Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [33]

3.2. Gregorio de Nisa (+ 394)

Enseñanza sobre la vida cristiana (De instituto christiano)[1]

El De instituto posiblemente una de las últimas obras de Gregorio. Se inspira largamente en la Vida de Moisés.

Es un texto destinado principalmente a los monjes, a quienes debía servirles como guía espiritual. La primera parte define una espiritualidad de la vida monástica. En tanto que la segunda trata sobre la vida en comunidad.

 

Introducción                 el hombre es imagen de Dios

1. Si alguien levanta su atención un poco sobre lo corporal y, liberado de la servidumbre y sinrazón de las pasiones, examina su propia alma con pensamiento honesto y sincero, verá claramente en su naturaleza el amor de Dios hacia nosotros y el designio del Creador[2]. Observando de esta forma, descubrirá que es esencial y connatural al hombre el impulso del deseo[3] hacia lo hermoso y óptimo; descubrirá también, sembrado en su naturaleza, el amor impasible[4] y feliz hacia aquella Imagen inteligible y bienaventurada de la que el hombre es copia.

2. Sin embargo, la ilusión de estas cosas visibles y siempre cambiantes, junto con la pasión irracional y el placer amargo, engaña y seduce al alma negligente y que por desidia se encuentra sin vigilancia; la arrastra al vicio funesto que surge de las delicias de la vida, y engendra la muerte para quienes lo aman. Por esta razón, a quienes la reciben con deseo, la gracia de nuestro Salvador ha dado el conocimiento de la verdad, que es medicina saludable para las almas; con ella se disipa el error que seduce al hombre, y se domina el sentir innoble de la carne, pues el alma, que ha recibido el conocimiento, es conducida por la luz de la verdad hacia lo divino y hacia su salvación.

3. Ustedes, que han recibido dignamente este conocimiento y dirigen su amor a Dios conforme a la naturaleza de que está dotada el alma, se han reunido con buena voluntad, y, unidos en común, realizan en sus obras el ideal apostólico. Desean ahora recibir de mi parte una palabra que les sirva de orientación y guía del camino de la vida y que conduzca hacia lo correcto, mostrando con exactitud cuál es el fin de esta vida para quienes entran en ella, cuál la voluntad de Dios, buena, grata y perfecta (Rm 12, 2), y cuál el camino para conseguir este fin, cómo deben comportarse entre sí quienes recorren este camino, cómo es necesario que los superiores dirijan el grupo de la filosofía[5], a qué pruebas deben ser sometidos quienes intentan subir hasta la cima de la virtud y preparar sus almas para la digna recepción del Espíritu.

4. Nos piden una palabra no pronunciada con los labios, sino consignada por escrito, de forma que, teniéndola así, en un lugar seguro para su conservación, puedan recordarla según las necesidades de cada ocasión. Intentaremos, pues, hablar para satisfacer este deseo conforme nos guíe la gracia del Espíritu.

 

La pureza de la fe                     no hay auténtica vida cristiana sin recta confesión de fe

5. Sabemos con exactitud cómo la regla de la piedad[6] se encuentra fundamentada entre ustedes en la rectitud de la doctrina de la fe, que afirma la única divinidad de la bienaventurada y eterna Trinidad, que de ninguna forma sufre mudanza alguna, sino que por el contrario es contemplada y adorada en una sola esencia, en una sola gloria, en un solo designio según las tres hipóstasis[7]. Realizamos esta confesión, recibida de numerosos testimonios[8], por el Espíritu que nos lavó en la fuente del bautismo[9].

6. Sabemos que tienen esta profesión de fe, piadosa e infalible, firmemente asentada en lo profundo del alma; conocemos también su aspiración y la subida de ustedes hacia el bien y la felicidad de arriba por medio de las buenas obras. Por eso les ponemos por escrito brevemente los principios de la enseñanza, seleccionándolos de los que ya nos han sido previamente dados por el Espíritu Santo: citaremos muchas veces palabras de la Escritura para dar, según la necesidad, consistencia a lo que se dice, y para poner de manifiesto nuestra comprensión de ella. Así ni nos apartaremos de la gracia que viene de arriba para crear por nuestra cuenta con flojo y pobre entender, ni construiremos con razonamientos ajenos[10] apariencias de piedad, ni habiéndolos hecho nacer con pensamiento vano, los pondremos ignorantemente por escrito.

 

La ofrenda del hombre a Dios               la fuerza del Espíritu

7. Es necesario que quien quiere presentar como ofrenda a Dios su cuerpo y su alma conforme a la ley de la piedad, y rendirle un culto incruento y puro[11], instituya como guía de su vida a la piadosa fe que nos proclaman las palabras de los santos a través de toda la Escritura; de esta forma entregará un alma dócil y propicia para el deporte de la virtud, liberándose limpiamente de las ataduras de esta vida, y separándose de la servidumbre de las cosas bajas y vanas, hecho todo él propiedad de Dios sólo por la fe y por la vida, perfectamente consciente de que la fuerza de Cristo está en aquel en quien son irreprochables la fe y la vida, y de que en donde está la fuerza de Cristo, allí se produce la huida de toda maldad y de la muerte que nos roba nuestra vida.

8. El mal, en efecto, no tiene tanta fuerza en sí mismo como para hacer frente al poder del Señor, sino que brotó como consecuencia de la desobediencia a sus mandamientos[12]. Así sucedió antiguamente al primer hombre, y sucede ahora a todos aquellos que con su libre decisión imitan su desobediencia. Por el contrario, la fuerza del Espíritu purifica a quienes se unen al Espíritu con pensamiento sincero, y tienen una fe en toda plenitud, sin mancha alguna en la conciencia. Así dice el Apóstol: Nuestro Evangelio no se presentó a ustedes sólo en palabras, sino en poder y en el Espíritu Santo y en gran plenitud como saben (1 Ts 1,5). Y más adelante: Que todo su ser, espíritu, alma y cuerpo, se conserve irreprochable en el nombre de nuestro Señor Jesucristo (1 Ts 5,23), el cual concedió la prenda de la inmortalidad por medio del bautismo a quienes se hacen dignos, con el fin de que el talento confiado a cada uno de los que han creído obtenga un tesoro invisible con su trabajo.

 

El bautismo y el don del Espíritu            el santo bautismo

9. Hermanos, para quienes lo reciben con temor, el santo bautismo es grande, en orden a la consecución de las realidades superiores. Pues el Espíritu, rico y generoso, se difunde siempre en aquellos que han recibido esta gracia. Los santos apóstoles, llenos de ella, mostraron a las Iglesias de Cristo los frutos de su plenitud. En aquellos que han recibido sinceramente este don, el Espíritu permanece según la medida de la fe de cada uno de los que lo han recibido. Cooperando e inhabitando, edifica el bien en cada uno de ellos conforme al esfuerzo del alma en las obras de la fe[13], como lo indica esta palabra del Señor: quien ha recibido aquella moneda (cf. Lc 19, 13 ss.) ha recibido para trabajar, esto es, la gracia del Espíritu Santo ha sido dada a cada uno para el provecho de quien la ha recibido y para su aumento.

 

El crecimiento en la virtud                     dinámica de la vida en el Espíritu

10. Conviene pues que el alma, regenerada por el poder de Dios, sea alimentada hasta la medida de la edad de la inteligencia en el Espíritu, refrescada suficientemente por el agua de la virtud y los recursos de la gracia. La naturaleza del cuerpo de un recién nacido no se estaciona en la debilidad de esta edad del niño, sino que, si es alimentada con los alimentos convenientes al cuerpo, alcanza la medida que le ha sido fijada. De igual forma, el alma que ha recibido un nuevo nacimiento y a la cual la participación del Espíritu ha devuelto realmente a su primera belleza al destruir la enfermedad proveniente de la desobediencia[14], no debe permanecer infantil, ni inactiva, ni ociosa, sin moverse, dormitando en el mismo estado de su nacimiento; sino que debe alimentarse con alimentos adecuados[15] y crecer hasta la altura que exige la naturaleza por medio de las virtudes y de los trabajos. De esta forma, el alma, unida a la virtud por el poder del Espíritu, se mantendrá inaccesible al ladrón invisible que tienta a las almas con asechanzas encubiertas.

 

Tender hacia lo perfecto                       esfuerzo y gracia

11. Es, pues, necesario que cada uno se encamine hacia el hombre perfecto, conforme al dicho del Apóstol: Hasta que todos alcancemos la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, hacia el varón perfecto, hacia la medida de la edad de la plenitud de Cristo, para que no seamos niños, que fluctúan y se dejan llevar por todo viento de doctrina, en la astucia para los engaños del error, sino que, al contrario, unidos a la verdad, crezcamos en todo hasta aquel que es nuestra cabeza, Cristo (Ef 4, 13-15). Y en otra parte, dice el mismo: No se conformen a este siglo, sino transfórmense por la renovación de su mente, para discernir cuál es la voluntad de Dios, buena, grata y perfecta (Rm 12, 2), llamando voluntad perfecta de Dios a que el alma esté configurada por la piedad. La gracia del Espíritu Santo hará florecer a un alma así, ayudándola en los trabajos de esta configuración y llevándola hasta el culmen de la belleza.

 

La lucha ascética                      paciencia y gracia; voluntad humana y gracia

12. No está en nuestro poder el desarrollo del cuerpo en su crecimiento. La naturaleza no establece en ningún caso su estatura conforme al parecer o al gusto del hombre, sino conforme a sus propias fuerzas y necesidad. En cambio, la medida y la belleza de la renovación del alma que concede la gracia del Espíritu conforme al esfuerzo de quien la recibe, dependen de nuestra determinación. Cuanto más intensifiques la lucha en favor de la piedad, tanto más se dilatará la grandeza de tu alma por medio de las luchas y trabajos a los que nos exhorta el Señor diciendo: Esfuércense en entrar por la puerta estrecha (Lc 13,24; cf. Mt 7,13). Y también: Usen la fuerza, pues los violentos arrebatan el Reino de los cielos (Mt 11,12). Y quien persevere hasta el fin, ése se salvará (Mt 10,22; cf. Mc 13,13). Y también: Con su paciencia poseerán sus almas (Lc 21,19). Y el Apóstol: Por la paciencia corramos hacia el combate que se nos ofrece (Hb 12, 1) Y además dice: Corran de forma que lo alcancen (1 Co 9,24). Y de nuevo: Como siervos de Dios, en mucha paciencia (2 Co 6,4), etc. De esta forma nos exhorta a correr y nos anima a comportarnos valientemente en los combates, pues el don de la gracia se otorga conforme a la medida de los esfuerzos de quien lo recibe.

13. Así pues, la gracia del Espíritu concede vida eterna e inefable alegría en los cielos; el amor, a través de la fe en medio de nuestros trabajos, hace al alma digna de recibir estos dones y gozar de esta gracia. Y puesto que la obra de la justicia y la gracia del Espíritu cooperan a esto mismo, llenan juntamente de vida bienaventurada al alma en la que coinciden; en cambio, desunidas, no proporcionan ningún provecho para el alma[16].

14. En efecto, ni la gracia de Dios, por su propia naturaleza, puede penetrar en las almas que huyen de la salvación, ni el poder de la virtud humana se basta por sí solo para hacer subir hasta la Vida a las almas que no participan de esta gracia. Pues se ha dicho: Si el Señor no edificase la casa y custodiase la ciudad, en vano vigilaría el centinela y se esforzaría el edificador (cf. Sal 126 [127],1). Y de nuevo: No es por su espada corno poseyeron la tierra, ni fue su brazo el que los salvó -aunque usasen sus brazos y sus espadas en los combates-, sino tu diestra y la luz de tu rostro (Sal 43 [44],4). ¿Qué significa esto? Que desde los cielos el Señor combate como aliado de los que se esfuerzan y, al mismo tiempo, que quienes consideran el empeño humano no deben pensar que la corona depende exclusivamente de su esfuerzo, sino de colocar en la voluntad de Dios las esperanzas del triunfo.

15. Es necesario, pues, conocer cuál es la voluntad de Dios; que quien aspira a la vida bienaventurada se esfuerce en contemplarla, y organice su vida conforme al deseo que tiene de ella.

 

La purificación del alma            la confianza con el Señor

16. La voluntad perfecta de Dios es purificar el alma de toda mancha por medio de la gracia, elevándola sobre los placeres de la carne y ofreciéndola a Dios pura, llena de deseos y capaz de contemplar aquella luz inteligible e inefable.

17. El Señor llama bienaventurados a éstos, cuando dice: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5,8). Y en otro lugar manda: Sean perfectos, como es perfecto su Padre celestial (Mt 5,48). El Apóstol nos anima a correr hacia esta perfección, diciendo: Para presentar todo hombre perfecto en Cristo: es por esto por lo que combato (Col 1,28-29).

18. David, hablando en el Espíritu, enseña el camino de la verdadera sabiduría a quienes quieren practicarla rectamente; deben caminar conforme a ella quienes aspiran a la meta perfecta, quienes piden aquellas cosas que el Espíritu, por boca de David, enseña a pedir a quien es el dador. Dice: Que mi corazón sea irreprochable en tus juicios, para que no sea avergonzado (Sal 118 [119],80). Ordena temer la vergüenza[17] y despojarse de ella como de una vestimenta manchada y deshonrosa a quienes con sus vicios se vistieron de ella. Y de nuevo dice: Entonces no seré confundido al considerar todos tus mandamientos (Sal 118 [119],6). Ves cómo el Espíritu coloca la libertad del alma[18] en el cumplimiento de los mandamientos. Y nuevamente: Crea en mí, oh Dios, un corazón puro, y renueva en mis entrañas un espíritu recto; confírmame con el Espíritu soberano (Sal 50 [51],12-14). Y en otro lugar pregunta: ¿Quién subirá al monte del Señor? Responde en seguida: Aquel cuyas manos son inocentes y el corazón limpio (Sal 23 [24],3-4).

19. El hombre puro en todas las cosas es llevado al monte de Dios: aquel que ni con la intención, ni con el pensamiento, ni con las obras llevadas a cabo, ha manchado su alma persistiendo en el mal, y aquel que rehizo nuevamente su corazón corrompido por el vicio mostrando en sus pensamientos y buenas obras al Espíritu soberano.

 

La virginidad cristiana               la del corazón es la que cuenta

20. El santo Apóstol, hablando sobre la virginidad, describe a quienes han elegido vivir en ella qué vida deben llevar. La virgen -dice- está atenta a las cosas del Señor, para ser santa en cuerpo y espíritu (1 Co 7,34). Habla de ser puro en el alma y en la carne. Exhorta a huir de todo pecado -sea visible u oculto-, lo más lejos posible. Esto es, manda abstenerse de los pecados ya se realicen de obra o de pensamiento. En efecto, el fin del alma que aprecia a la virginidad no es otro que el de estar cercana a Dios y convertirse en esposa de Cristo[19].

21. Quien desea hacerse próximo a alguien debe tomar, imitándolas, las costumbres de aquel a quien se aproxima. Es necesario, por tanto, que quien desea convertirse en esposa de Cristo se haga semejante -en la medida de lo posible-, a la belleza de Cristo por medio de la virtud, ya que no se puede estar unido a la luz, si no es resplandeciendo con la misma luz.

22. He oído decir al Apóstol Juan: Todo aquel que tiene esta esperanza se hace puro como Él es puro (1 Jn 3, 3). Y al apóstol Pablo: Sean imitadores míos, como yo soy de Cristo (1 Co 11, 1). Es necesario, pues, que el alma que se apresta a levantar el vuelo hacia lo divino y asociarse a Cristo, aleje de sí todo pecado: el que se comete abiertamente con las obras, me refiero al robo, la rapiña, el adulterio, la avaricia, la impureza, la difamación y toda especie manifiesta de pecados; también el que está asentado ocultamente en las almas y que, aunque oculto a los demás, devora cruelmente al hombre con dientes feroces. Así sucede con la envidia, la falta de fe, la mala intención, el dolo, el deseo de lo prohibido, el odio, la jactancia, la vanagloria y todo el engañoso enjambre de los vicios que la Escritura odia y reprueba tanto como a la especie de los pecados externamente manifiestos, pues todos están emparentados unos con otros y brotan de la misma maldad.

 

Peligros de la vanagloria                      es un mal terrible

23. ¿Qué huesos dispersó el Señor? ¿No fueron acaso los de aquellos que se dejan llevar del respeto humano? ¿A quién reprueba el Señor como si fuese maldito y asesino? ¿Acaso no reprueba al hombre hipócrita y engañoso? El Señor reprueba al hombre sanguinario y engañoso (Sal 5,7). ¿Acaso no se lanza abiertamente David contra quienes hablan de paz con sus vecinos mientras planean el mal en su corazón y grita a Dios: Págales conforme a sus obras? (Sal 27 [28],4; cfr. Sal 57 [58], 3). Y dice: Obran la injusticia en su corazón sobre la tierra (Sal 27 [28],3). Dios ha llamado obra de pecado al movimiento que queda oculto en el alma. Por esta razón nos manda no buscar la alabanza de los hombres y no avergonzarnos de su desprecio.

24. En efecto, la Escritura priva de la recompensa en el cielo a quienes se compadecen ostentosamente del pobre y dan limosna para ser honrados en la tierra. Si buscas agradar a los hombres y das limosna para ser ensalzado, ya has recibido el salario de tu buena acción con las alabanzas de los hombres pues mostraste misericordia en atención a ellas. No busca el premio en el cielo quien atesora las obras en la tierra, ni espera honor por parte de Dios quien ya lo ha recibido por parte de los hombres. ¿Deseas una gloria inmortal? Muestra tu vida en lo oculto a quien puede darte lo que deseas. ¿Temes una vergüenza eterna? Teme a Aquel que la pone de manifiesto en el día del juicio.

25. Pero, ¿cómo dice el Señor: Brille su luz ante los hombres, para que vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en los cielos? (Mt 5,16) Porque manda a quien sigue los mandatos de Dios que cuanto haga lo realice mirando hacia Él, y sólo busque agradarle a Él; que no busque gloria alguna de parte de los hombres; que huya de la ostentación y las alabanzas hechas por éstos y, sin embargo, que sea conocido a todos por su vida y por sus obras. De forma que cuando éstos lo conozcan (no dijo “que admiren al que hace ostentación de sí mismo”, sino) glorifiquen a su Padre que está en los cielos. Nos exhorta, en efecto, a dirigir toda la gloria hacia allí y ejecutar toda acción según la voluntad de Aquel en quien se encuentra el premio de las obras virtuosas.

26. Te exhorta a huir y a desviar el elogio de los hombres y de la tierra. Quien busca este elogio y dirige su vida hacia su consecución no sólo pierde una gloria eterna, sino que también debe esperar un castigo. Pues dice ¡Ay de ustedes cuando los alaben todos los hombres! (Lc 6,26).

27. Huye, pues, de toda alabanza humana, cuyo resultado es una vergüenza y un deshonor eterno; dirígete hacia la alabanza de arriba, conforme a las palabras de David: De ti viene mi alabanza (Sal 21 [22],26); y: En el Señor será alabada mi alma (Sal 33 [34],3). El bienaventurado Apóstol exhorta a quien come a no participar descuidadamente de las viandas presentes, sino a dar primero gracias a Aquel que ha dado las provisiones para vivir. Así prescribe despreciar en todo las alabanzas de los hombres, y buscar la alabanza de Dios sólo. Quien obra así es llamado fiel por parte del Señor; en cambio, cuenta entre los infieles a quien se deja arrastrar por el honor de aquí abajo. Pues dice: ¿Cómo pueden creer ustedes que reciben la gloria de los hombres y no buscan la gloria que viene solamente de Dios? (Jn 5,44).

 

Diatriba contra los vicios ocultos                       los remedios: humildad y caridad

28. En cuanto a la maldad del odio, oye a Juan, que dice: Quien odia a su hermano es homicida. Y saben que ningún homicida tiene vida eterna (1 Jn 3,15). Excluye de la vida -como a un homicida- a quien odia a su hermano, llamando más directamente homicidio al odio. Aquel que ha perdido y destruido su amor al hermano, y que de amigo se ha convertido en enemigo, podría ser contado justamente como quien conserva contra su prójimo un odio oculto, propio de conspiradores.

29. Y que no existe diferencia alguna entre las maldades ocultas en lo interior y aquellas que se exteriorizan y son visibles, se pone de manifiesto por medio de estas cosas que el Apóstol junta e incluye en el mismo rango. Dice: Y como no procuraron conocer a Dios, Dios los entregó a su réprobo sentir, que los lleva a cometer torpezas, llenos de toda injusticia, impureza, maldad, avaricia, malicia; llenos de envidia, dados al homicidio, a contiendas, a engaños, a malignidad; chismosos, calumniadores, abominables para Dios, ultrajadores, soberbios, fanfarrones, inventores de maldades, rebeldes a los padres, insensatos, desleales, desamorados, despiadados; los cuales, conociendo la justicia de Dios, no comprendieron que quienes hacen tales cosas son dignos de muerte y no sólo las hacen, sino que dan su asentimiento a quienes las hacen (Rm 1,28-32).

30. ¿Ves cómo ha unido la malignidad, la soberbia, el engaño y los demás vicios ocultos al asesinato, a la avaricia y a todos los demás? ¿Qué clama el mismo Señor, cuando dice: Lo que es estimable entre los hombres es abominable ante Dios (Lc 16,15)? Quien se eleve a sí mismo será humillado, y quien se humille a sí mismo será exaltado (Lc 14,11). Y la Sabiduría dice: Todo corazón altanero es impuro ante el Señor (Pr 16,5). Cualquiera encontraría en otros pasajes de la Escritura muchas cosas para condenación de las pasiones ocultas en las almas. De tal forma son estas perversas y difíciles de curar y han adquirido tal fuerza en lo profundo del alma, que nadie puede limpiarlas y destruirlas con sólo el esfuerzo y la virtud humana, a menos que, recibiendo por medio de la oración la gracia del Espíritu como aliada, salga así victorioso de la malicia interior. Esto es lo que enseña el Espíritu, que dice por medio de David: Límpiame de mis pecados ocultos y preserva a tu siervo de los extraños (Sal 18 [19],13-14).

 


[1] Ed. de Wernerius Jaeger en Gregorii Nysseni. Opera ascetica, Leiden, J. Brill, 1952, pp. 40 ss. (Gregorii Nysseni Opera, vol. 8, pars 1). Trad. de Lucas F. Mateo Seco en: Gregorio de Nisa. Sobre la vocación cristiana, Madrid, Ed. Ciudad Nueva, 1992, pp. 85 ss. (Biblioteca de patrística, 18); en este mismo vol. se encontrarán las versiones de otras dos obras del Niseno: De professione christiana (Qué significa el nombre de cristiano: pp. 29 ss.; ed. cit., pp. 129 ss.); De perfectione (Sobre la perfección, pp. 43 ss; ed. cit., pp. 173 ss.).

[2] Gregorio fundamenta su doctrina ascética en la teología del hombre imagen de Dios: “Si el hombre nace para hacerse partícipe de los bienes divinos -escribe Gregorio-, necesariamente tiene que estar constituido de tal manera que esté capacitado para participar de esos bienes” (La gran catequesis, 5, 4).

[3] El deseo -la tensión hacia Dios- tiene primordial importancia en la doctrina mística de Gregorio de Nisa: el crecimiento en la virtud está en dependencia de la fuerza de este deseo. Aquí, en el mismo comienzo de este escrito, aduce su fundamento teológico: el deseo hacia el bien supremo es connatural al hombre. Este deseo de Dios no es más que el inevitable reflejo de haber sido hecho a imagen de Dios, que produce en el alma humana el deseo insaciable de ascender hacia la Belleza de la que ella lleva su imagen. Así lo explica Gregorio en La gran catequesis (5,6): “Para esto se dotó al hombre de vida, de razón, de sabiduría y de todos los bienes divinos: para que cada uno de ellos hiciese nacer en él, el deseo de aquello con lo que está emparentado”.

[4] Amor impasible. La expresión es frecuente en Gregorio y significa la locura de amor que comienza a embargar al hombre en la medida en que se acerca a Dios. Como señala Daniélou, se trata, ante todo, de un amor que hace al hombre salir de sí mismo, en una sobria ebriedad. El hombre, imagen de Dios, refleja en este amor tan apasionado que está más allá de las pasiones la infinita riqueza de la santidad divina.

[5] Literalmente: “el coro de la filosofía”, expresión que Gregorio utiliza con frecuencia para designar los monasterios, es decir, el lugar donde todos a una buscan la sabiduría.

[6] Expresión muy rica y que implica, al mismo tiempo, rectitud en la fe, fervor en la caridad y coherencia en la vida.

[7] A lo largo de este escrito, se pondrá de relieve la importancia de la in-habitación del Espíritu Santo en el alma y de su acción santificadora. Es lógico que Gregorio tenga particular sensibilidad a la hora de la profesión de fe trinitaria. Y que exhorte a la fidelidad a esta fe. Es el mismo camino seguido por su hermano san Basilio a la hora de escribir su Tratado sobre el Espíritu Santo.

[8] Se está refiriendo probablemente al Concilio I° de Constantinopla del año 381, en el que tuvo parte tan activa, y donde queda perfectamente explicitada la fe en la divinidad del Espíritu Santo.

[9] Literalmente: “en la fuente del misterio”.

[10] Literalmente, de fuera. Se está refiriendo a razonamientos construidos con material extraño a la revelación cristiana. Gregorio distingue con exquisito cuidado lo que pertenece a la certeza de la fe de lo que se basa en opiniones o razonamientos humanos, “pues usamos de la Santa Escritura como regla y como ley; y mirándola a ésta, sólo recibimos aquello que concuerda con la intención de las Escrituras” (Dialogus de anima et resurrectione, PG 46,145 B).

[11] Al igual que en el escrito Sobre la perfección, encontramos aquí la doctrina sobre sacerdocio de los fieles -el lenguaje es técnicamente sacerdotal (cf. Rm 12,1 y Hb 9,12)- como terreno donde se asienta la espiritualidad cristiana. Es un tema que se repite significativamente en Gregorio.

[12] Es de destacar la visión serena y optimista del Niseno en torno a la bondad del hombre. El mal no tiene tanta fuerza como el bien, ni siquiera en el interior del hombre, tan combatido por las pasiones. El mal tiene su origen en la elección pecaminosa. Tras ella -comenta Gregorio utilizando un rico simbolismo bautismal-, los hombres fueron revestidos de túnicas de pieles de animales. Y subrayando que ese mal no ha llegado a corromper del todo el interior del hombre, prosigue: “pero no para que permaneciera siempre, pues la túnica es de las cosas que nos envuelven por fuera, pero en modo alguno es inherente a la naturaleza (...) abraza la parte sensible del hombre, pero sin tocar siquiera a la propia imagen divina” (La gran catequesis, 8,4-5).

[13] Comienza aquí un tema que Gregorio va a desarrollar con gran detenimiento a lo largo de estas páginas: la santidad humana es el resultado de la acción del Espíritu de Dios en el hombre y de la libre y esforzada cooperación humana. Se trata de una cooperación que se manifiesta en buenas obras.

[14] La santificación implica la restauración en toda su belleza de la imagen de Dios en el alma, oscurecida por el pecado.

[15] La vida sacramental y, en concreto, la Eucaristía ocupa el lugar primordial entre estos “alimentos” (cfr. La gran catequesis, 37).

[16] Conviene subrayar que Gregorio, al igual que los Padres griegos, pone de relieve la cooperación -synergia- entre la gracia de Dios y el esfuerzo del hombre.

[17] La vergüenza tiene en Gregorio un gran significado teológico. Ella es el resultado de la caída original y de la pérdida de la “parrhesía”, de la confianza filial del hombre para con Dios. El Niseno vuelve una vez y otra sobre este tema, especialmente al hilo de Gn 3,10. La vergüenza no es más que manifestación externa del desorden y de la infamia en que el hombre ha caído al dejar de ser señor de sí mismo para convertirse en esclavo de las pasiones; ella es la razón de que sea revestido de animalidad, al cubrirse con pieles de animales. Sin embargo, vergüenza y pudor -Gregorio hace una inteligente distinción entre ambos conceptos-, sirven para proteger del pecado.

[18] Gregorio utiliza el término parrhesía, de rico contenido teológico, con el que se designa la libertad de temor y de vergüenza en la presencia de Dios, la confianza filial. Perdida esta parrhesía por el pecado, su adquisión muestra que el alma entra de nuevo en el paraíso, donde gozaba de la amistad divina. La parrhesía está muy relacionada con el sacerdocio: “Quien se preparó de tal forma que tenga el valor de llamar a Dios confiadamente (en parrhesía) Padre suyo, ése está revestido realmente de la estola sacerdotal” (Homilía III de oratione dominica, PG 44,149 C). En efecto, la parrhesía ante Dios es una disposición de ánimo netamente cristiana, fundada en la filiación divina, que entraña “autoridad moral” para interceder sacerdotalmente ante Dios.

[19] San Pablo llama a la Iglesia virgen y esposa de Cristo (cfr. 2 Co 11,2). Fue Tertuliano el primero en llamar a las vírgenes esposas de Cristo. Al hablar del alma como esposa de Cristo, Gregorio se inserta, pues, en una ya larga tradición.