Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [31]

3.1. Basilio de Cesarea (+ 379)

San Basilio, llamado el Grande por los griegos, fue en el siglo IV el gran obispo de Cesarea, pero antes, siguiendo los consejos de Macrina su hermana, abandono la ciencia del mundo y se dio a la reforma de su vida.

Para ello, durante dos años después de su bautismo, recorrió el Oriente para estudiar la vida monástica. Visito los monasterios de Egipto, Palestina, Siria y Mesopotamia en busca de padres y guías para su alma.

Regresando luego a la región del Ponto, se estableció a las puertas de Neocesarea, en un lugar apartado y agreste, donde se le agregaron varios cristianos deseosos de entregarse a la vida ascética, formándose así un monasterio.

Allí escribió Basilio a su gran amigo Gregorio Nacianceno la carta segunda que traducimos más abajo y que es como un primer esbozo de su Regla.

Después de haber vivido cinco años como monje, fue ordenado sacerdote por Eusebio (364) de quien fue enseguida un auxiliar valioso e insustituible hasta que en 370 lo sucedió en esa sede. Durante toda su carrera y sobre todo durante su episcopado, fue el abogado de todas las miserias, y aparece como uno de los más grandes organizadores de la caridad católica, propagando albergues, hospicios, hospitales.

Durante toda su vida lucho contra el arrianismo y después de la muerte del obispo san Atanasio fue el más insigne defensor de la fe de Nicea.

Cuando con la muerte de Valente (378) se estableció en oriente la paz religiosa, Basilio, cumplidas todas sus esperanzas pudo -terminada su carrera- entrar en el gozo de su Señor el 1º de enero de 379.

 

CARTA II[1]

A su amigo Gregorio

1. Reconocí tu carta, como los que reconocen los hijos de sus amigos por el parecido que muestran con sus padres. Decir, en efecto, que la condición del lugar no es algo importante para inspirar a tu alma algún deseo de compartir nuestra vida, antes de conocer nuestro estado de ánimo y el modo en que pasamos nuestro tiempo, eso es expresar un pensamiento muy tuyo, de tu alma, que considera que todo aquí abajo es nada comparado a la felicidad que nos es reservada conforme a las promesas.

En cuanto a lo que yo mismo hago en este lugar apartado, noche y día, me avergüenza escribirlo. Abandoné las ocupaciones de la ciudad, cual causantes de mil males, y a mí mismo todavía no me pude abandonar. Soy parecido a los que en el mar se desesperan por las náuseas que sienten pues no están acostumbrados a la navegación. Se impacientan por el tamaño de la nave, por las olas enormes que produce, dejándola para pasarse a un bote o a una nave pequeña, pero en todas partes tienen náuseas y no saben qué hacer porque su disgusto y su bilis cambia de lugar con ellos. Un poco así es nuestro caso. Llevando con nosotros nuestros sentimientos íntimos, por todas partes nos encontramos con las mismas dificultades, de forma que ningún gran provecho hemos sacado de esta soledad.

Sin embargo, lo que había que hacer y en virtud de lo cual podíamos seguir las huellas de Aquel que mostró la salvación: Si alguno, dice, quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, cargue su cruz y me siga (Mt 16,24), eso lo hemos hecho.

2. Hay que esforzarse por mantener el espíritu (noys) en la tranquilidad (hesychia). Como el ojo que se pasea por todas partes, y ora se va para los costados, ora para arriba y para abajo, mirando para todas partes, no puede ver claramente lo que mira, sino que debe fijar la mirada sobre el objeto observado si quiere tener una visión clara; así también el espíritu del hombre, cuando está distraído por las mil perturbaciones del mundo no puede clavar los ojos fijamente en la verdad.

Aquel que todavía no está comprometido por los vínculos del matrimonio, furiosos deseos, instintos desenfrenados y algunos amores apasionados lo perturban. A aquel ya atado por la unión conyugal, un tumulto de preocupaciones de otra especie lo espera: si no tiene niños, desea tener niños; si tiene niños, son las preocupaciones por su educación, la vigilancia de la mujer, la atención de la casa, la dirección de los sirvientes, los perjuicios en los contratos, los conflictos con los vecinos, las luchas en los tribunales, los riesgos del comercio, las fatigas de la agricultura. Cada día llega con su obscurecimiento particular para el alma (ver Mt 6,34b), y las noches recibiendo las preocupaciones del día engañan al espíritu con las mismas imágenes. Hay un solo medio de huir de esos males: la separación del mundo todo.

Separarse del mundo no es salir corporalmente de él, sino romper la simpatía entre el alma y el cuerpo, y devenir sin ciudad, sin casa, sin nada propio, sin amigos exclusivos, sin posesiones, sin medios de vida, sin negocios, sin vida social, ignorante de las enseñanzas humanas, dispuesto a recibir de corazón las marcas que producen las enseñanzas divinas.

Pero la preparación del corazón es el olvido de las enseñanzas que se habían establecido en él por los malos hábitos. En efecto, no se puede escribir en la cara si antes no se borran los caracteres que estaban impresos; y no se transmiten al alma las enseñanzas divinas si no se borran las ideas que los hábitos habían establecido. Para esa tarea la soledad nos ofrece un provecho muy grande, adormeciendo nuestras pasiones (ver Sal 45,11) y dejando a la razón (logos) la ocupación de arrancarlas completamente del alma. Como los animales salvajes son fácilmente conquistados si se los acaricia, así también los deseos, las iras, los miedos y las penas, esos animales venenosos y malos del alma, si se los duerme en la tranquilidad del alma y no se los exaspera por la excitación continua, se hacen fáciles de vencer por la fuerza de la razón.

Sea, entonces, el lugar de tal cualidad como lo es el nuestro: apartado del trato frecuente con los hombres, de modo que nada de afuera interrumpa la continuidad de la ascesis. El ejercicio de piedad alimenta el alma con pensamientos divinos.

¿Qué, pues, de más feliz que imitar en la tierra el coro de los ángeles: apenas comenzado el día levantarse para la oración y glorificar al Creador con himnos y cantos (ver Ef 5,19), después -cuando el sol brilla con su clara luz- comenzar el trabajo, en todas partes acompañado de la oración y con la sal de los himnos condimentar, por así decirlo, las ocupaciones? Establecer en el alma la alegría y la falta de aflicciones: es la gracia que procuran los consuelos de los himnos. La tranquilidad (hesychia) es el principio de la purificación para el alma, y la lengua no habla de las cosas de los hombres, y los ojos no se pasean por todas partes para ver los bellos colores y las proporciones de los cuerpos, y el oído no debilita el vigor del alma por la audición de las melodías compuestas para el placer, ni por las palabras de los hombres burlones y chistosos: lo que más provoca la disolución del vigor del alma.

El espíritu, pues, que no se dispersa en lo exterior y que no se difumina en el mundo de los sentidos, vuelve a sí mismo al pensamiento de Dios. Y entonces, brillante y resplandeciente de belleza divina encuentra el olvido de su naturaleza; ni la preocupación por los alimentos, ni la inquietud por los vestidos distraen el alma, mas como ha puesto a un lado las preocupaciones terrenas, traslada toda su diligencia hacia la adquisición de los bienes eternos. ¿Cómo conducirá bien la templanza y la fortaleza? ¿Cómo la justicia y la prudencia, como así también las demás virtudes, que se especifican bajo estas categorías generales y que le muestran al hombre cómo cumplir en cada acto de la vida lo conveniente?

3. El gran camino hacia el descubrimiento de lo que conviene es la meditación de las Escrituras inspiradas por la divinidad (theopneyston). En éstas se encuentran las normas de conducta; y las vidas de los bienaventurados varones transmitidas en las Escrituras, que son como imágenes vivientes de la vida según Dios, propuestas a la imitación por sus buenas obras.

Ciertamente si cada uno en lo que halla que se siente enfermo, en eso insiste, como sucede en un hospital, encontrará el remedio que conviene a su enfermedad.

El que está enamorado de la castidad lee una y otra vez la historia de José y de él aprende la práctica de la castidad, al encontrarlo no sólo manteniendo la continencia ante el placer, sino también habitualmente establecido en la virtud (ver Gn 37-50).

Se aprende la fortaleza con Job (ver Jb 1,13-22; 2,11-13; 4,1-37,24), quien, cuando su vida se modificó para tomar la dirección opuesta, deviniendo en un momento de rico, pobre y privado de hijos cuando tenía una hermosa descendencia (ver Jb 1,13-22), no solamente permaneció el mismo y mantuvo no abatida su gran alma, sino que cuando sus amigos, que habían venido para consolarlo, empezaron a insultarlo y se unieron para causarle dolor, no se irritó (ver Jb 6,21 ss).

Todavía si alguno busca cómo ser, al mismo tiempo, dulce y de ánimo fuerte, para servirse de su ánimo contra el pecado y de su dulzura con los hombres, encontrará al valiente David: fuerte en la guerra, dulce y tranquilo en las respuestas a sus enemigos (ver 1 S 17,48 ss; 24,5 ss). De igual modo fue también Moisés, alzándose en gran cólera frente a los que pecaban contra Dios, soportando con alma dulce las calumnias contra sí mismo (ver Ex 32,19 ss; Nm 12,1 -13).

En todas las situaciones como los pintores, cuando pintan imágenes a partir de otras imágenes observan frecuentemente el modelo esforzándose por hacer pasar los caracteres del modelo a su propia obra de arte; igualmente, el que se aplica solícitamente a ser perfecto en todos los aspectos de la virtud, debe observar las vidas de los santos como estatuas con vida y acción, y por la imitación hacer suyo el bien de ellos.

4. Las oraciones que, por su parte, suceden a las lecturas encuentran el alma más joven y en la mayor madurez, estimulándola al deseo de Dios. Es, además, oración bella la que imprime con claridad en el alma el pensamiento de Dios. Y en esto consiste la inhabitación de Dios: por el recuerdo tener instalado en sí mismo a Dios. Así nos hacemos templo de Dios (ver 1 Co 6,19), cuando las preocupaciones terrenas ya no interrumpen la continuidad de ese recuerdo; cuando el espíritu no es turbado por imprevistas pasiones, sino que, huyendo de todas las cosas, el que ama a Dios se retira junto a Dios, y expulsa lo que nos invita al mal, aplicándose a las prácticas que conducen a la virtud.

5. Ante todo hay que ser diligente para no ignorar el uso conveniente de la palabra: interrogar sin ánimo de disputa, responder sin deseo de ser admirado, no interrumpir al interlocutor cuando dice una palabra útil, no querer insertar la palabra de uno ostentosamente, fijarse una medida para hablar y para escuchar, aprender sin vergüenza y enseñar sin excitar la envidia, y si ha aprendido alguna cosa de otro no ocultarlo, como hacen las mujeres de mala vida que buscan hacer pasar por legítimos los hijos bastardos, sino proclamar abiertamente el padre de esa palabra.

Para el tono de la voz preferir el medio: como para no impedir la audición por excesiva debilidad, ni molestar por demasiada fuerza del volumen. Examinando primero lo que se va a decir, después se proferirá la palabra.

Hay que ser amable en los encuentros, dulce en los coloquios; no buscar agradar con bufonadas, sino que con bondadosas consolaciones hacerse afable. En todas las circunstancias evitar la aspereza, aún si hay que formular un reproche. En efecto, si primero te humillas a tí mismo, entonces serás fácilmente aceptado por el que necesita de tus cuidados.

A menudo nos puede ser útil el modo de corregir del profeta, que no impuso por su propio nombre el castigo a David pecador, sino que utilizó una sustitución de persona para hacerlo a él juez de su propio pecado. De modo que habiendo enunciado antes el juicio que caería sobre él, después nada podía reprocharle al que lo había acusado (ver 2 S 12,1 ss).

6. Lo que acompaña el sentimiento de pobreza y humildad es: una mirada seria y dirigida al suelo, un porte no rebuscado, una cabellera no cuidada, un vestido miserable; así, eso que hacen los que están de duelo para observar las costumbres, nosotros lo mostraremos más espontáneamente (ver Mt 5,4).

La túnica estará ceñida al cuerpo por un cinturón; y que ese cinturón no esté por arriba de las caderas, eso sería femenino; ni flojo como dejando flotar la túnica, lo que sería signo de indolencia (ver 2 R 1,8; Jb 38,3).

Que el caminar no sea perezoso, como acusando al alma de debilidad; ni tampoco impetuoso y arrogante, como mostrando los arrebatos insensatos de esa alma.

En cuanto a la finalidad del vestido (ver 1 Tm 6,8): debe ser una cobertura suficiente de la carne para el invierno y el verano. No se busque, entonces, ni lo florido en el color, ni lo delicado y suave en la confección (ver Mt 11,8). Porque considerar en el vestido los bellos colores es igual al adorno de las mujeres, que cuidan de embellecerse mejillas y cabellera con colores extraños. Además, la túnica debe tener un grosor como para que el que se la vista no necesite de un accesorio para calentarse.

Que el calzado sea de poco precio, pero capaz de cumplir su cometido. En una palabra, como con el vestido, conviene atenerse a lo que es útil. Lo mismo para el alimento, el pan satisfacerá las necesidades y el agua apagará la sed del hombre sano, y se agregarán los alimentos preparados con legumbres, que pueden mantener el vigor del cuerpo para los trabajos necesarios. Hay que comer no mostrando una glotonería desesperada, sino manteniendo siempre la calma y la moderación ante los placeres; sin tener, incluso en ese momento, el espíritu ocioso del pensamiento de Dios, sino que de la misma naturaleza de los alimentos y de la constitución del cuerpo que los recibe se debe hacer un motivo de alabanza a Dios. Basta ver como los variados alimentos adaptados a la constitución de los cuerpos fueron pensados por el Dispensador (oikonomoyntos) de todo.

Las oraciones precederán la comida para que seamos dignos de los dones de Dios: tanto lo que él concede ahora, como lo que ha reservado para el futuro. Las oraciones después de la comida darán gracias por lo recibido y pedirán lo prometido. Una única hora se asignará a la comida, y la misma se repetirá regularmente, como para que de las veinticuatro horas del día y la noche haya una sola gastada para el cuerpo. Durante las otras el asceta se mantendrá ocupado en el trabajo espiritual.

Los sueños sean ligeros y sin esfuerzo el despertar, siguiendo naturalmente la justa medida del régimen de vida, e interrumpidos para ocuparse en las grandes cuestiones. Porque estar dominado por un sueño profundo, encadenando a los miembros, es como dar vía libre a las fantasías insensatas, es estar en una muerte cotidiana para los que de esa forma duermen. Al contrario, lo que para los otros es el amanecer, para los que se ejercitan en la piedad es medianoche. Sobre todo es la calma de la noche la que concede tranquilidad al alma, cuando ni los ojos ni las orejas transmiten hacia el corazón las noticias o los espectáculos dañinos, sino que sólo y en sí mismo recogido el espíritu se une a Dios; corrigiéndose por el recuerdo de sus faltas, poniéndose límites para apartarse del mal e implorando la ayuda de Dios para llevar a buen término la obra de sus desvelos.

 

Lecturas:

Basilio de Cesarea, Epístolas 2, 22, 173 y 223; traducción en CuadMon 23 (1988), pp. 74-109.

Basilio de Cesarea, Regla (traducida al latín por Rufino), Luján (Buenos Aires), ECUAM, 1993 (Nepsis, 4). Y también: Regla de san Basilio, traducida al latín por Rufino de Aquileya; también en: Cuadernos Monásticos ns. 93 (1990), pp. 219-252; 95 (1990), pp. 517-544; 98 (1991), pp. 367-376; 99 (1991), pp. 435-456; 100 (1992), pp. 57-94; 102 (1992), pp. 365-387.