Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [30]

3. EL MONACATO CRISTIANO EN ASIA MENOR

3.1. Basilio de Cesarea (+ 379)

3.2. Gregorio de Nisa (+ 394)

3.3. Seudo Macario/Simeón (380-430)

 

Breve visión de conjunto

1. En Asia Menor sobresale la noble figura de san Basilio el Grande. Seguramente él no fue quien fundó el monacato en esa región, pero sí le corresponde el mérito de haber cimentado la vida monástica del Asia Menor sobre las sólidas bases de la Sagrada Escritura, sobre todo en el Evangelio de Jesucristo.

2. “Realmente no es pequeña la lucha que hay que sostener, para vivir con coherencia la promesa hecha en la profesión. Si bien a todos les es dado poder elegir vivir de acuerdo al Evangelio, ¡cuán pocos conocemos que lleven su observancia hasta los ínfimos detalles, sin descuidar nada de lo que el Evangelio prescribe! Esto exige tanto dominar la lengua, como tener una mirada educada según las intenciones evangélicas; mover los pies y trabajar con las manos a fin de complacer a Dios... Es necesaria la modestia en el vestir...; limitarse voluntariamente a los alimentos que se encuentran en la región, sin ningún exceso, aún en la posesión de lo necesario... Hay que recordar la perfección en la humildad, de manera de no tener presente la fama de los antepasados, ni enorgullecerse en poseer dones naturales, sean del cuerpo o del alma, y, tampoco, envanecernos por los elogios que otros hacen de nosotros. Todo esto es parte integrante de la vida evangélica”[1].

3. Un autor espiritual que seguramente fue monje y estuvo activo entre los años 380 y 430, llamado Seudo Macario o Simeón de Mesopotamia, ofrece en sus escritos una llamativa conjunción de influencias sirias y de los Capadocios (san Basilio y san Gregorio de Nisa)[2].

4. “Es por medio de muchos caminos, infinitamente variados que la gracia del Espíritu concede a las almas que le obedecen en todo el favor de llegar, a través de un progreso, de un crecimiento y largas dilaciones, a la medida perfecta de la pureza... En los comienzos, alimenta a los corazones con una leche espiritual, llena de dulzura y bondad celestial... En seguida, y según la medida del progreso, del crecimiento y de la renovación del alma, le da el alimento sólido del Espíritu; y, al mismo tiempo, las alas de la gracia -es decir, la fuerza del Espíritu Santo- creciendo en el alma con sus progresos en las buenas obras. Luego la gracia divina, la buena madre celestial, enseña a la inteligencia a volar, primero al nido del corazón o de los pensamientos, es decir a rezar a Dios sin distracción con fuerza espiritual. Después, cuanto más sólido es el alimento que recibe del Espíritu divino, más lejos y más alto puede volar el alma, guiada por el Espíritu. Y, finalmente, una vez que ha crecido y ha llegado a la estatura de la edad espiritual, la inteligencia vuela fácilmente de colina en colina y de montaña en montaña... con una gran tranquilidad y una gran paz...”[3].

 


[1] Basilio de Cesarea, Epístola 173; traducción de Max Alexander en Cuadernos Monásticos n. 84 (1988), pp. 91-92.

[2] Macario Simeón es un monje “cuya vida se desenvuelve en el seno de su comunidad y cuyo pensamiento religiosa está dominado por la Biblia. Repite para sus discípulos las exigencias de la Escritura; sin pretensiones literarias, pero con el calor de su convicción y de su experiencia...”. Su sentido del simbolismo lo aproxima a los sirios y su reflexión teológica aparece muy cercana a la de los Capadocios; Vincent Desprez, en la introducción a: Pseudo-Macaire, Oeuvres Spirituelles. I, Paris, Eds. du Cerf, 1980, pp. 55-56 (Col. Sources chrétiennes, 275).

[3] Macario Simeón, Homilía 16,2,1. 3. 4; ed. V. Desprez en op. cit., pp. 182-185.