Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [16]

1.4. Evagrio Póntico

Hacia la “apátheia”

Por el mero hecho de haber dejado el mundo y vivir en la soledad del desierto el monje no se libera de las pasiones.

La calma exterior (hesyquía) no procura inmediatamente y por sí misma la calma interior. Esta última es mucho más difícil de conseguir. Entre hesyquía y apátheia se inserta la praktiké.

La praktiké supone realizada la hesyquía y tiende hacia la apátheia como a su fin:

“La praktiké es el método espiritual que purifica la parte del alma en que residen las pasiones” (Tratado Práctico [= TP] 78).

El monje que se ha retirado al desierto ya no debe “luchar” contra los hombres, sino directamente contra los demonios. Es cierto que esto ocurre asimismo en los cenobios, pero con la diferencia que en ellos los demonios combaten por medio de los otros hombres, mientras que contra los anacoretas combaten directamente:

“Los demonios combaten contra los anacoretas abiertamente, pero contra los que se ejercitan en la virtud en los monasterios o en las comunidades, los demonios utilizan a los hermanos más negligentes. Esta segunda guerra es menos áspera que la primera, porque no hay sobre la tierra hombres tan crueles y tan malvados como los demonios” (TP 5).

Utilizan entonces como armas los pensamientos. Y cuando Evagrio habla de pensamientos (logismói) se refiere a los malos pensamientos; que son los medios usados por los demonios para provocar una pasión, así como con los laicos suelen utilizar los objetos:

“Contra los seglares los demonios luchan valiéndose preferentemente de las preocupaciones materiales (o de las cosas sensibles). En cambio, contra los monjes, a los que habitualmente les faltan tales preocupaciones en el desierto, esgrimen los pensamientos. Para ellos es más fácil pecar interiormente (de pensamiento) que, con acciones, por eso la guerra interior (contra el pensamiento) es más difícil que la que se libra contra los objetos y las preocupaciones. En efecto, es fácil mover la voluntad, pero es difícil retenerla en la pendiente de las imaginaciones prohibidas” (TP 48).

En la enseñanza evagriana demonio y pensamiento se identifican habitualmente, o al menos con mucha frecuencia, pero no se confunden, incluso cuando emplea ambos términos indistintamente. Por eso la lucha contra los pensamientos no es más que el aspecto psicológico del combate que se produce en el plano ontológico entre el alma y los demonios. Pero para Evagrio estos dos planos no están disociados: el demonio -con el pensamiento que sugiere- hace irrupción en la vida misma del alma. Por tal motivo gran parte de la producción literaria de Evagrio está dedicada al tema de los pensamientos[1]. Y fue él quien por vez primera estableció, de forma definitiva y fija[2], la lista de los ocho pensamientos:

“Ocho son en total los principales pensamientos que comprenden a todos los demás: el primero es el de la gula, luego viene el de la fornicación, el tercero es el de la avaricia, el cuarto el de la tristeza, el quinto el de la cólera, el sexto el de la acedia, el séptimo el de la vanagloria y el octavo el del orgullo...” (TP 6).

Casiano retuvo la lista tal cual, mientras que el papa Gregorio Magno (+ 604) la llevó a siete dejando de lado el orgullo. De esa forma la enumeración de Evagrio se convertiría en la base de los siete pecados capitales, que sin embargo solamente se fijarán en el siglo XIII.

Los pensamientos están relacionados entre sí y, a menudo, unos engendran a otros.

Los análisis concretos de Evagrio nos descubren muchas de las causas de las tentaciones del monje y nos revelan la fineza moral y psicológica de aquél.

Las tentaciones tienen, habitualmente, un carácter “intelectual”, y revisten la forma de representaciones que afectan a la imaginación o a la inteligencia.

Evagrio logra analizar los logismói en su estado “puro”, en condiciones experimentales privilegiadas, que son las de la anocóresis, donde los pensamientos se mueven independientemente de los objetos. Sus análisis tienen, en consecuencia, un valor general, mostrando que no son los objetos los que nos tientan, sino lo pensamientos que despiertan en nosotros:

“Que los pensamientos inquieten o no el alma, no depende de nosotros, pero que se instalen o no, que susciten o no las pasiones, he ahí lo que depende de nosotros” (TP 6).

Es necesario evitar que los pensamientos se instalen en nosotros. Pero es por experiencia que se aprenden a conocer las tácticas de los demonios. Ellos se valen de los logismói, pero no los hacen: inspiran los pensamientos, y si éstos son aceptados, desencadenan las pasiones en nosotros.

La parte “turbada por las pasiones” del alma está formada por el concupiscible y el irascible. Esa parte del alma es en la que residen las pasiones, las cuales -como para los estoicos- constituyen las enfermedades del alma.

Seremos liberados de los pensamientos en la medida que sea curada nuestra irascibilidad y nuestra concupiscencia. A cada parte corresponden, por tanto, remedios apropiados:

“Si la cólera y el odio acrecientan la irascibilidad, la compasión y la bondad disminuyen aun aquella que existe” (TP 20).

«Es necesario examinar cuidadosamente los caminos (cf. Jr 6,16) de los monjes que en los primeros tiempos han transitado por las sendas del bien, para seguir nosotros también sus pasos. Podemos encontrar muchos dichos y hechos excelentes dejados en herencia por los santos Padres. Entre otros se encuentra éste que ha pronunciado uno de ellos: “Un régimen frugal y regular unido a la caridad conducen al monje rápidamente al puerto de la apatheia”. Este mismo monje libró a un hermano de las visiones que lo atormentaban por la noche, ordenándole unir al ayuno el servicio de los enfermos. “Porque no hay nada -decía él- como la misericordia para extinguir las aflicciones de este tipo”» (TP 91).

Es importante que el monje examine sus pensamientos, su proveniencia y su fuerza. También el examen de sus sueños le podrá dar una idea del estado de su alma. Adelantándose a la moderna psicología, Evagrio sostiene que los sueños dan un diagnóstico seguro del estado del alma:

“En las imaginaciones del sueño los demonios desatan una verdadera guerra contra la parte concupiscible. Para ello se valen de imágenes que representan reuniones de amigos, banquetes de parientes, coros de mujeres y otros espectáculos del mismo tipo generadores de placer. Si recibimos esas imágenes con gusto quiere decir que estamos enfermos y que la pasión es fuerte. En otras ocasiones turban la parte irascible y nos fuerzan a seguir caminos peligrosos, hacen aparecer hombres armados bestias venenosas o carnívoras, nos hacen experimentar el terror ante tales apariciones y la ilusión de que somos perseguidos por esas bestias y esos hombres. Por eso vigilemos la parte irascible, para que invocando a Cristo durante nuestras vigilias nocturnas encontremos una ayuda en los remedios ya mencionados” (TP 54).

La apátheia, o “sanidad” del alma se establece en el alma de manera progresiva. Las pasiones que ceden primero son las de la parte concupiscible, en tanto que las de la parte irascible son más difíciles de curar:

“Los que gobiernan las pasiones del alma se mantienen firmes hasta la muerte, mientras que los que gobiernan las del cuerpo se retiran más rápidamente. Por otra parte, mientras que los demás demonios, semejantes al sol que sale y se oculta, no atacan más que una parte del alma, el demonio del mediodía tiene la costumbre de envolver toda el alma y oprimir el espíritu. Por eso la vida anacorética resulta dulce fuego de la extinción de las pasiones. Entonces no subsisten más que los recuerdos puros. Además, el esfuerzo dispone al monje no hacia la lucha, sino hacia la contemplación de la misma lucha” (TP 36).

Al llegar a la apátheia el alma vuelve a encontrar su primigenia santidad, el uso natural de sus diversas partes y en cada una de ellas se establecen las virtudes que le son propias:

“Es un hecho que el alma racional es tripartita, según la enseñanza de nuestro sabio maestro[3]. Por eso cuando la virtud se encuentra en la parte racional del alma se la llama prudencia, entendimiento y sabiduría. Cuando está en la parte concupiscible se la llama temperancia, caridad y continencia. Cuando está en la parte irascible se la llama coraje y perseverancia. Y cuando está en toda el alma, justicia. El papel de la prudencia es dirigir los combates contra las potencias enemigas, protegiendo las virtudes, organizando defensas contra los vicios y determinando lo que, en ciertas circunstancias, puede ser neutro. La función del entendimiento es organizar armoniosamente todo aquello que contribuye a alcanzar nuestra meta. El papel de la sabiduría es dirigir la contemplación de los seres corporales e incorporales. El de la temperancia es observar, libre de toda pasión, los objetos que en nosotros provocan imágenes contrarias a la razón. El de la caridad es comportarse frente a toda imagen de Dios del mismo modo que frente al Modelo, aun cuando los demonios intenten deshonrar esa imagen. El de la abstinencia es desechar con alegría todos los placeres del paladar. No temer a los enemigos y mantenerse valientemente firme frente a los peligros es tarea de la perseverancia y del coraje. En cuanto a la justicia, su función es realizar una suerte de armonización entre las diversas partes del alma” (TP 89).

En esta situación el alma toda se encuentra orientada hacia un solo fin: la contemplación, que es la actividad propia de la parte racional del alma. Las otras partes obran conforme a su naturaleza y concurren al mismo fin:

“La naturaleza de la parte irascible la lleva a combatir los demonios para alcanzar el placer, cualquiera sea este. Por eso los ángeles nos sugieren el placer espiritual y la beatitud que le sigue, para exhortarnos a volver nuestra irascibilidad contra los demonios. Estos por su parte nos empujan hacia los placeres del mundo (cf. Tt 2,12) y fuerzan a la parte irascible, actuando contra su naturaleza, a combatir contra los hombres, para que el espíritu sea oscurecido y, abandonando el conocimiento, se transforme en un traidor de la virtud” (TP 24).

“El fruto de las siembras son las gavillas, el de las virtudes, el conocimiento. Y así como los trabajos de la siembra se realizan entre lágrimas, los de la cosecha se llevan a cabo en la alegría” (cf. Sal 125 [126],5-6; TP 90).

La apátheia restaura, pues, el estado natural del alma y hace que cada una de sus partes funcione según la meta que le es propia. Pero la apátheia no es un fin en sí misma, sino que es la condición para la contemplación.

 


[1] Cf. sus obras Antirretikós (ed. del texto siríaco de W. Frankenberg, Evagrius Ponticus, Berlin, Weidmannsche Buchhandlung, 1912, pp. 472-544 (Abhandlung der Königlichen Gesellschaft der Wisenschaften zu Göttingen, Philologisch-Historische Klasse, Neue Folge, Band XIII, no. 2); Tratado sobre los malos pensamientos (PG 79,1200-1233; PG 40,1240-1244); edición del texto griego con trad. francesa en SCh 438, Paris, Eds. du Cerf, 1998; Sobre los ocho espíritus de maldad (o malicia; PG 79,1145-1164).

[2] A veces, la cólera y la tristeza aparecen en orden inverso.

[3] La alusión es a Gregorio de Nacianzo. Además, Evagrio se apoya en textos de un filósofo peripatético anónimo y de Andrónico de Rodas (activo en el s. I aJC).