Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [3]

Sobre la virginidad consagrada por el Reino de los cielos

 

CARTA PRIMERA DE SAN CLEMENTE A LAS VÍRGENES[1]

Saludo

I. A todos los que aman y estiman su vida en Cristo por Dios Padre y obedecen a la verdad de Dios en la esperanza de la vida eterna (Tt 1,2) y aman a sus prójimos en el amor de Dios, a los bienaventurados hermanos vírgenes [eunucos] por el reino de los cielos (Mt 19,12), y a las hermanas vírgenes santas, sea la paz que está en Dios.

Fe y práctica

II. Quien verdaderamente se castró a sí mismo por el reino de los cielos (Mt 19,12), o se ha propuesto guardar la virginidad, debe mostrarse digno en todo momento del reino de los cielos.

2. Porque no se obtiene el reino de los cielos por elocuencia, o por la apariencia exterior, o por el nombre o por la raza, o por la hermosura o la fuerza, o por largo tiempo de vida, sino por la robustez de la fe. En efecto, el justo anunciará claramente su fe manifiesta, [como lo ha dicho Salomón] (Pr 12,17); pues el que verdaderamente es justo por la fe (Rm 1,17), tiene una fe clara (Ga 5,6; Flm 6), una fe creciente (2 Co 10,15), una fe llena de seguridad (Rm 4,21; Hb 10,22), una fe en Dios, fe que brilla en las buenas obras, a fin de que sea glorificado el Padre del Universo (Mt 5,16) por Cristo (1 P 2,12).

3. Así pues, quienes son de verdad [eunucos] y vírgenes por amor de Dios, obedecen a Aquel que dijo: “No te falten las limosnas y la fe; átalas a tu cuello y hallarás misericordia; y medita el bien delante de Dios y delante de los hombres” (Pr 3,3).

4. “Las sendas de los justos brillan como la luz, y su resplandor va creciendo hasta que el día llega a su plenitud” (Pr 4,18). Y en verdad, los rayos de la luz de ellos ahora iluminan a todo el mundo por medio de sus buenas obras, de suerte que realmente son la luz del mundo (Mt 5,14) que brilla para los que están sentados en las tinieblas (Mt 4,16; Lc 1,79; Is 9,2), a fin de que se levanten y salgan de aquellas tinieblas con la ayuda de la luz de las buenas obras de la piedad, para que vean nuestras buenas obras y glorifiquen al Padre celestial (Mt 5,16).

5. Porque es menester que el hombre de Dios sea perfecto en todas sus palabras y obras (2 Tm 3,17; 1 Tm 6,11), y que haga todo con decoro y en orden (1 Co 14,40).

Belleza de la vida ascética

III. Son, en efecto, los vírgenes de uno y otro sexo un bello ejemplo para los que ya son creyentes y para los que han de serlo en lo futuro. Ahora bien, el mero nombre, sin obras, no nos introducirá en el reino de los cielos, sino que sólo se salvará el que fuere creyente de verdad. Pues si alguien se llama sólo de nombre creyente, pero no lo es en las obras, ese no puede ser realmente creyente.

2. Por lo tanto, “que nadie los engañe con palabras vanas y erróneas” (Ef 5,6). Porque tener el nombre de virgen, y no poseer las virtudes inherentes, propias y adaptadas a una virgen, 3. a una virginidad así la llamó nuestro Señor necia, la cual, por no tener aceite ni luz (cf. Mt 25,2-12), fue dejada fuera del reino de los cielos, se la excluyó del gozo del esposo y fue contada entre los enemigos del mismo esposo. Y es que en semejante género de vida no hay sino una apariencia de piedad; “pero reniegan de la virtud de ella” (2 Tm 3,5). “Se tienen a sí mismos por algo, siendo así que no son nada, y yerran. 4. Así, examine cada uno sus obras” (Ga 6,3-4), y se conozca a sí mismo. Porque todo el que profesa la virginidad y la temperancia, pero reniega de las obras de ella (2 Tm 3,5), tributa a Dios un culto vano (St 1,26). Porque tal virginidad es inmunda y rechazada de entre todas las obras buenas. En efecto, “cada árbol se ha de conocer por sus frutos” (Mt 12,33; Lc 6,33).

5. Atiende a lo que te digo: “Dios te dará inteligencia” (2 Tm 2,7). Quienquiera promete ante Dios guardar la castidad, ha de ceñirse (1 P 5,5) con el casto temor del Señor (Sal 18,18).

6. Y aquel que por verdadero temor de Dios crucifica su cuerpo (Sal 118,120), como si estuviera clavado, por causa del temor del Señor ha de rehusar también a lo que dijo la Escritura: “Crezcan y multiplíquense” (Gn 1,28). Renuncia, pues, a ser hombre en este aspecto, y reniega de las preocupaciones, apariencias, seducciones y placeres del mundo; de las comilonas y embriagueces, y de todas las confusiones de Babilonia, y de todos los negocios seculares; renuncia al mundo, a sus redes, lazos y trampas; y, caminando sobre la tierra, ama tener su ciudadanía en los cielos (Flp 3,20).

Premio especial reservado a los célibes

IV. Así, aquel que aspira a los bienes superiores (Hb 11,16), renuncia por ellos a todo el mundo y se separa de él, para vivir en adelante, como los santos ángeles, vida divina y celestial, angélica; una religión pura (St 1,27), inmaculada y santa en el Espíritu de Dios; para servir a Dios omnipotente por medio de Jesucristo por amor del reino de los cielos (Mt 19,12).

2. Por esta causa, no rehúsa sólo aquel “crezcan y multiplíquense” (Gn 1,28), sino que desea la esperanza prometida, preparada y puesta en los cielos para él (Col 1,5; 1 P 1,4) por Dios, que la prometió y que no miente (Tt 2). Él, en efecto, le ha prometido lo que es más excelente que los hijos y las hijas: que a los eunucos y a las vírgenes les daría un lugar preclaro en la casa de Dios, lugar que será cosa más excelente que los hijos y las hijas (Is 56,5), y más sublime que el lugar de aquellos que vivieron en casto connubio y cuyo lecho haya sido inmaculado (Hb 13,4). Es decir, a los eunucos y a las vírgenes, por esa sublime y heroica profesión, les dará Dios el reino de los cielos (Mt 19,12), como a los santos ángeles (Mt 22,30).

Dificultad de este género de vida

V. Ahora bien, tú deseas ser virgen. Pero, ¿te das cuenta de cuánto esfuerzo, penas y tormentos exige la verdadera virginidad; aquella que constantemente permanece delante de Dios con perseverancia y no se aparta de él, y está solícita de cómo pueda agradar a su Señor con cuerpo y espíritu castos? (1 Co 7,32-34).

2. ¿Te has dado cuenta de cuán grande gloria competa a la virginidad y por eso haces esto? ¿Te das cuenta y entiendes a lo que aspiras? ¿Tienes conciencia de los sublimes deberes de la santa virginidad? ¿Has aprendido, pues esto eliges por la fortaleza del Espíritu, a luchar como un atleta siguiendo las reglas (2 Tm 2,5), para conseguir el trofeo que has elegido y ser coronado, y que te lleven triunfante en la Jerusalén de arriba (Ga 4,26)?

3. Ahora bien, si todo eso deseas, vence a la carne y a sus aspiraciones (Rm 8,6), vence al mundo por el Espíritu de Dios; vence estas vanas cosas del siglo presente, que pasan, se deshacen, se corrompen y acaban; vence al dragón (Ap 12,9), vence al león (1 P 5,8; 2 Co 11,3), vence a la serpiente (2 Co 11,3), vence a Satanás por medio de Jesucristo, que te ha de robustecer por la audición de sus palabras, y siendo gratos a Dios. [Otra lectura: por la audición de sus palabras y por la divina Eucaristía].

4. Toma tu cruz y sigue (Mt 16,24) al autor de la victoria, a Jesucristo, tu Señor. Esfuérzate por correr (1 Co 9,24) derecha y confiadamente; no cobarde, sino animosamente, apoyado en la esperanza de tu Señor, para recibir el premio de la vocación de lo alto (Flp 3,14) en Cristo.

5. Y así, quien corre con perfecta convicción y no al azar (1 Co 9,26), éste es el que recibe la corona del renunciamiento y de la castidad, la cual, así como es cosa de gran trabajo, así tiene también reservado grande galardón. ¿Comprendes ahora y te das cuenta de cuán honrosa cosa sea la castidad? ¿Comprendes cuán excelente sea la gloria de la virginidad?

Ejemplos bíblicos

VI. El seno de la santa virgen concibió a nuestro Señor Jesucristo, el Verbo de Dios, y el cuerpo que nuestro Señor llevó, con el que Él cumplió su combate en este mundo, lo revistió recibiéndolo de la santa Virgen, y después que nuestro Señor se hizo hombre en el seno de la Virgen, este género de vida estableció en este mundo. De ahí has de entender la gloria de la virginidad. ¿No quieres tú ser cristiano? Pues imita a Cristo en todo.

2. Juan el Precursor que vino delante de nuestro Señor (Jn 1,15), “mayor que el cual no hubo entre los nacidos de mujeres” (Mt 11,11), el santo mensajero de nuestro Señor, fue virgen. Imita entonces a ese precursor del Señor y sé en todo su amigo

3. Luego Juan, el que descansó sobre el pecho de nuestro Señor, a quien el Señor mucho amaba (Jn 21,10; 13,23), éste fue también casto; y no sin causa, nuestro Señor le amaba particularmente.

4. Pablo, Bernabé, y Timoteo, con todos los otros “cuyos nombres están escritos en el libro de la vida” (Flp 4,3), todos éstos estimaron y amaron la castidad; y corrieron en la misma competición y terminaron su carrera (2 Tm 4,7) sin mancilla, como imitadores de Cristo y como hijos del Dios viviente.

5. Pero además hallamos que Elías, Eliseo, y muchos otros, llevaron una vida semejante, casta e irreprochable. Así pues, si deseas ser semejante a éstos, imítalos con fortaleza, porque está escrito: “Honren a sus mayores, y viendo su género de vida, imiten su fe” (Hb 13,7). Y otra vez dice: “Hermanos, sean imitadores míos, como yo lo soy de Cristo” (1 Co 11,1; 4,16).

Virtudes necesarias

VII. Así pues, aquellos que imitan a Cristo, valerosamente le imitan. Porque los que de verdad se revistieron de Cristo (Rm 8,29; 2 Co 3,8), reproducen plenamente en ellos (Ga 4,19), la imagen de Cristo en sus pensamientos, en su género de vida, en su conducta, en su resolución, en sus palabras, sus acciones, por su paciencia, fortaleza, prudencia, temperancia, justicia, longanimidad, perseverancia, piedad, santidad, dominio de sí, fe, esperanza y un amor perfecto hacia Dios.

2. Por eso nadie, eunuco o virgen, podrá salvarse, si no es absolutamente semejante a Cristo y a aquellos que son de Cristo (Ga 5,24). Porque la verdadera continencia, la verdadera virginidad en el Señor, es santa en el cuerpo y en el espíritu, ofreciendo un culto en el Espíritu (Rm 1,9) de Dios, sin distracción y con un compromiso constante; agradando al Señor con una pureza inmaculada, y preocupada siempre de cómo agradarle (1 Co 7,34 s.).

3. Quien obra así no se aparta de nuestro Señor, sino que está siempre en espíritu con su Señor, como está escrito: “Sean santos porque Yo soy santo, dice el Señor” (Lv 11,44; 1 P 1,16).

 


[1] El autor de este texto no es el aducido en el título y la Carta probablemente fue escrita a comienzos del siglo III; cf. http://www.conoze.com/doc.php?doc=2990#c202 (Quasten). Trad. en: Padres Apostólicos y Apologistas Griegos (S. II). Introducción, notas y versión española por Daniel Ruiz Bueno, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 2002, pp. 215 ss. (BAC 629). Para los subtítulos, referencias bíblicas y algunas correcciones, se ha tomado en cuenta la versión francesa publicada en Lettre de Ligugé, nº 242 (1987), pp. 9 ss.