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2.5. San Simeón Estilita (389-459)

Al referirse al fenómeno de los estilitas el P. Cebria Pifarré (+), osb, decía:

«Esta forma radical de ascetismo cristiano, propia de los monjes que vivían en lo alto de una columna (stylos), puede chocar a la sensibilidad actual, pero hay que hacer un esfuerzo para entrar en su comprensión. Se trata, en efecto, de un género de vida ascética que el monacato de Egipto no aceptó dentro de sus formas clásicas, y que los anacoretas de Siro-Mesopotamia, dados a extrañas formas de penitencia, practicaron y difundieron en el imperio bizantino.

Las columnas de estos monjes solían tener una escalera de acceso y una minúscula celda interior. Algunos de ellos no bajaban casi nunca de la columna y muchos permanecían estables en su propósito hasta la muerte. Entre ellos era frecuente la práctica penitencial de la estasis (estar de pie), el ayuno riguroso y las prolongadas vigilias de plegaria. La vida sacramental quedaba reducida a lo más indispensable.

Los cristianos veían en los estilitas un ejemplo indiscutible de edificación y un reclamo urgente al abandono de todo lazo de esclavitud interior. Su fama de santidad y su ascetismo atraían a numerosos fieles ansiosos de escuchar un consejo espiritual. Sus columnas se convirtieron no pocas veces en verdaderos santuarios de peregrinación y a su alrededor se formaron colonias de monasterios. Su ejemplo no podía menos de ser contagioso… Enorme fue el impacto que causaron entre sus contemporáneos»[1].

San Simeón Estilita, el Anciano, considerado padre de los estilitas en Siria, nació en Sis de Cilicia hacia 389/90 y, siendo todavía joven abrazó la vida monástica. Circunstancias personales no le permitieron adaptarse al ritmo de las observancias regulares. Más tarde se adentró en el desierto de Tell-Nesim y vivió con fervor ejemplar en una choza. A ella afluyeron numerosos discípulos cuya indiscreción intentó evitar Simeón retirándose a lo alto de una columna que pronto se convirtió también en cátedra de exquisita doctrina espiritual. Se cuenta que dos veces al día departía con los peregrinos, paganos o cristianos, distribuyendo el pan de la palabra divina e interesándose por sus problemas y sufrimientos. Murió en 459 (24 de junio o 2 de septiembre) y su cuerpo fue trasladado a Antioquía. A finales del siglo V, en torno a su columna se construyó una basílica cuyos restos todavía subsisten. La liturgia oriental celebra su fiesta el 2 de septiembre, mientras que el calendario romano la señala el 5 de enero[2].

 

Simeón en la columna

«Los visitantes iban a ver a Simeón en número incontable, todo trataban de tocarlo y recibir alguna bendición por medio del contacto con sus famosos mantos de piel. Al principio, encontró desubicados estos excesos de honra; luego la situación le causaba una fatiga insoportable, por lo que pensó mantenerse de pie sobre una columna. Al inicio, la hizo tallar de seis codos, luego de doce, a continuación de veintidós codos, y ahora tiene treinta y seis[3]; puesto que aspiraba a volar hacia el cielo y dejar la morada terrestre.

Por mi parte, no creo que fuera sin una particular disposición de Dios que se produjo esa nueva postura. Por ello precisamente invito a los críticos a refrenar su lengua y no dejarse llevar por el azar, sino a considerar que, a menudo, el Señor dispone tales cosas para el bien de personas muy indolentes. Él ordenó, por ejemplo, a Isaías caminar desnudo y sin sandalias (cf. Is 20,2); a Jeremías, ceñirse los lomos y así anunciar la profecía a los incrédulos; en otra ocasión, ponerse un yugo de madera (cf. Jr 27,2 [34,1 LXX]) y después, uno de hierro (cf. Jr 28,10-14 [35,10-14 LXX]); a Oseas, tomar por mujer a una prostituta (cf. Os 1.2), y de nuevo, amar una mujer de mala vida y adúltera (cf. Os 3,1); a Ezequiel, acostarse cuarenta días sobre el lado derecho y ciento cincuenta sobre el izquierdo (cf. Ez 4,4-6); después, horadar la muralla, salir como un fugitivo, actuar como un prisionero (cf. Ez 12,4-5); y en otra ocasión, afilar una espada, rasurarse la cabeza con ella, dividiendo sus cabellos en cuatro partes, dando un destino a unos, a otros otra finalidad, por no enumerar todos (cf. Ez 5,1-4). Ahora bien, el Dueño del universo mandaba cada uno de estos gestos para congregar, por medio del aspecto paradojal de la visión, a quienes no creían la palabra y se negaban a prestar oído a la profecía, y para disponerlos a escuchar los oráculos divinos. ¿Quién, en efecto, no habría quedado estupefacto al ver a un hombre santo pasearse completamente desnudo? ¿Quién no habría deseado saber la causa del fenómeno? ¿Quién no se habrá preguntado por qué el profeta acepta convivir con una prostituta? Así como el Dios del universo prescribía cada uno de esos gestos con el deseo de ayudar a aquellos que vivían en la indolencia, así también Él ha suscitado este espectáculo nuevo y paradojal, para atraer por su rareza a todos los hombres a ir y ver, y para hacer aceptar a los visitantes la exhortación que se les dirigía. Porque la novedad del espectáculo se convierte en una garantía suficiente de la doctrina, y el que llegaba movido por lo espectacular regresaba instruido en los misterios divinos. Y del mismo modo que los que han sido designados para ser reyes de los hombres cambian cada cierto tiempo las efigies de sus monedas, haciendo grabar bien sea imágenes de un león, bien de astros y victorias, así también otros intentan hacer revalorizar la pieza de oro por la rareza del modelo grabado, del mismo modo el Soberano Rey del universo, revistiendo la piedad, como si se tratara de ciertos sellos, con esas nuevas formas de vida e inspiraciones variadas, excita a la alabanza no solamente la lengua de los niños en la fe, sino también a las personas enfermas de incredulidad.

Y no son los discursos los que testimonian que los acontecimientos tomaron ese giro, sino que lo gritan los hechos. Los ismaelitas, por ejemplo, esclavizados por decenas de miles a las tinieblas de la impiedad, fueron iluminados por la permanencia sobre la columna»[4].

 

Lecturas:

La vida sobre una columna. Vida de Simeón Estilita. Vida de Daniel Estilita (Introducción, traducción y notas de José Simón Palmer), Madrid, Ed. Trotta, 2014.

Ignacio Peña, La desconcertante vida de los monjes sirios. Siglos IV-VI, Salamanca, Eds. Sígueme, 1985 (Col. El peso de los días, 22).

 


[1] Art. publicado en: Gran Enciclopedia Rialp, Madrid, Editorial Rialp, 1991, reproducido en: https://mercaba.org/Rialp/E/estilitas.htm

[2] Ibid. Cf., para una visión sintética más amplia sobre los estilitas, su historia, biografías principales e ideal ascético, Tomas Spidlik, art. Stylites en Dictionnaire de Spiritualité, T. 14, Paris, Beauchesne, 1990, cols. 1267-1275.

[3] Las sucesivas columnas pasaron de 2,60 metros a cerca de 16 metros; cf. SCh 257, p. 184, nota 2 (ver nota siguiente).

[4] Teodoreto de Ciro, Historia de los monjes de Siria 26,12-13; ed. Pierre Canivet y Alice Leroy-Molinghen, Paris, Eds. du Cerf, 1979, pp. 184-191 (Sources Chrétiennes 257).