión de Pelagio y Juan), Bilbao, Desclée de Brouwer, 21989 (Biblioteca Catecumenal).

https://espiritualidad.marianistas.org/wp-content/uploads/2018/12/Sentencias_de_los_padres_del_desierto.pdf

3) Colección sistemática griega, trad. en Cuadernos Monásticos ns. 192 (2015), pp. 43-86; 193 (2015), pp. 171-224; 194 (2015), pp.; 195 (2015), pp. 467-512; 196 (2016), pp. 65-107; 97 (2016), pp. 217-259; 198 (2016), pp. 334-390; 199 (2016), pp. 501-511; 200 (2017), pp. 87-121; 201 (2017), pp. 222-261; 202 (2017), pp. 338-387; 203 (2017), pp. 478-515; 204 (2018), pp. 95-107; 205 (2018), pp. 191-232; 206 (2018), pp. 363-372; 207 (2018), pp. 474-494; 208 (2019), pp. 101-149.

Vida de Santa Sinclética; traducción de Lorenzo Herrera en Vida de Santa Sinclética y Palabra de salvación a una virgen, Burgos, Monasterio de Las Huelgas, 1979 (Col. Espiritualidad Monástica, 2).

 

Estudios:

El monacato, pp. 64-90.

La tradición, pp. 194-221.

Ugo Zanetti, osb, Los apotegmas y la historia en Cuadernos Monásticos n. 209-210 (2019), pp. 223-262.

https://www.surco.org/sites/default/files/cuadmon/zanetti.pdf

Matrología I, pp. 131-175. 181-198. 237-251. 271-331.

 


[1] Este es el nombre que se lee en el griego. Otra opción, que adopta la versión en italiano: “Pequeñas celdas” (o: pequeñas moradas; más exactamente: de uno solo); cf. Luigi D’ayala Valva, Detti. Collezione sistematica, Comunità di Bose, Qiqajon, 2013, pp. 462 y 487, nota 179 (Padri della Chiesa: volti e voci); en adelante citamos esta obra de manera abreviada: Detti.

[2] Cf. Jb 10,9; 33,6. Ver asimismo Evagrio Póntico, Sobre los ocho espíritus malvados, 18: “La soberbia precipitó al arcángel del cielo y como un rayo los hizo estrellarse sobre la tierra. La humildad en cambio conduce al hombre hacia el cielo y lo prepara para formar parte del coro de los ángeles. ¿De qué te enorgulleces oh hombre, cuando por naturaleza eres barro y podredumbre y por qué te elevas sobre las nubes? Contempla tu naturaleza porque eres tierra y ceniza y dentro de poco volverás al polvo, ahora soberbio y dentro de poco gusano. ¿Para qué elevas la cabeza que dentro de poco se marchitará? Grande es el hombre socorrido por Dios; una vez abandonado reconoció la debilidad de la naturaleza. No posees nada que no hayas recibido de Dios, no desprecies, por tanto, al Creador. Dios te socorre, no rechaces al benefactor. Has llegado a la cumbre de tu condición, pero Él te ha guiado; has actuado rectamente según la virtud y Él te ha conducido. Glorifica a quien te ha elevado para permanecer seguro en las alturas; reconoce a aquel que tiene tus mismos orígenes porque la sustancia es la misma y no rechaces por jactancia esta parentela” (trad. en: http://www.mercaba.org/Desierto/sobre_los_ocho_vicios_malvados.htm).

[3] Cf. Sal 16 [17],7 (Detti, p. 463).

[4] Lit.: canon, es decir, la medida establecida de oración que cada monje rezaba en su celda (Detti, p. 487, nota 182).

[5] Cf. Juan Mosco (+ 619), Prado espiritual, 181 (SCh 12, p. 238): “… Esta gruta es una verdadera escuela de lucha: das y recibes golpes” (Detti, p. 487, nota 183).

[6] Cf. Detti, p. 463.

[7] O: paciencia (hypomone).

[8] Apotegma anónimo N 582. Citado en la Colección sistemática griega, cap. 15, n. 118.

[9] CSG 7,45. Cf. PALADIO, Historia Lausíaca, 18: «… Me acosan unos pensamientos que me dicen: “No haces nada en esta celda, largo de aquí…”. Diles: “Yo guardo estas paredes por Cristo”».

[10] Cf. Jn 19,25.

[11] CSG 3,31; cf. Pastor 144, que dice: “Santa María, la Madre de Dios (Theotókos).

[12] Cf. Gn 23,1-20.

[13] CSG 3,28; cf. Pastor 50. La conexión entre el luto y la tierra prometida, que era accidental en Gn 23, es subrayada por la referencia implícita a la expresión “heredar la tierra”, en relación con la bienaventuranza evangélica de Mt 5,4-5 (Detti, p. 130, nota 49). Cf. CSG 3,45.

[14] Cf. Ef 4,24 (Detti, p. 317). Cf. Apotegma anónimo N 24, pero que conserva el texto en otra forma, posiblemente menos deformado: «Un anciano dijo: “José de Arimatea tomó el cuerpo de Jesús y lo puso en un lienzo (sindóni) limpio (o: en una sábana limpia) y en una tumba nueva, esto es, en un hombre nuevo. Por tanto, que cada uno se esfuerce grandemente para no pecar, a fin de no ultrajar a Dios que habita en él, y no expulsarlo de su alma. El maná fue dado a Israel para comer en el desierto, pero al verdadero Israel se le ha dado el cuerpo de Cristo”.

[15] Schemátisan.

[16] CSG 11,115; SCh 474, p. 198.

[17] Cf. 1 Co 13,8 ss.