Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [2]

JESUCRISTO, FUNDAMENTO Y META DE LA VIDA MONÁSTICA CRISTIANA

1. No hay monacato cristiano sin fe en Jesucristo. Él es el Hijo de Dios, hecho hombre, muerto y resucitado por nuestra salvación.

2. Crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, para que creyendo tengan vida en su nombre (Jn 20,31).

3. Les transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce (1 Co 15,3-5).

4. Jesucristo nos enseña. De Él aprendemos el verdadero amor, la obediencia, la humildad y la relación que debe darse entre nosotros y el Padre; y de cada uno de nosotros para con los hermanos.

5. En verdad, en verdad les digo: Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere da mucho fruto. El que ama su vida, la pierde; el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna... Padre, glorifica tu Nombre (Jn 12,24-25. 28a).

6. En Jesús no hay incoherencia entre lo que dice y lo que hace.

7. Quedaban asombrados de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad (Mc 1,22).

8. Se le acercó un leproso suplicándole y, puesto de rodillas, le dice: “Si quieres, puedes limpiarme”. Compadecido de él, Jesús extendió su mano, le tocó y le dijo: “Quiero, queda limpio”. Y al instante desapareció la lepra y quedó limpio (Mc 1,40-42).

9. Jesús es camino, verdad y vida.

10. No se turbe su corazón. Crean en Dios; crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, se los habría dicho; porque voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré y los tomaré conmigo, para que donde esté yo estén también ustedes. Y donde yo voy saben el camino. Le dice Tomás: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” Le dice Jesús: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocen a mí, conocerán también a mi Padre. Desde ahora le conocen y le han visto” (Jn 14,1-7).

Leer:

Cuadernos Monásticos n. 27 (1973): todo el número está dedicado al Evangelio y la vida monástica.

https://www.surco.org/cuadmon/cuadernos-monasticos-no-27

Cuadernos Monásticos n. 70-71 (1984): varios artículos tratan sobre Cristo y la vida monástica (Congreso de Abades Benedictinos de 1984).

https://www.surco.org/cuadmon/cuadernos-monasticos-no-70-71

Matrología, pp. 89-108.

 

EL SEGUIMIENTO DE CRISTO ANTES DE LA APARICIÓN DEL MONACATO CRISTIANO

1. Después de la Pascua de Cristo (el año 30 de nuestra era), debemos tomar en cuenta la enseñanza de los Apóstoles: los testigos de la resurrección del Señor.

2. Cíñanse los lomos de su espíritu, sean sobrios, pongan toda su esperanza en la gracia que se les procurará mediante la Revelación de Jesucristo. Como hijos obedientes no se amolden a las apetencias de antes, del tiempo de su ignorancia, más bien, así como el que los ha llamado es santo, también ustedes sean santos en toda su conducta, como dice la Escritura: “Serán santos, porque santo soy yo” (1 P 1,13-16).

3. Los exhortamos, hermanos, a que continúen practicando el amor mutuo más y más, y a que ambicionen vivir en tranquilidad, ocupándose en sus asuntos, y trabajando con sus manos, como se lo tenemos mandado, a fin de que vivan dignamente ante los de afuera, y no necesiten de nadie... Si creemos que Jesús murió y resucitó, de la misma manera Dios llevará consigo a quienes murieron en Jesús (1 Ts 4,10b-12. 14).

4. Miren qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!... Este es el mensaje que han oído desde el principio: que nos amemos unos a otros... Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos... Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio (1 Jn 3,1. 11. 14. 24).

5. Encontramos un modelo ejemplar de vida en comunidad, aunque ciertamente idealizado, en el cuadro de la Iglesia primitiva que presenta san Lucas en los Hechos de los apóstoles.

6. La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma. Nadie llamaba suyos a los bienes, sino que todo lo tenían en común. Los apóstoles daban testimonio con gran poder de la resurrección del Señor. Y gozaban todos de gran simpatía. No había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que poseían campos o casas los vendían, traían el importe de la venta, y lo ponían a los pies de los apóstoles, y se repartía a cada uno según sus necesidades (Hch 4,32-35)[1].

7. Muchas enseñanzas “prácticas” se hallan en las epístolas paulinas.

8. Estén siempre alegres en el Señor; se los repito, estén alegres. Que su bondad sea conocida de todos los hombres. El Señor está cerca. No se inquieten por cosa alguna; antes bien, en toda ocasión, presenten a Dios sus peticiones, mediante la oración y la súplica, acompañadas de la acción de gracias. Y la paz de Dios, que supera todo conocimiento, custodiará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús (Flp 4,8-9)[2].

9. Las vírgenes y los célibes cristianos de los siglos I-III, eran los que renunciaban al matrimonio para dedicarse totalmente a las “cosas del Señor”.

10. El no casado se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor (1 Co 7,32)[3].

11. La renuncia al matrimonio por el reino de los cielos, no formar una familia de la propia sangre y no tener descendencia física (carnal) por seguir a Jesucristo, pobre y humilde, sólo es posible por vocación, y con la gracia del Señor.

12. “Mediten las Escrituras, ponderen sus mandatos, y hallarán cómo el Verbo divino añade la castidad, a modo de hermosa corona, a todas las otras virtudes, mostrando con esto claramente cuán conveniente y deseable sea presentarse el día de la resurrección con este adorno, sin el cual nadie puede alcanzar las divinas promesas... Quienes practicamos la virginidad, somos quienes ofrecemos este don al Señor. También lo ofrecen los que, unidos en legítimo matrimonio guardan la castidad...”[4].

13. Un gran maestro de espiritualidad y amante de la palabra de Dios: Orígenes, pone las bases de la lectura espiritual de las Sagradas Escrituras.

14. “Tú, pues, mi señor e hijo, aplícate principalmente a la lectura de las Divinas Escrituras: aplícate bien a eso. Porque tenemos necesidad de mucha aplicación cuando leemos los libros divinos, por miedo de pronunciar alguna palabra o de tener algún pensamiento demasiado temerario en relación a ellos. Aplicándote a leerlos con la intención de creer y agradar a Dios, golpea en tu lectura a la puerta de lo que está cerrado y Él te abrirá, el portero del que Jesús dijo: El portero a este le abre (Jn 10,3). Aplicándote a esta lectura divina, busca con rectitud y con una confianza inquebrantable en Dios la inteligencia de las Divinas Escrituras escondida a muchos. No te contentes con golpear y buscar, pues es absolutamente necesario orar para alcanzar la inteligencia de las cosas divinas. Para exhortarnos a eso el Salvador no ha dicho solamente: Golpeen y se les abrirá, y busquen y encontrarán, sino también pidan y se les dará (Mt 7,7; Lc 11,9)”[5].

Leer:

Francisco de B. VIZMANOS, Las vírgenes cristianas de la Iglesia primitiva, Madrid, Biblioteca de Autores cristianos, 1949 (BAC 45).

https://archive.org/details/lasvirgenescrist00vizm/mode/2up

Alfredo LÓPEZ AMAT, El seguimiento radical de Cristo. Esbozo histórico de la vida consagrada, Madrid, Eds. Encuentro, 1987, vol. I, pp. 19-26 (Col. Ensayos, 35).

Alejandro MASOLIVER, Historia del monacato cristiano. I. Desde los orígenes hasta san Benito, Madrid, Eds. Encuentro, 1994, pp. 15-31 (Col. Ensayos, 78).

El seguimiento de Jesucristo. Las primeras comunidades cristianas. Las vírgenes y los ascetas cristianos en Cuadernos Monásticos n. 95 (1990), pp. 493-512.

https://www.surco.org/sites/default/files/cuadmon/disponible_disponible-forma-gratuita/cuadernos-monasticos-95-3810.pdf

Matrología I, pp. 111-116.

 


[1] Cf. Hch 2,1; 2,44-45.

[2] Cf. Ef 6,10-20; Flp 4,8-9; Col 3,5-17; 2 Ts 3,10-15; 1 Tm 6,11-16; 2 Tm 2,22-26; Tt 2,1-10.

[3] Cf. 1 Co 7,1 ss.

[4] Metodio de Olimpo (+ hacia el 311/12), El Banquete 9,4; traducción en Francisco de B. Vizmanos, op. cit., p. 1068.

[5] Orígenes (+ hacia el 253), Carta a Gregorio 4 (3); traducción de J. R. Seibold en Stromata (San Miguel, Buenos Aires) 46 (1990), p. 15.