Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [26]

2.4. Juan de Apamea (primera mitad del siglo V)

Carta a Hesiquio (continuación)

23. Vive en comunión con tus hermanos porque eres fuente de paz en el monasterio. Te basta el trabajo interior: prefiere la vigilia al ayuno, porque la vigilia ilumina el pensamiento y despierta la mente, y apacigua al cuerpo, y es mucho más útil que todos los otros trabajos. De todos modos, también los que se fatigan en el ayuno están en coloquio con el Señor, y es el ayuno lo que aleja los deseos para que no sean esclavos del pecado.

24. Sé solícito en la lectura de las palabras de la Escritura, para que de ellas aprendas cómo estar con Dios. No escojas para ti mismo estar únicamente en oración dejando de lado la lectura, porque mientras tu cuerpo se esfuerza, tu mente está ociosa. Modera tu vida ascética con diversas ocupaciones: un tiempo para la lectura, un tiempo para la oración, de manera que tu oración sea iluminada por la lectura. Porque el Señor Omnipotente no nos pide únicamente un aspecto externo, sino una mente docta en su esperanza, que sepa cómo alcanzar la perfección.

25. Sé a la vez siervo y hombre libre: siervo, porque obedeces, hombre libre porque no estás sujeto a nada, ni a la vanagloria ni a ninguna otra pasión.

26. Libra tu alma de los lazos del pecado, y permanece en aquél que te ha liberado, Cristo (cf. Ga 5,1). Adquiere la libertad del mundo nuevo ya en la vida temporal, y que no te esclavice el amor al dinero (cf. 1 Tm 6,10) ni la gloria que proviene de agradar a los hombres.

27. No te impongas a ti mismo una ley, para que no seas esclavo de tu ley; sé una persona libre para poder hacer lo que quieras. Y no seas como aquellos que tienen una ley propia y no pueden apartarse de ella, ya sea por el temor de su propia mente, ya sea a causa del agrado de los otros, y se han sometido ellos mismos a la esclavitud de su propia ley. Habiéndolos Cristo liberado del yugo de la ley (cf. Ga 5,1 ss.), se han sometido al yugo de su propia ley por el hecho que la han prescrito para sí mismos.

28. No te fijes nada, pues eres una criatura y tu voluntad está sometida a cambios. Decide sobre lo que hay que decidir, pero sin asentar en tu mente que tu no cambiarás hacia otras cosas, pues no es por un pequeño cambio en tu comida que tu fe se cambia. Tu servicio al Señor Omnipotente se perfecciona en la mente, en el hombre interior, en él está el servidor de Cristo.

29. Que nada te ate o te esclavice. Libra a tu alma del yugo del mundo con la libertad de la vida nueva. Hay noventa y nueve preceptos que fueron establecidos y anulados por Dios, y ¿quieres tu establecer tu propia ley? Porque muchos están más atentos a no perder la propia ley que a todas las leyes.

30. Por tanto, tu sé libre y libra a tu alma de cualquier esclavitud corruptora. De hecho, si no eres libre no puedes ser servidor de Cristo, porque el reino de la Jerusalén celestial, que es libre (cf. Ga 4,26), no acoge a los esclavos. Los hijos de la libre son libres (cf. Rm 8,15 ss.), y en absoluto son esclavizados por el mundo (cf. Ga 4,22 ss.).

31. Así pues, sé discreto en tu vida, y cuando camines, que tu mirada no divague por doquier, sino que esté recogida ante ti.

32. Sé modesto y casto en tu atuendo; y que tu mirada esté inclinada hacia abajo y tu mente (levantada) hacia arriba, hacia tu Señor. Y con tu vista debes hacer así: en tanto que sea posible no mires con avidez el rostro de los otros, sino que tu mirada sea modesta y no mires de forma dominante, y custodia, como una virgen pura, tu alma para Cristo (cf. 2 Co 11,2).

33. Sé amistoso con todos, pero no busques el vínculo con los familiares, porque no te lo pide tu vida. Tú eres un solitario y no es justo que estés vinculado a nada. Debes tener en gran estima en tu pensamiento a aquellos que te dicen una palabra útil, o a aquel que te amonesta para provecho tuyo; no te enfades por ello, pues podrías ser enemigo de la palabra de Dios.

34. Que tu alma sea vigilante en el servicio divino. Si es posible no debes saber quién está a tu lado, de modo que tu mente esté unida a tu Señor. No te corresponde hacer investigaciones, pues nadie te ha constituido en señor ni en juez, sino en súbdito que ni siquiera tiene autoridad sobre su persona.

35. No mires a los que pasan el tiempo con sus compañeros, para que la irritación no te agite la mente y pierda valor tu servicio.

36. No seas para nada exigente hacia tu propia necesidad, porque no te has hecho discípulo para esto, y tu necesidad será en todo enriquecida. Has sido hecho discípulo de Cristo por la pobreza y la miseria. Si te sobreviene un beneficio para tu necesidad, considéralo como algo gratuito. Si consideras así el modo de disponer de tu necesidad, entonces puedes dar gracias y permanecer en tu pobreza sin lamentarte.

37. Persevera en la lectura de los profetas, pues de ellos aprenderás la grandeza de Dios, su benignidad, su justicia y su gracia.

38. Y medita los sufrimientos de los mártires para poder conocer cuán grande es el amor de Dios.

39. Sé solícito, pues, en la doctrina de los sabios, y persevera en la lectura de aquel cuya erudición te sea útil. Mas no seas ávido de palabras como la mente infantil, sino discierne, como sabio, la palabra que contiene velada la fuerza, pues es por la palabra potente (cf. 1 Ts 1,5) que te ha sido predicado el Evangelio de nuestro Salvador.

40. No seas como aquellos que aman oír variadas descripciones; más bien desea la palabra perfecta que te muestra cuál es la conducta perfecta.

41. Debes estar atento a los pensamientos de la mente. Y si te sobreviene un pensamiento malo, no te turbes, porque el conocimiento del Señor Omnipotente no observa los pensamientos pasajeros de tu mente, sino que él mira la profundidad de tu conciencia a ver si se complace en el pensamiento malo que se origina en ella. Porque los pensamientos odiosos nadan en la superficie del conocimiento, pero el Señor Omnipotente observa los movimientos que están por debajo, y que pueden expulsar los pensamientos odiosos. Pues él no juzga los que pasan por la mente, sino los pensamientos que están debajo de los odiosos, y que se manifiestan en la profundidad del conocimiento; a estos puede expulsarlos con su mano oculta. Por eso no perdona los pensamientos que manan de la profundidad de la mente, porque son los que pueden expulsar a los que pasan por la superficie de la mente; él juzga aquellos que pasan por el corazón.

42. Y no temas, si un pensamiento odioso encuentra en ti su nido y se queda en tu mente por un cierto tiempo, mientras haya otro pensamiento que le esté por debajo y que odie el pensamiento que te ha acometido y no lo admita en su propósito, siempre puede ser arrancado y tú no serás juzgado por eso. Mas es grande tu recompensa por aquél (pensamiento bueno) que mana de la profundidad de tu mente, porque él es el cimiento que no permite al pensamiento malo edificarse sobre él.

43. Debes estar atento a los (malos) pensamientos en los que tu mente se complace, y a los que ponen en ella su cimiento, porque éstos son los que se encubren al juicio de Dios; contra ellos ha sido decretada la sentencia.

44. Más que en cualquier otra ascesis, esfuérzate en la lectura, porque muchas veces en la oración la mente divaga, pero en la lectura hasta (una mente) que divaga se encuentra recogida.

45. Que el amor de Dios sea en ti más fuerte que la muerte (cf. Ct 8,6): porque si la muerte te deja libre del amor a las cosas, cuánto más justo es que el amor de Dios te deje libre del amor a las cosas.

46. No estés orgulloso sino de no ser orgulloso; no te jactes sino de no ser jactancioso. Aquél que está orgulloso de esto, es justo que se enorgullezca, a pesar de que no es orgulloso; aquél que se jacta por esto, es justo que se jacte, a pesar de que no es jactancioso. Aquél que se alegra, es justo que se alegre, si en Dios se alegra (cf. Tb 13,7; Lc 1,47). Aquél que exulta, es justo que exulte, si no exulta por las cosas del mundo.

47. Contra nada debes luchar sino contra el pecado.

48. No odies los males de los otros cuando aquéllos se encuentran en ti, sino muestra aversión hacia los males de tu propia persona.

49. Alaba las cosas buenas más con tus obras que con tus palabras.

50. Reprueba aquello que es odioso más con tus obras que con tus palabras. Cuando veas a alguien que es reprobado por su estupidez, no pienses en su estupidez sino medita si tú has hecho algo digno de reprobación.

51. Honra la paz más que cualquier otra cosa. Esfuérzate, en primer lugar, por reconciliarte contigo mismo, y así te será fácil reconciliarte con los demás. Porque ¿cómo puede curar a los otros aquél cuyos ojos son ciegos? (cf. Mt 15,14; Lc 6,39).

52. Cualquier cosa que perturba la paz no será tenida por buena, porque un bien no anula a otro bien. Todo aquello que te aleja de la paz, aléjalo de ti para poderte asentar en la paz.

53. Que el honor esté inculcado en tu rostro, no por una causa puramente exterior, sino por una causa interior.

54. Considera que tu verdadera riqueza es la misma verdad. Porque la verdad consiste en el amor de Dios, el conocimiento de su sabiduría, la perfección de su voluntad. Estas cosas, por lo tanto, deben encontrarse fijas dentro de ti y no fuera de ti.

55. Todo aquello que se encuentra fuera de tu buena voluntad, considéralo como despreciable.

56. Sé en todo momento predicador del Evangelio. Tú serás predicador del Evangelio asumiendo una vida51 evangélica.

57. Demuestra (a este mundo) que existe otro mundo. Tu demostrarás que existe otro mundo despreciando a este mundo.

58. Hermano Hesiquio, hemos de comprender que vivimos en un mundo de engaño. Si comprendemos que estamos en el engaño, el error ya no nos seduce. Es algo parecido a los que están soñando: si se dan cuenta, mientras sueñan, de que están contemplando un sueño y no la realidad, no se extraviarán detrás de su visión; del mismo modo aquél que ha sido capaz de darse cuenta de que en este mundo se encuentra en el error, no se ve agitado por el amor a las cosas.

59. Por lo tanto, amado nuestro, seamos perfectos antes de salir del cuerpo. Cada día hemos de considerarlo como si fuera el último de nuestra vida. Y como uno que busca la retribución de su vida, debes evaluar día tras día tu ganancia, porque en ellos está tu pérdida o tu ganancia.

60. Cuando llega la noche, congrega tu mente en la meditación de lo acaecido durante todo el día: considera la providencia de Dios hacia ti, piensa en los dones que te ha concedido a lo largo del día: el resplandor de la luna, la alegría de la luz del día, todas las horas y los momentos, las divisiones del tiempo, la percepción de los colores, la belleza de las criaturas, el curso del sol, el crecimiento de tu estatura, la conservación de tu persona, el soplar del viento, la abundancia de frutos, el servicio de los diversos elementos para tu placer, tu protección frente a las adversidades, y el resto de las cosas buenas. Cuando hayas considerado estas cosas, la admiración hacia el amor que Dios te ha manifestado emanará en ti y la acción de gracias por sus dones arderá en ti.

61. Y considera aun si sucedió algo que fuera contrario a estos dones, y pregúntate a ti mismo: “¿Hice hoy algo que pueda irritar a Dios? ¿Dije o pensé algo contra la voluntad de aquél que me creó?” Y si realmente te das cuenta que hiciste algo que le desagrada, levántate un momento para orar y dale gracias por los dones que te ha concedido por el servicio de todo el día, y suplica a causa de tus incorrecciones. Así dormirás en paz y sin pecado.

62. En caso de que alguien obrara mal hacia otro hombre, la gracia de Dios ha ordenado a la malicia del hombre perdonar al ofensor setenta veces siete (Mt 18,22), pues, ¡cuanto más Dios perdonará a aquél que le ruega a causa de sus propios pecados!

63. Es estúpido el hecho de que, si nos enfadamos con alguien que nos es superior, dormimos bajo el temor y la angustia, pero irritando a Dios todo el día nos dormimos sin angustia, sin que haya en nosotros ni tan solo un pensamiento de dolor por ser ingratos a los dones de Dios.

64. Por lo tanto debes proponerte cada día esta regla: por la mañana reflexiona sobre el servicio de toda la noche y por la noche sobre el servicio de todo el día; y de esta forma, con pureza, acabarás todos tus días según la voluntad de Dios.

65. Cuando estés en oración ante Dios, presta atención a que tu mente esté recogida. Expulsa de tu interior los pensamientos perturbadores; asume el honor de Dios en tu alma; purifica los movimientos de tus pensamientos, y si debes luchar a causa de estos, persiste en el combate y no cedas. Cuando Dios ve tu paciencia, entonces de pronto se manifiesta en ti la gracia, y tu mente se ve fortalecida, y tu corazón arde por el fervor, y los pensamientos de tu alma se iluminan, y quizá emanarán de ti intuiciones admirables sobre la grandeza de Dios. Pero esto sólo sucede con mucha oración y un pensamiento puro; porque del mismo modo que no ponemos perfumes preciados en frascos pestilentes, tampoco Dios acepta las intuiciones sobre su grandeza en una mente aún odiosa.

66. Al comienzo de tu oración, piensa que estás ante Dios y di: “Santo, santo, santo, el Señor Omnipotente, el cielo y la tierra están llenos de su gloria” (cf. Is 6,3). Y después aquellas otras cosas que es de justicia recordar en tu oración, debes añadirlas siempre a ella: el recuerdo de la Iglesia de Dios, la oración por los enfermos y los afligidos, la súplica por los extraviados, la compasión hacia los pecadores, el perdón de los deudores (cf. Mt 6,12).

67. Y así has de pedir la gracia de poder decir continuamente ante Dios en el interior tu alma: “Oh Dios, hazme digno, por tu gracia, de la grandeza que tienes preparada para dárnosla en el mundo nuevo como (recompensa) a nuestros trabajos, y que tu justicia no me juzgue en el gran día de tu venida. Oh Dios, hazme digno, por tu amor, de aquel conocimiento verdadero y de la comunión con tu amor perfecto”. Y cuando hayas acabado tu súplica, sella tu oración con la oración que Cristo nuestro Señor dio a sus discípulos. Sé asiduo en todas estas cosas, medítalas, para poder progresar ante Dios y ante los hombres.

68. No confíes, hermano mío, en que el final de tu vida esté adornado con la belleza divina que ahora aparece pintada en ti; por este pensamiento la vanidad negligente comienza a actuar en ti hasta que consigue su efecto. Porque del mismo modo que no podemos estar seguros de que el recorrido de una nave llegue al puerto sin problemas, tampoco el hombre está seguro si habrá o no escándalo a lo largo de su vida.

69. Es así como conservarás tu vida en las buenas obras: teniendo constantemente ante los ojos el signo de la muerte. Cuando el hombre no mira el día siguiente, el temor por el día presente está en sus acciones. A cuántos pecados y a cuánta vanidad hace frente aquél que cada día sopesa la propia vida y no piensa en el día siguiente (cf. Mt 6,34).

70. Así pues, movido por mi amor a ti y por tu sabiduría en Cristo, y gracias a nuestra mutua paz en Él, he escrito estas cosas, puesto que eres capaz de entenderlas, ya que son apropiadas a tu vida. Y que nuestro Señor, que te ha hecho digno de esta gloria excelsa, te conceda afirmarla y te haga también firme en la gracia con que Él custodia tu vida, de manera que hasta el día de la manifestación de nuestro Salvador permanezcas firme en la fe. Y yo ruego y suplico que pidas para mí la misericordia de Cristo, para que tenga misericordia de mí en el juicio.