Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [35]

3.2. Gregorio de Nisa (+ 394)

Enseñanza sobre la vida cristiana (De instituto christiano) [continuación]

 

Los superiores                          peligro del poder

62. Es necesario también que quienes presiden a este coro espiritual examinen la calidad de su cuidado y, considerando los medios que posee el mal cuando preside en la fe[1], desempeñen las funciones de su cargo sin enorgullecerse a causa de su potestad. Pues existe aquí el peligro de que algunos, considerando que gobiernan a otros y que los dirigen hacia la vida del cielo, se pierdan a causa de su soberbia, destruyéndose a sí mismos. Así pues, es necesario que quienes ocupan cargos de gobierno se tomen un trabajo mayor que los demás, sientan más sumisamente que los súbditos, y presenten su vida a sus hermanos como ejemplo de servicio, al mismo tiempo que son conscientes de que quienes les han sido confiados son un depósito de Dios.

63. En efecto, si se comportan así al gobernar con cuidado el coro sagrado y al desarrollar la enseñanza en público conforme a la necesidad de cada uno, manteniendo el rango que se le debe y, al mismo tiempo, si como siervos prudentes, en el fondo de sí mismos, -en sus pensamientos-, conservan la humildad en la fe, se preparan con esta vida un gran premio para sí mismos.

 

Necesidad de la pedagogía                   una vida “angélica”

64. Cuiden de ellos, como los buenos pedagogos cuidan de los tiernos niños que les han sido confiados por sus padres. Éstos, observando los hábitos de los niños, a uno le dan azotes, a otro reprensión, al otro alabanza, al otro alguna cosa parecida; y no hacen nada por predilección o malquerencia, sino conforme conviene a la situación y lo pide el modo de ser del niño, hasta que se convierta él mismo en digno cuidador de su vida.

65. Es necesario que arrojen lejos de ustedes toda malquerencia contra los hermanos y toda arrogancia; que acomoden su palabra a la fuerza y al conocimiento de cada uno. Honren a uno, reprendan a otro, exhorten a otro, como un buen médico proporciona la medicina conforme a la necesidad de cada uno. ¿Acaso no examina éste las enfermedades, y da una medicina suave a uno y otra más fuerte a otro, sin ser inoportuno a ninguno de los que necesitan curación, sino que adapta su arte a las almas y a los cuerpos? Adáptate a las exigencias de la situación para educar hermosamente al alma del discípulo que dirige los ojos hacia ti, y ofrecer al Padre su virtud resplandeciente, como digno heredero de su don.

66. Si se comportan así unos con otros, los que presiden y los que tienen estos maestros, los que obedecen con alegría a sus mandatos y los que conducen con gozo a los hermanos hacia la perfección, y se esfuerzan por honrarse unos a otros, vivirán sobre la tierra la vida de los ángeles[2]. Que no se vea entre ustedes ningún orgullo; que la sencillez, la concordia y la sinceridad compongan el mismo coro.

67. Convénzase cada uno de que no sólo es más débil que el hermano con el que convive, sino también que es más débil que cualquier otro hombre; teniendo esto presente será verdaderamente discípulo de Cristo. Pues quien se exalta a sí mismo será humillado (Lc 14,11; cf. 18,14; Mt 23,12), como dijo el Salvador. Y más aún: Aquel de entre ustedes que quiera ser el primero, deberá ser el último de todos y el servidor de todos (Mc 9,35), de la misma forma que el Hijo del Hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos (Mt 20,28). Y el Apóstol: Pues no nos predicamos a nosotros, sino al Señor Jesucristo; en cuanto a nosotros, somos siervos de ustedes por Jesús (2 Co 4,5).

68. Puesto que conocen los frutos de la humildad y el daño de la altanería, imiten al Señor amándose unos a otros, y no teman la muerte ni cualquier otro castigo sobre su camino común hacia el bien; el camino que Dios ha recorrido hacia ustedes, recórralo cada uno hacia Él[3]. Hechos un solo cuerpo y una sola alma, avanzad hacia la vocación de arriba, amando a Dios y al prójimo. Pues el amor y el temor hacia el Señor son el primer cumplimiento de la Ley.

 

Temor y amor de Dios               con la ayuda de Cristo

69. Es necesario que cada uno de vosotros coloque el temor y el amor en su alma como cimiento fuerte y sólido; que refresque el alma con buenas obras y con oración prolongada. El amor a Dios no surge en nosotros por sí solo, automáticamente, sino mediante muchos esfuerzos, grandes cuidados y la ayuda de Cristo, como dijo la Sabiduría: Si la procurases como a la plata, y la buscases como a un tesoro, entonces comprenderás el temor del Señor y encontrarás el conocimiento de Dios (Pr 2,4-5).

70. Y cuando encuentres el conocimiento y comprendas el temor, fácilmente llevarás a cabo lo que viene después; me refiero al amor del prójimo. En efecto, una vez conseguido el primero y grande con esfuerzo, el segundo, que es menor y menos trabajoso, sigue al primero; pero si éste no está presente, tampoco el segundo existe verdaderamente. Pues quien no ama a Dios con todo el corazón y con toda la mente (cf. Dt 6,5), ¿cómo se cuidará saludable y sinceramente del amor para con los hermanos, cuando no consagra su amor a Aquel por quien él se cuida del amor a los hermanos?[4].

71. Sin duda que el artífice de la maldad, a quien se comporta así, es decir, a quien no entrega toda su alma a Dios ni se hace partícipe de su amor, al encontrarlo desarmado, lo domina fácilmente[5]. Le hace tropezar con razonamientos perversos: ahora hace que parezcan pesados los mandatos de la Escritura, y gravoso el cuidado hacia los hermanos; luego lo levanta hasta la soberbia y la altanería tomando como pretexto su mismo oficio para con sus hermanos, convenciéndole de que ha cumplido los mandamientos del Señor y será grande en el Reino de los cielos (cf. Mt 24,45). No es este pequeño pecado.

 

El juicio de Dios            agradar al Señor

72. Es necesario que el siervo diligente y de buena voluntad confíe al Señor el juicio de esta buena voluntad; que no se coloque él mismo en lugar del Señor como juez y panegirista de su propia conducta. Pues quien se convierta en juez desdeñando al verdadero, no recibirá ninguna recompensa, puesto que ya antes de su juicio se ha dado satisfacción a sí mismo con sus propias alabanzas y su propia presunción. Es necesario, conforme a la frase de Pablo, que el Espíritu de Dios dé testimonio juntamente con nuestro espíritu (Rm 8,16), pero no que aprobemos nuestras cosas con nuestro propio juicio. Pues -dice- no está aprobado aquel que se recomienda a sí mismo, sino aquel a quien recomienda el Señor (2 Co 10,18).

73. Quien no espera el juicio del Señor, sino que se anticipa a su juicio, se deja llevar por conjeturas humanas, fabricándose para sí mismo una gloria entre sus hermanos con su propio esfuerzo, y haciendo las mismas cosas que hacen los infieles. El infiel busca los honores humanos en vez de los celestiales, como dice el mismo Señor en algún lugar: ¿Cómo pueden creer ustedes, que reciben la gloria mutuamente unos de otros y no buscan la gloria que proviene exclusivamente de Dios? (Jn 5,44). ¿A quiénes pienso que se parecen? ¿No será a aquellos que limpian el exterior de la copa y el plato (cf. Mt 23,25), y que en su interior están llenos de vicios de todas clases?

74. Miren que no les pase esto. Pongan sus almas allá arriba, y tengan un solo deseo: agradar al Señor y no perder nunca la memoria de las cosas celestiales, ni recibir los honores de esta vida. Corran así, ocultando en su conversación sus combates en pro de la virtud, de modo que aquel que hace brillar los honores de esta tierra no encuentre ocasión de apartar con ello el pensamiento de ustedes de los trabajos de la verdad, colocándolo en las cosas vanas y llenas de engaño. Si no encuentra ocasión alguna de introducirse para atrapar a quienes ya moran allá arriba con sus almas, él mismo se pierde y muere. Pues la muerte del tentador consiste en tener su maldad sin eficacia y sin fuerza.

75. Si el amor de Dios está presente en ustedes, necesariamente le acompañarán las demás cosas: el amor fraterno, la mansedumbre, la sinceridad, la perseverancia y el cuidado en las oraciones, y en general toda virtud.

 

El cuidado del alma                  memoria Dei

76. Como se trata de un gran tesoro, también se hacen necesarios grandes trabajos para conseguirlo. No se toman estos trabajos para ostentación ante los hombres, sino para agradar a Dios, que conoce las cosas ocultas. Hacia Él hay que mirar siempre; examinar el interior del alma, y rodearla de un muro protector con las consideraciones de la piedad a fin de que el adversario no encuentre ningún medio de entrar, ni espacio para su ataque. Es necesario también ejercitar y conducir las partes enfermas del alma hacia el discernimiento entre el bien y el mal. Sabe ejercitar estas partes enfermas aquel que sigue a Dios y une a Él toda su alma, marchando hacia Él a través del amor a Dios, la consideración íntima de la virtud, y el cumplimiento de los preceptos; ése cuida lo débil, uniéndolo a lo que es fuerte.

77. De hecho, no existe más que una custodia y medicina del alma: acordarse de Dios con fuerte deseo y entregarse siempre a buenos pensamientos. No cesemos nunca en este esfuerzo, ya comamos, ya bebamos, ya estemos descansando o haciendo alguna cosa, o hablando, de forma que todo lo que hagamos sea para gloria perfecta de Dios y no para la nuestra. Solo así nuestra vida no tendrá ninguna mancha o suciedad proveniente de las asechanzas del Maligno.

78. El cumplimiento de los preceptos es fácil y suave para los que aman a Dios, ya que el amor a Él nos hace leve y amable el combate. Por esta razón, el Maligno lucha con todos los medios por arrancar de nuestras almas el temor a Dios y disolver nuestro amor a Él; pone asechanzas con placeres ilegítimos y anzuelos atractivos de modo que, sorprendiendo al alma despojada de las armas espirituales y sin custodia, arruine nuestros esfuerzos metiéndonos la gloria terrena en vez de la celestial, y confundiendo -con la complicidad de la fantasía de quienes se dejan engañar- las cosas que son verdaderamente hermosas con las que parecen serlo. Si encuentra descuidados a los centinelas, es hábil para aprovechar la oportunidad, introducirse en los trabajos de la virtud y sembrar su cizaña en el trigo: me refiero a la injuria, la altanería, la vana gloria, la avidez de honor, la discordia y los demás efectos del vicio.

79. Así pues, es necesario estar despiertos y vigilar desde todas partes al enemigo, de modo que, aunque a causa de su desvergüenza urda alguna maquinación, sea rechazado antes de que logre alcanzar al alma.



[1] Es decir, si el mal consigue pervertir a algún superior y, a través de él, “presidir en la fe”, entonces tiene a su alcance un enorme poder para pervertir. En la Iglesia, quienes presiden en la fe pueden hacer un gran daño. Gregorio que tan bien conoce las controversias cristológicas, tiene gran conciencia de ello. Estas advertencias del Niseno son muy concretas.

[2] Hay que anticipar en esta vida -con la pureza y la alabanza a Dios- lo que será la vida futura, pues esta vida es preparación y siembra para la futura (cf. De Vita Moysi, II, 243-246).

[3] Se trata de ir a Dios por el mismo camino que Él utilizó para venir hasta nosotros: el del anonadamiento propio. Gregorio es más explícito en otros lugares: “Puesto que a todos los que participan en la naturaleza humana es innato, en cierto modo, el vicio de la soberbia, el Señor (...) se cuida de que le imitemos a Él, que voluntariamente se hizo pobre, que es verdaderamente feliz, para que, asemejándonos a Él en la medida de nuestras fuerzas, haciéndonos pobres voluntariamente, alcancemos la comunión de la bienaventuranza. Tengan en ustedes -dijo-, los mismos sentimientos que Cristo Jesús. El cual, estando en forma de Dios, no estimó rapiña el ser como Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo (Flp 2,5-6). ¿Qué mayor pobreza en Dios que la forma de siervo? ¿Qué más humilde en el rey de los seres que haber entrado en comunión con nuestra pobre naturaleza?” (Homilia I de Beatitudinibus, PG 44,1201 B-C).

[4] Gregorio está dando la vuelta al argumento utilizado en 1 Jn 4,20: Si alguno dijere: Amo a Dios, pero aborrece a su hermano, miente. Pues el que no ama a su hermano a quien ve, no es posible que ame a Dios a quien no ve. Puesto que aquellos a quienes escribe han puesto como fundamento de su vida el amor a Dios -ésa es la razón exclusiva de estar reunidos allí-, el Niseno utiliza el argumento en sentido contrario: si no quieren a Dios -que es la razón por la que se encuentran aquí-, ¿cómo podrán poner en práctica las obras que hacen exclusivamente por amor a Dios? Por todo esto llama “menor y menos trabajoso” al precepto del amor al prójimo, cuyo cumplimiento “sigue necesariamente” al cumplimiento del primer mandamiento.

[5] Gregorio se muestra aquí experto en el conocimiento de las posibles incidencias en la lucha ascética, y advierte de los peligros que conlleva un amor a medias, o una lucha a desgana y tibia. Quien luche así, está desarmado -por su negligencia- ante las asechanzas del tentador. La descripción de las tentaciones es de un gran realismo.