Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [29]

2.7. Filoxeno de Mabbug (+ 523)

Nació en Tahal a mediados del siglo V. Askenaya, tal su nombre sirio, frecuentó la Escuela de Edesa. Y, tal vez, por oposición a la creciente influencia de la Escuela de Antioquía, por vía de los escritos de Teodoro de Mopsuestia (+ 428), comenzó a defender la teología “ciriliana”, y a difundirla en los monasterios de la región. Motivo por el cual fue expulsado por el patriarca de Antioquía, Calendión (479-485). Acusado ante el emperador Zenón (+ 491), tuvo que firmar una fórmula de compromiso antes del 482. Entonces denunció a Calendión, que fue exiliado y reemplazado por Pedro de Antioquía, o Pedro el Batanero (o lavandero [knapheus o gnapheus]; murió en el año 512), quien en 485 le nombró obispo de Mabboug (Hierápolis, hoy Membidj), y tomó el nombre de Philoxenos (el hospitalario; también: educado, apto para enseñar).

 

 

En 498, Flaviano asumió el episcopado de Antioquía y Filoxeno debió huir. Llegó a Constantinopla, posiblemente en 507, siendo inicialmente excomulgado por el patriarca Macedonio (495-511). Pero al final logró que tanto este último como aquel fueran depuestos (511-512). Sin embargo, a la muerte del emperador Anastasio (518), su sucesor, Justino (518-527), comenzó a perseguir a los monofisitas, y luego de un tiempo de exilio, primero en Gangres y después en Philippoulos (Tracia), Filoxeno murió en año 523.

“El talento literario de Filoxeno es unánimente reconocido: se le coloca entre los más notables de los escritores de lengua siríaca en prosa”[1].

 

Sobre la simplicidad[2]

«… La simplicidad es una virtud que nos conviene y que nos es propia; sin ella, no nos es posible vivir en la práctica de las buenas acciones. Porque del mismo modo que los miembros no pueden ver sin el ojo, igualmente las buenas acciones no pueden ser practicadas sin la simplicidad; y así como todos los miembros quedan en la oscuridad por la pérdida de la vista, así también todos los bienes se ven impedidos por la desaparición de la simplicidad.

Es sobre todo a vida nuestra solitaria que conviene la simplicidad; es a aquellos que han abandonado el mundo y viven fuera de él que les conviene mayormente la pureza de espíritu. La astucia del mundo no tiene lugar aquí, donde nada hay del mundo. No hay entre nosotros ni compra, ni venta, ni comercio para ganancias pasajeras; nadie aquí será más grande que sus hermanos ni tendrá más autoridad que su compañero; nadie aquí está sobre otro ni es dominado por otro, porque no hay motivo de preeminencia entre nosotros; no hay aquí campos ni viñas para disputar, ni tierras para delimitar; nadie aquí quiere ser más rico que su hermano ni abundar en bienes mundanos más que su compañero. Nadie aquí quiere mostrarse con vestimentas espléndidas porque tenemos una sola vestimenta, la de la austeridad y la humildad. Nadie aquí se hace esclavo de su vientre y quiere buscar recetas de cocina porque nos alimentamos todos de una misma mesa, que es simple; nadie aquí quiere arrebatar el honor de su hermano porque a todos nos está mandado honrarnos mutuamente; nadie aquí está en proceso contra su compañero porque sostenemos la causa uno del otro; nadie aquí quiere construir o trazar los planos de un palacio, porque no tenemos más que una sola morada, la de la clausura, que es estrecha; nadie aquí desea agrandar su morada y acostarse en lechos lujosos puesto que nos acostamos sobre la tierra, humildemente, en el lugar delimitado para nuestro cuerpo.

Aquí, donde esas cosas son completamente extrañas, no se debe encontrar más el engaño del mundo; aquí, donde la regla del mundo ha sido desterrada y expulsada, conviene que también sea rechazada su astucia. Hemos desechado las cosas corporales, despreciemos también la astucia que combate por ellas; hemos crucificado el hombre viejo con todas sus ocupaciones, crucifiquemos asimismo la astucia que es la abogada del hombre viejo. Nosotros hemos rechazado la mentira, desechemos también la astucia que es la madre de la mentira; hemos expulsado y echado fuera la falsedad, expulsemos también su padre y su madre; en una asamblea en la que no hay falsedad y en la que no existe la mentira, conviene que el engaño y la astucia, su padre y su madre, sean igualmente despreciados. Bajo nuestra humilde vestimenta de piel, honremos la simplicidad que le conviene. Una vestimenta de lino no corresponde a nuestro exterior; y vestimentas bordadas y adornadas no son algo hermoso para nuestra condición… No nos corresponde adornar nuestra cabeza como los lujuriosos y depravados; no nos conviene tampoco ser falsos. La falsedad es la primera invención del enemigo. La mentira la posesión del calumniador y de todos sus ministros, y la simplicidad, la riqueza de Cristo y todos sus discípulos».

 

Lectura:

Filoxeno de Mabbug, Homilías sobre la sencillez, Fraternidad Monástica de la Paz, 1992.

 


[1] François Graffin, art. Philoxène de Mabboug en Dictionnaire de Spiritualité, T. 12, Paris, Beauchesne, 1984, col. 1393.

[2] Homilía quinta: segunda sobre la simplicidad, ns. 120-123; trad. de Eugène Lemoine en: Philoxène de Mabboug. Homélies, Paris, Eds. du Cerf, 1956, pp. 129-131 (Sources Chrétiennes, 44).