Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [32]

3.2. Gregorio de Nisa (+ 394)[1]

Ignoramos la fecha de su nacimiento, que puede ubicarse en torno al 331, ya que su hermano Basilio nació hacia 329, y entre ambos hubo al menos otro niño: Naucracio.

Fueron su madre y, aún más, su abuela Macrina y su hermana mayor, Macrina la Joven, quienes transmitieron a Gregorio el legado de la fe. En tanto que, de su padre, Basilio el Anciano, recibió la cultura profana y religiosa. Al parecer el joven no tuvo maestros famosos, pero la amplitud de sus conocimientos de retórica, filosóficos y científicos da testimonio de la seriedad de su formación, aunque solo haya frecuentado “ciudades universitarias” de menor renombre.

Gregorio ejerció por un tiempo la función eclesiástica de lector (recibió el ministerio probablemente en 357) y debió pasar temporadas con los miembros de su familia que habían abrazado la vida monástica. Pudo así ampliar notablemente su cultura religiosa (Biblia, Filón, Orígenes). Sin embargo, abandonó el lectorado (¿hacia 364/65?) para dedicarse a la enseñanza de la retórica. Se discute si contrajo matrimonio con una tal Teosebia o ésta fue una hermana pequeña que vivió con él hasta su muerte. Sus confidencias en el De Virginitate sugieren que sí estaba casado.

Cuando Basilio recurrió a personas de su confianza para asegurarse sufragáneos numerosos y fieles, hizo elegir a Gregorio para la sede de Nisa. Aunque no muy convencido, aceptó la ordenación episcopal (372). En los primeros años su servicio pastoral no fue muy acertado. Basilio mismo se queja en varias ocasiones de su ingenuidad, de su simplicidad, de su falta de sentido político y hasta de su carácter altanero.

Un sínodo “homoiano” lo depuso, a comienzos del 376, acusándolo injustamente de malversación de fondos e irregularidades canónicas en su elección. Pudo retornar a su sede hacia 377-378, al cesar las persecuciones y tras la muerte del emperador Valente (378).

Con la muerte de su hermano Basilio, la actitud de Gregorio cambió notablemente: tomó conciencia de su responsabilidad, de ser el “heredero” de su hermano, y jugó un papel de primer orden en los acontecimientos eclesiales. Fiel a la táctica de aquel, hizo elegir a su hermano Pedro (el menor de la familia) para la sede Sebaste, en el año 380. Mientras que en el plano literario compuso varias obras de carácter polémico para oponerse a quienes propugnaban teorías erróneas.

Participó en un sínodo reunido en Antioquía (379), que adoptó un símbolo que reconocía la única divinidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; viajó luego al Ponto, para asistir en su muerte a su hermana Macrina, y volvió a Nisa.

Como teólogo prestigioso, desempeñó un papel importante en el concilio de Constantinopla del 381. El Niseno pronunció el discurso de apertura. Al morir Melecio durante el concilio, fue Gregorio quien pronunció su elogio.

El sínodo de Constantinopla de 382, lo comisionó para que restableciese el orden eclesiástico en la provincia de Arabia y también en Jerusalén.

Volvió a Constantinopla en varias ocasiones, pues su elocuencia era muy apreciada por la Corte. En la primavera del 383, en un sínodo celebrado en esa ciudad, tuvo a su cargo un discurso sobre la divinidad del Hijo y del Espíritu Santo. En el año 385, pronunció el elogio fúnebre de la princesa Pulqueria, y poco después el de la emperatriz Flacila.

Permanecen envueltos en la oscuridad los últimos años de la vida de Gregorio. Algunos conjeturan (W. Jaeger) que se dedicó a procurarle “una mística” al movimiento monástico organizado por san Basilio. Otros (J. Daniélou) suponían una declinación de su influencia, como consecuencia de la partida de Teodosio a Milán (en 388), del éxito de la predicación de Juan Crisóstomo y de las disputas que lo enfrentaron a su metropolita Heladio. Aunque también se puede pensar en una etapa de su vida en la que sintió con mayor urgencia concentrarse en los temas relacionados con la vida monástica, dejando en un segundo plano los problemas teológicos que hasta ese momento lo habían acaparado casi por completo. Son todas conjeturas que no pueden demostrarse fehacientemente.

La última noticia de su vida que tenemos es la inclusión de su nombre entre los participantes del sínodo de 394, en Constantinopla. Posiblemente murió poco después.

 

De sus obras señalamos, por su particular interés en relación con la vida monástica cristiana:

Vida de Moisés (PG 44,297-430; SCh 1ter)

En el prefacio el autor explica cuál es la finalidad que lo ha guiado en su composición:

“… Me pediste, querido amigo, que trace un camino de perfección para tu vida. Muestras claramente tu intención de encarnar en tu vida la gracia que te llegue por mis palabras, si realmente hallares en mi tratado lo que buscas. Hay dos cosas por encima de mis fuerzas: explicar ahora en qué consiste la perfección y practicarla en mi vida. Creo que no soy yo el único que piensa de este modo. Otros muchos hombres eminentes y aun santos se declaran incapaces de lograrlo. (…)

Sea como fuere, pongamos en este tratado a Moisés como ejemplo de vida. Primero haremos una breve presentación conforme nos lo han dado a conocer las sagradas Escrituras. Luego buscaremos el sentido espiritual que contiene la historia para ver en ella una norma de virtud Entendiéndolo así, llegaremos a conocer cómo los hombres puedan alcanzar vida de perfección” (Vida de Moisés, pról., ns. 3 y 15).

“La Vida de Moisés comprende, pues, dos partes que responden a dos tipos de interpretación. Gregorio llama al primero historia. Se trata de un resumen de los acontecimientos de la vida de Moisés según Éxodo y Números. Una exégesis literal, no en el sentido moderno, sino inspirada esencialmente por preocupaciones morales. Es una ampliación edificante, al estilo de la Haggadah judía, que depende mucho de Filón. Es muy distinta la theôría, lo esencial de la obra, donde la vida de Moisés pasa a ser el símbolo del itinerario espiritual del alma. También en esta concepción de la vida de Moisés como migración mística depende mucho de Filón. La tiniebla, en la que penetra Moisés en el curso de su ascensión, significa la trascendencia de la esencia divina respecto a todo espíritu creado. El alma a la búsqueda de Dios acaba por comprender que ver a Dios consiste en no verle y que es en la búsqueda misma donde reside el conocimiento de Él, que sobrepuja todo conocimiento”[2].

Gregorio desea mostrar que la vida de Moisés es la imagen de la ascensión hacia Dios. Su finalidad es descubrir el sentido espiritual de la historia de Moisés, y al mismo tiempo aclarar el carácter orgánico de la vida espiritual.

Su fecha de composición puede fijarse entre 390-392. Trad. en Biblioteca de Patrística 23, Madrid, Ed. Ciudad Nueva, 1993.

 

La Vida de Macrina (PG 46,960-1000; SCh 178)

Biografía de su hermana, la que es presentada como un modelo de perfección cristiana, propuesto para imitación de quienes quieren ser perfectos. La muerte de Macrina aparece en esta obra como la coronación de la esposa de Cristo. Trad. en Biblioteca de Patrística 31, Madrid, Ed. Ciudad Nueva, 1995.

 

La doctrina espiritual de san Gregorio está «dominada por la idea de la perfección concebida como un progreso. Se preocupa de justificar su doctrina apoyándola en la Escritura, sobre todo en san Pablo. El tema central de la Vida de Moisés es la cuestión de la perfección en materia de virtud. Si comienza diciendo que no la hay, es porque la virtud es esencialmente una marcha adelante. La perfección consiste en un progreso continuo. Domina toda la obra la imagen paulina del corredor enteramente tendido hacia delante (Flp 3,13). Gregorio participa con todo el pensamiento antiguo de la idea de que el objetivo de la vida espiritual es devolver el alma a su verdadera naturaleza, que es ser imagen de Dios. Solo que, frente a la idea platónica de una divinidad inmanente en el alma, que ésta reencuentra al retomar a sí misma, se trata de un volverse hacia Dios que se le comunica y la transforma. La esencia del alma es así una participación en Dios siempre creciente, pero nunca concluida.

“En cuanto a la virtud hemos aprendido del Apóstol que hay un solo límite de la perfección: el no tener ningún límite. Porque este hombre de mente abierta y elevada, el divino Apóstol, corriendo siempre por la virtud, nunca cesó de tender hacia adelante, ya que no consideraba seguro el hacer un alto en la carrera. ¿Por qué? Porque todo bien, por su propia naturaleza, no tiene límite. Lo que le limita es la posición de su contrario, como la vida por la muerte y la luz por la tiniebla. Todo bien en todo lo que atañe a los buenos por su contrario. Pues lo mismo que el fin de la vida es comienzo de la muerte, también el alto en la carrera por la virtud es el comienzo de la carrera por la maldad” (De Vita Moyses, Pr. 5-6).

El modo en que el espíritu creado imita la infinitud divina sin confundirse con Dios es el progresar sin fin hacia Él. El deseo del alma queda colmado porque no conoce la comunicación más alta que Dios puede hacerle. A la par, Dios, a medida que se comunica, dilata su capacidad para hacerla capaz de bienes mayores.

Hay dos rasgos esenciales en la doctrina de Gregorio. Uno es este del progreso perpetuo como ley de la vida espiritual. Otro es el de la habitación del Logos y con él de la Trinidad entera en el alma del justo. La mística de Gregorio es una mística del Logos. La experiencia mística es una conciencia de esta presencia. Hay también otro rasgo llamativo en sus escritos espirituales: el paso continuo que hace del plano individual al social. La ascensión del alma no es solitaria. En las Homilías sobre el Cantar de los Cantares el alma sube rodeada por el cortejo de otras almas que le están vinculadas. Santificándose a sí misma, es fuente de gracias para los otros. En Vida de Moisés, este aparece como transmisor de las plegarias de los hombres a Dios y de las gracias de Dios a los hombres. Para poder cumplir esta misión de mediador, primero hay que haberse aproximado a Dios. Por eso la vida contemplativa deberá preceder a la activa. Por eso mismo Moisés, al comienzo de su misión, comienza por retirarse al desierto de Madián, para dedicarse a las meditaciones elevadas y ser iluminado por la zarza ardiente. Gregorio destaca, más que la transmisión de la palabra de verdad, la comunicación de la santidad.

El ascenso a la perfección sólo es posible en vinculación viva con la Iglesia, como miembro del corpus Christi mysticum, como consecuencia de la participación en las fuerzas de gracia que permean ese cuerpo. El bautismo pone el fundamento de todo esfuerzo moral. La eucaristía es la vigorización de nuestra alma y el comienzo de la divinización (theopoíêsis). El esfuerzo ético y las gracias sacramentales se compenetran mutuamente[3].

 


[1] Para detalles sobre su vida, obra, enseñanzas, ver: https://iep.utm.edu/gregoryn/

[2] Ramón Trevijano Etcheverría, Patrología, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1994, p. 235 (Sapientia fidei. Serie de manuales de teología, 5)

[3] Cf. Trevijano Etcheverría, op. cit., pp. 237-238.