Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [22]

Afraates y san Efrén son egregios representantes de lo que podríamos denominar, tal vez de forma un tanto simplista, el período de preparación al florecimiento del monacato cristiano en Siria.

Aunque posiblemente no vivieron en una comunidad monástica, ni en una forma eremítica, o semi-eremítica de total separación o aislamiento de la sociedad de su tiempo, sí optaron por una vida célibe, de oración y de completa dedicación al servicio eclesial.

 

2.1. Afraates (primera mitad del s. IV)[1]

La primera mención del “Sabio persa”, como lo llamó la tradición posterior, nos la ofrece Jorge (+ 724), el obispo de los árabes, en la localidad de Hirta, al sur de la Mesopotamia. Reconociendo, al mismo tiempo, en su carta que casi nada era lo que se conocía sobre Afraates[2].

Poco es lo que se sabe de su vida, los datos que de ella tenemos se deducen de la única obra de su autoría que conocemos: las Demostraciones (o Explicaciones).

Afraates probablemente era gentil de nacimiento. Luego de su bautismo, se habría convertido en solitario, o bien en un “hijo del pacto” (o: de la alianza), conforme a la terminología que fue uno de los primeros en adoptar. Estos “hijos del pacto” eran los que, permaneciendo en el mundo, se mantenían célibes, resolución que se convertía para ellos en obligación de por vida.

En sus Demostraciones (o Exposiciones), el autor nos ofrece algunos datos cronológicos: las primeras diez las redactó en el año 337, y las doce siguientes en 344. Estas 22 estaban dispuestas según un acróstico alfabético en conformidad con las letras del alfabeto sirio. En agosto de 345, añadió una vigésima tercera Demostración, “en el quinto año desde en que las iglesias fueron erradicadas”, es decir, en el quinto año de la persecución desencadenada por Sapor II durante su largo reinado (309-379), el 17 de abril de 341. Por tanto, es factible colocar la fecha de la muerte de Afraates después de 345.

“Es posible suponer, afirma Bettiolo, que una misma persona, un gentil llamado Afraates, forma siríaca del persa Farhad o Ferhad, que se hizo cristiano, en el momento del bautismo o del ingreso en el “Pacto” tomara el nombre de Santiago, para ser conocido después más sencillamente como “el sabio (persa)” y miembro con autoridad de los ‘solitarios’ de la Iglesia de Nínive y más tarde obispo”[3].

En la obra de Afraates no se advierten vestigios del credo niceno cuando expone la fe. En cambio, sí está al tanto del advenimiento al poder de Constantino, y considera providencial el hecho, ya que significó el fin de las persecuciones contra los cristianos[4].

 

Las Demostraciones

El principal valor de esta obra de Afraates es su carácter fuertemente bíblico. No se advierte en ella influencia de algún sistema filosófico. Y es en tal sentido que debe comprenderse la declaración final de nuestro Autor: “He escrito estas cosas… como discípulo de las Escrituras Santas” (Demostración 22,26; Patrologia Syriaca, I, p. 1049)[5].

“La doctrina de Afraates es, en cuanto a sus fuentes, puramente cristiana y bíblica; en cuanto a la psicología, soberanamente mesurada y discreta; en lo que respecta a su contenido, está penetrada de uno a otro extremo de la caridad, sea de la caridad de Dios para ser contemplada, sea del amor tributado a Dios, directamente o por el prójimo. Si alguna vez se ha aplicado la palabra ‘optimista’ con justicia a una espiritualidad, es seguramente a la del ‘discípulo de las Santas Escrituras’ que corresponde a ese término. Si fuera necesario caracterizarla brevemente, se podría decir que es la doctrina de la paz, por la fe practicada en el amor de Dios. No por nada Afraates llama a los cristianos con frecuencia ‘los hijos de la paz’, lo cual es para él sinónimo de ‘Hijos del Padre celestial y Hermanos de Cristo Rey’ (Demostración XIV,30)”[6].

 

De las Demostraciones[7]

La fe: construcción de un edificio

«La fe se compone de realidades diversas y su aureola es de variados colores, porque es semejante a un edificio construido con múltiples materiales, que se eleva hacia lo alto.

En los cimientos de un edificio se ponen piedras. En seguida, sobre las piedras, se levanta todo el edificio hasta su culminación.

Así sucede con nuestra fe, toda ella tiene su cimiento en la piedra verdadera, nuestro Señor Jesús el Mesías. La fe se asienta sobre esta piedra, y sobre la fe se levanta todo el edificio hasta su culminación.

El cimiento es la base de todo el edificio. Si alguien accede a la fe, es establecido sobre la piedra, es decir, nuestro Señor Jesús el Mesías. Su edificio no será sacudido por las olas, ni azotado por los vientos, no se caerá, derribado por las tempestades, porque su edificio se asienta sobre la roca de la piedra verdadera.

Si llamo piedra al Mesías, no lo digo por mi propia iniciativa, sino que son los profetas que en primer término lo han llamado piedra.

El hombre comienza por creer, y cuando cree, ama. Cuando ama, espera; cuando espera, es justificado; cuando es justificado, alcanza la culminación, ha llegado a la cumbre.

Cuando todo su edificio ha sido terminado, ha llegado a la culminación y a la cumbre, se convierte en casa y templo de habitación para el Mesías, como lo dice el profeta Jeremías: “El templo del Señor, el templo del Señor, ustedes son el templo del Señor, si hacen hermosos sus caminos y sus acciones” (Jr 7,4. 5). Y también dice por el profeta: “Yo habitaré en ellos y caminaré en ellos” (Lv 26,12; 2 Co 6,16).

Igualmente, el bienaventurado Apóstol afirma: “Ustedes son el templo de Dios y el Espíritu del Mesías habita en ustedes” (1 Co 3,16; 6,19; 2 Co 6,16). Y nuestro Señor, Él mismo dice a sus discípulos: “Ustedes está en mí, y yo estoy en ustedes” (Jn 14,20).

Somos templo de Dios

Cuando nuestra casa se transforma en templo de Dios, entonces el hombre comienza a preocuparse por lo que le pide quien habita el edificio.

Sucede como en una casa en que habita un rey o un hombre de familia noble que ostenta un apellido real. Entonces le son exigidas por el rey todas las insignias de la realeza y todo el servicio exigido por su dignidad real. En efecto, un rey no aloja en una casa que está vacía de todos los bienes, y no habita en ella. Toda una especial ornamentación de la casa es exigida por el rey, de modo que nada le falte. Y si algo falta en la habitación en que habita el rey, el guardián de la casa es entregado a la muerte, por no haber asegurado el servicio del rey.

Así sucede con el hombre que se ha convertido en casa, y casa de habitación para el Mesías: debe proveer a todo lo necesario para el servicio del Mesías que habita en él, a las cosas que le agradan.

Puesto que en primer término ha construido su edificio sobre piedra, es decir el Mesías. Sobre esa piedra se apoya la fe, y sobre la fe se construye todo el edificio.

Para que la casa pueda ser su morada se le exige el ayuno puro, establecido sobre la fe. Se le exige la oración pura, recibida en la fe.

Le es necesario el amor apoyado sobre la fe. Como asimismo las limosnas dadas con fe.

Se le pide la humildad unida a la fe. Que elija para sí la virginidad, querida en la fe. Que viva en la santidad, plantada sobre la fe.

Que medite la sabiduría, encontrada en la fe. Y que pida para sí la condición de extranjero, beneficiosa en la fe.

Se requiere de él la simplicidad, que va unida a la fe. Y que pida la paciencia, que se cumple por la fe.

Que se haga perspicaz por la bondad, que se adquiere por la fe. Y que ame la penitencia que aparece con la fe. Que también pida la pureza, custodiada por la fe.

Todas estas cosas las requiere la fe, que se apoya sobre la roca de la verdadera piedra, es decir el Mesías. Son las obras exigidas por el rey Mesías, que habita en los hombres construidos con tales obras.

El Mesías: piedra angular

Tú podrías preguntarme: si el Mesías ha sido puesto como cimiento, ¿cómo el Mesías puede habitar en el edificio, cuando este ha sido terminado?

El bienaventurado Apóstol nos ofrece dos argumentos: “Yo, como un sabio arquitecto, he puesto el cimiento” (1 Co 3,10), y explica claramente qué es el cimiento, diciendo: “Nadie puede poner otro cimiento diferente al que ha sido puesto, es decir Jesús el Mesías” (1 Co 3,11).

Y que además el Mesías habita en el edificio, lo apoya la palabra de Jeremías, que llama a los hombres “templos” en los que Dios habita.

El Apóstol dice: “El espíritu del Mesías habita en ustedes” (1 Co 3,16); y nuestro Señor: “Yo y el Padre somos uno” (Jn 10,30). Desde entonces se cumple la palabra según la cual el Mesías habita en los hombres que creen en Él, y Él mismo es el cimiento sobre el que se eleva todo el edificio.

David fue el primero en decir: “La piedra que los constructores rechazaron, ha llegado fundamento del edificio” (Sal 117 [118],22).

¿Cuándo los constructores rechazaron esa piedra, es decir al Mesías? Cuando lo rechazaron ante Pilatos diciendo: “Que éste no reine sobre nosotros” (Jn 19,15). O también según la parábola dicha por el Señor: «Un hombre de alto rango viajó para recibir el reino, y volver para reina sobre ellos. Pero estos enviaron mensajeros tras de él para decir: “Que no reine sobre nosotros”» (Lc 19,13. 14). Fue así que rechazaron la piedra, es decir la Mesías.

Y cómo llegó a ser la cumbre del edificio, sino elevándose sobre el edificio de los pueblos, puesto que es sobre Él que se alza toda edificación. (…)

También Isaías profetizó anticipadamente sobre esa piedra: “Así habla el Señor: He aquí que pongo en Sión una piedra elegida, como una columna preciosa, apoyo del muro de fundación” Is 28,16). Y agrega: “Quienquiera que cree en Él no se moverá, pero quien caiga sobre esa piedra se quebrará, y sobre quien ella caiga, lo aplastará” (Is 28,16; Mt 21,44).

En efecto, cayó sobre ella el pueblo de la casa de Israel, y su fisura es eterna. Cayó asimismo sobre el ídolo y lo destruyó, pero los pueblos que en ella creyeron, no vacilarán.

El Mesías piedra “principal” de concordia y amor

Daniel habla de esa piedra que es el Mesías. Dice: “Una piedra ha sido cortada de la montaña sin la ayuda de manos humanas, ella ha golpeado al ídolo, y toda la tierra se ha llenado con ella” (cf. Dn 2,34. 35). Esta piedra muestra por anticipado al Mesías, de quien está llena la tierra. (…)

Porque de la fe del Mesías están llenos los confines de la tierra, como lo dice David: “Sobre toda la tierra se oye el eco de la voz del Evangelio del Mesías” (Sal 18 [19],5 [4]). Y cuando Él envía sus discípulos, he aquí lo que les dice: “Vayan, enseñen a todos los pueblos, para que crean en mí” (Mt 28,19).

También el profeta Zacarías ha profetizado sobre esta piedra que es el Mesías: “He visto una piedra principal, de concordia y amor” (Za 4,7). ¿Por qué dice “principal”? Porque está junto a su Padre desde el principio. Piedra de amor: ya que al venir al mundo mandó a sus discípulos: “Éste es mi mandamiento, que se amen los unos a los otros” (Jn 15,12). Y de nuevo: “Yo los llamo amigos” (Jn 15,15). Por su parte, el bienaventurado Apóstol afirma: “Dios nos ha amado en el amor de su Hijo. El Mesías verdaderamente nos ha amado y se ha entregado por nosotros” (Ef 2,4. 5. 2).

A continuación, explica claramente de qué piedra se trata: “Sobre esta piedra, he aquí que abro siete ojos” (Za 3,9). Y cuáles son esos siete ojos, abiertos sobre la piedra, sino el Espíritu de Dios que permanece sobre el Mesías, con sus siete atributos, tal como lo dice el profeta Isaías: “Reposará y permanecerá sobre él el Espíritu de Dios, espíritu de sabiduría y de inteligencia, de consejo y de fuerza, de ciencia y de temor del Señor” (Is 11,1. 2). Son los siete ojos abiertos sobre la piedra, y son los siete ojos del Señor que miran toda la tierra (cf. Za 4,10). (…)

La Palabra y el Decir del Señor, es el Mesías, como está escrito al inicio del Evangelio de nuestro Vivificador: “Al principio existía la Palabra” (Jn 1,1). Y allí de da testimonio sobre la luz: “Esa luz brillaba en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron” (Jn 1,5).

¿Cuál es esa luz que brillaba en las tinieblas y que las tinieblas no la recibieron, sino el Mesías cuya luz estaba en medio del pueblo de la casa de Israel? Pero el pueblo de la casa de Israel no recibió la luz del Mesías, puesto que no creyeron en Él, como está escrito: “Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron” (Jn 1,11).

Por eso dice a sus discípulos: “Lo que les digo en las tinieblas, ustedes proclámenlo en la luz” (Mt 10,27). Que la luz de ustedes brille entre los pueblos, ya que han recibido la luz del Mesías, que es luz para los pueblos (cf. Mt 5t,16)».

 

Lectura:

Juan M. de la Torre, Literatura cristiana antigua, entornos y contenidos. IV. Desde el constantinismo a la formación de la teología bizantina. Antología de textos, Zamora, Ediciones Monte Casino, 2002, pp. 296-316 (Caminar con los Santos Padres, 4).

 


[2] Cf. Paolo Bettiolo, Letteratura siriaca, en Angelo Di Berardino (Ed.) Patrologia. Vol. V. Dal Concilio di Calcedonia (451) a Giovanni Damasceno (+ 750). I Padri Orientali, Genova, Marietti 1820, p. 443.

[3] Art. Afraates, en C. Leonardi, A. Riccardi, G. Zani (Dirs.), Diccionario de los Santos, Vol. I, Madrid, San Pablo 2000, pp. 72-75 (la cita: p. 75).

[5] Cf. I. Hausherr, art. Aphraate (Afrahat), en Dictionnaire de Spiritualité, T. I, Paris, Beauchesne, 1937, col. 746.

[6] Idem, Ibid., col. 751.

[7] I,2-6. 8-10, en la edición de SCh 349, Paris, Eds. du Cerf, 1988, pp. 208 ss.; §§ 2-10 en el texto sirio editado por Ioannes Parisot, en la Patrologia Syriaca, Paris, Firmin-Didot, T. 1, pp. 5-24.