Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [23]

2.2. San Efrén Diácono (+ 373)

La única fecha segura es la de su muerte: 9 de junio del 373, en Edesa; allí había llegado procedente de Nísibe, poco después de la cesión de la ciudad, sin habitantes, a Shapur (o Sapor) II de parte del emperador Joviano (+ 364), en el año 363[1].

«La imagen, y hasta la obra de san Efrén que nos ha llegado a través de la tradición hagiográfica bizantina está decididamente distorsionada, y su influencia llegó a condicionar decisivamente la misma tradición siríaca de su biografía y de sus obras…

El mismo san Efrén, en sus obras indiscutiblemente auténticas, que es de donde provienen la mayoría de los datos seguros que poseemos sobre él, se refiere a sí mismo como a un “pastor” (allana)...

Nada impide pensar, pues, que san Efrén haya sido un diácono, como insiste la tradición posterior. Es, en cambio, muy probable que haya vivido en un “aprisco de pastores” (dayra d’allanæ), como él mismo los llamaba, a quienes trabajaban juntos al servicio del Pastor principal (raya) de la comunidad local, el obispo. Este dayra no era un monasterio en el sentido que nosotros damos a esta palabra, ni en el sentido que posteriormente tendría el término dayra en siríaco. Pero todo hace pensar que san Efrén vivió entre sus compañeros “pastores” como un célibe (yihidaya) al servicio de Dios, y quizás como un miembro de los “hijos de la alianza” (bnay qyama). En todo caso, estaba en estrecha relación con ellos»[2].

 

Sus obras[3]

«San Efrén fue y es apreciado sobre todo por su producción poética. Esta se compone de dos géneros: los memre (en singular memra), y los madrase (en singular, madrasa). El término siríaco memra equivale por entero al griego logos, y puede usarse para designar todo tipo de discursos. En la tradición siríaca, sin embargo, vino a designar especialmente a un tipo de composición versificada que se suele conocer en Occidente como “homilía métrica”»[4].

Los memre eran “verdaderas homilías, y su lugar propio era sin duda la liturgia. La estructura poética tenía probablemente una finalidad pastoral, ya que facilitaba el que pudieran ser aprendidos de memoria y recitados por otros, y por lo tanto su difusión. Acaso no eran cantados (y si lo eran, habrían de serlo en una especie de tono recitativo), sino recitados o leídos”[5].

«En cuanto a los madrase o “himnos”, como se les suele llamar en Occidente, a falta de un término más adecuado, constituyen la parte más importante de la obra de san Efrén… El madrasa era ciertamente cantado, aunque las melodías originales se han perdido. Desde el punto de vista formal, se caracteriza por un número variable de estrofas de igual estructura métrica, acompañadas de un “responsorio” o estribillo que se repetía después de cada estrofa. La estructura métrica de las estrofas varía extraordinariamente de un himno a otro. San Efrén emplea más de cincuenta tipos de estrofas diferentes, desde las muy sencillas y obvias (como, por ejemplo, estrofas de tres versos de cinco sílabas), hasta otras extraordinariamente complejas»[6].

 

Himno: Sobre la Resurrección II[7]

 

1. Tu ley fue una montura para mí,

que me dio a conocer el Paraíso.

Tu cruz ha sido para mí una llave

que me ha abierto el Paraíso.

Del jardín de las delicias traje

-fui a recoger del Paraíso-

rosas y flores dotadas de palabra.

¡Mira! ¡Están esparcidas en medio de tu fiesta,

en los cantares, sobre la gente!

¡Bendito el que nos ha dado las coronas y ha sido coronado!


 

2. ¡Esta es la fiesta de la alegría, 


toda ella bocas y lenguas!

Hombres y mujeres castos son en ella

trompetas y clarines.

Los jóvenes, las muchachas son en ella

cítaras y arpas.

Las voces se entrelazan con las voces

y ascienden, y llegan todas al cielo,

para dar gloria al Señor de la gloria.

¡Bendito Aquél, por quien han roto a tronar los silenciosos!

 

3. La tierra resuena desde abajo,

y el cielo retumba desde arriba.

Nisán ha mezclado las voces con las voces,

las celestiales con las terrenas.
Se han mezclado las voces de la Santa Iglesia

con los truenos de la divinidad.

Y con las brillantes luces de sus antorchas

se ha mezclado el fulgor de los relámpagos;

junto con la lluvia, el llanto por la Pasión;

junto con los pastos nuevos, el ayuno Pascual. 


 

4. Así de gozosas resonaban en el arca

todas las voces de las bocas todas.

Fuera de ella, las terribles olas; dentro de ella, las voces apacibles.

Las lenguas, en dos coros, 


cantaban allí al unísono, limpiamente.

Símbolo de ésta nuestra fiesta,

en que los célibes y las vírgenes castamente cantan

la gloria del Señor del arca.

 

5. En esta fiesta, en la que cada cual presenta

sus buenas obras como ofrendas,

yo andaba triste, mi Señor, de ver

lo pobremente que me presentaba.

Mi mente se refrescó con tu rocío,

que ha sido para ella otro Nisán.

Sus flores fueron mis dones.

Aquí están entrelazadas en coronas,

colocadas a la puerta del oído.

¡Bendita la nube que descargó sobre mí! 


 

6. ¡Quién ha visto flores que broten

de libros, como de las montañas!

Las mujeres castas han llenado con ellas

los anchos senos del espíritu.

Y he aquí que la voz, igual que el sol,

ha esparcido las flores sobre las multitudes.

Son santos capullos,

recíbanlos en sus sentidos,

como Nuestro Señor el ungüento de María.

¡Bendito el que se dejó coronar por sus siervas!

 

7. Los niños esparcieron ante el Rey

flores preciosas, dotadas de palabra.

El asno se coronó con ellas,

de ellas se llenó el camino.

Esparcieron las aclamaciones como flores;

los cantares, como lirios.

También ahora, en medio de la fiesta,

la multitud de los niños ha esparcido para ti, Señor,

como flores, los himnos.

¡Bendito el que ha sido aclamado por los jóvenes! 


 

8. Nuestros oídos son como un seno

lleno de las voces de los niños.

Llenos están, Señor, los senos de nuestros oídos

con los cantos de las mujeres castas.

¡Que cada cual recoja toda clase de flores,

y con las de los demás mezcle las que él tiene,

las flores que brotaron en su tierra,

para que podamos tejer una gran corona

a esta fiesta grande!

¡Bendito el que nos ha llamado a tejerla! 


 

9. Que el pastor supremo entrelace en ella

sus explicaciones, como si fueran flores.

Los sacerdotes sus proezas,

los diáconos sus lecturas,

los jóvenes sus cantos de alabanza,

los niños sus cantares,

las mujeres castas sus himnos,

los nobles sus acciones,

los sencillos sus buenas costumbres.

¡Bendito el que nos ha multiplicado las hazañas!

 

10. ¡Invitemos, llamemos a los triunfadores,

los mártires, los apóstoles, los profetas!

Igual que ellos son sus capullos,

sus flores son espléndidas,

magníficas sus rosas,

de dulce aroma sus lirios.

Del jardín de las delicias recogen

y traen las flores más bellas
para coronar nuestra hermosa fiesta.

¡A ti, Señor, la alabanza de los bienaventurados! 


 

11. Las coronas de los reyes se han quedado pobres

ante la riqueza de tu corona;

en ella está entretejida la pureza,

resplandece en ella la fe,

brilla en ella la humildad,

está la castidad mezclada en ella,

y en ella reluce el amor grande.

¡Gran Rey de las flores,

qué perfecta es la belleza de tu corona!

¡Bendito el que nos ha concedido tejerla! 


 

12. ¡Acepta, Rey nuestro, nuestra ofrenda,

y danos a cambio de ella la salvación!

Pacifica las tierras devastadas,

reconstruye las Iglesias quemadas,

para que, cuando haya llegado la paz grande,

te podamos tejer una gran corona,

de todas partes viniendo

guirnaldas y flores
para coronar al Señor de la paz.


¡Bendito el que lo ha hecho, el que lo puede hacer! 


 

Lectura:

Juan M. de la Torre, Literatura cristiana antigua, entornos y contenidos. IV. Desde el constantinismo a la formación de la teología bizantina. Antología de textos, Zamora, Ediciones Monte Casino, 2002, pp. 317-335 (Caminar con los Santos Padres, 4).

 


[1] P. Bettiolo, Letteratura…, p. 445.

[2] Mons. Francisco Javier Martínez, Los Himnos de San Efrén de Nisibe y la Liturgia de la Iglesia en lengua siríaca: https://www.arzobispodegranada.es/pdfs/40.pdf, pp. 13. 17-18.

[3] Para una visión más detallada de la producción de san Efrén, cf. Edmond Beck, art. Éphrem le syrien (saint), en Dictionnaire de Spiritualité, T. 4, Paris, Beauchesne, 1960, cols. 790-791 (y también, para las versiones, cols. 800 ss.)

[4] Francisco Javier Martínez, Los Himnos…, p. 19.

[5] Ibid.

[6] Ibid., pp. 19-20.

[7] Trad. en ibid., pp. 52-56.