Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [24]

2.3. Libro de los Grados (fines del s. IV)

El Libro de las ascensiones (o subidas) o grados es una obra bastante voluminosa, constituida por treinta homilías (memre), cuyo autor nos es desconocido. El autor anónimo da muy pocos detalles históricos o geográficos, pero una referencia apunta a ubicarlo a él y a su comunidad espiritual en el noreste de Irak cerca del río Pequeño Zab.

El Liber Graduum posiblemente fue escrito por alguien que vivió en Persia durante la persecución de Sapor, quien reinó desde 339 a 379 d.C. Más precisamente se podría afirmar que el autor estuvo activo en un tiempo posterior a la muerte de san Efrén (+ 373), pero anterior a la difusión de la versión siríaca de la Biblia, la Peshitta (inicios del s. V). Estaríamos, por tanto, en torno a una fecha que va del año 400 al 430 aproximadamente.

Las treinta homilías van precedidas por un ensayo introductorio sobre la vida espiritual y la búsqueda de la perfección. La colección no tiene un título siríaco. Su actual título en latín (Liber Graduum) le fue dado en la edición crítica de 1926, en referencia a los pasos ascéticos que uno debe subir a lo largo del empinado camino hacia la ciudad celestial de Cristo. Este término se menciona solo en dos homilías, números 19 y 20.

El Liber graduum es una de las obras en lengua siríaca más antiguas, y uno de los tratados, junto con las Demostraciones, más específicamente consagrados a la vida espiritual. “Un testimonio precioso de la espiritualidad más arcaica de la Iglesia de Mesopotamia”[1].

En el Liber a un grupo se le denomina “los perfectos”, a quienes se aplican los mandamientos principales más estrictos. El otro grupo se llama “los rectos”, que serían el resto de la comunidad, a quienes solo se aplican mandamientos menores; que se describen como leche espiritual por oposición al alimento sólido de los mandamientos principales (cf. Hb 5,13-14). Los mandamientos menores son aquellos que dimanan de la Regla de Oro (Mt 7,12 y Lc 6,31), y representan una vida dedicada a la caridad. Por otro lado, se espera que “los perfectos” renuncien a la familia, el matrimonio y la propiedad para recibir el bautismo de fuego y del Espíritu.

La enseñanza del Libro de los Grados ha sido descrita como mesaliana por algunos estudiosos. Sin embargo, se ha demostrado que el énfasis puesto en la estructura de la Iglesia visible (particularmente fuerte en la homilía o discurso 12) muestra que su doctrina está bastante alejada del mesalianismo.

Los títulos de las homilías (memra) son:

 1: Exposición de los mandamientos

 2: Sobre aquellos que quieren ser perfectos

 3: Sobre ministerio físico y espiritual.

 4: Sobre las verduras para los enfermos.

 5: Sobre la leche de los niños

 6: Sobre aquellos que se perfeccionan y continúan creciendo

 7: Sobre los mandamientos de los rectos

 8: Sobre quien da todo lo que tenía para alimentar a los pobres

 9: Sobre el amor de los rectos y de los profetas.

 10: Sobre la ventaja que tenemos cuando soportamos cosas malas

 11: Sobre el escuchar las Escrituras cuando la ley se lee ante nosotros

 12: Sobre el ministerio oculto y público de la Iglesia.

 13: Sobre los caminos de los rectos

 14: Sobre lo recto y lo perfecto

 15: Sobre el deseo marital de Adán

 16: Sobre cómo una persona puede superar los mandamientos principales

 17: Sobre los sufrimientos de nuestro Señor, que se convirtió a través de ellos en un ejemplo para nosotros

 18: Sobre las lágrimas de oración

 19: Sobre el discernimiento del camino de la perfección.

 20: Sobre los difíciles pasos que se encuentran en el camino de la ciudad de nuestro Señor

 21: Sobre el árbol de Adán

 22: Sobre los juicios, que no salvan a quienes los observan

 23: Sobre Satanás, el faraón y los israelitas.

 24: Sobre el arrepentimiento

 25: Sobre la voz de Dios y de Satanás

 26: Sobre la segunda ley que el Señor estableció para Adán

 27: Sobre la historia del ladrón que se salva

 28: Sobre el hecho de que el alma humana no es idéntica a la sangre

 29: Sobre la disciplina del cuerpo

 30: Sobre los mandamientos de la fe y el amor de los solitarios[2].

 

Del Libro de los grados

Sobre las lágrimas en la oración[3]

«Comprende, hijo mío. lo que voy a decirte: hay lágrimas de tristeza y lágrimas de alegría, como dijo el Señor: “Llorarán, se lamentarán y se dolerán mientras el mundo se alegrará; pero al cabo de un tiempo, sus lágrimas se transformarán en alegría” (Jn 16,20). Hay hombres que lloran por sus pecados; y hacen bien, como está escrito: “La tristeza de Dios es causa de compunción del alma, que lleva a la vida” (2 Co 7,10). Y hay hombres que, una vez vencido el pecado, se desembarazan de los demás pecados, practican el bien y lloran de alegría por el amor que sienten al Señor, el cual agracia profusamente a quienes ha liberado de la esclavitud de la muerte haciéndolos libres, porque se humillaron y cumplieron sus mandamientos, como dijo David: “Este es el día que hizo el Señor: vengan, saltemos de gozo y alegrémonos en él. ¡Señor, líbranos! ¡Señor, sálvanos!” (Sal 117 [118],24-25). ¡Alegrémonos y gocemos en este día de nuestra salvación! Y cuando alguien es liberado de la esclavitud de la muerte, sirve al Señor con gozo, no con tristeza, como lo expuso David: “Sirvan al Señor con alegría, entren en su presencia con vítores” (Sal 99 [100],2). Y en otro lugar dijo: “Sirvan al Señor con temor y ríndanle homenaje temblando: besen al hijo, no sea que se irrite y vayan a la ruina, porque todavía por un poco arde su ira y arden todos los impíos; verdaderamente dichosos todos los que confían en Él” (Sal 2,11-12) en este mundo, porque los salva; entonces al salir de este mundo alcanzan la perfección y con Él serán glorificados en su día grande y terrible.

En lo referente a las lágrimas, sobre las cuales elaboré este discurso, hay quienes lloran sobre un amigo, que se ausenta y a quien aman. Si alguien está alejado de su amigo, llora por amor o por tristeza; pero al ver a su amigo llora al encontrarse con él y las lágrimas saltan hasta su cuello; lo puede comprobar cualquiera que esté presente. ¿Acaso no es evidente a cualquiera que esas lágrimas son de alegría, porque viendo a su amigo que no esperaba ver, llora y solloza con abundantes lagrimas? De modo semejante, los pecadores alejados del Señor y de su justicia lloran de tristeza, como el hombre alejado de su amigo se duele y llora por él. Ellos se duelen también por sus pecados, porque temen el juicio del Señor, y lloran, para que se compadezca de ellos y para que Dios les perdone; y si renunciaran a sus pecados y fueren justificados, se acercarán al Señor y su llanto se convertirá en alegría; y cuando estuvieren sin pecado y liberados de los pecados, llorarán con gozo al encuentro del Señor, como el hombre que ve al amigo que no esperaba ver, y cayendo sobre su cuello solloza con lágrimas gozosas. Por nuestra parte debemos hacer lo posible en permanecer inmunes al pecado, rogando al Señor, para que nos libre siempre de ellos, como dijo Pablo: “¡Ay de mí, hombre miserable! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Solo la gracia de Dios por el Señor Jesucristo” (Rm 7,24-25).

Por tanto, dejemos todas las cosas visibles, porque son caducas, y apartémonos de los pecados externos; cercenados los pecados visibles levantémonos contra el pecado, que habita en nosotros, en el interior, como son los pensamientos perversos, que clavan el pecado en medio del corazón, y con decisión corramos al combate declarado para nosotros y decidamos la lucha con la oración, como el Señor nos mostró delante de nosotros a Jesús que “ofreció oraciones y súplicas con grandes gritos y abundantes lágrimas a aquel que podía salvarlo de la muerte. Fue escuchado y alcanzó la perfección” (Hb 5,7). A nosotros nos enseñó el Señor estas cosas, para que después de librarnos de pecados manifiestos, nos entreguemos al combate de la oración, como dijo e hizo el Señor. Pablo expresó a los hermanos en el Señor: “Epafras combatió en su oración por ustedes” (Col 4,12); esto significa, que el Señor gritó con vehemencia y “se afligió en la oración hasta sudar como gotas de sangre” (Lc 22,44) y derramó abundantes lágrimas mostrándonos por ello a nosotros que debemos ofrecer oraciones y súplicas libres de pecados externos y delitos manifiestos. Por tanto, aflijámonos en la oración como Él, y derramemos lágrimas como Él mismo las derramó; clamemos con ahínco y nos librará del pecado, que se arraiga en el corazón, y de los malos pensamientos, que nos provocan en nuestro interior. De este modo, “conviene a los varones en Cristo en cualquier lugar alzar sus manos limpias de ira y sin malos pensamientos” (1 Tm 2,8) y derramar lágrimas por amor a Dios y por amor a uno mismo, aguardando la visión cara a cara, como está escrito: “Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios” (Mt 5,8); ciertamente, en este mundo, como dijo Pablo, contemplaremos al Señor como en el espejo de nuestro corazón, aunque en la otra vida será cara a cara.

El corazón, pues, no está todavía purificado, a menos que evacue el pecado oculto de sí mismo y desaparezcan los pensamientos malos, que ocultos y camuflados se encuentran en la misma fuerza del pecado, que moran en uno mismo; no se arrancará el pecado de nuestro corazón ni desaparecerán los malos pensamientos y sus frutos, si no oramos como oró el Señor y todos sus enviados. Cuando oremos al Señor en el gozo de nuestro corazón nos alegraremos por ello desde nuestros labios hasta lo más íntimo: nos alegraremos íntimamente cuando nuestro corazón no nos acuse de pecado y cuando, a rostro descubierto, estemos delante del Señor habiendo cumplido todos sus mandamientos. Nos alegraremos, no obstante, como dijo David: “Se alegrará en ti mi corazón, Señor, de aquellas cosas que temen tu nombre; te alabaré Señor y Dios mío con todo mi corazón y glorificaré tu nombre para siempre, por tu gran misericordia para conmigo y porque me libraste del abismo profundo” (Sal 85 [86],11-13). Ves cómo liberó Dios a nuestros padres de las manos del Averno y cómo se alegraron sus corazones en el Señor y de aquellas cosas que veneran su nombre, como también dijo María: “Enaltece mi alma al Señor y se alegró mi espíritu en Dios mi salvador, porque ha mirado la humildad de su sierva” (Lc 1,46-48). Ves cómo se alegró su espíritu interiormente y se alborozó en su mente, porque halló gracia (Lc 1,48) y misericordia delante del Señor.

Sea así nuestra ley buscando la perfección; y oída la voz de la verdad y de la misericordia hagamos para Él buena tierra, que introducidos en nosotros los nervios y fijadas en nuestra alma las raíces del treinta, el sesenta y el ciento por uno dé fruto. Así, no le presentaremos una tierra de abrojos no sofocaremos la simiente de la verdad, y nosotros mismos no nos sentiremos asfixiados y excluidos de la salvación en el día del juicio del Señor; para que no seamos en el camino presa del Maligno, que nada devuelve, procura que nadie guarde la semilla en sí mismo; además, vienen los pájaros se llevan la semilla y ya no crece. Por la misma razón no estemos endurecidos, no sea que una palabra de vida se adentre en nosotros y establezca ahí un fundamento, y después el Maligno arrebate la buena semilla de nuestra tierra; tampoco se aparte nuestra mente de la ciencia, como si fuera tierra suelta, cuya semilla se seca nada más salir el sol, y no llega a germinar. Demos frutos sabrosos, para que a los hijos que maduran haciendo la perfecta y sugerente voluntad de Dios no nos sequemos ante el nuevo sol de justicia (Mt 13,3-9. 19-23), sol de misericordia, cuyas alas llevan la curación. Por tanto, una vez que oigamos la voz para conversar con el Señor y su anuncio que nos llama, y adquirida la perfección, consista nuestra ley en imitar a todos estos y decir: “¿Por qué no somos como ellos, cuando ellos mismos fueron como nosotros?”. Oigamos también a Pablo decir: “He despreciado todo lo visible, que lo estimo como a estiércol” (Flp 23,8), toda ganancia que aquí se ambiciona, para que no me acompañe en aquella vida de verdad y de gloria. “Sean mis imitadores” (Flp 3,17), pues yo era semejante a ustedes. Ves, si lo queremos, podemos ser como Pablo».

 


[1] Antoine Guillaumont, art. Liber graduum, en Dictionnaire de Spiritualité, T. 9, Paris, Beauchesne, 1976, col. 750; cf. La Tradición, pp. 296-299; https://gedsh.bethmardutho.org/Book-of-Steps#.

[2] Cf. Robert A. Kitchen, “Book of Steps,” en Gorgias Encyclopedic Dictionary of the Syriac Heritage: Electronic Edition, editada por: Sebastian P. Brock, Aaron M. Butts, George A. Kiraz y Lucas Van Rompay, https://gedsh.bethmardutho.org/Book-of-Steps; P. Bettiolo, Letteratura…, pp. 449-450

[3] Homilía 18,1-5; trad. de Juan M. de la Torre, Literatura cristiana antigua, entornos y contenidos. IV. Desde el constantinismo a la formación de la teología bizantina. Antología de textos, Zamora, Ediciones Monte Casino, 2002, pp. 283-286 (Caminar con los Santos Padres, 4); ed. de Michael Kmosko en Patrologia Syriaca, t. I,3, Paris: Firmin-Didot et Socii, 1926, cols. 431-444.