Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [25]

2.4. Juan de Apamea (primera mitad del siglo V)

«Partiendo de las obras atribuidas a Juan el Solitario, o de los estudios hechos hasta ahora, no nos es posible conocer ninguna fecha ni ningún dato biográfico de nuestro autor. El año 581 es un “terminus ad quem”, puesto que es la fecha de los manuscritos más antiguos en los que se conservan sus obras... Podría ubicarse hacia el 430-450, considerándolo como un autor pre-calcedoniano, simpatizante de la línea teológica próxima a Cirilo de Alejandría, de la escuela de Edesa… Juan el Solitario es el autor que llena el silencio literario siríaco que va de la muerte de Efrén (373) hasta la de Filoxeno de Mabug (523).

Por lo que se refiere al ámbito geográfico y doctrinal en el que Juan el Solitario vivió, sabemos, por una parte, a través de una de sus cartas, que su comunidad se encontraba en un medio ascético próximo a Antioquía, aunque no cita el nombre concreto de esta ciudad; por otra parte, en el tercer tratado cristológico dirigido a Tommasios, Juan el Solitario enumera tres grupos heréticos: arrianos, docetas y nestorianos; este hecho nos sitúa, posiblemente en la época de transición del dogma cristológico, después del inicio de la crisis nestoriana (428), y antes de la declaración difisita de Calcedonia (451).

Juan el Solitario es un autor que manifiesta un buen conocimiento de la psicología humana, de la física, y sobretodo tiene una predilección por la medicina. En la mayoría de sus obras se servirá de un lenguaje de tipo medicinal -solidaridad de los miembros del cuerpo hacia un miembro que sufre, acción del médico para curar el miembro doliente- para ilustrar la vida en la comunidad monástica o en la Iglesia. Juan el Solitario, además, se sirve a menudo del tema de la esperanza del mundo futuro, una esperanza que contiene todos los bienes prometidos por Dios: resurrección de los muertos, comunión con Dios, vida con los ángeles...

Las diversas aproximaciones hechas hasta ahora nos colocan ante un personaje importante de la literatura siríaca, con un abundante corpus de obras, aunque estas obras no han facilitado hasta ahora casi ningún dato biográfico concreto que permita hacer una precisión más clara del autor. Como ocurre a menudo en la literatura monástica, más que con un autor preciso y determinado, nos encontramos aquí con un grupo de obras, la casi totalidad de ellas de carácter ascético, puestas bajo un nombre concreto, unidas no tanto por la identidad del autor como por la unidad de contenido. Sean cartas, exhortaciones, comentarios bíblicos, todos los textos del “corpus de Juan el Solitario” son de contenido ascético-monástico y van dirigidos a monjes o a personas relacionadas con los ambientes ascéticos siríacos»[1].

 

Obras

Editadas:

- Cuatro diálogos sobre el alma (con Eusebio y Eutropio);

- Cartas a Eutropio y Eusebio;

- Carta a Téodulo (sobre el misterio de la vida nueva);

- Carta a Téodulo sobre el bautismo;

- Tratado sobre el misterio del bautismo;

- Carta sobre el reposo, es decir, la perfección;

- Cinco diálogos con Tommasios (sobre la esperanza futura; la economía de la salvación, etc.);

- Carta a Tommasios; Carta de Tommasios al Solitario; Respuesta del Solitario a Tommasios (primer tratado sobre el misterio de la economía de la salvación); Segundo y Tercer tratados).

Permanecen inéditas varias obras que se le atribuyen y se consideran de su autoría[2].

 

Carta a Hesiquio[3]

1. Tú sabes hermano que la separación de un miembro que sufre, ocasiona sufrimiento al resto de los miembros, y aunque no sea patente el mal que le hace sufrir, debes saber que su dolor se expresa por la lengua y que su mal se manifiesta por las lágrimas de los ojos. El sufrimiento sale fuera de su silencio interior mediante la lengua; ella es la llave del granero del cuerpo, y ella misma cierra y abre la puerta de las palabras, y de lo íntimo del corazón, tesoro de la inteligencia, ella abastece a sus amigos con una palabra de sus tesoros. Porque ella es la boca de la inteligencia, por medio de la cual habla la mente, y se hace abogado de su silencio íntimo, y como mediadora sirve a lo que aquella le ordena. Y la lengua comunica a los que la escuchan lo que el corazón, soberano de la inteligencia, le dice. Por lo tanto, por medio de la lengua, llave de la mente, se abre la puerta del corazón; mas sin ella, esta puerta no se abre ni se puede oír sonido alguno. No obstante, sin la voz la inteligencia puede dar a conocer lo que lleva oculto, a través de una palabra silenciosa en forma de escrito, y así su silencio se expresa tácitamente; de todas maneras, aunque la mente guarde sus secretos en el silencio, necesita de la lengua para exponerlos a su oído que escucha todos los sonidos.

2. Mediante esta imagen puedes darte cuenta del dolor que causa tu separación de nosotros; pero ya que tu vida se encuentra en aquel equilibrio que nuestro Señor ha mostrado, encontramos consuelo para nuestra aflicción, y de este modo no te encuentras lejos de nosotros, pues el camino de tu vida está enraizado en el amor de Jesucristo; porque los que están en el amor son una sola cosa por su proximidad, y puesto que en ellos el amor no se encuentra dividido, no hay ningún tipo de discrepancia entre ellos. Los que cumplen la voluntad del Señor Todopoderoso están unidos en un solo cuerpo y tienen una única voluntad.

3. Por lo tanto, hermano, desde que he oído algo de tu vida en Cristo, no ceso de hacer memoria de ti en mis pobres oraciones, e imploro la misericordia de Dios para que te conceda, según le plazca a su grandeza, consolidarte en tu vida. Y tampoco dudo pedirte una admonición en forma de discurso.

4. Debes estar atento, hermano, a todo el curso de tu vida, y fijar en tu mente la meditación de la pasión del Señor, que es la fortaleza espiritual de nuestra alma, y el refugio de la justicia, donde se conserva el trabajo de las buenas obras.

5. Debes estar atento, hermano, a los lazos ocultos, a las emboscadas encubiertas y a las trampas escondidas; y que no te dé fastidio pedir al Señor noche y día que proteja tus pasos para que no caigan en los astutos lazos de Satanás. Y si perseveras en esta oración, Dios no rehusará acceder a tu voluntad.

6. Persevera, hermano, en esta gloria espiritual de la que te ha hecho digno la pasión de nuestro Señor. Y sé vigilante para mantener tu pensamiento lejos de las agitaciones; y debes estar atento a que las cosas gloriosas que tienes en Cristo no se transformen en algún tipo de soberbia. Porque la soberbia no echará en ti sus raíces, si tu mente está ocupada en la meditación de la encarnación de Cristo nuestro Señor, de forma que, por su gracia, puedas hacer fructificar las buenas obras. De hecho, sin su humillación estaríamos muy por debajo de la altura de sus dones, de modo que ni siquiera su recuerdo habría penetrado en nuestra mente. Es por esta razón que él nos ha dado la gracia, de manera que por propia voluntad nos haga entrar en comunión con él mismo y nos conduzca al Padre. Nosotros debemos alabarlo sin cesar; no es que eso sea necesario para (obtener) su gracia, porque nadie puede alabarlo como es debido, ya que su gracia es mayor que la alabanza de todos sus siervos; a nosotros nos basta reconocer que no tenemos la facultad ni para retribuirle ni para alabarlo como es debido. Y aquél que tiene este conocimiento de la gracia de Dios, casi puede decirse de él que lo ha saldado con la gracia.

7. Debes estar atento en este trabajo precioso que tu sostienes, pues el hecho que lo hayas adquirido con fatiga, no significa que sea muy difícil el perderlo. Es más fácil perder que alcanzar; es mucho lo que se alcanza con la ascesis, pero puede perderse en un solo momento. En el momento que menos espera el dueño de la casa, viene el ladrón y orada su casa (Mt 24,43; Lc 12,39). Por eso es necesario que nuestro pensamiento vigile siempre, como el piloto que vigila para conservar su nave. Pues tu sabes bien, hermano, que con gran esfuerzo, con (noches) en vela, privaciones y angustias de todo tipo se logra la construcción completa de una nave, pero en pocos momentos puede acaecer su destrucción; del mismo modo, la pintura de un hombre queda diseñada en una bella imagen mediante la combinación de colores y pigmentos, con talento y arte, pero su destrucción puede suceder en pocos momentos; y no es por el hecho de que fuera pintada con esfuerzo que pueda resultar más difícil el destruirla. Por lo tanto, es más fácil la ruina que la reparación, la destrucción que la edificación.

8. Medita pues aquellas cosas que Cristo, tu maestro te ha prescrito y cree firmemente aquello que te ha trasmitido en su Evangelio.

9. Elude la conversación ociosa, pues las palabras no te son nunca provechosas; porque la verbosidad lleva a la dispersión de la mente.

10. Sé, pues, pacífico y tranquilo en tu monasterio, y no repliques a nada de lo que se te mande, más bien obedece con alegría, y muchos te amarán.

11. Saluda a todo el mundo y sé el primero en el saludo, según lo que enseñó el Señor a los apóstoles, que siempre que entren saluden en primer lugar (cf. Mt 10,12); pues diciendo sólo una palabra, alegras el pensamiento de otro.

12. No te fijes en el resto de los hombres, pues aquellos que no aprendieron aún a ser discípulos, ni siquiera se preocupan de averiguar cuál es este tipo de vida y porqué este ejemplo apareció en el mundo; se creen que son sabios y piensan que su inteligencia les basta para instruirse.

13. Sé, pues, despreciado por el mundo (1 Co 1,28) para ser elegido por Dios; sé menospreciado entre los hombres para crecer ante tu Señor; sé como un indocto para que su sabiduría se afiance en ti; sé humilde hacia tus hermanos, pero prudente hacia el enemigo (cf. Mt 10,16).

14. Que todo el mundo sea grande ante tus ojos, y no desprecies a aquél cuyo conocimiento te parezca inferior.

15. No persigas de ninguna manera el honor, más bien inclínate ante todos y no te enfades contra el hermano que se ensalza a si mismo ante ti; has de saber que su conocimiento es pequeño, y es por la pequeñez del conocimiento que un hermano se ensalza ante su hermano.

16. Que tus obras externas revelen lo que hay en tu interior, no como pretensión ante los hombres, sino por la verdad ante el Señor Omnipotente.

17. Considera que no hay nada ante tus ojos, igual que si no estuvieras entre los hombres, para que no veas otra cosa sino a Dios, porque él es la causa de todo tu camino de conversión.

18. Considera a los hombres como para utilidad tuya, de forma que te alejes de los que se pierden, te aflijas por los que están en el error, sufras por los que padecen, supliques por los pecadores, y pidas para los buenos la gracia de Dios para que perseveren.

19. Así, pues, mientras estés en este mundo, que sea éste tu pensamiento. Pero se acerca el mundo nuevo donde no tendremos este conocimiento, ni el recuerdo ni la sabiduría, sino únicamente la admiración por la grandeza gloriosa del Señor Omnipotente.

20. Aquellos que envejecen en el monasterio tenlos en especial honor y en tu mente considéralos como padres. Y en tu vida debes comportarte como si estuvieras convencido de ser el más pequeño de entre los hombres; y en medio de tus hermanos vive en el silencio, como un muerto sin voz. Y no seas murmurador contra tus hermanos, porque este pensamiento no viene del amor de Dios. Y procura no enfadarte, pues después de la ira te hará caer el odio.

21. El hombre perverso que se encuentra alejado de ti es también tu hermano, pero tú lo separas de ti y lo destruyes con las palabras de tus labios. Aleja todas estas cosas de tu mente y emplea tu pensamiento en tu Señor y no en los hombres.

22. Así pues, no te impongas un trabajo ascético que sea superior a tus propias fuerzas para que no seas esclavizado por el deseo de agradar a los otros.

23. Vive en comunión con tus hermanos porque eres fuente de paz en el monasterio. Te basta el trabajo interior: prefiere la vigilia al ayuno, porque la vigilia ilumina el pensamiento y despierta la mente, y apacigua al cuerpo, y es mucho más útil que todos los otros trabajos. De todos modos, también los que se fatigan en el ayuno están en coloquio con el Señor, y es el ayuno lo que aleja los deseos para que no sean esclavos del pecado.

 


[1] Mons. Manuel Nin, osb, Juan el Solitario. Carta a Hesiquio, en Cuadernos Monásticos n. 110 (1994), pp. 370-372. Cf. Bruce Bradley, art. Jean le Solitaire (d’Apamée), en Dictionnaire de Spiritualité T. 10, Paris, Beauchesne, 1973, cols. 764-772.

[2] Cf. Bradley, art. cit., col. 766.

[3] Se trata de un texto cuyo original siríaco permanece aún inédito. La obra tuvo una difusión bastante amplia como lo muestra la abundante tradición manuscrita que nos lo ha transmitido, pues la Carta de Juan el Solitario a Hesiquio se conserva en 19 manuscritos, tres de los cuales están fechados el siglo VI. La presente traducción ha sido hecha a partir del texto siríaco del manuscrito BrM 737 Add 17166, fol. 39v-47v, fechado el siglo VI. Trad. de Mons. Nin en Cuadernos Monásticos n. 110, pp. 377-390; https://www.surco.org/sites/default/files/cuadmon/disponible_disponible-....