Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [34]

3.2. Gregorio de Nisa (+ 394)

 

Enseñanza sobre la vida cristiana (De instituto christiano) [continuación]

 

Guardar el cuerpo y el alma                  el jardinero de la virtud

31. El hombre está compuesto de dos elementos, el alma y el cuerpo: éste constituye lo exterior; el alma permanece interior durante la vida. Es necesario guardar lo exterior como a templo de Dios, cuidando que ninguno de los pecados visibles caiga sobre él, lo derribe y lo destruya. Refiriéndose a esto, amenaza el Apóstol, cuando dice: Si alguien violase el templo de Dios, Dios lo aniquilará (1 Co 3,17). Es necesario también velar por lo interior con toda atención para que, en lo profundo, no tenga lugar una emboscada de la maldad, que corrompa la herencia de la piedad y esclavice al alma, llenándola de pasiones que la desgarren secretamente.

32. Es conveniente, pues, vigilar con diligencia al alma prestándole atención frecuentemente, como el general que grita y exhorta a sus hombres. Guarda tu corazón, ¡oh hombre!, con todo cuidado, porque de él vienen las fuentes de la vida (Pr 4,23). La custodia del alma es un pensamiento piadoso fortificado por el temor de Dios, la gracia del Espíritu y las obras virtuosas; quien ha armado con estas cosas su propia alma, esquiva fácilmente las asechanzas del tirano, me refiero al engaño, la concupiscencia, la ira que ciega, la envidia y todos los perversos movimientos íntimos de nuestro interior.

33. Es, pues, necesario que el jardinero de la virtud sea sencillo y constante, no cuide otra cosa que los frutos de la piedad, no tuerza su vida hacia los caminos del vicio, ni arranque de su fe la coherencia de la piedad; sea, por el contrario, sencillo, recto, desconocedor de las pasiones que caen fuera de su propio camino. Pues no es posible que esperen el mismo salario quien vive para un solo marido y quien se prostituye.

 

No llevar una doble vida                       la gracia del Espíritu

34. Dice el bienaventurado Moisés: No engancharás en tu era animales de diversa especie como el buey y el asno, sino que uncirás animales de la misma especie al trillar tu grano; ni tejerás lino con lana, ni lana con lino en un mismo vestido; no cultivarás en el suelo de tu tierra dos granos diferentes el uno del otro ni en el mismo año; no acoplarás animales de especies diferentes, sino que acoplarás a los que son de la misma especie (Dt 22,9-10; Lv 19,19).

35. ¿Qué significado tienen estos enigmas para el santo? Que no se debe hacer nacer juntos en la misma alma el vicio y la virtud, ni partir la vida entre cosas que son incompatibles, cultivando al mismo tiempo en la misma alma las espinas y el trigo; la esposa de Cristo no debe adulterar con los enemigos de Cristo, ni dar a luz tinieblas tras haber concebido la luz. No es posible unir entre sí naturalmente estos elementos; de igual forma, tampoco es posible unir entre sí lo propio de la virtud con lo que corresponde al vicio. ¿Qué amistad hay entre la templanza y la incontinencia? ¿Qué conformidad de la justicia con la injusticia? ¿Qué comunión de la luz con la tiniebla? ¿Acaso no se retira siempre una ante la otra, y rehúsa permanecer ante la otra cuando le ataca?

36. Por esta razón, es necesario que el sabio jardinero envíe, como de una fuente potable y buena, las aguas de la vida, puras y sin mezcla de barro, atendiendo sólo a los campos de Dios, cultivándolos durante su vida sin abandonarlos. De forma que, si se introdujese algún pensamiento extraño en el interior de los frutos de la virtud, Aquel que ve todas las cosas, viendo tus trabajos, arranque inmediatamente con su poder la oculta raíz falsa y engañosa de los pensamientos antes de que germine.

37. La gracia del Espíritu, que destruye las semillas del mal, acompaña inmediatamente a quien persevera en los trabajos de la virtud, y quien está siempre en la presencia de Dios no puede ser confundido en su esperanza ni ser abandonado sin defensa.

 

Perseverancia en la oración                  orar con esperanza

38. En el Evangelio has visto a la viuda (cf. Lc 18,3 ss.) que presentó la magnitud de la injuria recibida ante un juez sin humanidad; la mucha insistencia y perseverancia en los ruegos venció el talante del juez y lo decidió al castigo de la injusticia.

39. Tampoco tú pierdas la esperanza al orar a Dios[1]. Si la perseverancia de aquella viuda en el pedir cambió la decisión del magistrado sin piedad, ¿cómo desconfiaremos nosotros del esfuerzo puesto en pedir a un Dios cuya misericordia se adelanta muchas veces a los que le imploran? Más aún, el Señor, aceptando nuestra insistencia en la oración y exhortándonos a pedir esforzadamente, dice: Miren lo que dice el juez inicuo; cuánto más hará justicia su Padre celestial a quienes claman a Él día y noche. Yo les digo que les hará justicia en breve (cf. Lc 18,6-8).

40. Y el Apóstol, mostrando un gran esfuerzo y empeño por llevar a los discípulos de la piedad hacia un progreso perfecto, al mismo tiempo que presenta a todos claramente el fin de la piedad, dice: Amonestando a todo hombre y enseñando en toda sabiduría, para presentar a todo hombre perfecto en Cristo. Para esto me fatigo trabajando (cf. Col 1,28-29). Y a quienes han recibido el sello del Espíritu por medio del bautismo[2], exhorta de nuevo a que progresen en la edad de la inteligencia con la ayuda del Espíritu, diciendo: Por esta razón, oyendo sobre la fe y el amor que ustedes tienen hacia todos los santos, no ceso de orar por ustedes, pidiendo que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les conceda el espíritu de sabiduría y de revelación en su conocimiento; que los ojos de sus corazones sean iluminados para que comprendan cuál es la esperanza de su vocación, y cuál la riqueza de la gloria de su heredad en los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para quienes hemos creído (cf. Ef 1,15-19).

 

La participación en el Espíritu Santo                  la plenitud de Dios

41. También dijo sobre la forma de la participación del Espíritu: Según el vigor de su fuerza, conforme obró en Cristo, resucitándolo de entre los muertos (Ef 1,19-20). Él está hablando claramente de la participación del Espíritu y de su actuación en quienes le reciben, “para que también ustedes -dice- reciban el mismo modo de ser, su plenitud”. Y en seguida, avanzando un poco en la carta, pide para ellos algo mejor, deseando que venga sobre ellos una más perfecta gracia del Espíritu: Por esta razón, doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien viene toda paternidad en el cielo y en la tierra, para que les conceda según la riqueza de su gloria ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; que Cristo habite por la fe en sus corazones; que estén enraizados y fundamentados en el amor, para que puedan comprender con todos los santos cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad, conocer el amor de Cristo que excede todo conocimiento, para que estén llenos con toda la plenitud de Dios (Ef 3,14-19).

42. También habla a sus discípulos en otra carta de estas mismas cosas, desvelándoles el tesoro del Espíritu y exhortándoles a participar: Aspiren, dice el Apóstol, a los carismas mejores. Y aún les muestro un camino mejor. Aunque hablase las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe. Y si tuviese el don de profecía y conociese los misterios y toda la ciencia, y si tuviese tanta fe hasta el punto de trasladar montañas, pero no tengo caridad, no soy nada. Y si distribuyese toda mi hacienda y entregase mi cuerpo al fuego, pero no tengo caridad, no me aprovecha nada (1 Co 12,31-13,3).

 

El amor            culmen de la piedad

43. ¿Cuál es el provecho de la caridad? ¿Cuáles sus frutos? ¿De qué cosas aparta ella a quien la posee? ¿Qué proporciona? El Apóstol explica esto claramente con estas palabras: La caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se hincha, no es descortés, no busca sus cosas, no se irrita, no piensa el mal, no se alegra en la injusticia, se complace en la verdad; todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. La caridad no pasa jamás (1 Co 13,4-8). Con toda sabiduría y exactitud dice: La caridad no pasa jamás.

44. ¿Qué significa esto? Que si alguien recibe alguno de los otros carismas que da el Espíritu -por ejemplo, las lenguas de los ángeles, la profecía, la ciencia, los dones de las curaciones-, pero todavía no está completamente purificado por la caridad del Espíritu de todas las pasiones que perturban en el interior, y no ha recibido en su alma la perfecta medicina de la salud, aún permanece en peligro de caída, por no tener la caridad que fortifica y consolida en la estabilidad de la virtud.

45. No pienses que, a causa de la abundancia y generosidad de la gracia del Espíritu, basta con permanecer pasivo en sus dones para alcanzar la perfección. Todo lo contrario. Cuando llegue hasta ti la abundancia de aquel don, entonces hazte pobre de espíritu, siempre sumiso, tomando la caridad como fundamento del tesoro de la gracia para el alma. Lucha contra toda pasión hasta que llegues al culmen de la meta de la piedad. El mismo Apóstol se ha anticipado, conduce hacia ella a sus discípulos por medio de la oración y la enseñanza, y muestra a quienes aman al Señor el cambio hacia lo mejor que proviene de la caridad y la gracia, diciendo: Pues ni la circuncisión es nada ni el prepucio, sino la nueva criatura. Paz y misericordia para todos aquellos que se ajusten a esta regla y para el Israel de Dios (Ga 6,15-16). Y de nuevo: Si hay alguna nueva criatura en Cristo, lo viejo pasó (2 Co 5,17).

 

La nueva criatura                     regla apostólica – inhabitación del Espíritu

46. La “nueva criatura” es la regla apostólica. Es esto mismo lo que él enseñó claramente en otro lugar, cuando dijo: Para presentarse a sí mismo la Iglesia gloriosa, sin mancha ni arruga o cosa semejante, sino santa e irreprochable (Ef 5,27). Llamó nueva criatura a la inhabitación del Espíritu Santo en un alma pura e inmaculada, libre de todo vicio, perversidad y torpeza. En efecto, cuando el alma aborrezca pecar y se acerque esforzadamente a Dios en la condición de la virtud; cuando, transformada en su vida, muestre la gracia del Espíritu que se le ha dado, será toda ella nueva y creada de nuevo. La frase: Purifíquense de la vieja levadura para que sean masa nueva (1 Co 5,7) enseña esto; y también: Festejemos, no con la vieja levadura, sino con los ázimos de la pureza y la verdad (1 Co 5,8).

47. Sin embargo, el tentador tiende muchos lazos al alma proponiéndole su propia maldad desde muchos ángulos, y la fuerza humana por sí misma es demasiado débil como para conseguir la victoria sobre él. Por esta razón, el Apóstol nos manda proteger nuestros miembros con armaduras celestes, exhortándonos a revestirnos de la coraza de la justicia, a calzar nuestros pies con la prontitud de la paz, a ceñir nuestra cintura con la verdad, tomando en todas las cosas el escudo de la fe, gracias a la cual -dice- podrán apagar todos los dardos encendidos del enemigo (cf. Ef 6,14-16). Los dardos encendidos son las pasiones no dominadas. Él ordena también tomar el casco de la salvación y la espada santa del Espíritu (cf. Ef 6,17). Llama espada santa a la poderosa palabra de Dios con la que es necesario armar la mano derecha del alma para rechazar las asechanzas del enemigo.

48. Aprende ahora del mismo Apóstol cómo podemos tomar las armas. Dice: Con toda suerte de oraciones y plegarias, orando en todo tiempo en espíritu y, para esto, velando con toda perseverancia y súplica (Ef 6,18). Por esta razón, él ora por todos así: La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté con todos ustedes (2 Co 13, 13). Y aún más: Que se conserve entero el espíritu, el alma y el cuerpo de ustedes, sin mancha para la venida de nuestro Señor Jesucristo (1 Ts 5,23).

 

Ser buenos cristianos                abrazar el plan salvador del Señor

49. ¿Te das cuenta de cuántos modos de salvación te ha sugerido el Apóstol que llevan a un mismo camino y tienden hacia una misma meta, ser un perfecto cristiano[3]? Ésta es, en efecto, la meta hacia la que deben apresurarse los amadores de la verdad mediante una fe fuerte y una esperanza firme, progresando gozosamente con esfuerzo y pasión. Con estas cosas se lleva fácilmente a término la carrera de la vida hacia la cima de los mandamientos de Dios, de la que pende todo profeta junto con la ley. ¿A qué mandamientos me estoy refiriendo? Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu espíritu y al prójimo como a ti mismo (Dt 6,5).

50. Ésta es, pues, la meta de la piedad, que el Señor mismo y los apóstoles -que recibieron de Él este conocimiento-, nos han transmitido. Para explicar esto largamente hemos prolongado nuestro discurso; que no se nos reproche por haber estimado que es mejor ofrecer la verdad que acortar lo que se ha dicho.

51. En efecto, es necesario que quienes han aprendido a filosofar rectamente[4] y han limpiado sus almas de las manchas de los vicios, vean con exactitud la meta de la sabiduría. De esta suerte, conociendo la dificultad del camino y el final de la carrera, todos alejarán de sí la arrogancia y el enorgullecerse de las cosas hechas rectamente. Y según el mandato de la Escritura, renunciando a su alma juntamente con su vida, dirigirán los ojos hacia una sola riqueza: la que Dios concedió como premio de la caridad a aquellos que aman a Cristo.

52. Dios invita a este premio a todos aquellos que se animan a emprender el combate con buen ánimo, a quienes la cruz de Cristo socorre como viático[5] para el camino de una vida así. Cargando esta cruz con alegría y buena esperanza, deben seguir a Dios Salvador tomando como ley y camino de la vida su plan salvador, como dijo el mismo Apóstol: Sean imitadores míos, como yo lo soy de Cristo (1 Co 11,1). Y también: Corramos por la paciencia al combate que se nos propone, puestos los ojos en el autor y consumador de la fe, Jesús; el cual en vez del gozo que se le ofrecía, soportó la cruz, sin hacer caso de la ignominia, y está sentado a la diestra del trono de Dios (Hb 12,1-2).

53. Es de temer que, enaltecidos con los dones que vienen del Espíritu y habiendo tomado rectamente como norma el punto de partida hacia la virtud, decaigamos de nuestro propósito hacia la altanería y la soberbia antes de llegar a la consecución de lo que esperamos. Esto haría el esfuerzo inútil para nosotros mismos y para quien lo realiza con arrogancia; seríamos indignos de la perfección a la que nos atrae la gracia del Espíritu.

 

Esfuerzo constante                   un deseo insaciable

54. Es necesario no aflojar nunca la tensión del esfuerzo, ni desistir de los combates que tenemos por delante, ni volver los ojos a las cosas ya realizadas en el pasado, sino olvidarse de ellas y, conforme dice el Apóstol, lanzarse hacia lo que está delante (Flp 3,13)[6]; poner nuestro corazón en la atención que requiere ese esfuerzo, teniendo un insaciable deseo de justicia. De ella deben tener hambre y sed quienes intentan llegar a la perfección, haciéndose modestos y humildes como personas que, de algún modo, se hallan lejos de las cosas que se han propuesto y están muy alejados del perfecto amor de Cristo.

55. Quien desea este amor y levanta los ojos hacia la promesa, no se detiene orgulloso por las conquistas conseguidas al ayunar, velar, o afanarse en cualquier otro extremo de la virtud, sino que, por el contrario, lleno de un fuerte deseo de Dios y mirando intensamente hacia Quien le llama, estimará poco e indigno de premio todos los esfuerzos por acercarse. Lucha hasta el final de su vida -esfuerzo tras esfuerzo, virtud tras virtud-, hasta convertirse por sus obras en algo que honra a Dios, pero sin estimar jamás que se ha hecho a sí mismo digno de Dios.

 

Amor sin medida                      humildad de corazón

56. Éste es el mayor éxito de la filosofía: que quien es grande por las obras, sea humilde en su corazón; examine su vida y aparte de sí la presunción con el temor de Dios. Así gozará de la promesa por haber creído en ella y haberla amado, y no por haber trabajado penando por ella, pues siendo tan grandes los dones, no es posible encontrar trabajos dignos de ellos[7]. Por esta razón, se necesita una gran fe y una gran esperanza para que la recompensa sea a la medida de ellas y no de los trabajos. Ahora bien, la fe tiene como fundamento la pobreza de espíritu y el amor sin medida a Dios.

 

Consejos para la vida en común            la palabra de Dios siempre en el centro

57. Pienso haber explicado convenientemente a quienes han elegido vivir filosóficamente las cosas que pertenecen a la esperanza de conseguir este propósito. A lo ya dicho, es necesario añadir lo siguiente en torno a cómo es necesario que estos tales convivan unos con otros, qué clase de pruebas deben amar, y cómo deben correr deportivamente unidos hasta que lleguen a la ciudad de arriba.

58. Es necesario que quien virtuosamente desprecia las cosas codiciadas de esta vida: quien renuncia a sus parientes; quien renuncia también a toda gloria de aquí y ama la gloria celestial, y se une espiritualmente a sus hermanos según Dios, renuncie también a su alma junto con la propia vida[8]. La renuncia de la propia alma consiste en cuidar de no buscar nunca la voluntad propia, sino convertir la palabra Dios -tal y como está establecida-, en voluntad propia; y en tomarla como un buen piloto que dirija al puerto de la divina voluntad la totalidad de la fraternidad unida por la concordia.

 

El desprendimiento de los bienes terrenos                     nada estimar como propio

59. Es necesario, además, no poseer nada, ni estimar como propio nada al margen de la comunidad, excepto el vestido que cubre el cuerpo. Pues aquel que no posea nada y se encuentre libre de preocupaciones en torno a su vida, ése, rescatado para el servicio común de los hermanos, cuidará de la necesidad común y cumplirá animosamente, con gozo y esperanza, como siervo diligente y humilde de Cristo, lo que le sea encargado por los superiores. Esto es lo que quiere el Señor; a esto exhorta, cuando dice: Quien quiera ser el primero y grande entre ustedes, sea el último de todos, y el servidor de todos (cf. Mc 9,35; 10, 43-44; Mt 20,26-27; 23,11).

60. Pero es necesario que este servicio sea gratuito por parte de los hombres, y que no comporte ningún honor o gloria a quien sirve, para que no sea, conforme dice la Escritura, adulador, gesticulando como quien sirve para ser visto (cf. Ef 6,6); que se comporte como quien sirve al Señor mismo y no a los hombres; que camine por la senda estrecha (cf. Mt 7,14) y, al seguirla, coloque celosamente su cuello bajo el yugo del Señor (cf. Mt 11,29) y, soportándolo hasta el final, lo lleve hasta el fin con buena esperanza.

61. Es necesario, pues, someterse a todos, y servir a los hermanos como quien es deudor de un préstamo, deponiendo del alma cualquier preocupación, y poniendo en práctica el amor debido.

 


[1] La oración “está en relación muy directa con la parrhesía y con la relación filial con Dios” (J. Daniélou). En efecto, la oración cristiana es conversación familiar con Dios.

[2] Se está refiriendo a la crismación bautismal en una incipiente teología del carácter, con algunos textos paulinos como trasfondo (cf. 2 Co 1,21, Ef 1,13; 4,30).

[3] Se trata de una meta que consiste, como él mismo dice con frase rotunda, en “nunca parar de crecer hacia lo mejor y en nunca poner límite alguno a la perfección” (Sobre la perfección, n. 89).

[4] Es decir, “quienes desean vivir cristianamente”.

[5] La expresión es hermosa. En medio del afán didáctico por concretar la lucha ascética del cristiano, esta alusión a la cruz de Cristo como “viático” para animar al cristiano en el combate, hace más concreto y cálido el seguimiento de Cristo.

[6] Vuelve una vez más la epéktasis, el ilimitado camino que lleva a Dios, idea tan querida para el Niseno. Estas palabras de san Pablo constituyen el texto clave en que se apoya. Como escribe en la Homilía VI in Ecclesiasten: “quien ha encontrado, continúa siempre en busca”, pues “para esta búsqueda es siempre tiempo oportuno: el tiempo oportuno es no dejar nunca de buscarlo”.

[7] Evoca a Rm 8,18: Tengo por cierto que los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros. El argumento niseno es de gran relevancia teológica: la desproporción que existe entre las obras y la gloria hace que, fundamentalmente, se goce de la promesa por haber creído en ella, y haberla amado. Este argumento aleja aún más a Gregorio de la acusación de confiar demasiado en las fuerzas y en las obras humanas.

[8] Cf. Mt 16,24-28; Mc 8,34-39; Lc 9,3-27. La idea de la abnegación total -evidente en estos pasajes evangélicos- lleva a Gregorio, tan defensor de la libertad personal, a exhortar a la renuncia del propio capricho y de la propia voluntad. El cristiano ha de identificar su voluntad con la palabra de Dios.